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Por María Calvo Charro en Conoze.com, 2009-09-12
Hay que reivindicar que la actividad profesional se adapte a nuestra condición femenina y no al revés.
En la lucha por la igualdad entre los sexos, las mujeres asumimos de forma espontánea que los roles masculinos eran los justos y dignos de imitación. Ocultamos nuestros sentimientos por temor a ser tachadas de débiles, intentamos ser frías y competitivas y adoptamos un aspecto varonil. Sacrificamos nuestra alma femenina a cambio de ser aceptadas en el universo masculino y nos traicionamos a nosotras mismas, renunciando a la feminidad que nos es consustancial.
Recordemos cómo Concepción Arenal, a mediados del XIX, accedió a las aulas de Derecho de la Complutense bajo ropajes de caballero, para colmar su interés por esta licenciatura. O cómo Clara Campoamor, en 1931, para lograr el derecho al sufragio femenino, renunció a su condición de mujer: «Señores Diputados: yo, antes que mujer, soy ciudadano».
El feminismo igualitarista y la ideología de género han logrado que la sociedad asuma la idea de que trabajar en casa, ser buena esposa y madre, es atentatorio contra la dignidad de la mujer; algo humillante, que la degrada, esclaviza e impide desarrollarse en plenitud. Para ser una mujer moderna, es preciso liberarse del yugo de la feminidad, en especial, de la maternidad, entendida como un signo de represión y subordinación: la tiranía de la procreación.
Esta ideología, implantada en las más altas instancias políticas, ha provocado el desprestigio de las mujeres que trabajan en su casa o cuidan de sus vástagos, que resultan estigmatizadas; frente a aquellas que renuncian a la maternidad o al cuidado personalizado de sus hijos para «realizarse» profesionalmente, consideradas heroínas liberadas y estereotipos de la emancipación. Esta estereotipificación inversa, favorecida por la actitud de algunas líderes políticas, distorsiona la imagen real de las mujeres y perjudica la vida familiar, pues favorece la organización laboral como si las obligaciones familiares no existieran.
Lejos del mundo idealizado de las imágenes estereotipadas de mujeres hiperliberadas que gozan exultantes de su pletórica vida profesional, en la vida real, nos encontramos con demasiadas mujeres que, a pesar de su rotundo éxito profesional, se sienten personalmente frustradas e insatisfechas, cansadas de imitar los modos de actuar masculinos, atadas a unos roles que no les pertenecen y que no encajan en su esencia más profunda. Mujeres que han demostrado sobradamente que son tan capaces como cualquier varón de trabajar con brillantez y eficacia, a las que su naturaleza, rechazada y reprimida, luego se hace valer en forma de depresión, ansiedad e infelicidad. Ha llegado el momento de reivindicar que la actividad profesional se adapte a nuestra condición femenina y no al revés. El nuevo feminismo defiende un reconocimiento social para la labor de la mujer, cuya forma de ver la vida y comprender la realidad es un valor incuestionable que habrá de reflejarse en unas condiciones laborales específicas y, por lo tanto, no idénticas a las de los hombres; con una especial atención a la maternidad, que lejos de ser opresiva, es, en la mayoría de los casos, profundamente liberadora, enriquecedora y hace a la mujer un ser más pleno.
Es hora de reclamar nuestra peculiar «memoria histórica», exigiendo la devolución de nuestra integridad y dignidad femeninas, sin las que ninguna mujer puede alcanzar el equilibrio personal y la felicidad. Porque para la mujer, ser mujer lo es todo. Y lo demás, sólo es lo demás.

*Por Enrique Cases
El Concilio Vaticano II ha recordado que todos los hombres, sin excepción, están llamados a adquirir la santidad.
En efecto, Dios creó al hombre para que alcanzara su plenitud y su felicidad. Esta plenitud sólo puede alcanzarla el hombre poseyendo el bien sumo, que es el mismo Dios.
Dios es la misma bondad; por eso Dios es santo. En Él no hay nada sucio ni torcido, ni falso. En Él no hay nada de mal. Por eso, el hombre alcanzará su plenitud haciéndose santo.
El camino para que el hombre alcance su plenitud, la santidad, es realizar obras buenas. Lo más importante para el hombre es, como decía Calderón de la Barca: «obrar bien, que Dios es Dios». (Gran teatro del mundo).
Obrar bien significa tener una conducta buena, unas costumbres buenas. No bastará con que obre bien alguna vez, sino habitualmente. A esa conducta se le llama moralmente buena. Por eso la Moral es el estudio de las costumbres humanas.
El hombre es un ser espiritual y material. Vive en el mundo material, del que forma parte, pero es superior a él por su espíritu. La espiritualidad se manifiesta en que es inteligente y libre. Esa libertad no es absoluta, pues entonces sería omnipotente, pero hace que el hombre pueda elegir, y ahí radica la moralidad de las acciones humanas: el hombre puede elegir bien o mal.
Dios al crearlo le impuso un mandato para que ejerciese su libertad. La ejercitaría bien, si lo cumplía, pues habría elegido lo bueno: lo que Dios quiere.
La posibilidad de pecar es un riesgo, pero no quita la grandeza del hombre, que es capaz de amar, de elegir el bien libremente, de unirse a la voluntad de Dios. Dios ha querido que el hombre pueda ser su amigo; «El hombre es la única criatura en la tierra que Dios ha amado por sí misma» (GS, 24), y San Pablo indica esta grandeza de la bondad divina: «Él nos eligió en Cristo, antes de crear el mundo, para que seamos santos ;e irreprochables por el amor» (Ef. 1, 4).
A la búsqueda de un ideal
Cada persona lleva dentro una imagen ideal de sí mismo, que le dice cómo debe ser. la realidad de cada día, sin embargo, es bien distinta: aparecen los fallos y las limitaciones. Entonces surge un sentimiento de vergüenza y de molestia por lo que uno “es, frente a lo que querría o debería ser. El hombre vive así en una lucha interior. Se encuentra dividido: -El bien que quiero hacer no lo hago; el mal que no quiero hacer, eso es lo que hago- (Rom. 7, 19).
San Pablo ve en esta división una situación de esclavitud, propia del hombre apartado de la gracia de Dios: Sé muy bien que no es bueno eso que habita en mí es decir, en mi carne; porque el querer lo bueno lo tengo a mano, pero el hacerlo, no. (Rom. 7, 18).El Antiguo Testamento nos habla de la Ley dada por Dios al pueblo de Israel. Ella muestra al pueblo el camino para el encuentro con Dios y con los hombres. Es un ideal moral y religioso: le dice a todo hombre cómo debe ser. (C.v.e., pág. 312)
¿En qué consiste la dignidad de la persona humana? En poseer una vida superior a los demás seres creados. El hombre puede conocer y amar, porque es inteligente y libre. Al afirmar la espiritualidad y la inmortalidad del alma alcanza la verdad más profunda de su ser (cf. GS, 14).
Esta dignidad de la persona humana tiene muchos aspectos, pero hay uno que es el más importante: el hombre es un ser moral. Ser moral quiere decir que es verdaderamente libre, es decir capaz de elegir. Ahí está el gran drama humano, puede elegir el bien o el mal. El hombre está hecho de forma que puede perfeccionarse o desgraciarse. La tendencia a la verdad y el bien es evidente, pero también lo es la existencia de errores y de pecados.
- Todo hombre está llamado a la santidad.
- La santidad es la plenitud y felicidad del hombre.
- El hombre, para alcanzar su plenitud, ha de obrar bien.
- El hombre posee una vida superior a la de los demás seres creados.
- El hombre puede conocer y amar.
- El hombre es un ser moral: por ser libre, es capaz de elegir entre el bien y el mal.
¿Cómo capta el hombre el bien y el mal?
Todos y cada uno de los hombres pueden captar el bien en lo más profundo de su conciencia. la voz de la conciencia resuena en su interior advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal.
Existe una conciencia general que indica los primeros principios: Haz el bien y evita el mal. Todos los hombres coinciden en estos principios generales. Esta coincidencia procede de que todos los hombres han sido creados por Dios. Después existe una conciencia práctica que desciende a juzgar la bondad o maldad de las acciones concretas, por ejemplo, no matar, no mentir, honrar a los padres, trabajar, ser sincero, etcétera.
Así como en la conciencia general todos los hombres coinciden, en la conciencia práctica pueden disentir incurriendo en error. Esto es así porque la conciencia puede estar obscurecido por la ignorancia, y, sobre todo, por el pecado. El pecador que no quiere rectificar sus errores o se ha acostumbrado a sus pecados, busca justificarse diciendo que es bueno lo que es malo. Este es el camino de la degradación de la dignidad humana, y así será posible justificar la violencia, la mentira, la impureza, la deslealtad, etcétera.

Entrevista al filósofo Robert Spaemann.
*Por Lorenzo Fazzini. www.alfayomega.es
- En el volumen La habladuría inmortal (Cantagalli), usted denuncia la actual atmósfera ateística. ¿En qué sentido?
Ludwing Wittgenstein escribió: «Una rueda, cuya rotación no pone en movimiento a ninguna otra, no pertenece a la máquina». Del mismo modo, para la mayoría de la gente, la fe en Dios se convierte en algo exento de consecuencias. La ciencia natural no permite la pregunta sobre Dios. Esto no significa que los científicos no sean creyentes en cuanto personas. No creyente es la visión del mundo que llamamos cientificismo, que reduce la realidad al estatuto de un objeto posible para la ciencia. Por ejemplo, la belleza de un cuadro, o la verdad de una afirmación matemática, son reducidas a estados cerebrales. La interioridad de la realidad no es nunca objeto de la ciencia.
- ¿Entonces, dónde está el error?
Es errónea la opinión según la cual se conocería la interioridad de un ser si se conoce el material correlativo de esta interioridad. Wittgenstein escribe que ésta es la gran ilusión moderna: creer que las ciencias nos explicarán el mundo. De hecho, las mismas leyes naturales necesitan ser explicadas; provocan siempre un estupor, como le ocurrió a Einstein. El éxito inaudito de las ciencias modernas y de la técnica ha llevado a la Humanidad a un estado como de embriaguez. Los progresos de las ciencias no permiten prestar la atención suficiente al Dador de todos los dones. Esta atención se entiende como si fuera un lujo que no podemos permitirnos.
- Usted pide a la Iglesia que sea más incisiva sobre temas escatológicos. Ha escrito que el dogma cristiano podría convertirse en el refugio de la humanidad del hombre. Heidegger decía que sólo un Dios nos puede salvar. ¿Es el mismo Dios?
Un Dios no nos puede salvar, sobre todo de la muerte; puede hacerlo sólo el Dios único, creador del cielo y de la tierra. En la tradición, la fe en este Dios está sostenida por la razón. Hoy observamos lo contrario: la razón ha comenzado a dudar sobre sí misma. Ya David Hume, padre del empirismo, escribía: «Nosotros no avanzamos un paso más allá de nosotros mismos». El cientificismo no entiende a la razón como órgano de la verdad, sino como instrumento de adaptación, explicable mediante la teoría de la evolución. Nietzsche escribió que la Ilustración, con su voluntad de servir a la verdad, se destruye por sí sola, si reclama como verdad sus propias tesis. Pero existirá una verdad no relativa sólo si hay una perspectiva no relativa, si Dios existe. Si Dios no existe, no hay verdad. Esto vale también para los conceptos de libertad y de dignidad humana. Hace unos diez años, el psicólogo Burrhus Skinner escribió el libro Más allá de la libertad y la dignidad. La ciencia no conoce conceptos similares, es decir, nociones normativas. Los comprende como objeto de estudio y no como fuentes de obligación para los propios científicos. Sólo si el hombre es superior a la ciencia, es decir, si es imagen de Dios, puede hablar sobre ella. Entonces la dignidad humana se convierte en algo diferente de una ilusión.
- Hoy, tienen mucho éxito los nuevos ateos, para los cuales Dios es irracional. ¿Cómo explicar que creer en Dios es algo acorde con la razón?
Nietzsche escribía: Nosotros no podemos desembarazarnos de Dios mientras sigamos creyendo en la gramática. ¿Por qué? Porque nosotros, los hombres, vivimos en un espacio de verdad. El hecho de que ahora estemos hablando partiendo de mi libro La habladuría inmortal es una verdad eterna. Si no es un sueño que yo hable con usted, esta conversación formará siempre parte de la realidad; pertenece al pasado. Nadie puede anular el pasado, que es una presencia que ha transcurrido. El futuro está indisolublemente ligado a la presencia. Ninguna alegría vivida podrá ser algo no experimentado algún día. Ningún dolor real podrá un día no haber sido sufrido. Pero ¿qué clase de ser es el ser del pasado? Si no hubiera hombres sobre la tierra que puedan recordarlo y nuestro planeta dejara de existir, nosotros no podemos decir que esta conversación nuestra no haya tenido lugar. No podemos ni pensarlo. Debemos pensar en una conciencia absoluta en la que todo lo que sucede es conservado. A esta conciencia, la llamamos Dios.

Virgen del Carmen, patrona de Chile
El Prelado del Opus Dei ha dirigido unas palabras a propósito del terremoto que afectó a Chile el pasado 27 de febrero.
Mons. Echevarría ha pedido que se ofrezcan sufragios abundantes por los fallecidos en el trágico terremoto y maremoto que ha sacudido numerosas poblaciones de Chile. Apenas conocida la noticia, el Prelado del Opus Dei envió una carta a los fieles y cooperadores de la Obra en ese país en la que afirma: “Rezo –y pido oraciones a quienes están conmigo– por las personas que hayan padecido algún daño físico, y también por las pérdidas materiales. Imploremos a Dios que no entre la desesperación en los que sufren”.
De modo particular, ha invitado a los fieles y cooperadores del Opus Dei a que se pongan al servicio de sus conciudadanos con su propio trabajo, con solicitud cristiana y con su oración. Y, siempre que sea posible, “uniéndose personalmente a las organizaciones de auxilio” que se están promoviendo desde el Gobierno, desde la Iglesia y desde la sociedad civil. En esta situación de extrema necesidad, el Prelado ha animado especialmente “a que la gente joven colabore secundando lo que planeen las autoridades del país”.
“Pido al Señor que sostenga a todos –escribe el Prelado-, también a los socorredores. Pensemos que es una ocasión muy propicia para dar cumplimiento al mandato de caridad que nos predicó Jesucristo. La caridad que se viva ahora hay que ponerla en práctica siempre con los que tengamos cerca, y amando de verdad a toda la población”.

