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Crisis de valores. Es lo que argumentan algunas voces en los medios para justificar los desagradables sucesos que estamos viviendo: la desaparición de Marta del Castillo, y las diversas violaciones a menores por parte de adolescentes o crímenes pasionales.
Cierto es que la ausencia de valores, que no los proporciona ni el prototipo de juventud que promociona la televisión; ni el fomento de la promiscuidad; ni el fácil acceso al alcohol y las drogas; crea un caldo de cultivo ideal para que pequeños delincuentes campen a sus anchas sin ningún tipo de límite.
Por eso, cuando una tiene conocimiento de que aún quedan padres que no están dispuestos a claudicar en la formación de sus hijos, experimenta el alivio de que no todo está perdido. Existen medios y soluciones, aunque requieran el esfuerzo tanto de los padres como por parte de los hijos.
Tal es el caso del Proyecto Genia, que desde hace un par de años se pone en práctica en varias asociaciones culturales juveniles. Es un completísimo programa, del que se benefician adolescentes de 9 a 15 años. Los padres, junto con monitoras especializadas, invierten en la formación y educación de sus hijos en aquellos aspectos que parecen estar en desuso, pero que la experiencia está demostrando que son absolutamente necesarios.
Este proyecto puede ser adquirido por asociaciones y colegios, de modo que puedan beneficiarse de él chicos y chicas de cualquier parte del país.
Se intenta fomentar la dignidad de la mujer, eliminando cualquier elemento sexista. Los chicos aprenden nociones de protocolo, de urbanidad, cocina, decoración, técnicas de estudio que mejoren su rendimiento académico, moda, espíritu de servicio … todo esto bajo la suervisión paterna.
Ni que decir tiene que los padres están encantados, ya que ellos se están implicando más en la educación de sus hijos; y esto se manifiesta en la evolución positiva de los chicos. Lo que contibuye a la armonía familiar.
Triste es que los medios no se hagan eco de estos proyectos tan positivos para la sociedad y sólo se difundan noticias desagradables.
Muchos jóvenes dedican estos días estivales para colaborar con distintas ONGS en la India, en Sudamérica, África o en países europeos del Este que necesitan tiempo y ayuda para reconstruirse tras las guerras padecidas en los últimos años del s. XX.
Ellas sonríen cuando quieren gritar,Cantan cuando quieren llorar,
Lloran cuando están felices y ríen cuando están nerviosas.
Luchan por lo que quieren.
No toman un “no” por respuesta cuando creen que hay una mejor solución.
Andan sin zapatos nuevos para que sus hijos los puedan tener.
Van al medico con una amiga asustada.
Aman incondicionalmente.
Son felices cuando se enteran de un nacimiento o un nuevo matrimonio.
Sufren con la pérdida de un miembro de la familia, aunque son fuertes cuando creen haber perdido la fuerza.
Saben que un beso y un abrazo pueden curar un corazón herido.
Ellas conducen, vuelan, caminan, corren o escriben por correo electrónico para demostrarte cuanto les importas.
El corazón de una mujer es lo que hace al mundo girar.
Las mujeres hacen más que dar a luz. Traen alegría y esperanza. Ellas dan compasión e ideales.
Dan apoyo moral a sus familiares y amigos.
Las mujeres tienen mucho que decir y mucho que dar.
Assumpta Marti Carbonell
Existe muy buena bibliografía sobre el Opus Dei, así como testimonios de los primeros miembros de la Obra.
La editorial Rialp ha ido editando algunos de esos libros, que no dejan de ser históricos. Me refeiero, a que ya no es sólo la historia del Opus Dei, sino el contexto socio cultural en que se desarrollan los hechos en cada país.
Estos libros despiertan mi interés especialmente, ya que sus distintos autores cuentan de primera mano como se fue desarrollando el Opus Dei en sus primeros años. Son personas, algunas ya fallecidas, que vivieron con san Josemaría unos comienzos difíciles. Los que hemos venido a la Obra cuando esta ya estaba constituidda como Prelatura Personal, nos hemos encontrado uncamino trillado gracias a la entrega y fidelidad “de los mayores” a su vocación y a las enseñanzas de San Josemaría. Así que su lectura es para mí interesante.
El último de esos libros que he leído es Memoria Ingenua y su autor Alfonso Balcells Gorina, médico catalán que vivió los comienzos de la Obra en Barcelona, aún sin serlo él.
Con un estilo descomplicado nos habla de la burguesía barcelonesa antes, durante y tras la guerra civil española. Ballcels conoció a Escrivá en Teruel, durante la guerra civil, pero no fue hasta los años 40, tras haber terminado su carrera de medicina cuando pidió la admisión en el Opus Dei.
No obstante, habiendo creado una amistad con universitarios como Juan Bautista Torelló o Rafael Termes, entre otros; colaboró con la puesta en marcha de los primeros centros del Opus Dei en Barcelona.
Quien haya leído alguna biografía de san Josemaría, sabrá que él se refería a “la contradición de los buenos” a los sufrimientos que les causó a él mismo y a aquellos chicos universitarios las duras críticas e injurias dirigidas hacia ellos por parte de algunos clérigos. No entendían que señores que vestían traje de chaqueta y corbata pretendiesen ser santos.
La lectura del libro de Balcells ayuda a entender por qué tuvieron lugar estos acontecimientos, pues explica muy bien el ambiente de asociacionismo clerical existente en la Barcelona de los años 30.
Alfonso Balcells, con gran caridad excusa a aquellas personas, que seguramente obraron con rectitud de intención, aunque estuviesen equivocados. Esta situación que tanto hizo sufrir a quellos chicos y a sus familias, seguramente sirvió para afianzar la fidelidad a su vocación.
La docilidad es el valor que nos hace tener la suficiente humildad y capacidad para considerar y la experiencia y conocimientos que los demás tienen.
La docilidad nos ayuda a ser más sencillos, pues nos dispone a escuchar con calma y atención, a considerar con mayor detenimiento las sugerencias que nos hacen y a tomar decisiones más serenas y prudentes en base a la información recibida.
Pocas veces en nuestra vida pensamos en la necesidad que tenemos de los demás, generalmente intentamos solucionar, decidir y ejecutar todo según nuestro criterio; y efectivamente, tendremos bastantes aciertos, pero también muchos fracasos y errores por considerar como inútiles los consejos que recibimos de quienes nos rodean.
Podemos suponer que la docilidad nos convierte en personas inútiles, dependientes, influenciables, faltos de carácter y de decisión, pero cualquier persona que desea aprender y desempeñarse satisfactoriamente en alguna disciplina (deporte, oratoria, pintura, mecánica, etc.), o mejorar en su vida personal, se pone voluntariamente bajo la tutela de alguien que conoce y domina el área en cuestión, con el fin de progresar rápidamente y por un camino seguro.
Pedir ayuda y dejarse guiar sería muy sencillo si evitáramos considerarnos superiores, la calidad de la opinión la medimos con unos criterios muy subjetivos: edad, posición profesional o social, grado de amistad y de mutua simpatía… y en resumidas cuentas nadie cumple con nuestras expectativas porque deseamos un guía que sea condescendiente con nuestro modo de ser y caprichos, con una exigencia “moderada” y un carácter a nuestro gusto.
Por si fuera poco vivimos con la certeza de ser el blanco de la mala voluntad de nuestros semejantes: nuestra falta de carácter nos hace ver críticas, molestias y envidias detrás de las recomendaciones que se hacen respecto a nuestro trabajo, conducta y personalidad. La docilidad nos permite advertir en cada situación una oportunidad de mejora personal o de beneficio para los demás.
