
Por José Mª Alimbau
Cuenta Georges Huber, testigo presencial: «Entre las camas de los niños enfermos del hospital del Niño Jesús, de Roma, el Papa Juan XXIII iba visitando a todos los niños enfermos. Les sonreía y saludaba. Ellos le devolvían el saludo y la sonrisa. Algunos niños le gritaban: «¡Papa Giovianni, vieni qui!» («Papa Juan, ven aquí») o sencillamente: «¡Giovanni, Giovanni!» («¡Juan, Juan!»). El santo Padre se paró ante la cama de un niño, de nombre a Ángelo, y le dijo:
«Tú te llamas Ángelo. Antes yo también tenía el mismo nombre. Después me lo hicieron cambiar por otro nombre».
Al llegar delante de la cama del niño Carmine Leinma, ciego a consecuencia de una meningitis, el «Papa bueno», lleno de ternura, no pudo por menos que ponerse a llorar, sin poder pronunciar ni una palabra. El niño ciego le dijo: «¡Tú eres el Papa Juan! ¡Lo sé! Pero no puedo verte…» Y la tristeza pesaba en la cara del niño ciego. Entonces el Papa se sentó al lado de su cama. Le abrazó y le acarició la el rostro del niño ciego, en un largo silencio lleno de amor y de ternura»…
San Roberto Belarmino afirmaba: «Más vale una onza de caridad –de amor, de bondad, de ternura– que cien carretadas de razones».
¿No deberíamos ofrecer más amor, más bondad, más ternura?
