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Por María Calvo Charro en Conoze.com, 2009-09-12

Hay que reivindicar que la actividad profesional se adapte a nuestra condición femenina y no al revés.
En la lucha por la igualdad entre los sexos, las mujeres asumimos de forma espontánea que los roles masculinos eran los justos y dignos de imitación. Ocultamos nuestros sentimientos por temor a ser tachadas de débiles, intentamos ser frías y competitivas y adoptamos un aspecto varonil. Sacrificamos nuestra alma femenina a cambio de ser aceptadas en el universo masculino y nos traicionamos a nosotras mismas, renunciando a la feminidad que nos es consustancial.

Recordemos cómo Concepción Arenal, a mediados del XIX, accedió a las aulas de Derecho de la Complutense bajo ropajes de caballero, para colmar su interés por esta licenciatura. O cómo Clara Campoamor, en 1931, para lograr el derecho al sufragio femenino, renunció a su condición de mujer: «Señores Diputados: yo, antes que mujer, soy ciudadano».

El feminismo igualitarista y la ideología de género han logrado que la sociedad asuma la idea de que trabajar en casa, ser buena esposa y madre, es atentatorio contra la dignidad de la mujer; algo humillante, que la degrada, esclaviza e impide desarrollarse en plenitud. Para ser una mujer moderna, es preciso liberarse del yugo de la feminidad, en especial, de la maternidad, entendida como un signo de represión y subordinación: la tiranía de la procreación.

Esta ideología, implantada en las más altas instancias políticas, ha provocado el desprestigio de las mujeres que trabajan en su casa o cuidan de sus vástagos, que resultan estigmatizadas; frente a aquellas que renuncian a la maternidad o al cuidado personalizado de sus hijos para «realizarse» profesionalmente, consideradas heroínas liberadas y estereotipos de la emancipación. Esta estereotipificación inversa, favorecida por la actitud de algunas líderes políticas, distorsiona la imagen real de las mujeres y perjudica la vida familiar, pues favorece la organización laboral como si las obligaciones familiares no existieran.

Lejos del mundo idealizado de las imágenes estereotipadas de mujeres hiperliberadas que gozan exultantes de su pletórica vida profesional, en la vida real, nos encontramos con demasiadas mujeres que, a pesar de su rotundo éxito profesional, se sienten personalmente frustradas e insatisfechas, cansadas de imitar los modos de actuar masculinos, atadas a unos roles que no les pertenecen y que no encajan en su esencia más profunda. Mujeres que han demostrado sobradamente que son tan capaces como cualquier varón de trabajar con brillantez y eficacia, a las que su naturaleza, rechazada y reprimida, luego se hace valer en forma de depresión, ansiedad e infelicidad. Ha llegado el momento de reivindicar que la actividad profesional se adapte a nuestra condición femenina y no al revés. El nuevo feminismo defiende un reconocimiento social para la labor de la mujer, cuya forma de ver la vida y comprender la realidad es un valor incuestionable que habrá de reflejarse en unas condiciones laborales específicas y, por lo tanto, no idénticas a las de los hombres; con una especial atención a la maternidad, que lejos de ser opresiva, es, en la mayoría de los casos, profundamente liberadora, enriquecedora y hace a la mujer un ser más pleno.

Es hora de reclamar nuestra peculiar «memoria histórica», exigiendo la devolución de nuestra integridad y dignidad femeninas, sin las que ninguna mujer puede alcanzar el equilibrio personal y la felicidad. Porque para la mujer, ser mujer lo es todo. Y lo demás, sólo es lo demás.

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*Por Enrique Cases

El Concilio Vaticano II ha recordado que todos los hombres, sin excepción, están llamados a adquirir la santidad.

En efecto, Dios creó al hombre para que alcanzara su plenitud y su felicidad. Esta plenitud sólo puede alcanzarla el hombre poseyendo el bien sumo, que es el mismo Dios.

Dios es la misma bondad; por eso Dios es santo. En Él no hay nada sucio ni torcido, ni falso. En Él no hay nada de mal. Por eso, el hombre alcanzará su plenitud haciéndose santo.

El camino para que el hombre alcance su plenitud, la santidad, es realizar obras buenas. Lo más importante para el hombre es, como decía Calderón de la Barca: «obrar bien, que Dios es Dios». (Gran teatro del mundo).

Obrar bien significa tener una conducta buena, unas costumbres buenas. No bastará con que obre bien alguna vez, sino habitualmente. A esa conducta se le llama moralmente buena. Por eso la Moral es el estudio de las costumbres humanas.

El hombre es un ser espiritual y material. Vive en el mundo material, del que forma parte, pero es superior a él por su espíritu. La espiritualidad se manifiesta en que es inteligente y libre. Esa libertad no es absoluta, pues entonces sería omnipotente, pero hace que el hombre pueda elegir, y ahí radica la moralidad de las acciones humanas: el hombre puede elegir bien o mal.

Dios al crearlo le impuso un mandato para que ejerciese su libertad. La ejercitaría bien, si lo cumplía, pues habría elegido lo bueno: lo que Dios quiere.

La posibilidad de pecar es un riesgo, pero no quita la grandeza del hombre, que es capaz de amar, de elegir el bien libremente, de unirse a la voluntad de Dios. Dios ha querido que el hombre pueda ser su amigo; «El hombre es la única criatura en la tierra que Dios ha amado por sí misma» (GS, 24), y San Pablo indica esta grandeza de la bondad divina: «Él nos eligió en Cristo, antes de crear el mundo, para que seamos santos ;e irreprochables por el amor» (Ef. 1, 4).