Lo importante es reconocer que existen personas con experiencia y habilidades personales para aconsejarnos. Quien se interesa por nosotros nos hará ver defectos y errores; pedirá una reacción que afecte a nuestra comodidad y pereza; sanamente criticará nuestro modo de ser, carácter y conducta, pero todo persigue un fin: lograr nuestra mejora personal en todos sentidos. Ahora descubrimos a los padres, profesores, jefes y amigos que nos han dicho cosas que nos eran incómodas, pero tenían razón en exigirnos, en pedir un cambio en nuestro proceder. Si hubiéramos hecho caso esa vez…
Es curioso pensar que las personas menos dóciles, son aquellas que solicitan una mayor respuesta y disposición a las exigencias que proponen. La docilidad exige ejemplo, intercambio y disposición personal para lograr un beneficio mutuo.
Al poner nuestro criterio por encima de todo, mostramos resistencia y poca apertura a todo lo que significa cambio: el profesor que se empeña en corregir nuestro comportamiento o el nuevo sistema de trabajo que debemos implementar y seguir. En algunos temas nos consideramos especialistas y rechazamos ideas y opiniones por auténtica necedad: el pariente que opina sobre como educar a los hijos; el amigo que nos aconseja dedicar más tiempo a la familia: la vecina que habla sobre la manera de administrar y organizar las labores del hogar.
Es necesario estar alerta para descubrir a cada instante las oportunidades que la vida nos da para ser mejores, los buenos consejos y sugerencias pueden venir de cualquier persona en los momentos y lugares menos esperados.
Para ser más dóciles podemos considerar los siguientes puntos:
- Considera que las personas que más te exigen, te estiman o cumplen con su obligación (casa, escuela, trabajo).
- Aprende a considerar todo lo que te sugieren aunque no necesariamente te guste. No olvides concretar tu buena disposición con acciones.
- Primero obedece y sigue indicaciones, después haz las observaciones pertinentes.
- Haz el propósito de mejorar en un punto de los que más te insisten en casa, la oficina, la escuela o con los amigos, siguiendo los consejos recibidos; siempre y cuando sea algo bueno.
- Evita criticar a las personas que insisten en orientarte y procura descubrir su buena intención y el benéfico que obtendrás.
Al ser dóciles obtenemos muchos benéficos personales, pues hace de nuestra obediencia una colaboración gustosa para alcanzar objetivos personales o de conjunto; incrementa nuestra capacidad de adaptación a las nuevas exigencias y circunstancias que con relativa frecuencia se presentan; nos da la madurez para evitar empeñarnos en ser nuestros propios guías y jueces; se incrementa nuestro respeto y consideración por todas las personas.
Lo más importante es saber que la persona dócil es feliz poniéndose en manos de los demás, generando confianza por la seguridad que tiene de aprender a mejorar todo lo que a su persona concierne.
Un joven, después de sufrir un grave accidente de circulación, fue llevado a un hospital. Poco tiempo después avisaron a su madre de que su hijo estaba muy grave. La mujer se personó en el hospital y pidió ver a su hijo. Los médicos le dijeron que su hijo luchaba entre la vida y la muerte, que la menor excitación podía resultarle letal… además que no la reconocería porque estaba inconsciente.
La madre prometió que no le hablaría ni haría el menor ruido, pero suplicó que le permitieran entrar en la UVI, y estar un tiempo con él. Accedieron a su petición, pero le encarecieron que no pronunciara ni una sola palabra. La madre, con el corazón destrozado, obedeció.
Los ojos de su hijo estaban cerrados. Ella le puso suavemente la mano en su frente y le acarició la mejilla, tal como ella solía hacerlo cuando el joven moribundo era niño.
No transcurrió mucho tiempo cuando el joven, sin abrir los ojos, susurró:
- «Madre, has venido…»
Así despertó. El contacto, la caricia, la ternura, el afecto venidos de la mano de la madre le devolvió a su infancia, recordándole su protección y seguridad. Supo que su madre estaba allí, junto a él. Era el poder de la ternura.
- El ojo de la ternura que nunca duerme… es la madre.
- El oído que jamás se cierra… es la madre.
- La mano que ayuda, acuna y acaricia… es la madre.
- Hay un amor, una ternura que nunca falla… es la madre.
- Balzac escribía: «Las flores siempre hacen bien y nunca mal».
- Pablo VI decía: «Toda la historia de la salvación y todo el evangelio es amor, es la ternura de Dios que salva».
Por J. M. Alimbau
La moda es un fenómeno universal- en el tiempo y en el espacio porque es humano, “naturalmente” humano, y profundamente humano, escribe Rafael Alvira, catedrático de Filosofía de la Universidad de Navarra. Por esto mismo más que al hombre la moda apasiona a la mujer. El hombre y la mujer desde los tiempos más remotos y a partir de los primeros relatos de la Biblia en Adán y Eva se dan cuenta que no tienen, es decir que no están vestidos. Inmediatamente buscan cubrirse con hojas y después seguramente con pieles de animales. Se puede decir que los primeros padres de la humanidad iniciaron así el concepto del vestido.En esta época de la modernidad vestirse es importante tanto como lo ha sido en siglos pasados, épocas en el período de Luis XV y María Antonieta serán recordadas siempre por la exhuberancia y lujo en los vestidos y cabellos no sólo de mujeres sino también de hombres. Y es que con el vestido expresamos nuestra personalidad, valores y espíritu. Además con el vestido anunciamos nuestra pertenencia a una u otra clase social. La vestimenta definitivamente refleja el pensamiento de una persona y por ello mismo el acto de vestirse o de adoptar un estilo personal propio no es algo de deba tomarse tan a la ligera.
Ser y vestirse
El vestido tanto para el hombre como para la mujer tiene una función expresiva muy particular. En el caso de la mujer cada una busca expresar sus gustos, finura o ausencia de espíritu, valores o no que rigen la vida. Cuando la mujer se viste y acicala su imagen, el motivo que debería moverla no debería ser exhibir un cuerpo lindo y bien conservado por las dietas o los ejercicios, sino más bien el inspirar a través de su buen gusto y decoro a otras más jóvenes a ir tras la búsqueda de la verdad, manifestada en su arreglo personal. Sólo las mujeres podemos hacer esto y enseñarlo a otras.
A manera de ejemplo se puede mencionar que los animales no se visten porque no son capaces, en sentido radical, de tener. Además de esto, ellos no tienen nada que expresar pues no esconden nada, ni tienen que pasar esta o aquella prueba en sociedad. En realidad la exterioridad en el sentido propio de la palabra sólo la puede tener aquel que posee una interioridad. Y es el ser humano constituido por una unidad substancial de cuerpo y espíritu el único que puede vivir una interioridad desde su sexualidad masculina o femenina.
Es precisamente y aunque suene repetitivo como de acuerdo a esa finura de ser interior el hombre o la mujer se visten, son creativos con su arreglo personal y su forma de presentarse exteriormente al mundo. Si en ese interior hay valores vivos el resultado será una presencia que encanta, llena de buen gusto y elegancia. Si por el contrario se va por el mundo comprando todo lo que esta de moda sin considerar el mundo interior, el resultado exterior anunciará frivolidad y vacío.