*Por el Cardenal Antonio Cañizares
Desde instancias influyentes se piensa y trabaja por un Nuevo Orden. Se pretende llevar a cabo, con implacable ingeniería social, un cambio cultural de gran envergadura, un gran proyecto para una nueva identidad. Se diga o no, en el fondo, se está tratando de construir un mundo en el que ya no hay nada verdadero, ni bueno, ni valioso, ni justo en sí y por sí mismo, nada trascendente, ni nadie que esté por encima de nosotros. El relativismo se adueña de la cultura y de las mentes.
La negación de la verdad y del bien es el motor que impulsa un proceso de expulsión de Dios y de la religión del ámbito público. Si el bien y la verdad no pueden conocerse entonces sólo puede ligarse la ley a un sentido procedimental; esto es, la ley viene a ser una manera de entenderse los hombres, de vivir en comunidad sin matarse, de garantizar un marco donde cada individuo pueda realizar su «plan de vida» sin causar daño a los otros.
Gracias a este primer paso –relativista– la religión queda reducida al ámbito de lo privado.
Hay un segundo paso. La visión contractualista de la sociedad se vuelve absoluta. porque el Estado no tiene límites. No hay Dios, no hay ley natural, no hay ninguna verdad sobre el bien que esté encima de la voluntad del Estado. Es un Estado absoluto. La libertad del individuo es ilimitada según esta concepción filosófica. Cada hombre es libre para hacer lo que quiera. No hay ninguna ley superior que indique lo que se puede o no realizar. Sin embargo, para hacer posible la vida en la sociedad se realiza un pacto, a través del cual cedemos nuestros ilimitados derechos al Estado. Él velará para que estos ilimitados derechos se puedan cumplir asegurando al mismo tiempo solidaridad y seguridad. Ahora bien, si no existe una verdad última, que guíe y oriente la acción política, las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas para fines de poder. El pluralismo supuestamente es aceptado, pero con la excepción de aquellos que creen conocer la verdad. Estos no pueden ser aceptados porque son un peligro para la democracia.
Esta situación es real, la tenemos instalada en ciertos ámbitos del poder, y se extiende, sobre todo entre los sectores jóvenes, ante la pasividad o la resignación, como si nada ocurriera. Lo que está en juego detrás de todo, lo digo una vez más, es un mundo con Dios o sin Dios. En esta ausencia de Dios se funda la crisis de nuestra cultura. Por lo mismo, sólo se superará tal crisis si desaparece ese «silencio o ausencia» de Dios, si el hombre vuelve a Dios, o si se le devuelve a Dios el lugar vital y central que le corresponde en el corazón, en el pensamiento y en la vida del hombre. No acuso a nadie; menos aún condeno a nadie –tampoco a la sociedad que tiene anchas espaldas–.
Sé que decir esto es nadar contracorriente, esto «no se lleva». Pero no puedo ni debo hablar con palabras aduladoras. Es mucho, es todo, lo que aquí se juega. No olvido a San Pablo, para quien «la verdad era demasiado grande como para estar dispuesto a sacrificarla en aras de un éxito externo. Para él, la verdad que había experimentado en el encuentro con el Resucitado bien merecía la lucha, la persecución y el sufrimiento. Pero lo que le motivaba en lo más profundo era el hecho de ser amado por Jesucristo y el deseo de transmitir a los demás este amor. San Pablo era un hombre capaz de amar, y todo su obrar y sufrir sólo se explican a partir de este centro». (Benedicto XVI).

Por Remedios Falaguera
Periodista
“Hazme eco: no es un sacrificio para los padres que Dios les pida sus hijos, ni para los que llama el Señor es un sacrificio seguirle. Es, por el contrario, un honor inmenso, un orgullo grande y santo, una muestra de predilección, un cariño particularísimo, que ha manifestado Dios en un momento concreto, pero que estaba en su mente desde toda la eternidad”. San Josemaría Escrivá de Balaguer
Querido amigo: Soy consciente de la gran inversión que has realizado para dirigir a mis hijos por el buen camino. Es más, no creas que me olvido de los largos ratos de oración y los innumerables sacrificios que has ofrecido por ellos. Y, por supuesto también, de los partidos de fútbol, de las excursiones al monte, de las noches de cine,…que os han hecho trataros, conoceros y quereros de un modo especial. Eres un excelente colaborador en su formación humana y espiritual, y te estoy muy agradecida por ello.
Me alegra saber que has entregado tu corazón por completo a Dios, y te has comprometido a vivir el don del celibato para amar a Dios, sólo a Él y para siempre, como muchas otras personas, mientras gastas tu tiempo en la formación de los que se acercan a ti.
Tal vez, estoy segura de ello, esta llamada divina a vivir el celibato por Él puede suscitar suspicacias e incomprensiones. Pero, ¿quién puede decir que los hombres y mujeres son libres para enamorarse y querer formar una familia, pero no lo son para ofrecer su vida entera a Dios? ¿Cómo podemos afirmar que vivir este compromiso con Dios es anti-natural, fanatismo, o peor aún, impide al hombre y a la mujer realizarse plenamente?
Recuerdo una canción que cantaba de jovencita que decía así: “Por querer como te quiero todos mis amigos dicen que estoy loco. Pero ellos no comprenden lo que a mi me pasa, ellos saben poco. No conocen el motivo, no conocen nada de tus lindos ojos. Yo siento que estoy cambiado, estoy enamorado, me siento feliz”.
¿Qué te llaman loco? Locos de amor, diría yo. Esta decisión libre y responsable no sólo es meritoria, sino que me reafirma en mi convencimiento de que nuestros hijos no nos pertenecen, son de Dios. Nosotros somos simples colaboradores, “descubriéndoles nuevos horizontes, comunicándoles nuestra experiencia, haciéndoles reflexionar para que no se dejen arrastrar por estados emocionales pasajeros”, como comentaba San Josemaría Escrivá. Solo Él, sabe lo mejor para ellos.
Y es que , como afirmaba Juan Pablo II, vosotros , los jóvenes, “es a Jesús a quien buscáis cuando soñáis la felicidad; es Él quien los espera cuando no los satisface nada de lo que encuentran; es Él la belleza que tanto los atrae; es Él quien los provoca con esa sed de radicalidad que no les permite dejarse llevar del conformismo; es Él quien los empuja a dejar las máscaras que falsean la vida; es Él quien les lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar. Es Jesús el que suscita en ustedes el deseo de hacer de sus vidas algo grande, la voluntad de seguir un ideal, el rechazo a dejarse atrapar por la mediocridad, la valentía de comprometerse con humildad y perseverancia para mejorarse a ustedes mismos y a la sociedad, haciéndola más humana y fraterna”.
Y esto es lo que muchos padres olvidamos a menudo. Si Dios os llama para emplearos en el servicio de la Iglesia y de las almas, ¿Quiénes somos nosotros para ponerle trabas, para llamaros locos?
” Los padres que aman de verdad, que buscan sinceramente el bien de sus hijos,- solía señalar este gran santo- después de los consejos y de las consideraciones oportunas, han de retirarse con delicadeza para que nada perjudique el gran bien de la libertad, que hace al hombre capaz de amar y de servir a Dios. Deben recordar que Dios mismo ha querido que se le ame y se le sirva en libertad, y respeta siempre nuestras decisiones personales: dejó Dios al hombre —nos dice la Escritura— en manos de su albedrío (Eccli 15, 14.)
Pero, ya sabes, como dice Jesucristo en el Evangelio: “Quien pueda entender, que entienda”.
Es más, Él mismo, nos aseguró: “Todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará vida eterna”.
¡El ciento por uno!, no te puedes quejar.
Y entonces recuerdo aquellas palabras que nos dirigió por Juan pablo II en Roma, allá por 1984, siendo yo una alocada jovencita:
“Me dirijo sobre todo a vosotros, queridísimos chicos y chicas, jóvenes y menos jóvenes, que os halláis en el momento decisivo de vuestra elección. Quisiera encontrarme con cada uno de vosotros personalmente, llamaros por vuestro nombre, hablaros de corazón a corazón de cosas extremadamente importantes, no sólo para vosotros individualmente, sino para la humanidad entera.
Quisiera preguntaros a cada uno de vosotros: ¿Qué vas a hacer de tu vida? ¿Cuáles son tus proyectos? ¿Has pensado alguna vez en entregar tu existencia totalmente a Cristo? ¿Crees que pueda haber algo más grande que llevar a Jesús a los hombres y los hombres a Jesús?
Hay un modo maravilloso de realizar el amor en la vida: se trata de la vocación de seguir a Cristo en el celibato libremente elegido o en la virginidad por amor del reino de los cielos. Pido a cada uno de vosotros que se interrogue seriamente sobre si Dios no lo llama hacia uno de estos caminos. Y a todos los que sospechan tener esta posible vocación personal, les digo: rezad tenazmente para tener la claridad necesaria, pero luego decid un alegre sí.
En efecto, Dios ha pensado en nosotros desde la eternidad y nos ha amado como personas únicas e irrepetibles, llamándonos a cada uno por nuestro nombre, como el Buen Pastor que «a sus ovejas las llama a cada una por su nombre».
Jóvenes: Cristo necesita de vosotros y os llama para ayudar a millones de hermanos vuestros a salvarse. ¡Sed valientes!¡Abrid las puertas a Cristo, no temáis!”.
Ya ves, Cristo os necesita. No sois demasiado jóvenes, sabéis bien lo que debéis hacer. ¡Ánimo y al toro!
La Cuaresma comienza con el Miércoles de Ceniza y es un tiempo de oración, penitencia y ayuno. Cuarenta días que la Iglesia marca para la conversión del corazón.