A la búsqueda de un ideal

Cada persona lleva dentro una imagen ideal de sí mismo, que le dice cómo debe ser. la realidad de cada día, sin embargo, es bien distinta: aparecen los fallos y las limitaciones. Entonces surge un sentimiento de vergüenza y de molestia por lo que uno “es, frente a lo que querría o debería ser. El hombre vive así en una lucha interior. Se encuentra dividido: -El bien que quiero hacer no lo hago; el mal que no quiero hacer, eso es lo que hago- (Rom. 7, 19).

San Pablo ve en esta división una situación de esclavitud, propia del hombre apartado de la gracia de Dios: Sé muy bien que no es bueno eso que habita en mí es decir, en mi carne; porque el querer lo bueno lo tengo a mano, pero el hacerlo, no. (Rom. 7, 18).El Antiguo Testamento nos habla de la Ley dada por Dios al pueblo de Israel. Ella muestra al pueblo el camino para el encuentro con Dios y con los hombres. Es un ideal moral y religioso: le dice a todo hombre cómo debe ser. (C.v.e., pág. 312)

¿En qué consiste la dignidad de la persona humana? En poseer una vida superior a los demás seres creados. El hombre puede conocer y amar, porque es inteligente y libre. Al afirmar la espiritualidad y la inmortalidad del alma alcanza la verdad más profunda de su ser (cf. GS, 14).

Esta dignidad de la persona humana tiene muchos aspectos, pero hay uno que es el más importante: el hombre es un ser moral. Ser moral quiere decir que es verdaderamente libre, es decir capaz de elegir. Ahí está el gran drama humano, puede elegir el bien o el mal. El hombre está hecho de forma que puede perfeccionarse o desgraciarse. La tendencia a la verdad y el bien es evidente, pero también lo es la existencia de errores y de pecados.

- Todo hombre está llamado a la santidad.
- La santidad es la plenitud y felicidad del hombre.
- El hombre, para alcanzar su plenitud, ha de obrar bien.
- El hombre posee una vida superior a la de los demás seres creados.
- El hombre puede conocer y amar.
- El hombre es un ser moral: por ser libre, es capaz de elegir entre el bien y el mal.

¿Cómo capta el hombre el bien y el mal?

Todos y cada uno de los hombres pueden captar el bien en lo más profundo de su conciencia. la voz de la conciencia resuena en su interior advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal.

Existe una conciencia general que indica los primeros principios: Haz el bien y evita el mal. Todos los hombres coinciden en estos principios generales. Esta coincidencia procede de que todos los hombres han sido creados por Dios. Después existe una conciencia práctica que desciende a juzgar la bondad o maldad de las acciones concretas, por ejemplo, no matar, no mentir, honrar a los padres, trabajar, ser sincero, etcétera.

Así como en la conciencia general todos los hombres coinciden, en la conciencia práctica pueden disentir incurriendo en error. Esto es así porque la conciencia puede estar obscurecido por la ignorancia, y, sobre todo, por el pecado. El pecador que no quiere rectificar sus errores o se ha acostumbrado a sus pecados, busca justificarse diciendo que es bueno lo que es malo. Este es el camino de la degradación de la dignidad humana, y así será posible justificar la violencia, la mentira, la impureza, la deslealtad, etcétera.

fe razon

Entrevista al filósofo Robert Spaemann.

*Por Lorenzo Fazzini. www.alfayomega.es

- En el volumen La habladuría inmortal (Cantagalli), usted denuncia la actual atmósfera ateística. ¿En qué sentido?

Ludwing Wittgenstein escribió: «Una rueda, cuya rotación no pone en movimiento a ninguna otra, no pertenece a la máquina». Del mismo modo, para la mayoría de la gente, la fe en Dios se convierte en algo exento de consecuencias. La ciencia natural no permite la pregunta sobre Dios. Esto no significa que los científicos no sean creyentes en cuanto personas. No creyente es la visión del mundo que llamamos cientificismo, que reduce la realidad al estatuto de un objeto posible para la ciencia. Por ejemplo, la belleza de un cuadro, o la verdad de una afirmación matemática, son reducidas a estados cerebrales. La interioridad de la realidad no es nunca objeto de la ciencia.

- ¿Entonces, dónde está el error?

Es errónea la opinión según la cual se conocería la interioridad de un ser si se conoce el material correlativo de esta interioridad. Wittgenstein escribe que ésta es la gran ilusión moderna: creer que las ciencias nos explicarán el mundo. De hecho, las mismas leyes naturales necesitan ser explicadas; provocan siempre un estupor, como le ocurrió a Einstein. El éxito inaudito de las ciencias modernas y de la técnica ha llevado a la Humanidad a un estado como de embriaguez. Los progresos de las ciencias no permiten prestar la atención suficiente al Dador de todos los dones. Esta atención se entiende como si fuera un lujo que no podemos permitirnos.

- Usted pide a la Iglesia que sea más incisiva sobre temas escatológicos. Ha escrito que el dogma cristiano podría convertirse en el refugio de la humanidad del hombre. Heidegger decía que sólo un Dios nos puede salvar. ¿Es el mismo Dios?