Por eso se podría aseverar la frase “vístete y muéstrame tu dentro”. Ya que el vestido, la ropa, sirve para que cada uno exteriorice del modo en que a mi me parezca, lo que soy por dentro. Con lo que me ponga como mujer busco ser vista, llamar la atención de una forma provocativa o por el contrario inspirar respeto. Con el vestido puedo dejar las piernas al descubierto con una minifalda o cubrirlas para cuidar el interior. Como mujer si tengo un cuerpo lindo, no importando la edad que tenga, puedo decidir hasta donde voy a mostrar y exhibirlo. Pero para poder ver claramente esto debo estar en íntima conexión con los valores que me he decidido a vivir.
Por Sheyla Morataya
Un hombre de cierta edad vino a la clínica donde trabajo, para curarse una herida en la mano. Tenía bastante prisa y mientras lo atendía le pregunté sobre el motivo de su urgencia.
Me aclaró que tenía que ir a una residencia de ancianos para desayunar con su mujer que vivía allí.
Llevaba algún tiempo en ese lugar y sufría Alzheimer. Mientras terminaba de vendar la herida, le pregunté si ella se alarmaría en caso de que él llegara tarde esa mañana.
- No, me dijo, ella ya no sabe quién soy. Hace ya casi cinco años que no me reconoce.
- Entonces, le pregunté extrañado, ¿y si ya no sabe quién es usted, por qué esa necesidad de ir todas las mañanas y de llegar tan puntual?
Me sonrió, y dándome una palmadita en la mano, me dijo: «Ella no sabe quién soy yo, pero yo todavía sé muy bien quién es ella».
Tuve que contener las lágrimas, y mientras salía pensé: «Ésa es la clase de amor que quiero para mi vida; el verdadero amor no se reduce a lo físico o romántico, el verdadero amor, es la aceptación de todo lo que el otro verdaderamente es, de lo que ha sido, de lo que será, y de lo que ya nunca podrá ser».

La elegancia no se puede explicar. Como la belleza, sólo se puede mostrar. No es codificable. No se puede elaborar un prontuario al cual acudir en caso de duda; la persona elegante encuentra en sí misma el modo de comportarse y de vestirse.
Es, sin embargo, un pequeño código personal que se alimenta de la experiencia, el recuerdo, la tradición personal; se nutre desde la percepción interior de lo bello, de la costumbre personal del gusto por lo bello. Un pequeño código que, cada día y con medida, se va renovando; no es elegante el que viste siempre de la misma manera, repite siempre los mismos gestos, se comporta siempre del mismo modo, sino quién, en nuevas circunstancias, sabe encontrar el nuevo modo de comportarse, se renueva. La elegancia se mueve, por tanto, entre el ritmo tradicional y las tensiones de lo nuevo.
La elegancia tiene como presupuesto que el traje responda a la edad, a la personalidad, conformación física de quién lo lleva y, además, se encuentre en armonía con el lugar y la circunstancia en los que se lleva. Se desvela, además, por los detalles, es la suma de pocos y pequeños elementos: una joya, un cinturón, los zapatos o el bolso, el peinado, etcétera.
Ir “a la moda” no es siempre ser elegante. A menudo la moda es un factor de… falta de elegancia si no es filtrada por los criterios estéticos personales: un depósito de moda que consiste en la propia esencia, la forma de presentarse, actuar, moverse y vestirse que han originado en cada uno su estilo personal.
Si aquello que está de moda es por sí mismo elegante, incluso quién no tiene ese estilo corre pocos peligros al llevarlo… pero si la moda de por sí no lo es, es muy fácil caer en la vulgaridad.
Sin duda una virtud indispensable en nuestro caminar, es la paciencia. Y la necesitamos cada día, cada hora, siempre.Juan XXIII, el Papa Bueno, tenía por escrito este propósito: “Con el prójimo, mansedumbre, longanimidad, paciencia, paciencia, paciencia sin fin”.
Sí, la virtud de la paciencia hay que ejercitarla y para ello sobran oportunidades. En el hogar, en los viajes, en el trabajo, en el estudio, en el deporte, con el cónyuge, con los hijos, con los abuelos, con los vecinos, detrás y ante el mostrador… y con nosotros mismos.
Las sorpresas que nos presentan la vida, esas dificultades y contratiempos inesperados, nos obligan a practicar la paciencia. Esas molestias que debemos soportar son como la materia prima para construir nuestra santificación. Y esa es nuestra vocación. Y donde pasan los pacientes, los santos, se va quedando Dios.
Quien sabe soportar y aceptar con alegría los defectos que aparecen en el prójimo, se va convirtiendo en héroe. San Pablo, escribiendo a los de Éfeso les recomienda: “Sean humildes, amables, pacientes y sopórtense unos a otros con amor” (Efesios 4, 2)
Si rechazamos a personas molestas y “pesadas”, o escapamos diplomáticamente de una responsabilidad, desperdiciamos la ocasión que nos ofrece Dios de practicar la virtud de la paciencia.
La virtud de la paciencia nos ubica en un camino de autodisciplina que nos ejercita para saber callar, evitar roces, a no ventilar sufrimientos o aventuras ajenas, ni dolores propios… porque las lamentaciones nublan el día, entristecen el corazón y descontrolan la paz.
Dicen que no hay rosas sin espinas… Que en el jardín de nuestra vida florezcan la rosas de las buenas obras, pero que sus espinas no hieran a nadie. Aquí viene bien recordar el pensamiento poético de Teresa de Jesús:
“Nada te turbe,
nada te espante.
Todo se pasa.
Dios no se muda.
La paciencia todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene nada le falta.
Sólo Dios basta”.
La práctica de la virtud de la paciencia nos da equilibrio y vigoriza nuestra personalidad.
Se trata de la última entrada del blog Siete en familia
Recomiendo su lectura, porque es muy edificante.

Cuando las cosas se ponen feas y los problemas parecen no tener solución, resulta de gran ayuda saber afrontar la situación con una sonrisa que le quite dramatismo. El sentido del humor es un mecanismo psicológico muy sofisticado que permite aumentar la eficacia con la que nos enfrentamos a las situaciones.
El diccionario emparenta el sentido del humor con la jovialidad y la agudeza y, en general, con la buena disposición personal para hacer las cosas. Y es que, en la mayoría de las ocasiones, la forma de resolver una situación complicada, y el éxito o fracaso del intento, depende más de la actitud con que se afronte que de la aptitud objetiva para poder resolverlo. Una filosofía optimista de la vida ayuda en gran manera a salir del atolladero y a buscar soluciones en lugar de quedarse atascado en los problemas.
Optimismo inteligente
Por supuesto, la solución a los problemas no vendrá por sí sola por el simple hecho de sonreír. No se trata de reír por reír, sino de afrontar las situaciones difíciles con una actitud positiva. El estado de ánimo determina las acciones que se llevan a cabo. Para mantener una actitud activa y no dejarse arrastrar por los problemas, se hace imprescindible saber relativizar el problema, observarlo con cierta distancia para suavizar su impacto negativo. Es lo que algunos psicólogos llaman “optimismo inteligente”. No en vano, son muchos quienes defienden que el principal rasgo que nos distingue de los animales es la capacidad para sonreír. El humor, sin embargo, no es una capacidad innata del ser humano. No se nace con él, sino que se va aprendiendo a lo largo de la vida, y puede aumentarse o potenciarse con un poco de esfuerzo.