Las palabras que se usan para la imposición de cenizas, son:
“Arrepiéntete y cree en el Evangelio”
Origen de la costumbre
Antiguamente los judíos acostumbraban cubrirse de ceniza cuando hacían algún sacrificio y los ninivitas también usaban la ceniza como signo de su deseo de conversión de su mala vida a una vida con Dios.
En los primeros siglos de la Iglesia, las personas que querían recibir el Sacramento de la Reconciliación el Jueves Santo, se ponían ceniza en la cabeza y se presentaban ante la comunidad vestidos con un “hábito penitencial”. Esto representaba su voluntad de convertirse.
En el año 384 d.C., la Cuaresma adquirió un sentido penitencial para todos los cristianos y desde el siglo XI, la Iglesia de Roma acostumbra poner las cenizas al iniciar los 40 días de penitencia y conversión.
Las cenizas que se utilizan se obtienen quemando las palmas usadas el Domingo de Ramos de año anterior. Esto nos recuerda que lo que fue signo de gloria pronto se reduce a nada.
También, fue usado el período de Cuaresma para preparar a los que iban a recibir el Bautismo la noche de Pascua, imitando a Cristo con sus 40 días de ayuno.
La imposición de ceniza es una costumbre que nos recuerda que algún día vamos a morir y que nuestro cuerpo se va a convertir en polvo.Nos enseña que todo lo material que tengamos aquí se acaba. En cambio, todo el bien que tengamos en nuestra alma nos lo vamos a llevar a la eternidad. Al final de nuestra vida, sólo nos llevaremos aquello que hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos los hombres.
Cuando el sacerdote nos pone la ceniza, debemos tener una actitud de querer mejorar, de querer tener amistad con Dios. La ceniza se le impone a los niños y a los adultos.
Significado del carnaval al inicio de la Cuaresma
La palabra carnaval significa adiós a la carne y su origen se remonta a los tiempos antiguos en los que por falta de métodos de refrigeración adecuados, los cristianos tenían la necesidad de acabar, antes de que empezara la Cuaresma, con todos los productos que no se podían consumir durante ese período (no sólo carne, sino también leche, huevo, etc.)
Con este pretexto, en muchas localidades se organizaban el martes anterior al miércoles de ceniza, fiestas populares llamadas carnavales en los que se consumían todos los productos que se podrían echar a perder durante la cuaresma.
Muy pronto empezó a degenerar el sentido del carnaval, convirtiéndose en un pretexto para organizar grandes comilonas y para realizar también todos los actos de los cuales se “arrepentirían” durante la cuaresma, enmarcados por una serie de festejos y desfiles en los que se exaltan los placeres de la carne de forma exagerada.
El ayuno y la abstinencia
El miércoles de ceniza y el viernes santo son días de ayuno y abstinencia. La abstinencia obliga a partir de los 14 años y el ayuno de los 18 hasta los 59 años. El ayuno consiste hacer una sola comida fuerte al día y la abstinencia es no comer carne. Este es un modo de pedirle perdón a Dios por haberlo ofendido y decirle que queremos cambiar de vida para agradarlo siempre.
La oración
La oración en este tiempo es importante, ya que nos ayuda a estar más cerca de Dios para poder cambiar lo que necesitemos cambiar de nuestro interior. Necesitamos convertirnos, abandonando el pecado que nos aleja de Dios. Cambiar nuestra forma de vivir para que sea Dios el centro de nuestra vida. Sólo en la oración encontraremos el amor de Dios y la dulce y amorosa exigencia de su voluntad.
Para que nuestra oración tenga frutos, debemos evitar lo siguiente:
La hipocresía: Jesús no quiere que oremos para que los demás nos vean llamando la atención con nuestra actitud exterior. Lo que importa es nuestra actitud interior.
La disipación: Esto quiere decir que hay que evitar las distracciones lo más posible. Preparar nuestra oración, el tiempo y el lugar donde se va a llevar a cabo para podernos poner en presencia de Dios.
La multitud de palabras: Esto quiere decir que no se trata de hablar mucho o repetir oraciones de memoria sino de escuchar a Dios. La oración es conformarnos con Él; nuestros deseos, nuestras intenciones y nuestras necesidades. Por eso no necesitamos decirle muchas cosas. La sinceridad que usemos debe salir de lo profundo de nuestro corazón porque a Dios no se le puede engañar.
El sacrificio
Al hacer sacrificios (cuyo significado es “hacer sagradas las cosas”), debemos hacerlos con alegría, ya que es por amor a Dios. Si no lo hacemos así, causaremos lástima y compasión y perderemos la recompensa de la felicidad eterna. Dios es el que ve nuestro sacrificio desde el cielo y es el que nos va a recompensar. “Cuando ayunéis no aparezcáis tristes, como los hipócritas que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo, ya recibieron su recompensa. Tú cuando ayunes, úngete la cabeza y lava tu cara para que no vean los hombres que ayunas, sino Tu Padre, que está en lo secreto: y tu padre que ve en lo secreto, te recompensará. “ (Mt 6,6)”
Conclusión
Como vemos, la ceniza no es un rito mágico, no nos quita nuestros pecados, para ello tenemos el Sacramento de la Reconciliación. Es un signo de arrepentimiento, de penitencia, pero sobre todo de conversión. Es el inicio del camino de la Cuaresma, para acompañar a Jesús desde su desierto hasta el día de su triunfo que es el Domingo de Resurrección.
Debe ser un tiempo de reflexión de nuestra vida, de entender a donde vamos, de analizar como es nuestro comportamiento con nuestra familia y en general con todos los seres que nos rodean.
En estos momentos al reflexionar sobre nuestra vida, debemos convertirla de ahora en adelante en un seguimiento a Jesús, profundizando en su mensaje de amor y acercándonos en esta Cuaresma al Sacramento de la Reconciliación (también llamado confesión), que como su nombre mismo nos dice, representa reconciliarnos con Dios y sin reconciliarnos con Dios y convertirnos internamente, no podremos seguirle adecuadamente.
Está Reconciliación con Dios está integrada por el Arrepentimiento, la Confesión de nuestros pecados, la Penitencia y finalmente la Conversión.
El arrepentimiento debe ser sincero, reconocer que las faltas que hemos cometido (como decimos en el Yo Pecador: en pensamiento, palabra, obra y omisión), no las debimos realizar y que tenemos el firme propósito de no volverlas a cometer.
La confesión de nuestros pecados.- el arrepentimiento de nuestras faltas, por sí mismo no las borra, sino que necesitamos para ello la gracia de Dios, la cual llega a nosotros por la absolución de nuestros pecados expresada por el sacerdote en la confesión.
La penitencia que debemos cumplir empieza desde luego por la que nos imponga el sacerdote en el Sacramento de la Reconciliación, pero debemos continuar con la oración, que es la comunicación íntima con Dios, con el ayuno, que además del que manda la Iglesia en determinados días, es la renuncia voluntaria a diferentes satisfactores con la intención de agradar a Dios y con la caridad hacia el prójimo.
Y finalmente la Conversión que es ir hacia delante, es el seguimiento a Jesús.
Es un tiempo de pedir perdón a Dios y a nuestro prójimo, pero es también un tiempo de perdonar a todos los que de alguna forma nos han ofendido o nos han hecho algún daño. Pero debemos perdonar antes y sin necesidad de que nadie nos pida perdón, recordemos como decimos en el Padre Nuestro, muchas veces repitiéndolo sin meditar en su significado, que debemos pedir perdón a nuestro Padre, pero antes tenemos que haber perdonado sinceramente a los demás.
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El 14 de febrero de 2010 celebramos el 80 aniversario de la fundaciónde las mujeres del Opus Dei.
Selección del artículo publicado por Francisca Quiroga, profesora de Filosofía en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, en “Studia et Documenta” (2007).
¿En qué consistió el hecho fundacional del 14 de febrero de 1930? Se podría contestar a esta pregunta de una manera escueta diciendo: San Josemaría entendió que Dios llamaba a las mujeres a ser y hacer el Opus Dei.
Por tanto, lo que sucedió en la fecha que nos ocupa hay que situarlo en la perspectiva de la realización de este proyecto que tuvo su inicio el 2 de octubre de 1928[1].
El fundador detallaba siempre la fecha en que percibió que Dios quería la sección femenina del Opus Dei; algunas veces añadía también las circunstancias de lugar y de situación. El lugar fue el oratorio de la casa de la Marquesa de Onteiro[2], en Madrid. La situación: mientras celebraba la Misa; el momento preciso: inmediatamente después de la Comunión.
Él mismo anotaría más tarde lo que había sucedido en su alma: “el 14 de febrero de 1930, celebraba yo la misa en la capillita de la vieja marquesa de Onteiro, madre de Luz Casanova, a la que yo atendía espiritualmente, mientras era Capellán del Patronato. Dentro de la Misa, inmediatamente después de la Comunión, ¡toda la Obra femenina! No puedo decir que vi, pero que sí que intelectualmente, con detalle (después yo añadí otras cosas, al desarrollar la visión intelectual), cogí lo que había de ser la Sección femenina del Opus Dei” [3].
Y en una meditación dirigida en Villa Tevere[4], en el oratorio de Pentecostés: “Yo iba a casa de una anciana señora de ochenta años que se confesaba conmigo, para celebrar Misa en aquel oratorio pequeño que tenía. Y fue allí, después de la Comunión, en la Misa, cuando vino al mundo la Sección femenina. Luego, a su tiempo, me fui corriendo a mi confesor, que me dijo: esto es tan de Dios como lo demás” [5].
Aparece ese día algo nuevo, pero que no es una institución diversa, sino un ensanchamiento de lo que había comenzado el 2 de octubre de 1928[6]. De formas diferentes, siempre que se refería a lo que empezó el 14 de febrero de 1930, quedaba patente que había una plena continuidad con lo que vio el 2 de octubre de 1928.
Lo expresaba de una manera muy clara en una reunión en Buenos Aires en 1974: “Fue el 2 de octubre del veintiocho, fiesta de los Santos Ángeles Custodios, cuando el Señor quiso que comenzáramos a trabajar. El 14 de febrero del treinta completó la Sección femenina esta gran movilización universal de cristianos para la paz, para el bienestar, para la comprensión, para la fraternidad”[7].
Veamos también un texto más antiguo, de 1959. Reunido con algunas mujeres del Opus Dei que vivían en Roma, les decía: “Quería estar hoy con vosotras, mis hijas, porque celebramos el aniversario de aquel día en que Nuestro Señor se dignó abrir a las mujeres este camino divino en la tierra”[8].
En un apunte de una conversación con el fundador, en febrero de 1955, se refleja cómo entendía que la integridad del Opus Dei incluía a hombres y mujeres. Les decía: “La Obra, verdaderamente, sin esa voluntad expresa del Señor y sin vuestras hermanas, hubiera quedado manca”[9].
Hombres y mujeres en el Opus Dei forman parte de una sola institución; tienen una misma llamada, una misma misión, idéntico espíritu y modos apostólicos[10]; constituyen una sola familia que tiene como cabeza al “Padre” que, desde que el Opus Dei alcanzó su forma jurídica definitiva en 1982, es su Prelado propio[11].
Así lo transmitió el fundador de formas variadísimas, con palabras y con hechos. Y así lo entendieron los miembros del Opus Dei desde el principio. Parece significativa una anotación del diario del primer centro de mujeres, fechada el 14 de febrero de 1943, en la que se percibe el eco de las palabras de san Josemaría: “Nuestra primera mirada en este día tan grande para nosotras ha sido para el Jesús (sic) que desde el Sagrario nos preside, en ella ha habido una acción de gracias muy honda por haber inspirado la colaboración femenina en su Obra”[12]. La expresión “colaboración femenina”, aunque es inexacta, refleja bien dos aspectos que san Josemaría les transmitía: el Opus Dei es una institución única, con dos secciones; la iniciativa es divina, por tanto, todos –las mujeres y los hombres– “colaboran” con Dios.
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[1] Cfr. Andrés Vázquez de Prada, op. cit., vol. I, pp. 251-324.
[2] Doña Leónides García San Miguel, Marquesa de Onteiro: cfr. ibid., p. 258, nota 17. Su casa era un hotelito situado en la calle Alcalá Galiano; fue demolida años más tarde para construir un edificio de apartamentos. Cfr. Ana Sastre, op. cit., pp. 101-102.
[3] Josemaría Escrivá, Apuntes íntimos, n. 1871, anotación hecha en 1948, en Andrés Vázquez de Prada, op. cit., vol. I, p. 323. Sobre la relevancia histórica y teológica de este texto, cfr. Antonio Aranda, “El Beato Josemaría…”, pp. 131-136.
[4] Villa Tevere es el nombre del conjunto de edificios que albergan la sede central del Opus Dei en Roma: cfr. Andrés Vázquez de Prada, op. cit., vol. III, p. 105.
[5] Apuntes tomados en una meditación, 14-II-1964, AGP, Sec. P09, p. 74. Cfr. Andrés Vázquez de Prada, op. cit., vol. I, pp. 315-324.
[6] “En los meses que siguen al 2 de octubre de 1928, Don Josemaría Escrivá de Balaguer, aunque percibió claramente el alcance universal de la luz recibida, pensó que el Opus Dei estaba destinado solamente a varones. El 14 de febrero de 1930, mientras decía la Santa Misa, vio que debía promover esa vocación también entre mujeres, dando así origen a una nueva rama o sección del Opus Dei. La Prelatura del Opus Dei –que constituye una unidad pastoral orgánica e indivisible– realiza sus apostolados por medio de la Sección de varones y de la Sección de mujeres, bajo el gobierno y dirección del Prelado, que da y asegura la unidad fundamental de espíritu y de jurisdicción entre las dos Secciones”: José Luis Illanes, op. cit., p. 130, nota 74.
[7] Apuntes tomados en una reunión en Buenos Aires, el 26-VI-1974, AGP, Sec. P05, I, p. 595.
[8] Apuntes tomados en una charla el 14-II-1959, AGP, Sec. P02, 1992, p. 600.
[9] Apuntes de una conversación, febrero 1955, AGP, Sec. P01, II, p. 6.
[10] Cfr. Pedro Rodríguez — Fernando Ocáriz — José Luis Illanes, op. cit., pp. 69-86 y 162-198.
[11] Cfr. Statuta, nn. 1 y 130, en Amadeo de Fuenmayor — Valentín Gómez-Iglesias — José Luis Illanes, op. cit., pp. 628 y 647.
[12] Diario del centro de la calle de Jorge Manrique, 14-II-1943, AGP (Subfondo Asesoría Central), D-1004.

Vive el momento presente con ánimo… vivirás mejor.
–Sé generoso… experimentarás la alegría interior.
– Sonríe… romperás barreras, reducirás distancias.– Sé amable… transmitirás confianza.
– La cordialidad muestra, al interlocutor, buenos deseos.
–Si amas de verdad… imposibilitarás la envidia en ti.
– Aprende a servir… Ello indica voluntad y mejor espíritu.
– Intenta reír y reírte de ti mismo. Ganarás en salud.– Haz el bien. Serás recordado. Se te premiará.
– Irradia luz, energía, coraje… a quien está caído, hundido.
– Para dar espiritualidad, uno ha de poseer vida espiritual.
– Si pretendemos reanimar a otra persona, habremos de transfundirle «sangre», «coraje», «fuerza», «ilusión», «entusiasmo», «ayuda»… tal como nos pide Jesús.
Para todo ello, es imprescindible poseer un corazón generoso, dadivoso, espléndido, sin egoísmo ni envidias ni bajezas, que ofrezca vida y amor. Y tener un alma grande, llena a rebosar de los dones del Espíritu. Así transmitiremos paz, gozo, alegría, ánimo, espiritualidad.
Por José Mª Alimbau.

Las placas que se ven en la fachada norte del Real Oratorio de Caballero de Gracia dan fe del autor y la fecha de la reforma que sirvió para construir esta parte, tras abrir un tramo de la calle.
JAIME GARCÍA – SARA MEDIALDEA | ABC, MADRID Domingo, 07-02-10
A poco de iniciarse el paseo por la Gran Vía, desde la calle de Alcalá, se encuentra uno con un edificio de fachada singular, que se distingue sobre todos los demás. Es único en muchos aspectos. Sobre todo, por su uso: es un lugar de oración, una iglesia, que la apertura de la Gran Vía cercenó en parte pero también dotó de una nueva fachada hacia el norte, que posteriores reformas arquitectónicas han «abierto» parcialmente a los ciudadanos.
De hecho, cuando nació esa fachada norte no estaba como ahora: daba a la calle de San Miguel, una de las desaparecidas durante el proceso de apertura de la Gran Vía. Entonces fueron sacrificadas la sacristía, la sala de juntas y las viviendas de los sacerdotes. Y a su lado, también cayó bajo la piqueta el colegio de las niñas de Leganés, un centro «para niñas pobres y hermosas, que en la época se consideraban las más expuestas a perder la virtud», según las crónicas de la época.

Vidriera Altar Mayor
Con la Gran Vía, se le abrió al oratorio la fachada norte, diseñada por el arquitecto Carlos de Luque -1911-1916-, y que posteriormente (1989-1991) se rehizo de la mano del arquitecto Javier Feduchi, para integrarla mejor en el conjunto: se derribó el cuerpo central, y fue construido en su lugar una especie de gran arco de triunfo que permite ver parte del ábside desde la calle.
El Oratorio, convertido así en única iglesia con puerta a la Gran Vía, es una bella pieza de arquitectura, construida en 1654 por iniciativa de la congregación de Esclavos del Santísimo Sacramento, fundada por el sacerdote italiano Jacobo Gratij, conocido como el Caballero de Gracia. La Asociación Eucarística del Caballero de Gracia -que en 2009 cumplió 400 años- ya mandó, a mediados del siglo XVII, rehabilitar el edificio, que entonces estaba arruinado, y puso su futuro en manos de Juan de Villanueva, que realizó obras en el mismo entre 1786 y 1795.

Jacobo Gratii, el "Caballero de Gracia"
Basílica
Dicen los expertos que el arquitecto quiso hacer el Oratorio a modo de una pequeña basílica. Dentro conserva piezas de gran valor, como los frescos de la cúpula, de Zacarías González Velázquez; las vidrieras de Maumejean, y un bellísimo Cristo de la Agonía, de Juan Sánchez Barba.
Precisamente a este templo acudía, cuando era estudiante de Arquitectura en Madrid, un vecino de la zona que ha llegado a santo: Fray María Rafael Arnáiz Barón, canonizado por Benedicto XVI el 11 de octubre de 2009.
La Virgen Niña con san Joaquín y santa Ana

Respondiendo al mito de que el divorcio no afecta a los hijos y que en algunos casos podría ser la “mejor” solución, el Papa Benedicto XVI recordó hoy que esta ruptura matrimonial tiene serias consecuencias sobre los niños, que siempre necesitan vivir y desarrollarse en medio de una familia unida que rece, dialogue y esté fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer que se complementan.
El Santo Padre explicó en su discurso de hoy al Pontificio Consejo para la Familia que la institución familiar “fundada sobre el matrimonio entre hombre y mujer es la ayuda más grande que se puede ofrecer a los niños. Ellos quieren ser amados por una madre y un padre que se aman, y necesitan vivir, crecer y estar juntos con los dos padres, porque las figuras materna y paterna son complementarias en la educación de los hijos y en la construcción de sus personalidades y su identidad”.
Por ello, dijo el Papa Benedicto, “es importante entonces que se haga todo lo posible para hacerlos crecer en una familia unida y estable. Para tal fin, es necesario exhortar a los cónyuges a no perder nunca de vista las razones profundas y la sacramentalidad de su pacto conyugal y a reafirmarlo con la escucha de la Palabra de Dios, la oración, el diálogo constante y el perdón mutuo”.
Finalmente Benedicto XVI resaltó que “un ambiente familia no sereno, la división de los padres y, en particular, la separación con el divorcio, tienen consecuencias sobre los niños, mientras que sostener a la familia y promover su verdadero bien, sus derechos, su unidad y estabilidad es siempre el mejor modo de tutelar los derechos y las auténticas exigencias de los menores”.

Entrevista realizada al actor y humorista Santi Rodríguez por Gonzalo Altozano, publicada en el semanario Alba.
Algunos pensaron que se trataba de un expediente equis: Santi Rodríguez, el frutero de Siete vidas, en el IV Simposio sobre… ¡san Josemaría Escrivá! Los incrédulos pueden encontrar en internet el vídeo con su intervención.
-¿Se arrepiente de haber asistido a aquel congreso?
-No sólo no me arrepiento, sino que me alegro; la lástima es no haber ido a los otros.
-Espero que tampoco se arrepienta de esta entrevista.
-En absoluto. Hacer este tipo de cosas viene muy bien. Son como inyecciones que hay que ponerse de vez en cuando. Los cristianos debemos dar testimonio.
-¿Por qué Escrivá?
-Porque le tengo mucho cariño. Me viene de mis padres, que son de la Obra; del colegio, del que guardo un recuerdo maravilloso…
-Otros salieron tarifando.
-A veces, oyendo hablar del Opus, me pregunto a qué colegio habrán ido algunos. ¿A uno en Sri Lanka? Lo que cuentan no tiene nada que ver con mi experiencia.
-¿Me la cuenta?
-Lo primero, dejar claro que no soy de la Obra, sino simpatizante. Dicho esto, en el Opus Dei me inculcaron unas creencias que han sido de gran ayuda en momentos difíciles. Por eso lo defiendo a muerte.
-Conclusión: san Josemaría es santo de su devoción.
-Siempre que me he dirigido a él me he sentido atendido. Por cierto, que, a veces, es la costumbre, me sale llamarle monseñor. Y le digo: “¡Huy! Perdona, que te he descendido de categoría”.
-De aquel simposio se fue con unos vídeos debajo del brazo.
-Con charlas del padre, sí. Tenía el recuerdo de haberlos visto en el colegio y quería volver a verlos. También compré su biografía, que estoy releyendo.
-¿Tanto le ha gustado?
-Sí. Además, cuando me preguntan qué libro estoy leyendo, me divierte responder la biografía de san Josemaría. ¡Ponen una cara! Me gusta ir de transgresor.
-¿También en lo religioso?
-Es una lástima que manifestarse cristiano sea una forma de transgresión. Pero así están las cosas.
-¿Cómo sobrevivir en el intento?
-En mi caso, siendo un tío campechano. Eso me sirve para hacer apostolado, dar testimonio de Dios, demostrar que los católicos somos gente normal.
-Normal, normal…
-Lo que no podemos es permanecer encerrados. Tenemos que salir del armario o de donde estemos metidos y decir aquí estamos. ¡Coño, que parece que han tirado una bomba nuclear! ¿Y la gente que veo en misa todos los domingos? Somos como seguidores del Atleti.
-¿Del Atleti?
-Orgullosos de nuestro club…, pero callados.
-Usted no se calla.
-Antes medía más las cosas, me preocupaba el qué dirán. Ahora si me aceptan como soy, bien. Y si no, peor para ellos.
-¿Ser católico es para ir presumiendo?
-Pero con cuidado de no creer que lo sabemos todo y los demás están equivocados, de tratar de imponer nuestro criterio.
-¿Alguna vez lo ha hecho?
-Sí, y es el arma más ineficaz.
-¿Cómo deshacer el entuerto?
-Diciéndole al de arriba: “Perdóname porque lo que he hecho no ha servido de nada. Y, encima, te he ofendido”.
-Aquel simposio, esta entrevista… ¿Qué dirán algunos?
-Lo de tantas veces: “Santi, no te pega”. Lo que por un lado me hace gracia y por otro me molesta. ¿Cómo que no me pega?
*Entrevista íntegra en el número 263 del semanario, desde el viernes 5 de febrero en los quioscos.