Un Dios no nos puede salvar, sobre todo de la muerte; puede hacerlo sólo el Dios único, creador del cielo y de la tierra. En la tradición, la fe en este Dios está sostenida por la razón. Hoy observamos lo contrario: la razón ha comenzado a dudar sobre sí misma. Ya David Hume, padre del empirismo, escribía: «Nosotros no avanzamos un paso más allá de nosotros mismos». El cientificismo no entiende a la razón como órgano de la verdad, sino como instrumento de adaptación, explicable mediante la teoría de la evolución. Nietzsche escribió que la Ilustración, con su voluntad de servir a la verdad, se destruye por sí sola, si reclama como verdad sus propias tesis. Pero existirá una verdad no relativa sólo si hay una perspectiva no relativa, si Dios existe. Si Dios no existe, no hay verdad. Esto vale también para los conceptos de libertad y de dignidad humana. Hace unos diez años, el psicólogo Burrhus Skinner escribió el libro Más allá de la libertad y la dignidad. La ciencia no conoce conceptos similares, es decir, nociones normativas. Los comprende como objeto de estudio y no como fuentes de obligación para los propios científicos. Sólo si el hombre es superior a la ciencia, es decir, si es imagen de Dios, puede hablar sobre ella. Entonces la dignidad humana se convierte en algo diferente de una ilusión.

- Hoy, tienen mucho éxito los nuevos ateos, para los cuales Dios es irracional. ¿Cómo explicar que creer en Dios es algo acorde con la razón?

Nietzsche escribía: Nosotros no podemos desembarazarnos de Dios mientras sigamos creyendo en la gramática. ¿Por qué? Porque nosotros, los hombres, vivimos en un espacio de verdad. El hecho de que ahora estemos hablando partiendo de mi libro La habladuría inmortal es una verdad eterna. Si no es un sueño que yo hable con usted, esta conversación formará siempre parte de la realidad; pertenece al pasado. Nadie puede anular el pasado, que es una presencia que ha transcurrido. El futuro está indisolublemente ligado a la presencia. Ninguna alegría vivida podrá ser algo no experimentado algún día. Ningún dolor real podrá un día no haber sido sufrido. Pero ¿qué clase de ser es el ser del pasado? Si no hubiera hombres sobre la tierra que puedan recordarlo y nuestro planeta dejara de existir, nosotros no podemos decir que esta conversación nuestra no haya tenido lugar. No podemos ni pensarlo. Debemos pensar en una conciencia absoluta en la que todo lo que sucede es conservado. A esta conciencia, la llamamos Dios.

VIRGEN CARMEN PATRONA CHILE

Virgen del Carmen, patrona de Chile

El Prelado del Opus Dei ha dirigido unas palabras a propósito del terremoto que afectó a Chile el pasado 27 de febrero.

Mons. Echevarría ha pedido que se ofrezcan sufragios abundantes por los fallecidos en el trágico terremoto y maremoto que ha sacudido numerosas poblaciones de Chile. Apenas conocida la noticia, el Prelado del Opus Dei envió una carta a los fieles y cooperadores de la Obra en ese país en la que afirma: “Rezo –y pido oraciones a quienes están conmigo– por las personas que hayan padecido algún daño físico, y también por las pérdidas materiales. Imploremos a Dios que no entre la desesperación en los que sufren”.

De modo particular, ha invitado a los fieles y cooperadores del Opus Dei a que se pongan al servicio de sus conciudadanos con su propio trabajo, con solicitud cristiana y con su oración. Y, siempre que sea posible, “uniéndose personalmente a las organizaciones de auxilio” que se están promoviendo desde el Gobierno, desde la Iglesia y desde la sociedad civil. En esta situación de extrema necesidad, el Prelado ha animado especialmente “a que la gente joven colabore secundando lo que planeen las autoridades del país”.

“Pido al Señor que sostenga a todos –escribe el Prelado-, también a los socorredores. Pensemos que es una ocasión muy propicia para dar cumplimiento al mandato de caridad que nos predicó Jesucristo. La caridad que se viva ahora hay que ponerla en práctica siempre con los que tengamos cerca, y amando de verdad a toda la población”.

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*Por el Cardenal Antonio Cañizares

Desde instancias influyentes se piensa y trabaja por un Nuevo Orden. Se pretende llevar a cabo, con implacable ingeniería social, un cambio cultural de gran envergadura, un gran proyecto para una nueva identidad. Se diga o no, en el fondo, se está tratando de construir un mundo en el que ya no hay nada verdadero, ni bueno, ni valioso, ni justo en sí y por sí mismo, nada trascendente, ni nadie que esté por encima de nosotros. El relativismo se adueña de la cultura y de las mentes.

La negación de la verdad y del bien es el motor que impulsa un proceso de expulsión de Dios y de la religión del ámbito público. Si el bien y la verdad no pueden conocerse entonces sólo puede ligarse la ley a un sentido procedimental; esto es, la ley viene a ser una manera de entenderse los hombres, de vivir en comunidad sin matarse, de garantizar un marco donde cada individuo pueda realizar su «plan de vida» sin causar daño a los otros.

Gracias a este primer paso –relativista– la religión queda reducida al ámbito de lo privado.
Hay un segundo paso. La visión contractualista de la sociedad se vuelve absoluta. porque el Estado no tiene límites. No hay
Dios, no hay ley natural, no hay ninguna verdad sobre el bien que esté encima de la voluntad del Estado. Es un Estado absoluto. La libertad del individuo es ilimitada según esta concepción filosófica. Cada hombre es libre para hacer lo que quiera. No hay ninguna ley superior que indique lo que se puede o no realizar. Sin embargo, para hacer posible la vida en la sociedad se realiza un pacto, a través del cual cedemos nuestros ilimitados derechos al Estado. Él velará para que estos ilimitados derechos se puedan cumplir asegurando al mismo tiempo solidaridad y seguridad. Ahora bien, si no existe una verdad última, que guíe y oriente la acción política, las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas para fines de poder. El pluralismo supuestamente es aceptado, pero con la excepción de aquellos que creen conocer la verdad. Estos no pueden ser aceptados porque son un peligro para la democracia.