Cualidad a desarrollar
Si bien el carácter puede marcar a una persona más hacia la inhibición o hacia el entusiasmo, todo el mundo puede tener sentido del humor. Desarrollarlo sólo es cuestión de entrenamiento. La actitud positiva ha de fomentarse diariamente, y puede resultar muy difícil de lograr para personas acostumbradas a ver sólo el lado negro de las cosas. En los casos extremos, se puede recurrir incluso a cursillos especializados, impartidos por psicólogos, que empujan a desarrollar el lado positivo incluso al más pesimista.
Síntoma de inteligenciaPor otro lado, el sentido del humor no sólo ayuda a afrontar mejor los problemas, sino que además ayuda a desarrollar la inteligencia y la rapidez de reflejos. La base de la risa y del humor está en sacar las cosas de contexto, invertir situaciones habituales … Tiene un gran componente de instinto de supervivencia, de escudo ante los problemas insuperables. Existen estudios que demuestran que las personas que atraviesan situaciones difíciles son las que desarrollan un humor más agudo y lúcido, sacando punta a circunstancias incluso de extremada gravedad. Entrenar el cerebro para darle la vuelta a las situaciones de esta forma estimula la inteligencia y la velocidad de respuesta de la mente.
Humor y capacidad de crítica
Sin embargo, como en todo, no conviene caer en los extremos. Existen personas que se refugian en la burla, la ironía, el sarcasmo y la ridiculización constante de las personas que le rodean como medio de autoprotección. Otras lo hacen con un humor tan ingenuo que cualquier cosa les hace reír. Ninguno de los dos extremos es bueno.
Para que el humor sea saludable tiene que ser, ante todo, respetuoso, y tiene que permitirnos ver la realidad con cierto grado de crítica. Un humor demasiado ácido, o demasiado cándido, acaba siempre por traer más problemas de los que soluciona. Lo ideal es reírse con los demás y no de ellos, y, por supuesto, que los demás se rían con uno y no de uno.

Una de las virtudes mejor valorada por todas las personas es la amabilidad, ser afables. Una persona puede ser educada, bien vestida…, pero si además es agradable y amable, entonces es una persona encantadora. Una persona amable, por norma general, es una persona con buenos modales.
Hay un frase, de Alfred Capus, que nos indica de forma perfecta que es la amabilidad: ” Una persona amable es aquella que escucha con una sonrisa lo que ya sabe, de labios de alguien que no lo sabe”. La amabilidad nos ayuda a causar buena impresión a los demás, aún a costa de hacer algún pequeño sacrificio.
Aunque el término “amabílitas” proviene del latín con un significado de amado, de ser amado o preferido, para nosotros hemos tomado el significado más actual y moderno que tiene que ver con las normas de conducta más que con los sentimientos.
El término amabilidad. engloba muchos conceptos: interés por los demás, respeto, consideración … En sí misma encierra muchos de los aspectos fundamentales de una persona bien educada.
“Aunque pudiera hacerme temible, preferiría hacerme amable” dijo Michel Eyquem de la Montaigne. Y es que una persona amable es querida y respetada. La amabilidad es un profundo sentimiento que solamente se manifiesta en ciertas actitudes. La amabilidad se manifiesta en cualquier momento; debe surgir de manera espontánea. La amabilidad no se fuerza, pues perdería su naturalidad dejando de ser amabilidad para convertirse en algo fingido, parecido a la amabilidad sin serlo.
La amabilidad es generosidad y hay que derrocharla. Hay que ser amables con todo el mundo, no sólo con las personas que conocemos. La amabilidad abre puertas, auna culturas y ayuda a una convivencia mejor .
Una persona amable es aquella que nos ayuda, por ejemplo, a cambiar una rueda pinchada de nuestro automóvil, que nos deja llamar por teléfono desde su casa si lo necesitamos, que nos deja una herramienta, etc. Estamos rodeados de gente amable. Sigamos pasando ese “testigo” y contagiando la amabilidad. Solamente una cosa más, no abuse de ella. No sea empalagoso, llevando su amabilidad al límite de lo exagerado, siendo demasiado “atento”.
Traigo este texto de la web de Familias numerosas de Albacete. Humor y sentido común.
(Traducido de una recopilación realizada por Karen Plomp, cuyo original puede leerse aquí)
Como madre de familia numerosa me formulan las mismas preguntas una y otra vez; y otros padres de familia numerosa me han comentado que les sucede lo mismo. Algunos de nosotros responden con ingenio, aunque algunas respuestas son ligeramente sarcásticas para mí. En cualquier caso es divertido fantasear que las usas con alguien. Aquí tenéis la Lista Oficial de Preguntas más Frecuentes (FAQ). Siéntete libre para usarla o distribuirla siempre que conserves el copyright. Una observación: la gente a veces se sorprende y dice las cosas correctamente, no me importa en estos casos contestar amablemente al cuarto que, en 10 minutos, me dice “¡estaréis entretenidos!”, pero otras preguntas como “¿y no pensáis parar?” las considero improcedentes y no me siento obligada a ser amable con ellos.
Quiero agradecer su participación a toda la gente que ha contribuido a este FAQ, ha sido divertido leer vuestros comentarios y escuchar vuestras experiencias.
“¡Estaréis entretenidos!”
•Sí y muy contentos.
•Sí, y nuestro cariño también.
•Sí, mejor estar entretenido que aburrido.
“¿Son todos suyos?”
•No, vengo de alquilarlos.
•Sí, y el mayor se ha quedado en casa con los trillizos.
•No, hay dos del cartero y otro que no estoy segura de quién es…
•No, hay dos que nos siguen desde hace unos minutos.
•No, hay dos que los he comprado en el super.
•¡Oh, nunca había oído esa pregunta antes!
•Por supuesto, ¿o es que se piensa que me los he comprado en una tienda para divertirme?
•Sí, son todos nuestros. Llevamos 22 años casados y son lo único que tenemos para demostrarlo.
•No, tengo dos más en casa.
•Bueno, no son nuestros de nuestra propiedad sino fruto de nuestro cariño…
•¡Síííí, y es que están tan ricos!!! (a los niños les encanta).
•Por supuesto, son… a ver espera… ¿Quién es ése? No es nuestro … ay sí, no me acordaba de que era mío.
•Pues no lo sé… ¿Cuántos hay?.
•Sí, y si tienes alguno que no quieras, también me lo quedo encantada.
•(Si estoy embarazada) Sí, y éste también (tocándome la barriga).
•No, los colecciono desde hace años y acabo de llevarme éstos.
•Sí, es lo que se cree mi marido.
•(Normalmente llevo conmigo a los 7 más pequeños, así que cuando alguien me pregunta esto digo que sí y uno de ellos dice que hay 4 más. Entonces esperamos a que sume 7+4 y vemos la cara que pone).
“¿Vas a tener más?”
•Sí, nos encanta el sexo.
•¿Y a tiqué te importa?.
•Sí, aunque no en este preciso momento.
•Intentamos entrar en el Libro Guiness de los Records de … (añadir lo que sea aquí, record de hijos, de familia más grande viviendo en una misma casa, etc.).
•Sí, siempre quiero tener uno más.
•Es que tenemos un monovolumen de 12 plazas y queremos llenarlo.
•Pregúntamelo dentro de nueve meses.
“¿Y por qué tienes tantos hijos?”
•No lo sé ¿podrías decímerlo tú?.
•Conocemos las razones y nos encanta. Gracias.
