Con la idea de profundizar su modelo progresista, el Gobierno impulsa una ley que permitirá tanto la operación, como tramitar el DNI con una nueva identidad de género, sin necesidad de autorización judicial. Incluso, podría obligar a las empresas de medicina prepaga y a las obras sociales a cubrir la reasignación sexual. En nuestro país –y en otros-utilizan la palabra género, pero evitan dar una definición clara. No nos olvidemos que existen dos sexos bien diferenciados por caracteres anatómicos muy distintos.
El permiso para la rectificación de género no necesitará una autorización judicial, sino apenas una declaración jurada, en la que la persona exprese sentirse de un sexo diferente del biológico, con o sin operación quirúrgica previa en su físico. Con esa simple declaración podrá cambiar su DNI. En las próximas semanas, con el impulso de la Casa Rosada, en Diputados buscarán consenso para emitir un único dictamen sobre esa polémica iniciativa, denominada de identidad de género. Me llama la atención que la ley propuesta, le permita al transexual, gay o lesbiana, cambiarse de nombre para que no resulte confusa su identificación sexual. Me parece discriminatoria con la libertad de cada uno, el que a una persona se le obligue a adoptar un nombre que lo identifique sexualmente. No sólo todos conocemos a varones o mujeres que se llaman: José María, Juan María, María José… o tantos otros en los que figura un nombre de varón y otro de mujer. Sino que sabemos que los nombres propios significan lo que significan, porque en un determinado momento quien podía, decidió usarlo de una determinada manera, bautizando así a una persona, a un animal o a un lugar. Cuando oímos hablar de «Jose» con el acento en la primera sílaba, no sabemos si se trata de un varón o de una mujer, pero ni hace falta. Los nombres propios tienen referencia, pero no sentido. Sirven para referirse a aquella persona, lugar o cosa con ese nombre, pero de ordinario no nos dicen ninguna cualidad de ella. Por poner un ejemplo, el nombre propio Rosario se aplica tanto a una ciudad como a una persona. En el sexo, el nombre no hace a la cuestión. La ideología de género pretende instaurar una sociedad en la que todos sean iguales. Una sociedad sin diferencias entre los sexos en la que cada uno -independientemente de las características biológicas con las que nazca- escoja su propia identidad de género y su propia orientación sexual. También afirma que el amor materno no es algo inscripto en la naturaleza de la mujer, sino que se trata de un sentimiento surgido en un determinado contexto cultural y que puede desaparecer o ser destruido si cambia la cultura. Nos encontramos ante una nueva revolución cultural. Por lo tanto -según la teoría del género- la masculinidad y la feminidad no estarían determinadas fundamentalmente por el sexo, sino por la cultura. Mientras que el término sexo hace referencia a la naturaleza e implica dos posibilidades: varón y mujer. El término género proviene del campo de la lingüística –como estudiamos en la escuela- donde se aprecian tres variaciones: masculino, femenino y neutro. Las diferencias entre varón y mujer no corresponderían, pues, a una naturaleza dada, sino que serían meras construcciones culturales hechas según los roles – socialmente construidos-y estereotipos que se les asignan a cada uno de ellos… En este contexto destaco que, en el pasado, las diferencias fueron acentuadas desmesuradamente, lo que condujo a situaciones de discriminación e injusticia para muchas mujeres: Durante largos siglos, correspondió al destino femenino ser modelada como un ser inferior, excluida de las decisiones públicas y de los estudios superiores. Pero hoy en día las mujeres rompieron los esquemas que les fueron impuestos. Pero pretenden liberarse -equivocadamente- sobre todo del matrimonio y de la maternidad.
Esta ley muestra una identidad sexual como variable subjetiva de cada persona. Es como si cada uno pudiera re-inventarse a sí mismo: La naturaleza no cuenta, cada uno hace lo que quiere porque la libertad se concibe como una fuerza omnipotente y auto-creadora. El deseo de cada uno se convierte en motivo suficiente para pretender alterar la realidad.
Quienes aspiran a encontrar la felicidad total en el placer sexual cometen un grave error, pues están pidiendo a la sexualidad algo que ésta no puede darles. El sexo es algo bueno y noble, parte esencial de la vida, pero debe guardarse para el ámbito íntimo, de donde nunca debería haber salido. Hay que retirarlo de la publicidad, de internet, de las pantallas de televisión y cine. Una sana ecología ambiental, que eliminara esa sexualización del espacio público, ayudaría a desarrollar unas relaciones mucho más humanas entre hombres y mujeres.
Es bien comprensible que el sexo tiene una importancia grande en el equilibrio vital humano. Pero cuando pensamos —sin miedo a equivocarnos— que el sexo ha enloquecido totalmente y que algo debemos hacer… por lo menos hay que empezar a hablar de lo que es de verdad el amor. Y no de una ley que no hará más que confundir. Las personas que sufren una disforia de género (1) no solucionarán nada, ni con otro nombre, ni cambiándose los genitales, ni con hormonas: Seguirán siendo hombres o mujeres como antes. Todo lo he dicho con el gran respeto que me merecen todas las personas, y como espero que me respeten a mí y a mis opiniones. Éso y lo que es el amor verdadero quedan para otra vez.
(1) Disforia de género es un término técnico con el que se designa a las personas que tienen una contradicción entre su “sexualidad psicológica” y su “sexualidad genital”.