Esta situación es real, la tenemos instalada en ciertos ámbitos del poder, y se extiende, sobre todo entre los sectores jóvenes, ante la pasividad o la resignación, como si nada ocurriera. Lo que está en juego detrás de todo, lo digo una vez más, es un mundo con Dios o sin Dios. En esta ausencia de Dios se funda la crisis de nuestra cultura. Por lo mismo, sólo se superará tal crisis si desaparece ese «silencio o ausencia» de Dios, si el hombre vuelve a Dios, o si se le devuelve a Dios el lugar vital y central que le corresponde en el corazón, en el pensamiento y en la vida del hombre. No acuso a nadie; menos aún condeno a nadie –tampoco a la sociedad que tiene anchas espaldas–.

Sé que decir esto es nadar contracorriente, esto «no se lleva». Pero no puedo ni debo hablar con palabras aduladoras. Es mucho, es todo, lo que aquí se juega. No olvido a San Pablo, para quien «la verdad era demasiado grande como para estar dispuesto a sacrificarla en aras de un éxito externo. Para él, la verdad que había experimentado en el encuentro con el Resucitado bien merecía la lucha, la persecución y el sufrimiento. Pero lo que le motivaba en lo más profundo era el hecho de ser amado por Jesucristo y el deseo de transmitir a los demás este amor. San Pablo era un hombre capaz de amar, y todo su obrar y sufrir sólo se explican a partir de este centro». (Benedicto XVI).

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Por Remedios Falaguera
Periodista

“Hazme eco: no es un sacrificio para los padres que Dios les pida sus hijos, ni para los que llama el Señor es un sacrificio seguirle. Es, por el contrario, un honor inmenso, un orgullo grande y santo, una muestra de predilección, un cariño particularísimo, que ha manifestado Dios en un momento concreto, pero que estaba en su mente desde toda la eternidad”. San Josemaría Escrivá de Balaguer

Querido amigo: Soy consciente de la gran inversión que has realizado para dirigir a mis hijos por el buen camino. Es más, no creas que me olvido de los largos ratos de oración y los innumerables sacrificios que has ofrecido por ellos. Y, por supuesto también, de los partidos de fútbol, de las excursiones al monte, de las noches de cine,…que os han hecho trataros, conoceros y quereros de un modo especial. Eres un excelente colaborador en su formación humana y espiritual, y te estoy muy agradecida por ello.

Me alegra saber que has entregado tu corazón por completo a Dios, y te has comprometido a vivir el don del celibato para amar a Dios, sólo a Él y para siempre, como muchas otras personas, mientras gastas tu tiempo en la formación de los que se acercan a ti.

Tal vez, estoy segura de ello, esta llamada divina a vivir el celibato por Él puede suscitar suspicacias e incomprensiones. Pero, ¿quién puede decir que los hombres y mujeres son libres para enamorarse y querer formar una familia, pero no lo son para ofrecer su vida entera a Dios? ¿Cómo podemos afirmar que vivir este compromiso con Dios es anti-natural, fanatismo, o peor aún, impide al hombre y a la mujer realizarse plenamente?

Recuerdo una canción que cantaba de jovencita que decía así: “Por querer como te quiero todos mis amigos dicen que estoy loco. Pero ellos no comprenden lo que a mi me pasa, ellos saben poco. No conocen el motivo, no conocen nada de tus lindos ojos. Yo siento que estoy cambiado, estoy enamorado, me siento feliz”.

¿Qué te llaman loco? Locos de amor, diría yo. Esta decisión libre y responsable no sólo es meritoria, sino que me reafirma en mi convencimiento de que nuestros hijos no nos pertenecen, son de Dios. Nosotros somos simples colaboradores, “descubriéndoles nuevos horizontes, comunicándoles nuestra experiencia, haciéndoles reflexionar para que no se dejen arrastrar por estados emocionales pasajeros”, como comentaba San Josemaría Escrivá. Solo Él, sabe lo mejor para ellos.

Y es que , como afirmaba Juan Pablo II, vosotros , los jóvenes, “es a Jesús a quien buscáis cuando soñáis la felicidad; es Él quien los espera cuando no los satisface nada de lo que encuentran; es Él la belleza que tanto los atrae; es Él quien los provoca con esa sed de radicalidad que no les permite dejarse llevar del conformismo; es Él quien los empuja a dejar las máscaras que falsean la vida; es Él quien les lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar. Es Jesús el que suscita en ustedes el deseo de hacer de sus vidas algo grande, la voluntad de seguir un ideal, el rechazo a dejarse atrapar por la mediocridad, la valentía de comprometerse con humildad y perseverancia para mejorarse a ustedes mismos y a la sociedad, haciéndola más humana y fraterna”.

Y esto es lo que muchos padres olvidamos a menudo. Si Dios os llama para emplearos en el servicio de la Iglesia y de las almas, ¿Quiénes somos nosotros para ponerle trabas, para llamaros locos?