•Sí, por fin encontramos la causa y ahora colocamos los cepillos de dientes en vasos separados.
•Me enteré tarde de los motivos: ahora lavo los calzoncillos de mi marido por separado.
•Es porque tenemos una vida sexual intensa.
•Sonría y diga con entusiasmo: “Conozco las causas y me encanta”.
•Apuéstese algo a que es por… amor, amor, amor, sexo, sexo, sexo…
•¡Conozco las causas, así que no se acerque mucho a mí!
•Es por algo que hay en el agua ¿Quiere un vaso?
•O es por algo que hay en el agua o por culpa del sexo, pero no vamos a renunciar a ninguno de ellos.
•Sí, conozco las causas ¡Dios nos los mandó!
•Pues… ¡Será por las frías noches de invierno!
•¡Por culpa de amor y de más amor!
•Sé que es por culpa de algo que me hace sentirme muy bien después de hacerlo…
•¡Porque Dios nos ha querido bendecir con ello!
•Las causas son tres: una buena relación matrimonial, dos corazones generosos y porque Dios ha querido.
“¿Y vais a parar ya?”
•¡Con lo bien que funcionamos!
•¡Con lo bien que nos salen!
•¿Y para qué lo quieres saber?
•¡Con lo bien que nos van las cosas!
“No me explico cómo lo haces, yo no puedo con uno (o con dos)”
•Si yo tuviera dos como los tuyos tampoco podría.
•Sí, no me pareces el tipo de persona que pueda con más de uno (o dos).
•Lo hago como todo el mundo, en la cama y mientras los niños duermen.
•Les pongo asas, es más fácil manejarlos.
•El día tiene 24 horas para todo el mundo, pero no todos hacen el mismo uso de ellas…
•Con paciencia, paciencia y paciencia.
•Voy a su cuarto y les observo dormir. Entonces me doy cuenta de lo dulces que son estos benditos y me anima a seguir.
•Oh, simplemente “lo hago”. Me levanto por la mañana, hago lo que tengo que hacer durante el día, me voy a la cama y ya ésta.
•Selecciona con cuidado tus batallas diarias. Ser selectivo ayuda.
•¡No me agobio por pequeñeces!
“¿Planeáis a tener más?”
•Siempre pensé que lo que se planeaba era no tener más.
•Antes de casarnos planeamos tener dos, pero resulta que mi marido no sabía contar.
•Los seis primeros no los planeamos. Y los seis siguientes tampoco.
“¡Espero que no planeéis tener más!”
•¿Ahora que descubro algo en lo que soy realmente eficaz y me estás pidiendo que pare?
•Díselo a Dios… es cosa de Él.
•Bueno, es que tenemos una habitación en nuestra roulotte para dos más.
•No, no pienso planear el próximo ¡Me encantan las sorpresas!
•Sí, vamos a seguir insistiendo hasta que nos salga uno feo.
“¿No hacéis planificación familiar?”
•Sí, pero gracias a Dios no funciona
•Sí, he oído hablar de eso, espero que lo use Vd.
•Es que no encuentro preservativos de mi talla.
•Eso es para gente con hijos feos.
•Sí, lo conocemos, pero eso es para gente que no quiere niños.
“¿No tenéis televisión?”
•No, tenemos cosas mejores que hacer por la noche.
•Sí, tenemos 4 ¿Por qué lo pregunta?
“¿Cómo pueden tener tantos con lo cara que está la vida?”
•Lo caro es el estilo de vida, no los niños.
•Ni vivimos de ayudas, ni endeudados, ni mi marido es médico, ni abogado. Simplemente somos buenos administradores.
•¿No conoce a nuestro asesor fiscal? Es Dios.
•No sé cómo podemos pero ¡funciona!
“¿Y tenéis tiempo para vosotros?”
•Por supuesto que lo tenemos, por eso tenemos seis niños.
“¿Son todos suyos o adoptados?”
•Y eso qué mas da, son todos míos, o qué se piensa ¿que se le van cayendo por ahí a la cigüeña?
•Son “porquemedalagana”
“Cuando se queden mirando fijamente a tu familia…”
•¡No! ¡Ni somos católicos ni mormones!
•¡Sí! ¡Son todos míos!
•No, no intentamos superpoblar el planeta, simplemente superar al número de idiotas.

Es fácil reconocer los efectos de la alegría, pero ¿cuáles son sus causas?, todos queremos vivir felices y alegres pero, ¿cuáles son las fuentes de la alegría?, ¿cómo fomentar esta virtud en la familia?
a. El amor
La fuente más profunda de la alegría es el amor, particularmente el amor en matrimonio y en familia. Ese amor es el principal ‘combustible’ para estar alegres.
Quien no ama, no sonríe. Por eso, podemos decir que lo que más facilita esta virtud es la familia como comunidad de amor, o sea una familia donde se respire un ambiente de paz, donde todos se sientan amados por lo que son.
De esta manera se puede definir la alegría como el amor disfrutado; la alegría es la primera consecuencia del amor y cuanto más grande es el amor, mayor es la alegría.
b. La apertura y la generosidad
El dar y el darse a los demás por el bien de ellos, nos da la felicidad de la donación. El ambiente donde se aprende a entregarse sólo por el ‘gusto’ de ayudar a los demás es el hogar familiar.
Si papá llega del trabajo enojado, y mamá se encierra con seriedad en su habitación, o ninguno de los dos está disponible para los demás, no se puede pretender que los hijos vivan para ayudar y compartir con los demás, o en definitiva que sean alegres.
Por el contrario, la generosidad nos hace vivir para los otros, nos hace superar el cansancio, para escuchar a los niños, para dedicar un tiempo especial para jugar, nos hace salir de nosotros, conversar o ir de paseo con todos el fin de semana… La alegría familiar no se plasma en una fotografía, se va tejiendo todos los días con pequeños detalles de donación, de cariño y atención. La virtud de la alegría está pues, alejada del egoísmo.
c. Una vida ordenada y sencilla
Una familia en donde se enseñe a disfrutar de las cosas simples de la vida es fuente de alegría para sus miembros. En la familia se aprende a vivir con lo que se tiene, con lo que papá y mamá nos dan; se aprende a disfrutar de una comida todos juntos, de una salida al parque de diversiones, se aprende a ser feliz conviviendo con los hermanos, conversando en familia, etc.
En un ambiente familiar de serenidad, orden y alegría, todo esfuerzo se aligera, los deberes familiares no se ven como una carga sino como una entrega gustosa en beneficio de nuestros seres más queridos y cercanos.
d. Valorar el don de la vida
El tener vida ya es motivo suficiente de alegría, aún en las circunstancias adversas. Y si a este amor por la vida se le añaden las virtudes como la paciencia y la fortaleza, entonces se puede resistir en los momentos de dificultad con esperanza. Estas actitudes se aprenden en el seno familiar a través de los acontecimientos cotidianos y del ejemplo de los padres.
Por todo lo anterior podemos deducir que lo que impide disfrutar de este valor de la alegría es el egoísmo, que nos hace vivir encerrados en nuestra persona; el materialismo, que nos hace buscar la felicidad en tener más cosas, en lugar de buscar la felicidad de los demás y de tratar de ser mejores personas; el dar más importancia a las cosas de la que objetivamente tienen, el vivir más pendientes del exterior, en lugar de cultivar el interior, etc.

Probablemente nadie entienda mejor la lealtad que aquel a quien le han traicionado alguna vez. Todos esperamos la lealtad de los demás.
