Distinguir las palabras y respetar las personas
Bea Hellers
Es muy conveniente, para la inteligencia y para la vida social, distinguir lo distinto. Los que defendemos el matrimonio tradicional y legal protegemos a la familia. Tenemos el mismo derecho que los demás a decirlo y a no ser insultados con comportamientos intolerantes.
Todas las personas son dignas por el hecho de ser personas, y merecen respeto, desde que nacen hasta que mueren. Nadie puede cambiar esa dignidad fundamental. Da lo mismo que una persona sea sana o enferma, hombre o mujer. Es igualmente digna. Aunque, no es lo mismo ser sano o enfermo, hombre o mujer. Las palabras sirven para distinguir, operación muy necesaria para la inteligencia. Poner nombres distintos a cosas distintas
La cámara de Diputados de la Nación aprobó el derecho al matrimonio entre dos personas, sin discriminación por razón de sexo. Están en su derecho de votar lo que les parezca. Pero sería deseable que sean coherentes. Habría que aclarar qué significa matrimonio. Y también con qué criterio se llama a alguien homófobo. Porque no se le puede poner rápidamente al que piensa diferente a uno.
Si yo viera a alguien intentando comer yogur metiéndoselo por la oreja -con todo respeto- le diría que quizás resulta inútil desde el punto de vista digestivo. Porque ese orificio no pertenece a ese sistema. Creo que diciéndoselo no lo estaría despreciando ni cayendo en la homofobia. Procuraría no ofenderlo, pero creo que tengo derecho a decirlo y, mucho más, a pensarlo. El sistema reproductivo humano está tan fijado como el sistema digestivo. Es decir, hay actos que sirven para la reproducción y otros que no. Y esto no depende de las votaciones de la cámara de senadores ni de la de diputados. Espero con esto, no ofender a nadie ni hacerle perder su inocencia. Se da la circunstancia de que cuando dos personas -varón y mujer- se unen adecuadamente, se puede producir ese fenómeno biológico maravilloso que es la concepción de un ser humano. Pero si lo hacen de otra manera o no son varón y mujer, resulta que no se puede producir.
Se da también el hecho que la concepción es un asunto de alto interés porque es el único camino ordinario y masivo de aportar personas a la sociedad. Y se da la circunstancia de que todos los demás tipos de uniones no tienen interés reproductivo, y por tanto, apenas tienen relevancia social. Son asuntos privados de dos, en su intimidad. Por este altísimo motivo que tiene la reproducción humana y por el valor de los hijos, la legislación universal – también la argentina- protege desde tiempo inmemorial al matrimonio, que significa literalmente el “oficio de la madre”. Y en cambio, apenas ha prestado atención a otro tipo de uniones privadas, que no tienen ese efecto. Hasta ahora. Por la presión de grupos gay, confundiendo toda la historia del derecho, se intenta decir que todo es matrimonio. Pero es evidente que se trata de fenómenos muy distintos, con un interés social muy distinto también. Y que es muy conveniente, para la inteligencia y para la vida social, distinguir lo que es distinto. Que los gays son distintos lo dicen a viva voz ellos mismos. Y que la unión gay es distinta del matrimonio protegido por la tradición de la ley es una evidencia biológica. Los que defendemos estas verdades básicas, lo único que hacemos es proteger el sentido común, el uso del lenguaje… y lo que es más importante a la familia que es de interés público. Y tenemos el mismo derecho que los demás a decirlo y a no ser insultados con comportamientos agresivos e intolerantes.
Pero hay más. Todos los que sienten una inclinación homosexual tienen el derecho de saber que esa orientación -en la generalidad de los casos- es adquirida y no congénita. Que se puede cultivar o que se puede disminuir. Que tienen derecho a manifestar su condición, o a no manifestarla. Y que cualquier presión en este sentido es un grave abuso. En una carta de lectores (La Nación, 10-05-10) Florencia de la V, decía:“ Los homosexuales somos individuos, y como tales merecemos ser amados, rechazados, odiados o ignorados como cualquiera, pero por aquellas conductas que nos definen como personas, no por nuestras conductas sexuales.
En resumen: no pido que me quieran; exijo que me respeten”. Expresa en parte –aunque no esté yo de acuerdo con todo su texto- exactamente lo que intento decir. Lo expresa y respeto, pero exijo lo mismo para mí.
Pero todas las personas –cualquiera sea su inclinación sexual- tienen derecho a saber que el sexo se ordena por naturaleza, a la vida y al placer. A las dos cosas, no solo a una. Y que las familias de padre, madre e hijos son sumamente beneficiosas para la sociedad. Y que están muy necesitadas de que el Congreso les preste alguna atención. Resulta dudoso que sea competencia de senadores y diputados cambiar el vocabulario castellano contra su propia tradición jurídica. Lo que sí es seguro es que no pueden cambiar la realidad de la reproducción humana, como no pueden cambiar la de la alimentación. Con una votación de las dos cámaras no se conseguirá nunca que el acto de meter yogur por la oreja sea un acto de alimentación y tenga ese significado biológico y social. Pero pueden declararlo -si quieren- y aumentar la confusión. Si de paso durante estos días que los senadores están reunidos para votar a favor o en contra- tienen tiempo para ocuparse alguna vez de los derechos de las familias, mejor. hellersbignoli@arnet.com.ar.
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