Con ocasión del Año sacerdotal y con el título “Identidad sacerdotal, piedad sacerdotal”, Mons. Javier Echevarría pronunció el 5 de febrero una conferencia en el marco de los Diálogos de Teología Almudí, invitado por Mons. Carlos Osoro, Arzobispo de Valencia.
Tras recordar el especial afecto que el fundador del Opus Dei, San Josemaría, tuvo por la ciudad de Valencia donde se produjo la primera expansión de la Obra, así como a destacados servidores de la Iglesia que pasaron por la ciudad del Turia, monseñor Echevarría entró e lleno en el tema de su conferencia para destacar algunas consecuencias del oficio sacerdotal ejercido en nombre de Cristo y en favor del hombres. En este sentido recordó que todo sacerdocio en la Iglesia es participación del único sacerdocio de Jesucristo, según muestra admirablemente la carta a los Hebreos. Dios, llegada «la plenitud de los tiempos», quiso suscitar un nuevo sacerdocio que sustituyera el sacerdocio levítico.
Seguidamente, en alusión a San Pablo, el prelado del Opus Dei afirmó que, en definitiva, el autor de la carta a los Hebreos “quiere decirnos que Cristo realizó un sacrificio de tal eficacia —infinita— que los que participan con sinceridad de corazón cuando se hace presente en el altar, pueden alcanzar la perfección, la santidad de vida, el perdón de los pecados, la pureza de conciencia, el acceso a la vida íntima de Dios”. Merced a la ofrenda hecha por Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, cabe repetir —con palabras de San Josemaría pronunciadas en una homilía del Viernes Santo— que «el abismo de malicia, que el pecado lleva consigo, ha sido salvado por una Caridad infinita. Dios no abandona a los hombres.
Para monseñor Echevarría, la condición de los presbíteros está caracterizada por una dimensión profundamente cristológica, razón por la que toda la vida sacerdotal ha de ser un reflejo de la santidad, autoridad y donación sin límites de Cristo. Por eso, sin dejar lugar a dudas, con una fe profunda, San Josemaría comentaba que la identidad del sacerdote es la de Cristo, que quiere perpetuar su sacerdocio —el único sacerdocio— a través de sus ministros.
Tras enumerar las caracteristicas del sacerdocio, el orador recordó otras palabras significativas de San Josemaría en las que salía al paso de la equivocación de quienes piensan que los cristianos desean ver, en el sacerdote, un hombre más, lo cual no es verdad. “En el sacerdote —decía—, quieren admirar las virtudes propias de cualquier cristiano, y aún de cualquier hombre honrado: la comprensión, la justicia, la vida de trabajo —labor sacerdotal en este caso—, la caridad, la educación, la delicadeza en el trato. Pero, junto a eso, los fieles pretenden que se destaque claramente el carácter sacerdotal».
Más adelante centró su atención en lo que ha de ser para el sacerdote el sacrificio eucarístico y afirmó que la Santa Misa ha de ser para todos nosotros «centro y raíz de la vida interior», como repetía San Josemaría a todos los fieles. Pero es preciso realizar una intensa tarea de catequesis, de formación y orientación en lo que se refiere a la vida sacramental, con el ejemplo y con la palabra. “Los sacerdotes –añadió- hemos de esmerarnos también en el culto eucarístico fuera de la Misa, en el trato con Jesucristo en el Sagrario”.
Como conclusión recordó lo que San Josemaría decía sobre el sacerdote: «El sacerdote, si tiene verdadero espíritu sacerdotal, si es hombre de vida interior, nunca se podrá sentir solo. ¡Nadie como él podrá tener un corazón tan enamorado! Es el hombre del Amor, el representante entre los hombres del Amor hecho hombre. Vive por Jesucristo, para Jesucristo, con Jesucristo y en Jesucristo. Es una realidad divina que me conmueve hasta las entrañas, cuando todos los días, alzando y teniendo en las manos el Cáliz y la Sagrada Hostia, repito despacio, saboreándolas, estas palabras del canon: Per Ipsum, et cum Ipso et in Ipso… Por Él, con Él, en Él, para Él y para las almas vivo yo. De su Amor y para su Amor vivo yo, a pesar de mis miserias personales. Y a pesar de esas miserias, quizá por ellas, es mi Amor un amor que cada día se renueva”.
La editorial Rialp acaba de publicar un nuevo libro, escrito por el prelado del Opus Dei, en el que Mons. Javier Echevarría sigue de cerca el desarrollo de los ritos litúrgicos y ofrece materia de meditación sobre la Santa Misa.
«Publico estas páginas con el afán de secundar las recomendaciones del Romano Pontífice, mientras suplico a la Trinidad, por intercesión de la Santísima Virgen, que produzcan un efecto saludable en los lectores», señala el autor en la presentación.
El prelado del Opus Dei expresa también su deseo «de ayudar a hacer realidad –en mí mismo y en otras muchas personas– la gran aspiración de San Josemaría Escrivá de Balaguer: “Ante todo, hemos de amar la Santa Misa que debe ser el centro de nuestro día. Si vivimos bien la Misa, ¿cómo no continuar luego el resto de la jornada con el pensamiento en el Señor, con la comezón de no apartarnos de su presencia, para trabajar como Él trabajaba y amar como Él amaba?”».
Mons. Javier Echevarría ha publicado otros libros como Itinerarios de vida cristiana; Para servir a la Iglesia; Getsemaní; Eucaristía y vida cristiana; Por Cristo, con Él y en Él; y, Memoria del Beato Josemaría Escrivá.

El día de mi ordenación
Después de la guerra, tras una larga espera, finalmente había llegado el momento en el que el Seminario de Frisinga podía abrir la puerta a cuantos volvían. Éramos felices, no sólo porque finalmente habíamos escapado a las miserias y a las amenazas de la guerra y del dominio nazi, sino también porque éramos libres y, sobre todo, porque estábamos en el camino al que nos sentíamos llamados. Sabíamos que Cristo era más fuerte que la tiranía, que el de la ideología nazi y que sus mecanismos de opresión. Sabíamos que a Cristo pertenecen el tiempo y el futuro, y sabíamos que Él nos había llamado y que nos necesitaba, que había necesidad de nosotros. Sabíamos que la gente de aquellos tiempos cambiados nos esperaba, esperaba sacerdotes que llegaran con un nuevo empuje de fe para construir la casa viva de Dios.
Recuerdo, durante mi ordenación sacerdotal, el estar tumbados por tierra durante las Letanías de los santos. Uno se hace consciente una vez más de la propia pobreza y se pregunta: ¿De verdad soy capaz de ello? Y al mismo tiempo resuenan los nombres de todos los santos de la Historia y la imploración de los fieles: «Escúchanos, ayúdalos». Crece así la conciencia: Sí, soy débil e inadecuado, pero no estoy solo, hay otros conmigo, la entera comunidad de los santos está conmigo.
Recuerdo la imposición de las manos por parte del venerable cardenal Faulhaber, y la conciencia de que es el Señor el que pone sus manos sobre mí y me dice: Me perteneces a mí, no te perteneces simplemente a ti mismo, te quiero, estás a mi servicio. Y también la conciencia de que esta imposición de las manos es una gracia, que no crea sólo obligaciones, sino que es sobre todo un don, que Él está conmigo y que su amor me protege y me acompaña.
(20-I-2010)