A nadie le gusta ser traicionado, o saber que un amigo habló mal de nosotros. Por supuesto que nos parece terrible cuando, tras muchos años de trabajar en un empresa, somos despedidos sin pensar en todos los años que le invertimos. Detectar la lealtad (o deselaltad) en los demás es fácil, pero ¿Cómo estoy viviendo yo la lealtad? ¿Realmente sé qué es? ¿Qué esperan los demás de mí?
La lealtad es un corresponder, una obligación que se tiene al haber obtenido algo provechoso.
Es un compromiso a defender lo que creemos y en quien creemos. Por eso el concepto de la lealtad se da en temas como la patria, el trabajo, la familia o la amistad. Cuando algo o alguien nos ha dado algo bueno, le debemos mucho más que agradecimiento.
La lealtad es un valor, pues quien es traidor se queda solo.
Debemos ser leales con aquello que nos ha ayudado un amigo que nos defendió, un país que nos acoge como patria, una empresa que nos da trabajo. La lealtad es defender a quien nos ha ayudado, “Dar la cara”.
Cuando somos leales, logramos llevar la amistad y cualquier otra relación a su etapa más profunda. Todos podemos tener un amigo superficial, o trabajar en un sitio simplemente porque nos pagan. Sin embargo, la lealtad implica un compromiso que va más allá: es el estar con un amigo en las buenas y en las malas, es el trabajar no solo porque nos pagan, sino porque tenemos un compromiso más profunda con la empresa en donde trabajamos, y con la sociedad misma.
La lealtad es una llave que nos permite tener auténtico éxito cuando nos relacionamos. La lealtad es un valor que no es fácil de encontrar. Es, por supuesto, más común aquella persona que al saber que puede obtener algo de nosotros se nos acerque y cuando dejamos de serle útil nos abandona sin más.
Es frecuente saber que alguien frecuenta un grupo contrario porque le da más beneficios. Y lo que acaba ocurriendo es que nadie confía en ese tipo de personas.
Podemos ver como actitudes desleales:
- Las críticas que se hacen de las personas, haciendo hincapié en sus defectos, lo limitado de sus cualidades o lo mal que hacen su trabajo.
- Hablar mal de nuestros jefes, maestros o de las instituciones que representan.
- Divulgar las confidencias que se nos han hecho.
- Quejarnos del modo de ser de alguien y no ayudarlo para que se supere.
- Dejar una amistad por razones injustificadas y de poca trascendencia, como el modo de hablar, vestir o conducirse en público.
- El poco esfuerzo que se pone al hacer un trabajo o terminarlo.
- Cobrar más del precio pactado.
Como vemos, la Lealtad se relaciona estrechamente con otro valores como la amistad, el respeto, la responsabilidad y la honestidad.
No basta contradecir las actitudes desleales para ser leal, es necesario detenernos a considerar algunos puntos:
- En toda relación se adquiere un deber respecto a las personas. Como la confianza y el respeto que debe haber entre padres e hijos, la empresa con los empleados, entre los amigos, los alumnos hacia su escuela…
- Es necesario reconocer los valores que representan las instituciones o aquellos que promueven las personas con sus ideas y actitudes. Nunca será buena idea que una persona que se preocupa por vivir los valores, trabaje en un lugar donde se hacen fraudes o impera la corrupción.
- Se deben buscar y conocer los valores permanentes para cualquier situación, de otra forma se es “leal” mientras se comparten las mismas ideas. La persona que convive en un ambiente de diversión malsana y excesos, pronto se alejará y comenzará a hablar mal de aquellos que dejaron de participar de sus actividades.
- La Lealtad no es consecuencia de un sentimiento afectivo, es el resultado de una deliberación mental para elegir lo que es correcto. El mentir para encubrir las faltas de un amigo (en la casa, el trabajo o la escuela) no nos hace leales, sino cómplices.
- Si se coloca como valor fundamental el alcance de objetivos, se pierde el sentido de cooperación. La persona que participa de una actividad sólo por el éxito que se tiene, fácilmente abandona la empresa porque las cosas no salen bien o simplemente deja de obtener los beneficios a que estaba acostumbrado.
Lo importante es vivir los valores por lo que representan, no por las personas que en algún momento dictan una norma. Todo trabajo se debe hacer bien, no por “quedar bien” con el jefe.
Con todo lo anterior veremos que aún sin darnos cuenta, las relaciones que hemos sabido mantener se deben en gran medida a la vivencia del valor de la Lealtad. No basta conocer los valores, es necesario darlos a conocer y reforzarlos para lograr un cambio de actitud, al hacerlo, logramos madurar la amistad y fortalecer el afecto.

Se habla frecuentemente de una “crisis de valores”, referenciados en las múltiples expresiones de descomposición social y la degradación de las relaciones entre los seres humanos.
Aunque es válida esa acepción, preferimos mas bien señalar que dada la crisis social, familiar e individual, los valores que todos poseemos no alcanzan su expresión real, son obnubilados, desestimados, des-aprovechados. En otras palabras, los valores están siempre, potencialmente presentes en el individuo, pero es éste quien no hace uso de ellos. Podríamos comparar esta cualidad intrínseca del ser humano con la inteligencia, siempre está presente y es posible aprovecharla y fortalecerla, pero hay diferencia en su empleo y aprovechamiento.
Un Valor muy particular Con esta breve introducción invitamos a analizar el AGRADECIMIENTO COMO VALOR, muy poco reflexionado pero con profundas implicaciones sobre quien lo ejerce. A él se le oponen el orgullo, el egoismo, la vanidad, la falta de humildad, el desinterés, la ausencia.
Para agradecer hay que saber conceder que hemos recibido de otro, que hay un favor hacia nosotros, que tenemos el apoyo en otro. Es la anterior una posición bien difícil en un mundo individualista que destaca fundamentalmente la exaltación del “yo”.
Cuando Tomás de Aquino, definía la palabra “gracia” la relacionaba con tres cosas:
1. La benevolencia que alguien, normalmente un superior o soberano, tiene por alguien: “el emisario halló gracia ante el rey…”;
2. Aquello que alguien otorga a alguien, precisamente como signo de la actitud mencionada: “…y le concedió la gracia de la libertad para su padre…”;
3. La expresión de felicidad y bienquerencia que esto otorgado produce en quien lo ha recibido: “…entonces el emisario le dio infinitas gracias”.
Según esto, el agradecer se inscribe en la lógica de la gracia, y por tanto en la del reconocimiento de todo aquello que se recibe. Por consiguiente, aprender a agradecer supone que se ha aprendido, o por lo menos se está aprendiendo a reconocer la necesidad de Otro (Dios) y otros (nuestros semejantes).
Todos necesitamos de los demás, incluso el mas poderoso, pero no todos reconocemos nuestra necesidad de los demás. Indudablemente la principal necesidad de favores está dirigida a Dios, que es, en última instancia, el que los concede todos. Pero aún ante Él, quienes creemos, tenemos una actitud muchas veces de formalismo o de incomprensión del significado del AGRADECIMIENTO.
Quien no es agradecido, “no sabe disfrutar de lo que tiene, porque no se percata de lo que tiene; sólo lo valora cuando lo ha perdido y, entonces, se convierte en otro motivo más para quejarse y aumentar la autoconciencia de su desdicha”…

Santa María de la Paz
Rescato un artículo de Juan Manuel de Prada que me resulta entrañable. Espero que os guste.