” Los padres que aman de verdad, que buscan sinceramente el bien de sus hijos,- solía señalar este gran santo- después de los consejos y de las consideraciones oportunas, han de retirarse con delicadeza para que nada perjudique el gran bien de la libertad, que hace al hombre capaz de amar y de servir a Dios. Deben recordar que Dios mismo ha querido que se le ame y se le sirva en libertad, y respeta siempre nuestras decisiones personales: dejó Dios al hombre —nos dice la Escritura— en manos de su albedrío (Eccli 15, 14.)

Pero, ya sabes, como dice Jesucristo en el Evangelio: “Quien pueda entender, que entienda”.

Es más, Él mismo, nos aseguró: “Todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará vida eterna”.

¡El ciento por uno!, no te puedes quejar.

Y entonces recuerdo aquellas palabras que nos dirigió por Juan pablo II en Roma, allá por 1984, siendo yo una alocada jovencita:

“Me dirijo sobre todo a vosotros, queridísimos chicos y chicas, jóvenes y menos jóvenes, que os halláis en el momento decisivo de vuestra elección. Quisiera encontrarme con cada uno de vosotros personalmente, llamaros por vuestro nombre, hablaros de corazón a corazón de cosas extremadamente importantes, no sólo para vosotros individualmente, sino para la humanidad entera.

Quisiera preguntaros a cada uno de vosotros: ¿Qué vas a hacer de tu vida? ¿Cuáles son tus proyectos? ¿Has pensado alguna vez en entregar tu existencia totalmente a Cristo? ¿Crees que pueda haber algo más grande que llevar a Jesús a los hombres y los hombres a Jesús?

Hay un modo maravilloso de realizar el amor en la vida: se trata de la vocación de seguir a Cristo en el celibato libremente elegido o en la virginidad por amor del reino de los cielos. Pido a cada uno de vosotros que se interrogue seriamente sobre si Dios no lo llama hacia uno de estos caminos. Y a todos los que sospechan tener esta posible vocación personal, les digo: rezad tenazmente para tener la claridad necesaria, pero luego decid un alegre sí.

En efecto, Dios ha pensado en nosotros desde la eternidad y nos ha amado como personas únicas e irrepetibles, llamándonos a cada uno por nuestro nombre, como el Buen Pastor que «a sus ovejas las llama a cada una por su nombre».

Jóvenes: Cristo necesita de vosotros y os llama para ayudar a millones de hermanos vuestros a salvarse. ¡Sed valientes!¡Abrid las puertas a Cristo, no temáis!”.

Ya ves, Cristo os necesita. No sois demasiado jóvenes, sabéis bien lo que debéis hacer. ¡Ánimo y al toro!

La Cuaresma comienza con el Miércoles de Ceniza y es un tiempo de oración, penitencia y ayuno. Cuarenta días que la Iglesia marca para la conversión del corazón.

ceniza

Las palabras que se usan para la imposición de cenizas, son:

“Arrepiéntete y cree en el Evangelio”

Origen de la costumbre

Antiguamente los judíos acostumbraban cubrirse de ceniza cuando hacían algún sacrificio y los ninivitas también usaban la ceniza como signo de su deseo de conversión de su mala vida a una vida con Dios.

En los primeros siglos de la Iglesia, las personas que querían recibir el Sacramento de la Reconciliación el Jueves Santo, se ponían ceniza en la cabeza y se presentaban ante la comunidad vestidos con un “hábito penitencial”. Esto representaba su voluntad de convertirse.

En el año 384 d.C., la Cuaresma adquirió un sentido penitencial para todos los cristianos y desde el siglo XI, la Iglesia de Roma acostumbra poner las cenizas al iniciar los 40 días de penitencia y conversión.

Las cenizas que se utilizan se obtienen quemando las palmas usadas el Domingo de Ramos de año anterior. Esto nos recuerda que lo que fue signo de gloria pronto se reduce a nada.

También, fue usado el período de Cuaresma para preparar a los que iban a recibir el Bautismo la noche de Pascua, imitando a Cristo con sus 40 días de ayuno.

La imposición de ceniza es una costumbre que nos recuerda que algún día vamos a morir y que nuestro cuerpo se va a convertir en polvo.Nos enseña que todo lo material que tengamos aquí se acaba. En cambio, todo el bien que tengamos en nuestra alma nos lo vamos a llevar a la eternidad. Al final de nuestra vida, sólo nos llevaremos aquello que hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos los hombres.

Cuando el sacerdote nos pone la ceniza, debemos tener una actitud de querer mejorar, de querer tener amistad con Dios. La ceniza se le impone a los niños y a los adultos.

Significado del carnaval al inicio de la Cuaresma

La palabra carnaval significa adiós a la carne y su origen se remonta a los tiempos antiguos en los que por falta de métodos de refrigeración adecuados, los cristianos tenían la necesidad de acabar, antes de que empezara la Cuaresma, con todos los productos que no se podían consumir durante ese período (no sólo carne, sino también leche, huevo, etc.)

Con este pretexto, en muchas localidades se organizaban el martes anterior al miércoles de ceniza, fiestas populares llamadas carnavales en los que se consumían todos los productos que se podrían echar a perder durante la cuaresma.

Muy pronto empezó a degenerar el sentido del carnaval, convirtiéndose en un pretexto para organizar grandes comilonas y para realizar también todos los actos de los cuales se “arrepentirían” durante la cuaresma, enmarcados por una serie de festejos y desfiles en los que se exaltan los placeres de la carne de forma exagerada.