Un poco antes de que la humanidad existiera, se reunieron varios duendes para hacer una travesura. Uno de ellos dijo: Debemos quitarles algo, pero, ¿qué les quitamos?
Después de mucho pensar uno dijo: ¡Ya sé!, vamos a quitarles la felicidad, pero el problema va a ser dónde esconderla para que no la puedan encontrar.
Propuso el primero: escondámosla en la cima del monte más alto del mundo, a lo que inmediatamente repuso otro: No, recuerda que tienen fuerza, alguna vez alguien puede subir y encontrarla, y si la encuentra uno, ya todos sabrán donde está.
Luego propuso otro: Entonces vamos a esconderla en el fondo del mar. Pero otro contestó: no, recuerda que tienen curiosidad, alguna vez alguien construirá algún aparato para poder bajar y entonces la encontrará.
Otro dijo: Escondámosla en un planeta lejano a la Tierra. Y le dijeron: No, recuerda que les dimos inteligencia, y un día alguien va a construir una nave en la que pueda viajar a otros planetas y la va a descubrir, y entonces todos tendrán felicidad.
El último de ellos era un duende que había permanecido en silencio escuchando atentamente cada una de las propuestas de los demás. Analizó cada una de ellas y entonces dijo: Creo saber dónde ponerla para que realmente nunca la encuentren.
Todos se giraron asombrados y preguntaron al unísono: ¿Dónde?
El duende respondió: La esconderemos dentro de ellos mismos. Estarán tan ocupados buscándola fuera, que nunca la encontrarán.
(Anónimo)
Conclusión
Los post-adolescentes aspiran a realizar su propio ingreso en la vida. A pesar de cierta falta de raíces culturales, religiosas y morales, intentan encontrar las vías de acceso, porque a menudo se han formado a sí mismos, en un narcisismo difuso e inconstancia. La fragilidad del yo, una visión temporal reducida a los deseos del momento y a las circunstancias, y una interioridad restringida sólo a la resonancia psíquica lo confinan al individualismo. Por eso algunos están angustiados por el empeño y la relación institucional, a pesar de desear casarse y fundar una familia. Prefieren mantener relaciones intimistas y lúdicas, naturalmente entre más personas, pero que son relaciones que permanecen fuera del vínculo social. Su perfil psicológico es también el resultado de una educación centrada en lo afectivo, en el placer inmediato y en la separación de los padres a causa del divorcio que, entre otras cosas, en las representaciones sociales es el origen de la inseguridad afectiva, de la duda de uno mismo con respecto al otro y del sentido del compromiso. Es posible promover una educación más realista que no encierre a la persona en los objetos mentales y en el narcisismo de la adolescencia, sino que estimule el interés por hacerse adulto.
Los jóvenes de la generación actual están haciendo una revolución religiosa silenciosa, pero decidida. Suscitan interrogativos entre los cristianos y no tienen miedo de manifestarse como tales. No quieren dejarse intimidar ni constreñir al silencio y menos aún insultar. Los jóvenes provenientes de África, de América Latina, Asia y del Oriente viven su fe como una emancipación y una liberación en Dios, a veces en el martirio, actitud que debería inspirar las viejas comunidades cristianas.
Cada JMJ es una etapa histórica para los jóvenes participantes. Ya no podemos hablar de la religión del mismo modo como lo hacíamos antes. Además esto se nota fácilmente en la prensa: la mayor parte de los informadores y comentaristas políticos, esclavos de determinadas categorías sociológicas o de clichés, no consiguen dar una valoración exacta del evento. Desde hace varios años los encuentros de jóvenes promovidos por la Iglesia reúnen un número significativo de participantes, pero raramente se habla de estos jóvenes en búsqueda de los espiritual. Éstos no dan que hablar en los telediarios. ¿Es que un encuentro de jóvenes por motivos religiosos no es acaso un evento para la prensa? La información a menudo es desfasada respecto a lo que se vive y se prepara silenciosamente en la sociedad, hasta el día en el que alguno se despierta preguntándose: “¿Qué ha sucedido?”. Los desafíos nacidos de la sed de un ideal y una espiritualidad de los jóvenes no son tomados en serio por la sociedad.
La Iglesia no está agonizando, como pretenden algunos: encuentra la misma dificultad que todas las demás instituciones que padecen los efectos del individualismo, del subjetivismo y de una forma de socialización. En una sociedad en la que el individuo vive como víctima de la vida de los demás, con la mentalidad del consumador, a un ritmo concebido en función del instante y con una representación de la vida mediática y virtual, es urgente hacer descubrir el sentido de la realidad, promover vínculos de socialización y transmisión entre las generaciones, para adquirir el sentido de las instituciones. La experiencia espiritual cristiana implica tal dimensión y constituye su riqueza, que se despliega en las diferentes tradiciones a través de los siglos.
Le toca a la Iglesia asegurar una continuidad a la JMJ y poner en práctica una catequesis más activa y renovada. La inteligencia de la fe necesita ser nutrida. La acción pastoral tendrá que preocuparse de sensibilizar a las familias sobre la importancia de la educación religiosa y del catecismo en particular. Pero las familias, a su vez, plantean una cuestión a la sociedad, que ha cancelado la dimensión religiosa de la vida con una precisa voluntad política. La laicización, como habíamos dicho, es la distinción entre el poder político y el religioso y no la exclusión de la religión del campo social. La vida escolástica debe respetar el tiempo que se debe dedicar a la enseñanza religiosa.
Aunque es verdad que cada uno es libre de abrazar o no un fe religiosa, la sociedad no puede relegar la religión a la sección de lo opcional de la vida, al campo de lo escondido y lo privado, pensando que la fe no debe tener ninguna repercusión en la vida y la sociedad. El hecho religioso es un hecho social que no se puede relegar a la esfera de lo privado; es más bien la fuente del vínculo social y permanece inscrito en el ritmo del calendario. A esta privatización de la vida religiosa han respondido los jóvenes, con su comportamiento, con un “no” contundente con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud. La vida espiritual es una exigencia humana que el poder público debe reconocer, respetar y honrar porque califica a cada persona y constituye uno de los componentes esenciales de la realidad social.
En su Mensaje con ocasión de la XVIII Jornada Mundial de la Juventud 2003, el Santo Padre recuerda el papel que los jóvenes pueden desarrollar: “La humanidad tiene necesidad imperiosa del testimonio de jóvenes libres y valientes, que se atrevan a caminar contra corriente y a proclamar con fuerza y entusiasmo la propia fe en Dios, Señor y Salvador“ (n1 6).
6. Los jóvenes y la Iglesia
6. – 1 Jóvenes sin raíces religiosas
La mayor parte de las encuestas sobre los jóvenes y la religión confirma cuanto ya sabemos. Los jóvenes son los hijos de aquellos que fueron adolescentes entre 1960 y 1970 y que en su tiempo habían hecho la elección de no transmitir siempre aquello que ellos mismos habían recibido en su educación. Por lo tanto, han dejado que sus hijos se las arreglaran por sí mismos en el ámbito moral y espiritual, sin tener otra preocupación en la educación que cuidar de su realización afectiva. Así en muchos casos han carecido de referencias espirituales, quedándose desamparados. Los querían ver felices, pero sin enseñarles las reglas de la urbanidad, de cómo se emplean las riquezas de un pueblo y de la fe cristiana, que ha sido la fuente de muchas civilizaciones. Hay que reconocerlo, el sentido de la persona humana, el sentido de la propia conciencia, el sentido de la libertad, el sentido de la fraternidad, el sentido del igualitarismo, todo esto se lo debemos al mensaje de Cristo transmitido por la Iglesia. Se han banalizado estos valores separándolos de su fuente, con el riesgo de ya no poderlos transmitir, una vez que se desconoce su origen. Por este planteamiento mental anti-educativo, los hijos no han sido bautizados ni catequizados. Necesitaban hacer tabula rasa del pasado para liberarse de la tradición, actitud que ha producido ignorantes culturales, privados de una formación y cultura religiosa. Son incapaces de entender períodos enteros de la Historia de nuestra civilización, como también del arte, de la literatura, de la música. No son alérgicos a los dogmas, o sea a las verdades de la fe cristiana, y menos a la Iglesia; ¡la cosa es que no saben nada de ella! Por ello, en las encuestas más serias, sus respuestas revelan ignorancia, indiferencia y falta de educación religiosa. Están condicionados por todos los clichés y por todos los conformismos que circulan sobre la fe cristiana. En pocas palabras, están lejos de la Iglesia, porque al no haber sido educados en ella no se han integrado en la tradición religiosa.
6. – 2 Confusión entre lo religioso y lo paranormal
Hay que reconocer que muchos jóvenes son bastante ajenos a cualquier dimensión religiosa, la cual, a pesar de todo, no quiere otra cosa que surgir. ¿Cómo podría ser de otro modo en un mundo que elimina lo religioso? Lo confunden con lo parapsicológico, lo irracional y la magia. Son atraídos por los fenómenos del “más allá de la realidad” que provocan una resonancia emotiva y suscitan sentimientos capaces de hacerles creer en la existencia de un ser del más allá. Pero en este caso sólo se encuentran a sí mismos, sus sensaciones y su imaginación. La espiritualidad que está ahora de moda es aquélla carente de palabras, de reflexiones y de contenido intelectual, o sea, aquélla consistente en muchas corrientes de filosofía y de sabiduría sin Dios que, venidas del Oriente y de Asia; éstas son en sí interesantes, pero no son religiones, a pesar de ser valorizadas y deformadas actualmente, aún sin representar un movimiento de masas. Según esta mentalidad hay que ser “cool”, “zen” y tranquilos, o sea, no hay que probar nada, sino hay que vivir en una inercia moderada. Toda desviación es posible porque no hay ningún control institucional o intelectual.
Todo, y lo contrario de todo, puede ser puesto en lugar de Dios, actitud totalmente opuesta al cristianismo que es la religión de la Encarnación del Hijo de Dios y que transmite un mensaje de verdad y de amor con el que se puede construir la vida y luchar contra todo lo que la arruina y la destruye. Los jóvenes cristianos advierten que la presencia de Dios y su mensaje llevan consigo una esperanza inmensa que les abre los caminos de la vida. Pero cuando el sentimiento religioso, inherente a la psicología humana, no ha sido educado y enriquecido con un mensaje auténtico, permanece primitivo y prisionero de una mentalidad supersticiosa y mágica. La falta de educación religiosa anima a las sectas y a los falsos profetas a que se autoproclamen como tales para hablar en nombre de una divinidad hecha a su imagen. El hombre necesita ser introducido en una dimensión diferente a la suya, dimensión que el Creador ha inscrito en el corazón de cada ser humano. Así es vinculado por Dios a los demás, a la Historia, y, sobre todo, a un proyecto de vida que lo revela a sí mismo, lo humaniza y lo enriquece. He aquí el sentido de la Palabra del Evangelio transmitida por la Iglesia.
6. – 3 Los jóvenes de la JMJ están en búsqueda de una vida espiritual
La mayor parte de los jóvenes que participan en la JMJ irradian bienestar y la alegría de vivir, llaman la atención por su calma, la sonrisa, la delicadeza, la gentileza, la cooperación y la apertura. Tenemos que tener fe en estos jóvenes, que preparan una revolución espiritual silenciosa, pero muy activa. Como sus coetáneos, también ellos tienen problemas: alguno ya habrá tenido cierta experiencia con la droga o se habrá comportado de cierta manera sin tener en cuenta la moral cristiana. Viven experiencias y fracasos, pero tienen hambre de otra cosa y están en búsqueda de una esperanza. Anhelan un ideal de vida y una espiritualidad fundada en alguien, en Dios. La sociedad europea que cada vez está más vieja, escéptica y sin esperanza, es sacudida por estos jóvenes que creen en Dios y que quieren vivir en consecuencia. La mayor parte proviene de comunidades cristianas y ha invitado a jóvenes que están en búsqueda. Saben que la vida no es fácil, pero al tener una esperanza firme no se resignan. Más o menos cristianos, se dirigen a la Iglesia para encontrar respuestas a su inmensa necesidad espiritual. Su presencia radiante deja un signo en todos países en los que se desarrolla la JMJ. Invierten, de hecho, la imagen reducida que se tiene de la juventud, porque cada vez que se habla de ella, es sólo para evocar una sexualidad impulsiva, la droga, la delincuencia, etc. Pero si algunos viven de ese modo es porque han sido abandonados a su suerte.
La sociedad es infantil hacia los jóvenes porque los utiliza como modelo, cuando en realidad son los jóvenes los que necesitan puntos de referencia. Se les adula, pero la sociedad no ama a los propios hijos, a juzgar por todas las dimensiones educativas de las cuales son objeto. También la acción pastoral local tiene su propia parte de responsabilidad en la medida en que a veces se han desatendido las tareas educativas o han sido abandonadas por las órdenes religiosas y los sacerdotes, que las habían tenido como vocación. Pero hay que reconocer que su tarea no era fácil en aquella época de rotura (1960-1970), en la que los jóvenes rechazaban masivamente toda reflexión religiosa. Los jóvenes de hoy carecen totalmente de una base desde el punto de vista religioso y hacen unas afirmaciones sorprendentes. Hace poco uno de ellos preguntó a un sacerdote: “¿Por qué mezcláis la Navidad con la religión?”. ¡Él no sabía que la Navidad es el día en el que se celebra la natividad de Jesús! La Navidad es así reducida a una fiesta comercial en familia. Gracias al éxito de la JMJ, este modo de ver las cosas puede cambiar desde el momento en el que los jóvenes se empeñen en una búsqueda espiritual y descubran que gran parte de la visión del hombre, como también enteros sectores de la vida social, han sido modelados por el mensaje de la Iglesia y de generaciones de cristianos.
6. – 4 ¿Por qué Juan Pablo II atrae a tantos jóvenes, a pesar de que el mensaje cristiano es exigente, sobre todo en materia de moral sexual?
A menudo hacen esta pregunta y la respuesta viene por sí sola: es el mensaje de Cristo transmitido por la Iglesia, y siempre ha sido exigente; pero también es fuente de alegría. Es difícil vivir no sólo en el campo sexual sino en todas las realidades de la vida. Nada auténtico, coherente y duradero se construye sin dificultad. Juan Pablo II presenta el camino a seguir para vivir como cristianos en nombre del amor de Dios, y este amor es un modo de buscar el bien y la vida para sí mismo y para los demás. Siempre seremos capaces de este amor que no es un sentimiento, ni tampoco un bienestar afectivo, pero corresponde al deseo de buscar en Dios aquello que nos hace vivir. Los jóvenes son sensibles a este lenguaje y a la persona de Juan Pablo II que lo afirma tranquilamente, a pesar de las críticas y el sarcasmo. Les habla de la vida allí donde no escuchan otra cosa que muerte, droga y suicidio, de fracasos en el campo afectivo con el divorcio, de desempleo, por no citar una sociedad que los descuida.
Juan Pablo II tiene fe en ellos y les da fe en la vida. Les dice que es posible vivir y triunfar en la vida, y les explica incluso cómo se hace. La generación precedente no siempre les ha transmitido convicciones firmes, ni les ha enseñado a vivir con un cierto número de valores, limitándose a repetir hasta la saciedad los valores de la sociedad de consumo. ¿Qué cosa hacen los jóvenes? Se dirigen a los ancianos para obtener aquello que no han tenido: son los ancianos los que, como lo hace el Papa, los enlazan con la Historia y la memoria cultural y religiosa, desbancando así a sus padres. No hay divisiones entre el Papa y los jóvenes. Cuando los jóvenes perciben palabras auténticas, se sienten respetados y valorizados: “Por fin hemos sido tomados en serio, él tiene fe en nosotros”.
A la Iglesia se le atribuye una obsesión en cuanto a la moral sexual. Aunque este tema no represente ni el 9% de los discursos y de los escritos del Papa, los medios de comunicación se detienen sólo en este aspecto, silenciando todo el resto. La historia del preservativo es característica de esta desinformación y de la manipulación de la que son objeto sus discursos. Juan Pablo II en cambio dice una cosa diferente: se apoya en el Evangelio y no depende de las ideas ligadas a una moda pasajera. Apela al sentido del amor y de la responsabilidad. Como Cristo, prefiere dirigirse a la conciencia humana, para que cada uno se interrogue sobre el propio comportamiento para saber si se ha vivido en el sentido de un amor auténtico, leal y honesto hacia uno mismo y hacia el otro.
Persigue su misión. La reflexión sobre la sexualidad no puede reducirse a un discurso sobre la salud, sobre todo cuando ésta descuida la responsabilidad moral de las personas. La valoración moral concierne también a la sexualidad y no sólo a la vida social, a no ser que se quiera crear una escisión aberrante. Los cristianos son invitados a inspirarse en este modelo y así su propio comportamiento nazca de una conciencia evangélica iluminada.
5. Los jóvenes y las nuevas influencias ideológicas
El derrumbe de las ideologías políticas en provecho del liberalismo de la sociedad de consumo y del crecimiento del individualismo, han favorecido el menosprecio respecto a la actividad política y del sistema de representación democrática. Los grandes desafíos sociales han sido reemplazados por las reivindicaciones subjetivas y sectoriales.
Por otro lado se nota que la actividad política pierde crédito ante los ojos de las jóvenes generaciones cuando ya no es capaz de perseguir el interés general. La valorización del matrimonio, la familia compuesta de un hombre y una mujer con sus hijos, la escuela y la educación, la formación al sentido de la ley civil y moral, la inserción social y profesional de las nuevas generaciones, la calidad del ambiente, el sentido de la justicia y la paz, son algunos de los proyectos que hay que sostener para despertar el interés de los jóvenes en la vida política. Examinemos ahora la influencia que algunas tendencias ideológicas ejercen sobre los jóvenes.
5. – 1 La teoría del gender
Como ya hemos dicho, nuestra sociedad está actualmente influenciada por la confusión sexual. La teoría del gender deja entender que la diferencia sexual, o sea el hecho de ser un hombre o una mujer, es de una importancia secundaria a la hora de fundar el vínculo social y las relaciones afectivas que se contraen en le matrimonio y que contribuyen a crear una familia. Según esta teoría se debería, por el contrario, privilegiar y reconocer el género sexual, que ya no depende del género masculino o femenino, sino aquél que cada uno se construye subjetivamente y que se orienta hacia la heterosexualidad, la homosexualidad, la transexualidad. Así se podrá hablar de pareja y de familia heterosexual u homosexual, dicho de otra manera, la diferencia sexual se sustituiría por la diferencia de la sexualidad.
La teoría del gender está ampliamente difundida por la Comisión de las Poblaciones de la ONU y del Parlamento Europeo para obligar a los países a que modifiquen su legislación para que reconozcan, por ejemplo, la unión homosexual o la “homogenitorialidad” mediante la adopción. Esta nueva ideología representa una verdadera manipulación semántica porque aplica la noción de pareja y de ser padres a la homosexualidad, mientras que la pareja implica la asimetría sexual y se basa sólo en la relación entre un hombre y una mujer. Además la homosexualidad no puede estar en el origen del matrimonio y del ser padres y carece de cualquier valor social. En cuanto a la problemática individual, aquélla no puede ser una norma social reconocida como valor a partir de la cual se eduque a los hijos.
La educación tiene que tener como meta la renovación de una civilización fundada en la pareja formada por un hombre y una mujer. No en vano la Biblia comienza con la existencia de una pareja cuya relación es a imagen de la relación de Dios con la humanidad. Tenemos que abrirnos a una cultura de la alianza para no caer en el torbellino de una lucha de poderes entre los sexos.
5. – 2 La sociedad del mercado y liberalismo
La mayor parte de los jóvenes es esclavo de las normas de la sociedad del mercado; la publicidad exige ampliamente la satisfacción de los deseos inmediatos. La organización política de la sociedad reposa en la mentalidad mercantilista, que transforma a los ciudadanos en consumidores. Las reglas económicas reemplazan las reglas morales, dictan leyes e imponen su sistema de referencia y de valoración en todos los campos de la existencia con el consenso del poder político: la educación, la enseñanza, la salud, el trabajo, la vejez son regulados según las normas económicas en detrimento de los valores de la vida. Al centro de este mecanismo no están la persona y el bien común, sino el costo y el beneficio. La dictadura del dinero y de la economía construye, a través de la publicidad, una visión de la existencia en la que aquello que no rinde no debe existir, lo que contribuye a alterar el sentido de la persona humana, del vínculo social y del bien común.
5. – 3 Laicización y exclusión de lo religioso
El cristianismo está al inicio de la noción que distingue el poder religioso del poder temporal. En el curso de la Historia, aunque hayan existido momentos de confusión, el poder político a menudo a querido dictar leyes a la Iglesia, interviniendo, por ejemplo, en las decisiones de los concilios. No es tanto el poder religioso el que ha querido extender la propia influencia sobre el poder temporal, aunque en alguna sociedad la Iglesia a veces ha tenido que organizar la vida de la sociedad antes de devolverle el poder a aquel que debía ejercerlo; pero es el poder político el que a menudo se ha mostrado celoso del poder religioso, vigilándolo, encuadrándolo, poniéndolo en duda e incluso neutralizándolo.
La laicización, cuando supera el ámbito de la diferenciación de los poderes, pone varios problemas e influye en concepción de la dimensión religiosa inherente a la existencia. La laicización así se ha desarrollado en oposición al papel y a la influencia de la Iglesia: se debía excluir lo religioso del campo social, relegándolo a una cuestión privada dependiente de la conciencia individual; esta era la manera de mutilar a la Iglesia. Es un fenómeno que ha continuado con la laicización de la moral, separada de los principios universales que pueden ser descubiertos por la razón, para confundirla con la ley civil votada democráticamente. Así la legalidad ha sustituido la moralidad creando confusión en las conciencias de muchos jóvenes, de modo que llegan a creer que aquello que es legal tiene también un valor moral. La ley civil, al contrario, no dice qué cosa es moral: organiza sólo la vida de la sociedad, pero esta organización o reglamentación mediante los derechos y los deberes de los ciudadanos sólo se pueden fundar sobre los principios que respeten la dignidad de la persona humana y los valores de la vida que trascienden todas las leyes.
Después de haber laicizado a la sociedad y la moral, le toca ahora a la religión de ser laicizada. La vida espiritual se confunde con la vida intelectual y poética, la Biblia es traducida por no-creyentes y por escritores de diferentes corrientes de opinión, mientras se va promoviendo una lectura laica de los Evangelios. El Papa Juan Pablo II a menudo ha subrayado el modo contradictorio en el que se aborda la Biblia: “…el hombre de hoy, defraudado por numerosas respuestas insatisfactorias a los interrogantes fundamentales de la vida, parece abrirse a la voz que proviene de la Trascendencia y se expresa en el mensaje bíblico. Pero, al mismo tiempo, se muestra cada vez más refractario a la exigencia de comportamientos en armonía con los valores que la Iglesia presenta desde siempre como fundados en el Evangelio. Se producen entonces intentos muy variados de separar la revelación bíblica de las propuestas de vida más comprometedoras”. Por ello la palabra de Dios se trasladaría a un discurso mundano, al unísono con las costumbres y a la inteligencia religiosa, reducida al mínimo denominador común en nombre de la “modernidad” y de una “religión moderada”. Serían, por lo tanto, los cánones imperantes en una sociedad los que deberían regular la religión y sobre todo la fe cristiana: visión que consiste en eliminar del campo social la dimensión religiosa y las exigencias que derivan de ella.
El rechazo de reconocer la herencia religiosa y cristiana como una de las bases del desarrollo de la civilización en Europa y en el mundo occidental, como también en otras zonas culturales, es el testimonio de esta laicización rampante. La laicización así concebida no respeta la dimensión religiosa de la existencia humana. Los que sostienen este orden de cosas son los primeros en reconocer la libertad de la fe, que según ellos depende únicamente de la vida privada, pero que rechazan aceptar la realidad religiosa y el derecho a la religión, que implica una dimensión social e institucional, mientras que es importante que el poder religioso, en cuanto a institución, pueda estar representado en el concierto europeo y de las naciones al servicio del bien común y de los intereses superiores de la conciencia humana. Dios no puede estar ausente del campo social.
Las jóvenes generaciones necesitan ser educadas hacia una dimensión social e institucional de la religión cristiana; lo que no necesitan es experimentar la Iglesia como un grupo puramente intimista e individual.
4. La vida afectiva de los jóvenes
4. – 1 Estado general de la afectividad
Las psicologías contemporáneas están influidas por representaciones sociales centradas en una vida afectiva y sexual fragmentada. La expresión afectiva debe ser inmediata, como una llamada telefónica o una conexión por Internet, sin respetar los términos y el sentido de la construcción de una relación. También las imágenes de los medios de comunicación y de las películas se caracterizan actualmente por una expresión sexual fácil, de fusión y del momento.
Algunos jóvenes también están condicionados por la separación y el divorcio de sus padres, que en lo profundo de su vida psíquica han imprimido la desilusión y la falta de confianza en el otro y a veces en el futuro. Las personalidades actuales reivindican la autonomía, mas no saben separarse de los objetos infantiles. El problema es trasladado a las personas, de las cuales se separan cuando apenas surge un problema. Paradójicamente, los jóvenes manifiestan también el miedo de ser rechazados, unido a la necesidad de ser tranquilizado por la imagen que les es remitida por los demás. Esta actitud es el resultado del tipo de vida familiar fragmentada que se está difundiendo en el occidente.
Finalmente, son bastante influidos por el exhibicionismo sexual que se ensaña por medio de la pornografía y la banalización de una sexualidad impulsiva y anti-relacional. Estudios recientes han mostrado que el 75% de las películas que se ven en la televisión por cable son pornográficas, con escenas cada vez más violentas y agresivas, porcentaje que aumenta hasta un 92% entre los clientes de los hoteles. La proliferación de imágenes sexuales demuestra que vivimos en una sociedad erótica, que permanentemente excita a los individuos desde el punto de vista sexual, condicionando fuertemente la elaboración de la sexualidad juvenil. Muchos jóvenes, de hecho, visitan las páginas web pornográficas, y algunos de ellos, así alimentados, se encierran en una sexualidad imaginaria y violenta, en la que domina una masturbación vivida como fracaso de llegar al otro y que por lo tanto puede complicar la elaboración del impulso sexual. La masturbación, si dura en el tiempo, es siempre síntoma de un problema afectivo y de una falta de madurez sexual: la posterior vida de pareja, en su expresión sexual, puede resentirse de esta dependencia de una sexualidad narcisista.
La mayor parte de los jóvenes aún es sensible a un discurso que revele el sentido del amor humano, de pareja y de la familia, hecho que manifiesta la necesidad de aprender a amar y de ser creadores de relaciones y de vida.
4. – 2 De la coeducación a la relación unisexuada
Los jóvenes están acostumbrados a una forma de coeducación de ambos sexos que no contribuye, como se había esperado, al desarrollo de una relación igualitaria y de mejor cualidad entre el hombre y la mujer, por el contrario, ha favorecido la confusión de la identidad sexual y de la vacilación en las relaciones. Recojamos aquí los frutos ideológicos del feminismo que confunde la igualdad de sexos, que no existe, con la de las personas. El feminismo norteamericano y conductual ha empujado al odio hacia el hombre y al rechazo de la procreación, animando al puritanismo y a nuevas inhibiciones, interpretando el mínimo gesto, palabra o mirada como un intento de agresión, de acoso sexual o incluso de estupro. Además de estas aberraciones, que se incluyen cada vez más en las leyes europeas, se ha presentado la procreación como una limitación para la mujer y como una dimensión que no debe entrar en la definición de la femineidad. La coeducación ha sido condicionada por este feminismo, que no ha preparado a los jóvenes para que aprendieran a vivir una relación de pareja formada por un hombre y una mujer, y por ello es una coeducación que oscila entre la unisexualidad (confusión sexual) y el alejamiento de los individuos (celibato y aislamiento).
La mayor parte de los post-adolescentes ha pasado la infancia en el universo de la coeducación. Era fácil de prever[9] que la coeducación, que nunca se había pensado en términos de psicología diferencial y de pedagogía, diera origen a nuevas inhibiciones entre chicos y chicas y a la alteración de los vínculos sociales. Hoy apenas se comienza a prestar atención a los interrogativos que suscita y a salir del moralismo que la ha provocado. Hay edades en las que la coeducación es más indicada que otro tipo de educación. La experiencia demuestra una vez más que durante la adolescencia ésta es un freno y que impide el desarrollo de la inteligencia, de la afectividad y de la sexualidad. A menudo termina por ser vivida por medio de la seducción y agresión sexual o, por el contrario, algunos jóvenes se apartan de ahí para volverse a encontrar con los del propio sexo; este pasatiempo corresponde con la necesidad de asegurar y sostener la propia identidad, mientras que la coeducación desemboca en la confusión de los sexos. La coeducación ha favorecido la indecisión en la relación entre el hombre y la mujer durante la post-adolescencia, incluso el celibato y una forma de homosexualidad reactiva para diferenciarse, paradójicamente, del otro sexo y confirmarse en la propia identidad sexual. Los niños y los adolescentes necesitan elaborar su tendencia de fusión, mientras que la coeducación termina por encerrarlos en ésta, impidiéndoles adquirir el sentido de la diferencia sexual y de la relación entre un sujeto y otro.
Así algunos han podido vivir durante la adolescencia uniones sentimentales y relaciones de pareja provisionales, o incluso experiencias sexuales. Su despertar afectivo-sexual comienza por lo tanto por medio de elecciones sentimentales, pero que por lo general no perdurarán o que se mantendrán como relaciones fraternales sin expresión sexual. Después, en el momento de la post-adolescencia, cuando podrían comprometerse en una relación afectivo-sexual, sucede todo lo contrario. De hecho a menudo experimentan la necesidad de encontrarse entre “solteros” y con compañeros sociales del mismo sexo para compartir juntos diversas actividades y momentos de diversión. Después de haber hecho la experiencia de uniones sentimentales sin llegar a un compromiso y finalizados a manera de Edipo, en la post-adolescencia quieren vivir su vida afectiva a nivel social y de mantener las distancias en relación al sexo opuesto, cosa que no han podido hacer durante la adolescencia.
Algunos jóvenes adultos, pero también los menos jóvenes, están descubriendo la necesaria separación de los sexos. Por ejemplo, hay mujeres que tienen la necesidad de estar entre ellas para discutir sus cosas, salir o compartir actividades sólo “entre mujeres”, sin sus compañeros. Los hombres a su vez hacen exactamente lo mismo, frecuentando lugares y manteniendo actividades sólo para ellos. Volvemos a encontrar este fenómeno en la nueva situación de co-inquilinos en la que los jóvenes entre 25 y 35 años, con una actividad profesional, alquilan juntos un apartamento que comparten con jóvenes del mismo sexo, pero raramente con jóvenes de ambos sexos.
Es importante que los hombres y las mujeres se puedan estructurar en su propia y respectiva identidad, y la educación debe preocuparse de esto desde la infancia.
4. – 3 El miedo a comprometerse
Es típico que la pareja formada por jóvenes sea incierta y temporal, cuando está fundada únicamente en la necesidad de ser protegidos y estar cobijados, y también en la inestabilidad de los sentimientos, sin que éstos estén integrados en un proyecto de vida y en el sentido del amor.
La mentalidad reinante, a su vez, tampoco simplifica la tarea de los jóvenes, porque presenta la separación y el divorcio como norma para tratar los problemas afectivos y relacionales en el ámbito de la pareja. En Francia, la ley del 1974 sobre el divorcio consensual no ha hecho más que extender y normalizar el divorcio, que sigue siendo un flagelo social. Una sociedad que pierde el sentido del compromiso y la elaboración de los conflictos y de las fases del desarrollo es una sociedad priva del sentido del futuro y de la continuidad. El divorcio se ha convertido en una de las causas de la inseguridad afectiva de los individuos que repercute en los vínculos sociales y en la visión del sentido del compromiso en todos los campos de la vida, visión esta que se transmite a los jóvenes. Queriendo facilitar cada vez más el divorcio, el poder público pierde el tiempo con el síntoma, sin ver las causas sobre las que habría que actuar, y mucho menos las consecuencias de las leyes que están minando la cohesión social.
El temor a comprometerse afectivamente domina la psicología juvenil, que es vacilante, incierta y escéptica en el sentido de una relación duradera. Los jóvenes piensan que permanecen libres al no comprometerse, y mientras actúan así terminan por rechazar la libertad, porque al comprometerse se descubren libres y se hace uso de la propia libertad. El celibato prolongado los habitúa a vivir y a organizarse por su cuenta. A algunos les cuesta aceptar la presencia continua de otro en su vida cotidiana; esto les angustia, dándoles la sensación de perder la propia libertad. Por lo tanto alternan momentos en los que viven con otros y momentos en los que viven solos. A los 35 años piensan todavía que son inmaduros y que no están preparados para comprometerse, y que aún necesitan tiempo. Pero cuánto más pasa el tiempo, menos se desarrolla su mentalidad para hacerlos capaces de relacionarse con el otro que, por otro lado, quieren amar.
Los sondeos aún demuestran que la mayoría de los jóvenes quiere casarse y fundar una familia, aunque los jóvenes no siempre sepan cómo se constituye una relación en el tiempo. Quisieran estabilizar la relación ya desde el inicio y resolver todos los problemas respecto al presente y al futuro. Sin duda los jóvenes tienen la necesidad de aprender a hacer la experiencia de la fidelidad en la vida cotidiana: es un valor que recoge el consenso unánime de los jóvenes, pero que no es valorizado por los medios contemporáneos. En el mensaje de la sociedad predominan el miedo al matrimonio y a tener hijos, hecho que no ayuda a tener fe en sí mismo y aún menos en la vida, que según ellos debería limitarse y agotarse con su historia personal.
De hecho, tanto la sociedad como sus leyes (ver en Francia el “pacs”, pacto civil de solidaridad, que da un estatuto jurídico a una relación antinómica y a menudo provisional) no favorecen el sentido de la duración y del compromiso, mientras cultivan la precariedad afectiva y la fragilidad del vínculo social en vez de privilegiar el matrimonio. Sin embargo muchos jóvenes sienten la necesidad de saber perseverar frente a una concepción de tiempo breve y dividido.
Vivimos en una sociedad que siembra la duda respecto a la idea de comprometerse en el nombre del amor. Los jóvenes desean hacerlo y por ello se les debe acompañar para que puedan descubrir que es posible la fidelidad como también los caminos que conducen a ella.
4. – 4 La bisexualidad psíquica
El post-adolescente también debe afrontar la bisexualidad psíquica, resultado de sus identificaciones con ambos sexos y no debido al hecho de ser a la vez hombre y mujer, para así poder interiorizar la propia identidad sexual y encaminarse hacia la heterosexualidad. La bisexualidad psíquica es la capacidad de relacionarse con el otro sexo, en coherencia con la propia identidad sexual tanto en la vida afectiva como en la social. Ya lo hemos dicho, durante la post-adolescencia la vida psíquica comienza a interactuar con la realidad externa. Pero la sociedad actual mantiene una cierta confusión acerca de las dos únicas identidades sexuales existentes, aquélla del hombre y la de la mujer, mediante tendencias sexuales multíplices y prácticas sexuales relativas a la separación de las pulsiones. No hay que confundir la identidad con las orientaciones sexuales, y menos aún cuando éstas están en contradicción con la identidad sexual. En tal contexto no es fácil encontrar la propia identidad y la coherencia a nivel sexual, sobre todo cuando la homosexualidad es valorizada y presentada como una alternativa a la heterosexualidad. La elaboración de la bisexualidad psíquica corre el riesgo de comprometerse y, como las relaciones entre hombres y mujeres se complican hasta el punto de animar al celibato del ‘cada uno en su casa’, el modelo social de la homosexualidad es banalizado.
Muchos adolescentes y post-adolescentes son inquietos e inestables cuando se encuentran con que tienen que afrontar la bisexualidad psíquica. Algunos a veces interpretan como homosexualidad constitutiva y permanente su ambivalencia pasajera, frecuente en la adolescencia. Piensan que son homosexuales sin desearlo ni quererlo, pero a veces viven de pasada como tales para experimentar la homosexualidad, hecho que los irá minando psicológicamente. Cierto que todos los individuos han sido llevados a vivir identificaciones homosexuales para confrontar la propia identidad sexual, comenzando por el padre o la madre del mismo sexo, pero cuando estas identificaciones sufren un fracaso, corren el riesgo de ser erotizadas y desembocan en la homosexualidad. Hay que recordar que la elección del objeto homosexual, inherente a la vida psíquica, no se confunde con la homosexualidad en la cual un sujeto puede eventualmente orientarse.
La homosexualidad no es una “variante” de la sexualidad humana comparable con la heterosexualidad, pero es la expresión de una tensión conflictiva no resuelta en el ámbito de una tendencia que se aparta de la identidad sexual.
La educación al sentido del otro y al sentido de la diferencia entre el hombre y la mujer es el punto cardinal del descubrimiento del verdadero sentido de la alteridad.
3. – 1 La fe en sí mismo
La necesidad de conocerse y de tener confianza en sí mismo es una aspiración propia de esta fase de la vida. Pero bajo el peso de los interrogativos no resueltos y de los fracasos, el sentido de sí mismo se puede volver a poner en discusión. De repente el sujeto se siente más frágil porque ya no es capaz de asegurar, como en el pasado, la propia continuidad. Por ello intenta ser él mismo y se hace muy sensible a todo aquello que no es auténtico en él.
El desarrollo psicológico de la post-adolescencia se efectúa esencialmente en la articulación de la vida psíquica con el ambiente circundante, que puede suscitar y reactivar angustias e inhibiciones ligadas, por ejemplo, a un sentido de impotencia que se traduce en el temor de no poder acceder a la realidad y por ello en la autoagresión o en la agresión de las figuras parentales extendidas al mundo de los adultos. Esto incluso puede favorecer una actitud anti-institucional o anti-social, pero también puede hacer surgir el problema de la capacidad de valorarse (ligada a la estima o al desprecio de sí mismo) y la necesidad de ser reconocido por los padres, sobre todo por el padre. El sujeto puede estar aún más centrado en sí mismo evitando la realidad externa, que a veces está poco o mal interiorizada: la prueba de la realidad da miedo. Pero cuando choca con los límites de lo real, arriesga de perder el propio equilibrio y de ceder a pensamientos depresivos, sin poderse identificar con objetos que despierten su interés o su amor. Uno de estos límites es el del tiempo.
La catequesis puede ayudar a los jóvenes a aprender y a amar la vida, a imagen de Cristo, que se ha encarnado en el mundo revelándonos que somos llamados por Dios a la vida y al amor.
3. – 2 La relación con el tiempo
El post-adolescente a menudo está empeñado en una tarea psíquica que le permitirá acceder a la madurez temporal, la que no obstante entre los 24 y 30 años presentará también una dificultad. A veces, en vez de conjugar su existencia asociando el pasado, presente y futuro, algunos jóvenes la viven en un hoy ilimitado, yendo de un instante al otro, de un acontecimiento al otro, de situaciones y decisiones tomadas en el último minuto hasta el momento en que se interrogan sobre la coherencia entre todas las cosas que viven, a menos que no inventen otras divisiones que no les ayudarán a hacer la síntesis en ellos mismos.
La inmadurez temporal no siempre permite proyectarse en el futuro, futuro que puede angustiar a los post-adolescentes no a causa de una incerteza social y económica, sino porque, psicológicamente hablando, no saben anticipar ni valorar los proyectos ni las consecuencias de la circunstancias y de sus acciones, porque viven únicamente en el presente. Cuando aún no han llegado a la madurez temporal, a algunos post-adolescentes les cuesta desarrollar una conciencia histórica. No saben inserir su existencia en el tiempo – o temen de hacerlo – y por ello son incapaces de tener el sentido del compromiso en muchísimos campos. Viven con mayor facilidad en la contingencia y en la intensidad de una situación particular que en la constancia y continuidad de una vida que se elabora en el tiempo. Lo cotidiano aparece como la espera de un momento excepcional, en vez de ser el espacio en el que se teje el compromiso existencial.
El aprendizaje del sentido del compromiso inicia con el desarrollo de una solidaridad y de proyectos en el ámbito de la comunidad cristiana al servicio de los demás. Tal aprendizaje del compromiso, entendido como entrada en la historia, puede ser estimulado por el descubrimiento y la reflexión en torno a la historia de la salvación en Jesucristo.
3. – 3 Ocupar el propio espacio interior
A muchos jóvenes les cuesta llenar su vida psicológica y espacio interior. Incluso se pueden sentir incómodos al probar dentro de sí diversas sensaciones que no saben identificar o, por el contrario, al buscarlas fuera de las relaciones y de las actividades humanas.
Nos encontramos cada vez más ante personalidades impulsivas, muy ocupadas en hacer cosas, pero que difícilmente saben, en el mejor de los casos, cómo se debe tomar la acción y relacionarla con la reflexión. Puesto que no disponen de recursos internos y culturales, ni saben hacer funcionar la mente, se lamentan a menudo de la falta de concentración y de la dificultad de un trabajo intelectual continuo a largo plazo, demostrando así la pobreza de su interioridad y de los cambios inter-psíquicos; la reflexión los preocupa. Tienen la necesidad de educar la propia voluntad que amenaza con ser inconstante y frágil.
Ponerlos frente a interrogativos o ante algunos problemas que deben afrontar les desespera, como es el uso de la droga con la que quieren animarse, controlarse u obtener los mejor de sí mismos. Prefieren refugiarse en la acción y utilizan en modo repetitivo el pasar al acto, no para obtener un placer, sino para descargar la tensión interior, para partir de cero, para no experimentar más tensiones dentro de sí. De este modo no sólo descartan lo que sucede dentro de ellos, sino también su propia actividad interna.
En los post-adolescentes a menudo se nota la falta de objetos de identificación fiables y válidos, que les ayude a desarrollar un material psíquico con el que construir su interioridad. Aquí nos encontramos con el problema de la transmisión en el mundo contemporáneo: transmisión cultural, moral y religiosa. La carencia de interioridad favorece psicologías ansiógenas, más prontas a responder a los estados primarios de la pulsión que a empeñarse en la formación interior. Pero la inmensa mayoría se busca un pretexto en la propia existencia para alimentarse intelectualmente; lo hace más a partir de lo que percibe subjetivamente que inspirándose en las grandes tradiciones religiosas o morales, de las que permanece relativamente distante.
Tienen un modo de pensar narcisista, en el que cada uno debe bastar se a sí mismo y debe reconducir todo a uno mismo, según la moda actual del “todo psicológico”, la cual quiere hacer creer que es posible hacerse a uno mismo, inspirándose más en las propias emociones y sensaciones que en los principios de la razón, en una palabra inteligible como la de la fe cristiana y de los valores de la vida. La mínima dificultad existencial es etiquetada con términos psicopatológicos que debería ser tratada con la psicoterapia: es un error de la perspectiva que se infiltra en el acompañamiento psico-espiritual o en los ritos de curación. De hecho es aberrante querer afrontar los dos discursos, el psicológico y el religioso, desde el ángulo de la psicoterapia. También el tema de la “resiliencia” es la nueva ilusión de las personalidades narcisistas. Por otro lado se trata de una noción confusa que busca tener en cuenta el hecho de que algunos individuos se las arreglan mejor que otros, mientras que el cristianismo, desde hace mucho tiempo, ha demostrado que la persona no se reduce a su propio determinismo. En un mundo privo de recursos morales y religiosos, la “resiliencia” será pronto superada, porque, para propagarse necesita un dinamismo interior que no se puede constituir y nutrir si no es mediante el aporte del mundo externo. El sujeto no puede organizar su propia vida interior en un cara a cara consigo mismo, sino sólo en la interacción con una dimensión objetiva.
Así la catequesis y la educación religiosa corren el riesgo de adoptar el subjetivismo imperante, sobre todo ahora que se afirma que no hay una “revelación objetiva” de la palabra de Dios, sino que ésta puede manifestarse sólo en la fe vivida subjetivamente. En este contexto, Jesús no es otro que uno de tantos “profetas” o “sabios”, completamente apartado de su papel de mediador entre el Padre y los hombres, en cuanto Hijo de Dios. Influidos por una visión imanente y subjetiva de Dios, tan vecina a la de una divinidad pagana, los jóvenes se comprometen en las catequesis escolares y universitarias, en el diálogo interreligioso (confundido con una especie de ecumenismo) sin estar estructuradas en la fe cristiana; mezclan las ideas de las diferentes confesiones, como si se tratase de la misma representación de Dios. Al no haber interiorizado la inteligencia de la fe en el Dios trino, construyen un discurso religioso sobre el modelo de los mecanismos de la relación de fusión, entregándose a la tolerancia, a la confusión de los espacios, al igualitarismo para no diferenciarse, y también a un modo de expresarse de manera sensorial. Pero las diferentes ideas sobre la representación de Dios, según las diversas confesiones religiosas, no dan el mismo sentido del hombre, de la vida social y de la fe.
La mayor parte de la sociedad occidental no ha querido efectuar la transmisión hasta poner en duda los fundamentos sobre los cuales ésta se ha desarrollado. La dimensión cristiana a menudo ha sido excluida, mientras – por el contrario – contribuye en la edificación del vínculo social y en la constitución de la vida interior de los individuos. La crisis de la interioridad contemporánea comienza precisamente con carencia de iniciación para después perderse en el individualismo y subjetivismo psicológico. La psicologización ideológica de la sociedad es desestructurante porque los individuos no hacen otra cosa que contarse cosas y analizarse hasta el desvanecimiento. La reflexión subjetiva, que en ciertos casos puede ser necesaria, nunca es exclusiva: hace falta poder construir la propia existencia teniendo en cuenta también otra dimensión que no sea la de uno mismo, dimensión que a su vez revela y dinamiza al individuo, dimensión que es social, cultural, moral y religiosa. Hace falta poder concebir la propia vida en un contexto de todas estas realidades, sin encerrarse en las propuestas psicológicas tan de moda hoy en día.
La catequesis, la educación para el sentido de la oración y de la vida litúrgica y sacramental puede hacer mucho para ayudar a los jóvenes a apropiarse de su interioridad, de su espacio psíquico y físico. Los ritos, las insignias y los símbolos cristianos pueden participar en esta construcción interior y precisamente por esto son tan apreciados por los jóvenes, para sorpresa de los adultos. La vida interior se constituye así en relación con una realidad y una presencia externa. La Palabra de Dios, transmitida por la Iglesia, desempeña este papel poniendo a los jóvenes en relación con Dios, que se puede encontrar a través de las mediaciones humanas inauguradas por Cristo, que de este modo se han convertido en signo de su presencia. En la oración confiada, guiada y sostenida por la Iglesia, se establece una relación privilegiada entre Dios y aquellos que Él llama para que lo conozcan. La experiencia orante es el crisol de la interioridad humana como en tantas ocasiones lo ha demostrado la JMJ. Es por lo tanto en esta línea en la que se debe continuar con el esfuerzo educativo.
2. Un contexto social que favorece la dependencia psicológica
Nos encontramos en una atmósfera verdaderamente paradójica que afecta casi todas las áreas culturales: por un lado se les quiere hacer autónomos a los niños cuanto antes, ya desde la cuna y la guardería, y por el otro lado se ven adolescentes, y sobre todo post-adolescentes, que se esfuerzan por llevar a cabo las operaciones psíquicas de la separación, aunque desean hacerlo con palabras. Para liberarse de esta dificultad, buscan apoyos psicológicos, sociales y espirituales en los cuales apoyarse.
2. – 1 Una sociedad que favorece el infantilismo
La educación contemporánea produce sujetos demasiado apegados a las personas y a las cosas, por lo tanto, aunque lo niegue produce seres dependientes. Durante la infancia sus deseos y expectativas han sido de tal manera estimulados a costa de la realidad externa y de las exigencias objetivas, que terminan por creer que todo es maleable sólo en función de los propios intereses subjetivos. Después, al inicio de la adolescencia, a falta de recursos suficientes y de un puntal interior, intentan desarrollar lazos de dependencia en la relación con el grupo o la pareja. Si he inventado la expresión de “pareja- bebé”[3], lo he hecho precisamente para designar su economía afectiva, que no siempre se distingue entre sexualidad infantil y sexualidad relativa al objeto. De hecho pasan del apego a los padres al apego sentimental, quedándose siempre en la misma economía afectiva.
Preocupándose justamente de la calidad de la relación con el niño, la educación se ha centrado demasiado en el bienestar afectivo, a veces a costa de la realidad, del saber, de los códices culturales y de los valores morales, sin ayudar a los jóvenes a edificarse interiormente. Por consiguiente, tienden más a una expansión narcisista que a un verdadero y auténtico desarrollo personal, que a menudo crea personalidades ciertamente moldeables y simpáticas, pero a menudo también superficiales e incluso insignificantes, que no siempre tienen el sentido del límite y de la realidad. Pueden ser descarados, a veces demasiado familiares, confundiendo el códice personal con el social, olvidándose del sentido de la jerarquía, de la autoridad, de lo sacro y de las formas y las reglas del “cómo se debe hablar”. Algunos ni han aprendido las reglas de la convivencia social, comenzando por aquéllas del código vial y terminando con los ritos de la vida familiar y social.
Los adultos que han hecho de todo para que no les faltase nada, inducen a los jóvenes a que crean que tienen que satisfacer cada uno de sus deseos, confundiéndolos con la necesidad; los deseos, en cambio, no son destinados para ser realizados, pues son únicamente fuente de inspiración. Al no haber hecho la experiencia de la falta, de la cual se elaboran los deseos, los jóvenes son indecisos e inciertos y por ello les cuesta diferenciarse y destacarse de los objetos primarios para vivir la propia vida. Crecer implica separarse psicológicamente, abandonar la infancia y la adolescencia; pero para muchos tal separación es difícil porque los espacios psíquicos entre padres e hijos se confunden.
Significativa es la experiencia de Laurent, 28 años, casado y padre de un niño:
“Me clasifican de adulto, pero no me reconozco como tal, y el mundo de los adultos no me interesa. Tengo dificultad en hacer mía esta dimensión. Para mí, los adultos son mis padres. Estoy en contradicción conmigo mismo: interiormente me veo como un niño o un adolescente, con angustias terribles, pero hacia afuera ya soy un adulto y en el trabajo me consideran como tal. En la sociedad nada nos ayuda a hacernos adultos.”
También es verdad que, al magnificar la infancia y la adolescencia, la sociedad deja entender que no quiere crecer y existir como adulto, de modo que es difícil liberarse de los modos de gratificación de la infancia para acceder a satisfacciones superiores.
2. – 2 Una esperanza de vida más larga
El alargamiento de la vida deja suponer que el individuo tenga todo el tiempo para prepararse a vivir una vida comprometida. La esperanza de vida crea por lo tanto hoy más que en el pasado las condiciones objetivas para poder permanecer joven, entendiendo la juventud como el período de la indecisión, si no de la indistinción, entre uno mismo, los demás y la realidad, o aún de la indiferenciación sexual , con la ilusión de que la mayor parte de las posibilidades se quedarán siempre abiertas. Esta vaga concepción de la existencia, propia de la adolescencia, es muy preocupante cuando continúa en los post-adolescentes, tan inciertos en sus motivaciones al no tener fe en sí mismos. Algunos sufren de este estado de cosas, temiendo incluso una cierta despersonalización en el trato con los demás. Muchos postergan los plazos y viven de modo provisional, sin saber si podrán continuar con lo que han empezado en los diversos ámbitos de la existencia. Otros aún viven la época de la juventud como finalidad en sí y como un estado duradero.
En efecto, hoy hay jóvenes metidos en procesos de maduración que requieren mucho tiempo y se caracterizan por una condición de moratoria, es decir, por una suspensión de los plazos y de las obligaciones ligadas al paso hacia la vida adulta. Aquéllos, a los que no les interesa particularmente hacerse adultos[4], no viven su juventud como una fase propedéutica para el ingreso de la vida adulta, sino como un tiempo que tiene validez en sí. En el pasado, en cambio, el período de la juventud se vivía en función de la vida sucesiva y de una existencia autónoma: la juventud era, por lo tanto, una etapa preparatoria. En nuestros días, una juventud así prolongada provoca una cierta indeterminación en la elección del tipo de vida. Algunos prefieren postergar los plazos definitivos y atrasar así el ingreso en la vida adulta o la asunción de compromisos definitivos. Al no preguntarse sobre sus problemas de autonomía, no se sienten obligados a hacer elecciones fundamentales. Por otro lado, en diversos sectores de la vida se nota una fuerte tendencia a la experimentación: así los jóvenes pueden dejar la familia, pero vuelven a ella después de un fracaso o una dificultad. La diferencia principal respecto a la mayor parte de las generaciones precedentes (que hacían una elección precisa con una prioridad precisa) consiste en la propensión de vivir contemporáneamente diversos aspectos de la vida, aspectos a veces contradictorios, sin jerarquizar las propias necesidades y valores. Algunos jóvenes son hoy muy dependientes de la necesidad de hacer experiencias porque, por la falta de transmisión de valores, piensan que no se sabe nada de esta vida y que todo aún se debe descubrir e “inventar”. Por eso, a menudo presentan una identidad vaga y flexible frente a la multiplicidad de las solicitudes contemporáneas, sean éstas regresivas o, por el contrario, enriquecedoras.
2. – 3 Una infancia acortada por una adolescencia más larga
¡Una de las mayores paradojas de nuestra sociedad occidental consiste en hacer crecer a los niños demasiado rápido, animándolos al mismo tiempo a permanecer adolescentes el mayor tiempo posible!
Se incita a los niños a tener comportamientos de adolescentes cuando aún no tienen las competencias psicológicas para asumirlos. De ese modo, desarrollan una precocidad que no es fuente de madurez, saltándose las tareas psicológicas propias de la infancia, lo que les puede perjudicar en su futura autonomía, como lo demuestra la multiplicación de los estados depresivos de muchos jóvenes.
Los mismos post-adolescentes se lamentan de una falta de puntales interiores y sociales, en particular aquéllos que, después de largos estudios, se embarcan en empresas con su diploma recién sacado y deben de repente asumir responsabilidades. En algunos jóvenes, entre los 26 y 35 años, se detecta una serie de depresiones existenciales, porque no tienen imágenes-guía de la vida adulta que les ayuden a poner su existencia en armonía con la realidad.
El tiempo de la juventud siempre se ha caracterizado por una cierta inmadurez: ciertamente esto no es ninguna novedad. En cierta época esta inmadurez era compensada por la sociedad que se ponía más de lado de los adultos, incitándolos por lo tanto a crecer y a alcanzar la realidad de la vida. Hoy, por el contrario, la sociedad no sólo ofrece menos apoyo dejando que cada uno se las arregle por sí mismo, sino que les hace incluso creer que se puede permanecer en los primeros estadios de la vida sin tener que elaborarlos ni tener que vivir demasiado pronto un cierto número de experiencias. Hay que decir a un adolescente, que asume conductas precoces, que no tiene la edad para hacerlo, situándolo así en una óptica histórica de evolución y maduración. Es de este modo que se adquiere la madurez temporal.