El cachondo de Dan Brown, poco escrupuloso de las precisiones geográficas, sitúa la sede central del Opus Dei en Lexington Avenue, que es algo así como transplantar el Pentágono a la comisaría de la calle Leganitos; también adereza sus intrigas con ‘monjes’ de la Obra, confundiéndola quizá, en pleno delirium tremens, con la orden benedictina.
Pero la pobre gente alienada se traga estas mentecateces y se queda tan pancha, convencida además de haber accedido a una forma de conocimiento superior. Decididamente, Chesterton tenía razón: se empieza dejando de creer en Dios y se acaba creyendo en cualquier cosa, incluidas las paparruchas seudoesotéricas y la morralla que injuria las imprentas. Hace una mañana exacta como un verso del Dante, la primera después de tantas mañanas sin más rima que la establecida por la lluvia. Cerca del hotel donde me hospedo, en Via Bruno Buozzi 73, se halla la verdadera sede del Opus, conocida como Villa Tevere, un edificio menos suntuoso de lo que mi imaginación, tan calenturienta, había presagiado. Me he citado aquí con monseñor Joaquín Alonso, un sacerdote que contribuyó a engrasar el español de Juan Pablo el Grande en los albores de su Papado. Monseñor Alonso, secretario del Prelado Javier Echevarría, como anteriormente lo fuera de Álvaro del Portillo, es un septuagenario enjuto y todavía ágil que no ha logrado desprenderse, pese al medio siglo de éxodo romano, de su acento sevillano; habla con una celeridad que hace inútiles los esfuerzos de este cronista por transcribir sus palabras, en una ventolera de frases que brincan como saltamontes de uno a otro asunto y se encaraman en el trampolín ameno de la divagación, omitiendo aquí y allá algún sujeto o predicado, hasta convertir su monólogo en un delicioso mogollón. Monseñor Alonso viste una sotana que adelgaza aún más su figura; es un hombre inquieto, vivaz, que no deja de remejerse en el sillón orejero que ocupa durante la entrevista, seguramente porque preferiría estar de pie, bailando al ritmo de su sintaxis premiosa.
“Conocí al Cardenal Wojtila en un curso de conferencias que organicé en la Residencia Universitaria Internacional. Era un hombre vigoroso, de una simpatía contagiosa y una fe firme como una roca. Me permití solicitarle una entrevista sobre el sacerdocio. Él por entonces hablaba un italiano todavía defectuoso comiéndose los artículos; me prometió que contestaría mis preguntas por escrito y en polaco. Cumplió su promesa: en el texto manuscrito que me envió al cabo de varias semanas, figuraba en el encabezamiento de cada página una frase alusiva a la Virgen, o un versículo inspirador: su pensamiento iba siempre unido a la oración”, rememora don Joaquín. Me ha tendido unos folios en los que rastreo la caligrafía espaciosa y decidida de Wojtila; algunas tachaduras ratifican, aquí y allá, el hilo del discurso. “Para los años 77 y 78, las comidas del cardenal Wojtila con monseñor Álvaro del Portillo y conmigo mismo eran ya relativamente frecuentes. Luego, cuando lo nombraron Papa, me eligió, junto a Monseñor Abril, actual nuncio en Eslovenia, para recuperar su español, que había aprendido leyendo a los místicos, durante sus estudios doctorales en el Angelicum. Era un superdotado para los idiomas; no tenía miedo de equivocarse, diría incluso que aprendía equivocándose. Yo le advertía: ‘Como buen sevillano, seseo; tenga en cuenta Su Santidad que, aunque yo pronuncie corasón y saserdote, lo correcto es decir corazón y sacerdote’. Pero él gustaba de repetir: corasón, corasón, corasón”.
Y el Papa perseveraría en el seseo, incluso durante la lectura de sus discursos, cada vez que viajaba a un país de lengua española. “Mientras preparábamos su viaje a la Conferencia con el Episcopado Sudamericano que se celebró en Puebla, en enero de 1979, me propuso don Álvaro que le regalase una casete con canciones populares mejicanas, La Morenita, Chapala y tantas otras; cuando fuimos a visitarlo al Gemelli un par de años después, mientras se recuperaba de la infección que le volvió a postrar en cama tras el atentado de Alí Agca, descubrí con emoción que entretenía la convalecencia escuchándolas”. Monseñor Alonso, entre el barullo de recuerdos que van y vienen, rescata el sentido del humor que galardonaba al Pontífice: “En cierta ocasión, al entrar en sus aposentos, reparó en mi calvicie. ‘Don Alonso –me dijo con ironía– ¿ha reparado usted en que se está quedando sin pelo? Vamos a darle la bendición, a ver si vuelve a crecer’. Y, desde ese día, antes de comenzar las clases, me besaba la calva. Pero ya lo ve… –don Joaquín suspira y se pasa la mano por el cráneo desguarnecido–: Ni los besos papales obraron el milagro”.
ALEGRÍAS Y TRISTEZAS
Las anécdotas fluyen por los labios de Monseñor Alonso como ráfagas de ametralladora: “Don Álvaro del Portillo me pidió que le llevara al Papa un vídeo divulgativo sobre la Obra. Unos días después, lo sorprendí partiéndose de risa mientras lo contemplaba: en la pantalla del televisor, transcurría una entrevista con un matrimonio keniata; mientras la mujer hablaba y hablaba sin descanso, el marido asentía medroso y reverencial a sus palabras, mudo como una estatua. Su Santidad comía todos los domingos con el cardenal Deskur, al que quería como a un hermano; Deskur había sufrido un ictus cerebral, pero la adversidad no había disminuido su talante jocoso. Al Papa le encantaba que el cardenal Deskur le contase los chistes que circulaban por el Vaticano, chistes que solían elegirlo invariablemente como protagonista y que él acogía con carcajadas de regocijo –una sonrisa merodea los labios de Monseñor Alonso, súbitamente como una liebre–. Pero por pudor los omitiré”.
Este cronista, algo menos púdico que monseñor Alonso, se atreve por el contrario a confiarles uno de esos chistes, muy divulgado en los mentideros vaticanos y que, según le consta, provocaba la hilaridad del Pontífice difunto. “Ha llegado la hora de que los cardenales Carlo Maria Martini y Joseph Ratzinger y el mismo Papa Juan Pablo rinden cuentas ante Dios. San Pedro los aguarda ceñudo a las puertas del cielo y les ordena pasar de uno en uno a su despacho. Martini es el primero en afrontar la entrevista; al poco vuelve mohíno con los otros dos y les confía: ‘San Pedro deniega mi entrada. Asegura que Jesús supo predicar el Evangelio sin salir jamás de Judea y Galilea. Yo, en cambio, apenas he pisado mi diócesis de Milán’. El siguiente en someterse al rapapolvo es Ratzinger; vuelve contrito y declara a sus compañeros: ‘San Pedro deniega mi entrada, por haberme atrevido a rectificarle un error teológico deslizado en una de sus epístolas’. El Papa se dispone a pasar el mal trago; al rato regresa resignado: ‘También a mí me deniega el paso. Según él, Jesús pronunció el sermón de la montaña; yo, en cambio, he pronunciado una montaña de sermones’”.
En los almuerzos con Deskur, salpimentados de chanzas, asistía con frecuencia Sor Tobiana Pododka, el ángel custodio de Juan Pablo II, vigía insomne de su salud, que con frecuencia le forzaba a infringir el muy severo ayuno que el Pontífice se imponía. “Ya lo ve, Don Alonso –decía Su Santidad con sorna–: el cardenal y yo compartimos director en el seminario, allá en nuestra juventud; ahora en nuestra vejez, compartimos madre superiora”.