El ayuno y la abstinencia

El miércoles de ceniza y el viernes santo son días de ayuno y abstinencia. La abstinencia obliga a partir de los 14 años y el ayuno de los 18 hasta los 59 años. El ayuno consiste hacer una sola comida fuerte al día y la abstinencia es no comer carne. Este es un modo de pedirle perdón a Dios por haberlo ofendido y decirle que queremos cambiar de vida para agradarlo siempre.

La oración

La oración en este tiempo es importante, ya que nos ayuda a estar más cerca de Dios para poder cambiar lo que necesitemos cambiar de nuestro interior. Necesitamos convertirnos, abandonando el pecado que nos aleja de Dios. Cambiar nuestra forma de vivir para que sea Dios el centro de nuestra vida. Sólo en la oración encontraremos el amor de Dios y la dulce y amorosa exigencia de su voluntad.

Para que nuestra oración tenga frutos, debemos evitar lo siguiente:

La hipocresía: Jesús no quiere que oremos para que los demás nos vean llamando la atención con nuestra actitud exterior. Lo que importa es nuestra actitud interior.
La disipación: Esto quiere decir que hay que evitar las distracciones lo más posible. Preparar nuestra oración, el tiempo y el lugar donde se va a llevar a cabo para podernos poner en presencia de Dios.
La multitud de palabras: Esto quiere decir que no se trata de hablar mucho o repetir oraciones de memoria sino de escuchar a Dios. La oración es conformarnos con Él; nuestros deseos, nuestras intenciones y nuestras necesidades. Por eso no necesitamos decirle muchas cosas. La sinceridad que usemos debe salir de lo profundo de nuestro corazón porque a Dios no se le puede engañar.

El sacrificio

Al hacer sacrificios (cuyo significado es “hacer sagradas las cosas”), debemos hacerlos con alegría, ya que es por amor a Dios. Si no lo hacemos así, causaremos lástima y compasión y perderemos la recompensa de la felicidad eterna. Dios es el que ve nuestro sacrificio desde el cielo y es el que nos va a recompensar. “Cuando ayunéis no aparezcáis tristes, como los hipócritas que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo, ya recibieron su recompensa. Tú cuando ayunes, úngete la cabeza y lava tu cara para que no vean los hombres que ayunas, sino Tu Padre, que está en lo secreto: y tu padre que ve en lo secreto, te recompensará. “ (Mt 6,6)”

Conclusión

Como vemos, la ceniza no es un rito mágico, no nos quita nuestros pecados, para ello tenemos el Sacramento de la Reconciliación. Es un signo de arrepentimiento, de penitencia, pero sobre todo de conversión. Es el inicio del camino de la Cuaresma, para acompañar a Jesús desde su desierto hasta el día de su triunfo que es el Domingo de Resurrección.

Debe ser un tiempo de reflexión de nuestra vida, de entender a donde vamos, de analizar como es nuestro comportamiento con nuestra familia y en general con todos los seres que nos rodean.

En estos momentos al reflexionar sobre nuestra vida, debemos convertirla de ahora en adelante en un seguimiento a Jesús, profundizando en su mensaje de amor y acercándonos en esta Cuaresma al Sacramento de la Reconciliación (también llamado confesión), que como su nombre mismo nos dice, representa reconciliarnos con Dios y sin reconciliarnos con Dios y convertirnos internamente, no podremos seguirle adecuadamente.

Está Reconciliación con Dios está integrada por el Arrepentimiento, la Confesión de nuestros pecados, la Penitencia y finalmente la Conversión.

El arrepentimiento debe ser sincero, reconocer que las faltas que hemos cometido (como decimos en el Yo Pecador: en pensamiento, palabra, obra y omisión), no las debimos realizar y que tenemos el firme propósito de no volverlas a cometer.

La confesión de nuestros pecados.- el arrepentimiento de nuestras faltas, por sí mismo no las borra, sino que necesitamos para ello la gracia de Dios, la cual llega a nosotros por la absolución de nuestros pecados expresada por el sacerdote en la confesión.

La penitencia que debemos cumplir empieza desde luego por la que nos imponga el sacerdote en el Sacramento de la Reconciliación, pero debemos continuar con la oración, que es la comunicación íntima con Dios, con el ayuno, que además del que manda la Iglesia en determinados días, es la renuncia voluntaria a diferentes satisfactores con la intención de agradar a Dios y con la caridad hacia el prójimo.

Y finalmente la Conversión que es ir hacia delante, es el seguimiento a Jesús.

Es un tiempo de pedir perdón a Dios y a nuestro prójimo, pero es también un tiempo de perdonar a todos los que de alguna forma nos han ofendido o nos han hecho algún daño. Pero debemos perdonar antes y sin necesidad de que nadie nos pida perdón, recordemos como decimos en el Padre Nuestro, muchas veces repitiéndolo sin meditar en su significado, que debemos pedir perdón a nuestro Padre, pero antes tenemos que haber perdonado sinceramente a los demás.

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El 14 de febrero de 2010 celebramos el 80 aniversario de la fundaciónde las mujeres del Opus Dei.

Selección del artículo publicado por Francisca Quiroga, profesora de Filosofía en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, en “Studia et Documenta” (2007).

¿En qué consistió el hecho fundacional del 14 de febrero de 1930? Se podría contestar a esta pregunta de una manera escueta diciendo: San Josemaría entendió que Dios llamaba a las mujeres a ser y hacer el Opus Dei.

Por tanto, lo que sucedió en la fecha que nos ocupa hay que situarlo en la perspectiva de la realización de este proyecto que tuvo su inicio el 2 de octubre de 1928[1].