Intervención pronunciada por Tony Anatrella, psicoanalista francés, especialista en psiquiatría social, sobre «El mundo de los jóvenes: ¿quiénes son? ¿Qué buscan?», publicada en un encuentro de preparación de las Jornadas Mundiales de la Juventud de Colonia (15 al 21 de agosto de 2005), organizado por el Consejo Pontificio para los Laicos.
Introducción
Trazaré el perfil de los jóvenes de hoy desde un punto de vista sociológico y psicológico, subrayando cómo los jóvenes pueden ser influidos por movimientos ideológicos y cómo se ponen en contacto con la Iglesia. Esta es una tarea vasta y ambiciosa que intentaré respetar respondiendo de manera sintética.
Hablaré de los jóvenes a partir de mi experiencia psiquiátrica del mundo occidental. Hay que estar muy atentos cuando se habla de los jóvenes para no caer en la generalización: por lo tanto, en base a vuestros orígenes culturales os ruego me confirméis o complementéis cuanto diré. Aún se pueden constatar trazos comunes en la psicología y en la sociología de los jóvenes del mundo entero. El peso del modelo económico del liberalismo, de la globalización, de los cambios en la pareja y la familia, de las representaciones de la sexualidad, del impacto de la música, de la televisión, del cine y de Internet influyen y unifican considerablemente la mentalidad juvenil de casi todos los países.
Los jóvenes manifiestan una variada fragilidad aunque permanezcan abiertos, disponibles y generosos. Ya no pesan sobre ellos ideologías como en las generaciones precedentes. Aspiran a relaciones auténticas y están en búsqueda de la verdad, pero al no encontrarlas en la realidad, esperan encontrarlas en su propio interior. Tal actitud los predispone a replegarse dentro de sus propias sensaciones y del individualismo, poniendo a su disposición el vínculo social y el sentido del interés general. Aunque el contexto social no les ayuda a desarrollar una verdadera y propia dimensión espiritual, están dispuestos a comprometerse con algunas causas más grandes que las suyas.
1. ¿Quiénes son?
Los jóvenes que aquí nos interesan son aquéllos entre los 18 y 30 años, es decir, se encuentran en la edad post-adolescente y quieren hacerse psicológicamente autónomos buscando al mismo tiempo afirmar el propio yo. Para ser más precisos, cada uno de ellos necesita poder ser él mismo y renunciar a la educación recibida y a las presiones sociales. Los jóvenes en cuestión pueden estar bastante insertos en el campo del estudio o en una actividad profesional, mientras algunos pueden encontrarse en situaciones profesionales o personales bastante precarias: desocupación, inestabilidad psicológica, comportamientos disgregados y numerosos problemas de la vida. A menudo expresan el deseo de tener fe en sí mismos, quieren liberarse de las dudas respecto a la existencia y de los miedos ligados a la idea de un compromiso afectivo. A veces piden ayuda a sus padres, a pesar de experimentar una cierta incomodidad en el trato con ellos. La mayor parte de ellos sigue viviendo con sus padres[1], mientras otros, a pesar de vivir solos, aún son dependientes. A menudo tienen necesidad de ser apoyados cuando se encuentran confrontados con la realidad, para poderse aceptar, para aceptar la vida y comenzar a actuar[2] en la realidad.
Igualmente están en búsqueda de las razones para la vida sobre las que construir la existencia: la mayoría está lejos de preocupaciones religiosas y a menudo reconoce no haber sido sensibilizada ni educada en este campo. Aún les impresiona a estos jóvenes el fenómeno sectario, el terrorismo y la guerra, que les da una visión inquietante y conflictiva de la religión, en particular el Islam. La religión los atrae y al mismo tiempo los inquieta, sobre todo cuando es presentada como fuente de conflictos en el mundo, cosa que es un error de interpretación, porque los conflictos en cuestión son de origen político y económico. Debemos aprender siempre a vivir los unos con los otros. Por último, su conocimiento de la fe cristiana y de la Iglesia queda ligada a un cliché y a la reconstrucción intelectual que circulan en las representaciones sociales, en la ciencia ficción de la televisión y del cine.
En una sociedad que, por diversas razones, cultiva la duda y el cinismo, el miedo y la impotencia, la inmadurez y el infantilismo, los jóvenes tienden a asirse a modalidades de gratificaciones primarias y tienen dificultad en madurar, entendiendo por madurez la personalidad que ha completado la organización de las funciones basilares de la vida psíquica y que por lo tanto es capaz de diferenciar la propia vida interior del mundo externo. Muchos jóvenes, que aún permanecen en una psicología de fusión, tienen dificultad en realizar esta diferenciación; aquello que sienten e imaginan, a menudo es sustituido por los hechos y la realidad del mundo externo. Este fenómeno es ampliado y alimentado por la psicología mediática, que inerva hoy los ánimos y el universo virtual, creado por videojuegos y el Internet. Todo esto los predispone a vivir en lo imaginario y en un mundo virtual, sin contacto con la realidad la que no han aprendido a conocer y que los delude y deprime. Tienen un acercamiento lúdico a la vida, con la necesidad de ir de juerga, sobre todo los fines de semana, sin saber bien por qué; pero de este modo buscan ambientes totalizantes y sensaciones que les dan la impresión de que existen. Queda aún por verificar si estas experiencias crean o no relaciones verdaderas y contribuyen al enriquecimiento afectivo e intelectual de su personalidad. Finalmente, son ambivalentes porque quieren encontrar el modo tanto de entrar en la realidad como de huir de ella.
Los jóvenes de hoy son como las generaciones precedentes: capaces de ser generosos, solidarios y comprometidos con causas que los movilizan, pero tienen menos referencias sociales y sentido de pertenencia que sus predecesores. Son individualistas, quieren hacer su propia elección sin tener en cuenta el conjunto de los valores, de las ideas o de las leyes comunes. Toman sus puntos de referencia de donde sea para después experimentarlos en su modo de vivir. Tienden con facilidad al igualitarismo y a la tolerancia, embebidos de la moda y de los mensajes impuestos por los modos mediáticos, que de hecho les sirve de norma en la cual se basan. Corren el peligro de caer en el conformismo de las modas, como las esponjas que se dejan impregnar, en vez de construir su libertad partiendo de las razones para vivir y amar, hecho que explica su fragilidad afectiva y la duda sobre ellos mismos en la que se debaten.
Su vida afectiva está marcada por muchas dudas, comenzando por aquéllas sobre la identidad, el sexo, la familia. A veces experimentan una gran confusión respecto a los sentimientos y no saben distinguir entre una atracción a nivel de amistad y una tendencia homosexual. La coeducación, en la que han vivido desde la infancia, puede complicar en el momento de la post-adolescencia la relación entre hombre y mujer. Por último, el considerable aumento de los divorcios no favorece la fe en el otro ni en el futuro.
Estas personalidades son el resultado de una educación, de una escolarización, y a veces de una catequesis que no forman suficientemente la inteligencia. Han sido acostumbradas a vivir constantemente a nivel afectivo y sensorial, en detrimento de la razón en cuanto a conocimiento, memoria y reflexión. Se mantienen cerca de todo tipo de sensaciones, como las que han probado a través de la droga. En vez de decir: “Pienso, luego existo”, afirman con su comportamiento: “pruebo las sensaciones, luego estoy calmado”.
Cuando encuentran adultos que de verdad lo son, que están en el puesto correcto y que son en grado de transmitirles los valores de la vida, tal como lo sabe hacer el Papa Juan Pablo II, escuchan lo que se les transmite sobre la experiencia cristiana, a la espera de poder a su vez inspirarse en ella.