No todos los recuerdos que Joaquín Alonso guarda del Papa difunto son festivos, sin embargo; algunos permanecen asociados a los episodios más dolorosos de su biografía. “En marzo de 1994 viajé con nuestro Prelado, Álvaro del Portillo, a Tierra Santa; desde Jerusalén, después de celebrar su última misa en el Cenáculo, don Álvaro escribió una postal al Pontífice, en la que se despedía asegurándole que permaneceríamos fideles ‘usquam mortem‘. A las pocas horas de llegar a Roma, monseñor Del Portillo fallecía de edema pulmonar, en mitad de la madrugada; aquellas palabras cobraban repentinamente un sentido premonitorio. Al amanecer llamé a don Stanislaw Dzwiwisz para comunicarle la triste nueva. Esa misma tarde, Su Santidad visitó la capilla ardiente; de hinojos en el reclinatorio, rezó una Salve que nos puso los pelos de punta”. Las manos delgadísimas de Don Joaquín, que no han parado de agitarse durante la entrevista, como pájaros en desbandada, se posan un momento y se entrelazan, buscando un nido de momentáneo silencio; observo entonces que la edad las ha empezado a salpicar de manchas sigilosas. Pero enseguida recupera el brío y su sintaxis de ametralladora: “Escuchar. El Papa sabía sobre todo escuchar. Incluso a alguien tan insignificante como yo”. Se ha puesto de pie, esbelto como un junco; en su gracioso seseo, muy celosamente preservado, se esconde el mejor homenaje al hombre que gustaba de repetir, como una letanía andaluza: corasón, corasón, corasón.
Es bien conocida la historia de El Señor de los Anillos. Frodo, de un momento a otro se encuentra enredado en la historia de un anillo que significa la salvación de toda la Tierra Media. Ha sido elegido para una misión que jamás había sospechado. No está sólo. Tiene una comunidad.
La pequeña comitiva pasa por mil peripecias para conseguir su objetivo. La nieve pantanosa en las montañas nevadas, la batalla en las Minas de Moria. Gandalf desaparece. Las sucesivas peleas contra los orcos. La gran victoria frente al reto que se les presentó en el abismo de Helm. La destrucción de Sarumán. Al final Frodo se queda solo. También Sam se ha separado.
Tolkien plasma de modo loable el aspecto psicológico del protagonista en estos momentos. Toda la responsabilidad recae sobre Frodo. No tiene a nadie. Su fidelidad es la suya y nadie le puede sustituir. Los enemigos siguen al acecho. Ha recibido una misión y que se cumpla depende de él y sólo de él. Todos conocemos el desenlace de la historia. Hizo hasta lo imposible y la providencia se encargó de que el anillo fuera destruido…, junto con Gollum.
Todos hemos recibido una misión y la obra de nuestra vida es realizarla. La fidelidad es una virtud que se consigue día a día, minuto a minuto. Es la constancia en las propias determinaciones. En el campo humano y profesional ésta alcanza su mayor grado en la realización de la propia elección de vida. A Frodo le ofrecieron la misión de destruir el anillo, aceptó y fue consecuente con su respuesta hasta donde pudo.
Esto exige varios requisitos: objetivos claros, constancia, tenacidad, reciedumbre, “amor a la camiseta”, cultivo de los detalles en la vivencia de lo que se ha elegido. Con los actos de hoy construimos el hombre maduro que queremos ser mañana. La fidelidad es la corona y la gloria del hombre que ha amado con pasión lo que ha hecho de su vida.
La fidelidad es una virtud que está al alcance de todos y que tiene infinitas expresiones en cualquier campo de la vida humana. Es fiel el amigo que no vuelve la espalda a los suyos en los momentos de dificultad, más aún los acompaña y les brinda todo su apoyo moral y material.
Es fiel el novio que ni de lejos juega con el amor de su prometida, sino que lo cultiva con los pequeños detalles de cariño y afecto: la invita a salir, la respeta, evita lo que le molesta.
Es fiel el esposo que, después de una larga aventura de años y años con su mujer, cada mañana le brinda la misma frescura de su amor en su beso de “¡Buenos días!”. Reina entre los dos un ambiente de total confianza porque saben que son fieles y ninguno fallará.
Es fiel el hombre consagrado que cada mañana se presenta ante su Señor con una sonrisa en los labios y un sincero “Gracias por el nuevo día. Aquí estoy para hacer tu voluntad”.
Nadie es verdaderamente fiel por temor al castigo. Esto no sería auténtica fidelidad. La fidelidad es un compromiso que nace de lo más hondo de nosotros mismos. Es un “conozco las consecuencias y quiero, con todo lo que implique…”. El hombre fiel es el que confirma su opción fundamental con cada una de las pequeñas decisiones que forman el entramado de su existencia. Es un hombre libre que aceptó y sigue aceptando, que amó y sigue amando. La fidelidad es la confirmación diaria de un sí que no pertenece al pasado.
Los frutos del que es fiel no se hacen esperar. La felicidad profunda y la alegría verdadera vienen a constituir el fruto más evidente de la auténtica fidelidad. El hombre fiel es maduro, sincero, trabajador, realista. Hay una coherencia entre lo que es y dice ser.
Ser fiel es creer, confiar, amar…, sufrir con resignación, aguantar con paciencia, esperar contra toda esperanza, luchar sin desalentarse, empeñarse en la meta, apasionarse por el ideal, perseverar en medio de las más atroces dificultades… para corresponder a otro que primero nos ha sido fiel. Para nosotros, católicos, ese Otro se escribe con mayúscula y su nombre es Jesucristo.
Para el cristiano ser fiel significa corresponder al inmenso amor de Dios a la propia persona. Ser un fiel católico no significa cumplir pura y secamente los mandamientos… “porque si no me voy a condenar”.
La fidelidad no se edifica sobre los cimientos inconsistentes de una moral negativa que cifra todo en torno al “no”. La formulación negativa de algunos mandamientos del decálogo tiene su razón de ser en el Amor, que jamás es negativo: “Amarás A Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Renunciamos a aquello para amar más a Dios.
“El cristianismo es el encuentro con una persona: Jesucristo”, nos decía el Papa Benedicto XVI en su primera encíclica. Es a Él a quien le somos fieles, porque antes él ha sido fiel a su amor hacia nosotros.
La gran obra de una vida, sea en el matrimonio, sea en la vida sacerdotal o religiosa, sea en el campo profesional o social se encuentra en la fidelidad a Dios, a los demás y a nosotros mismos. Cada uno, como Frodo, tiene una misión para la que fue creado por Dios. Está en sus manos realizarla o hacerla fracasar.
Dificultades y sufrimientos no faltarán, y esto se constata en toda vida humana. Pero el hombre fiel tiene su mirada clavada en un ideal y nada lo mueve de allí.
El grado de plenitud de nuestra vida es el grado de lo fieles que somos. Siendo lo que somos y hemos elegido ser llevaremos en alto nuestra dignidad de cristianos, católicos, seguidores de Jesucristo, seguros de alcanzar un día no muy lejano la recompensa prometida: “Ven siervo bueno y fiel, porque has sido fiel en lo poco, te recompensaré en lo mucho, entra en el gozo de tu Señor…”