El fundador detallaba siempre la fecha en que percibió que Dios quería la sección femenina del Opus Dei; algunas veces añadía también las circunstancias de lugar y de situación. El lugar fue el oratorio de la casa de la Marquesa de Onteiro[2], en Madrid. La situación: mientras celebraba la Misa; el momento preciso: inmediatamente después de la Comunión.

Él mismo anotaría más tarde lo que había sucedido en su alma: “el 14 de febrero de 1930, celebraba yo la misa en la capillita de la vieja marquesa de Onteiro, madre de Luz Casanova, a la que yo atendía espiritualmente, mientras era Capellán del Patronato. Dentro de la Misa, inmediatamente después de la Comunión, ¡toda la Obra femenina! No puedo decir que vi, pero que sí que intelectualmente, con detalle (después yo añadí otras cosas, al desarrollar la visión intelectual), cogí lo que había de ser la Sección femenina del Opus Dei [3].

Y en una meditación dirigida en Villa Tevere[4], en el oratorio de Pentecostés: “Yo iba a casa de una anciana señora de ochenta años que se confesaba conmigo, para celebrar Misa en aquel oratorio pequeño que tenía. Y fue allí, después de la Comunión, en la Misa, cuando vino al mundo la Sección femenina. Luego, a su tiempo, me fui corriendo a mi confesor, que me dijo: esto es tan de Dios como lo demás” [5].

Aparece ese día algo nuevo, pero que no es una institución diversa, sino un ensanchamiento de lo que había comenzado el 2 de octubre de 1928[6]. De formas diferentes, siempre que se refería a lo que empezó el 14 de febrero de 1930, quedaba patente que había una plena continuidad con lo que vio el 2 de octubre de 1928.

Lo expresaba de una manera muy clara en una reunión en Buenos Aires en 1974: “Fue el 2 de octubre del veintiocho, fiesta de los Santos Ángeles Custodios, cuando el Señor quiso que comenzáramos a trabajar. El 14 de febrero del treinta completó la Sección femenina esta gran movilización universal de cristianos para la paz, para el bienestar, para la comprensión, para la fraternidad”[7].

Veamos también un texto más antiguo, de 1959. Reunido con algunas mujeres del Opus Dei que vivían en Roma, les decía: “Quería estar hoy con vosotras, mis hijas, porque celebramos el aniversario de aquel día en que Nuestro Señor se dignó abrir a las mujeres este camino divino en la tierra”[8].

En un apunte de una conversación con el fundador, en febrero de 1955, se refleja cómo entendía que la integridad del Opus Dei incluía a hombres y mujeres. Les decía: “La Obra, verdaderamente, sin esa voluntad expresa del Señor y sin vuestras hermanas, hubiera quedado manca”[9].

Hombres y mujeres en el Opus Dei forman parte de una sola institución; tienen una misma llamada, una misma misión, idéntico espíritu y modos apostólicos[10]; constituyen una sola familia que tiene como cabeza al “Padre” que, desde que el Opus Dei alcanzó su forma jurídica definitiva en 1982, es su Prelado propio[11].

Así lo transmitió el fundador de formas variadísimas, con palabras y con hechos. Y así lo entendieron los miembros del Opus Dei desde el principio. Parece significativa una anotación del diario del primer centro de mujeres, fechada el 14 de febrero de 1943, en la que se percibe el eco de las palabras de san Josemaría: “Nuestra primera mirada en este día tan grande para nosotras ha sido para el Jesús (sic) que desde el Sagrario nos preside, en ella ha habido una acción de gracias muy honda por haber inspirado la colaboración femenina en su Obra[12]. La expresión “colaboración femenina”, aunque es inexacta, refleja bien dos aspectos que san Josemaría les transmitía: el Opus Dei es una institución única, con dos secciones; la iniciativa es divina, por tanto, todos –las mujeres y los hombres– “colaboran” con Dios.

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[1] Cfr. Andrés Vázquez de Prada, op. cit., vol. I, pp. 251-324.

[2] Doña Leónides García San Miguel, Marquesa de Onteiro: cfr. ibid., p. 258, nota 17. Su casa era un hotelito situado en la calle Alcalá Galiano; fue demolida años más tarde para construir un edificio de apartamentos. Cfr. Ana Sastre, op. cit., pp. 101-102.

[3] Josemaría Escrivá, Apuntes íntimos, n. 1871, anotación hecha en 1948, en Andrés Vázquez de Prada, op. cit., vol. I, p. 323. Sobre la relevancia histórica y teológica de este texto, cfr. Antonio Aranda, “El Beato Josemaría…”, pp. 131-136.

[4] Villa Tevere es el nombre del conjunto de edificios que albergan la sede central del Opus Dei en Roma: cfr. Andrés Vázquez de Prada, op. cit., vol. III, p. 105.

[5] Apuntes tomados en una meditación, 14-II-1964, AGP, Sec. P09, p. 74. Cfr. Andrés Vázquez de Prada, op. cit., vol. I, pp. 315-324.

[6] “En los meses que siguen al 2 de octubre de 1928, Don Josemaría Escrivá de Balaguer, aunque percibió claramente el alcance universal de la luz recibida, pensó que el Opus Dei estaba destinado solamente a varones. El 14 de febrero de 1930, mientras decía la Santa Misa, vio que debía promover esa vocación también entre mujeres, dando así origen a una nueva rama o sección del Opus Dei. La Prelatura del Opus Dei –que constituye una unidad pastoral orgánica e indivisible– realiza sus apostolados por medio de la Sección de varones y de la Sección de mujeres, bajo el gobierno y dirección del Prelado, que da y asegura la unidad fundamental de espíritu y de jurisdicción entre las dos Secciones”: José Luis Illanes, op. cit., p. 130, nota 74.