¿Cómo podemos animar a otros para dar lo mejor de sí mismos?
La mayoría de las personas desean sentirse útiles y apreciadas. Además, tienen el potencial de hacer mucho más con sus vidas que lo que están haciendo actualmente. Nosotros podemos ayudarles a lograr este potencial si recordamos las siguientes verdades:
· Cuando alguien aprecia lo que hacemos, generalmente nos sentimos bien y en el futuro tratamos de hacer mejor todavía.
· Cuando alguien se fija en nuestro potencial y nos da la oportunidad de desarrollarlo, nos sentimos alentados a intentar cosas nuevas.
· Cuando por medio de estas nuevas experiencias logramos desarrollar nuevas capacidades, experimentamos gozo y alegría.
Motivación
Para alentar a los demás, debemos tomar en cuenta estas características fundamentales de los seres humanos.
Podemos comenzar alentando a los demás por medio de “descubrirlos” haciendo algo bien. Estamos muy acostumbrados a fijarnos cuando alguien comete un error. Cuando hace algo correcto, lo tomamos como normal y no lo comentamos.
No nos damos cuenta que las personas responden a las percepciones que tenemos de ellas. Al llamar la atención constantemente a sus cualidades negativas, las reforzamos más.
Una vez alguien preguntó a ‘Abdu’l-Bahá cómo podía servir con tanto amor a tantas personas diferentes, algunas de ellas muy desagradables y difíciles de amar. El respondió: “Veo el rostro de Dios en cada uno. Entonces, es fácil amarlos.”
Cuando encontramos una buena cualidad en una persona, nos fijamos en su potencial, y tratamos de facilitar su desarrollo, esto nos ayuda a ver el “rostro de Dios” en la persona.
Felicitar
Cuando estamos enseñando una nueva capacidad a una persona, él aprenderá más rápidamente si:
1) comentamos las cosas que hace correctamente, y
2) le sugerimos sin críticas cómo puede mejorar otros aspectos de su rendimiento.
Al enfocar lo positivo y expresar nuestra confianza en que la persona puede lograr su objetivo, él o ella se sentirá alentado a seguir esforzándose.
Pero hay que cuidarse de no caer en un tipo de alabanza manipuladora que sólo tiene el fin de influir en la persona para que haga lo que nosotros queramos, o en un tipo de alabanza generalizada que puede llevar a inflar el ego de la persona y crear una actitud de autocomplacencia. Dos prácticas nos pueden ayudar a evitar estos errores.
1) Hablar siempre con sinceridad, afirmando sólo la verdad, como la percibimos.
2) Al felicitar a alguien, mencionar la acción concreta que él o ella hizo bien y expresar la felicitación como nuestra propia reacción. Por ejemplo, decir: “Me gustó su explicación. Fue muy clara y bien ordenada”.
Un comentario así tiene un efecto mucho mejor que generalidades que realmente no dicen nada a la persona sobre su comportamiento y pueden inflar su ego en vez de alentar su desarrollo, tales como: “Tú hablas muy bien.”
“Si se trata a un hombre como lo que es, seguirá siendo lo que es; si se trata a un hombre como él puede y debe ser, llegará a ser lo que puede y debe ser.” Goethe