[7] Apuntes tomados en una reunión en Buenos Aires, el 26-VI-1974, AGP, Sec. P05, I, p. 595.

[8] Apuntes tomados en una charla el 14-II-1959, AGP, Sec. P02, 1992, p. 600.

[9] Apuntes de una conversación, febrero 1955, AGP, Sec. P01, II, p. 6.

[10] Cfr. Pedro Rodríguez — Fernando Ocáriz — José Luis Illanes, op. cit., pp. 69-86 y 162-198.

[11] Cfr. Statuta, nn. 1 y 130, en Amadeo de Fuenmayor — Valentín Gómez-Iglesias — José Luis Illanes, op. cit., pp. 628 y 647.

[12] Diario del centro de la calle de Jorge Manrique, 14-II-1943, AGP (Subfondo Asesoría Central), D-1004.

chicos

Vive el momento presente con ánimo… vivirás mejor.
–Sé generoso… experimentarás la alegría interior.
– Sonríe… romperás barreras, reducirás distancias.– Sé amable… transmitirás confianza.
– La cordialidad muestra, al interlocutor, buenos deseos.
–Si amas de verdad… imposibilitarás la envidia en ti.
– Aprende a servir… Ello indica voluntad y mejor espíritu.
– Intenta reír y reírte de ti mismo. Ganarás en salud.– Haz el bien. Serás recordado. Se te premiará.
– Irradia luz, energía, coraje… a quien está caído, hundido.
– Para dar espiritualidad, uno ha de poseer vida espiritual.
– Si pretendemos reanimar a otra persona, habremos de transfundirle «sangre», «coraje», «fuerza», «ilusión», «entusiasmo», «ayuda»… tal como nos pide Jesús.
Para todo ello, es imprescindible poseer un corazón generoso, dadivoso, espléndido, sin egoísmo ni envidias ni bajezas, que ofrezca vida y amor. Y tener un alma grande, llena a rebosar de los dones del Espíritu. Así transmitiremos paz, gozo, alegría, ánimo, espiritualidad.

Por José Mª Alimbau.

caballero

Las placas que se ven en la fachada norte del Real Oratorio de Caballero de Gracia dan fe del autor y la fecha de la reforma que sirvió para construir esta parte, tras abrir un tramo de la calle.

JAIME GARCÍA – SARA MEDIALDEA | ABC, MADRID Domingo, 07-02-10

A poco de iniciarse el paseo por la Gran Vía, desde la calle de Alcalá, se encuentra uno con un edificio de fachada singular, que se distingue sobre todos los demás. Es único en muchos aspectos. Sobre todo, por su uso: es un lugar de oración, una iglesia, que la apertura de la Gran Vía cercenó en parte pero también dotó de una nueva fachada hacia el norte, que posteriores reformas arquitectónicas han «abierto» parcialmente a los ciudadanos.
De hecho, cuando nació esa fachada norte no estaba como ahora: daba a la calle de San Miguel, una de las desaparecidas durante el proceso de apertura de la Gran Vía. Entonces fueron sacrificadas la sacristía, la sala de juntas y las viviendas de los sacerdotes. Y a su lado, también cayó bajo la piqueta el colegio de las niñas de Leganés, un centro «para niñas pobres y hermosas, que en la época se consideraban las más expuestas a perder la virtud», según las crónicas de la época.

Vidriera Altar Mayor

Vidriera Altar Mayor

Con la Gran Vía, se le abrió al oratorio la fachada norte, diseñada por el arquitecto Carlos de Luque -1911-1916-, y que posteriormente (1989-1991) se rehizo de la mano del arquitecto Javier Feduchi, para integrarla mejor en el conjunto: se derribó el cuerpo central, y fue construido en su lugar una especie de gran arco de triunfo que permite ver parte del ábside desde la calle.
El Oratorio, convertido así en única iglesia con puerta a la Gran Vía, es una bella pieza de arquitectura, construida en 1654 por iniciativa de la congregación de Esclavos del Santísimo Sacramento, fundada por el sacerdote italiano Jacobo Gratij, conocido como el Caballero de Gracia. La Asociación Eucarística del Caballero de Gracia -que en 2009 cumplió 400 años- ya mandó, a mediados del siglo XVII, rehabilitar el edificio, que entonces estaba arruinado, y puso su futuro en manos de Juan de Villanueva, que realizó obras en el mismo entre 1786 y 1795.

Jacobo Gratii, el "Caballero de Gracia"

Jacobo Gratii, el "Caballero de Gracia"

Basílica
Dicen los expertos que el arquitecto quiso hacer el Oratorio a modo de una pequeña basílica. Dentro conserva piezas de gran valor, como los frescos de la cúpula, de
Zacarías González Velázquez; las vidrieras de Maumejean, y un bellísimo Cristo de la Agonía, de Juan Sánchez Barba.
Precisamente a este templo acudía, cuando era estudiante de Arquitectura en Madrid, un vecino de la zona que ha llegado a santo:
Fray María Rafael Arnáiz Barón, canonizado por Benedicto XVI el 11 de octubre de 2009.

La Virgen Niña con san Joaquín y santa Ana

La Virgen Niña con san Joaquín y santa Ana