Holanda:
Sólo un 16% de niños se bautizan.
Sólo un 7 % de católicos van a misa lo domingos.
El 41 % de la población no tiene creencias.
El 58 % no sabe lo que significa la Navidad.
La catedral donde se coronaban los reyes es un museo.
La iglesia más antigua está en un barrio de prostitutas.
El 6 % de la población es musulmana.
Las mezquitas aumentan.
La Iglesia de la Cienciología ocupa un céntrico edificio de 6 plantas muy concurrido: hacen pruebas de estrés gratuitas.
La ultraderecha es segunda fuerza política.
En 1964 se prohibió la enseñanza religiosa en las escuelas.
En 1968 no se ordenaban sacerdotes.
2.500 eutanasias al año, otras 550 víctimas no la pidieron, pero los datos oficiales no son fiables….
Pero…
Actualmente hay 48 seminaristas (muchos neocatecumenales)
Se ordenan 15 sacerdotes al año.
Los colegios católicos no pueden aceptar todas las solicitudes de ingreso.
Fuente (lectura recomendada):
http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/1341594?sp=y
http://www.laiglesiaenlaprensa.com/2007/01/algo_se_mueve_e.html
http://www.forumlibertas.com/frontend/forumlibertas/noticia.php?id_noticia=15918&id_seccion=24

Hay una frase de Dostoievski que me está acompañando en estos meses, a la hora de hablar del cristianismo a personas muy diferentes, tanto en Italia como en el extranjero: «Un hombre culto, un europeo de nuestros días, ¿puede creer, creer verdaderamente, en la divinidad de Jesucristo, el Hijo de Dios?». Esta pregunta es un reto para cada uno de nosotros. De cómo se responda a ella depende el éxito de la fe en nuestros días. En un discurso de 1996, el entonces cardenal Ratzinger respondía que la fe seguirá siendo válida hoy «porque se corresponde con la naturaleza del hombre. En el hombre hay un anhelo y una nostalgia inextinguibles de lo infinito». Y además indicaba la condición necesaria: para poner de manifiesto todo el alcance de su pretensión, el cristianismo necesita encontrar la humanidad que late en cada uno de nosotros.
Y, sin embargo, cuántas veces sentimos la tentación de mirar nuestra humanidad concreta – por ejemplo, nuestro malestar, insatisfacción, tristeza, o aburrimiento – como un obstáculo, como una complicación y un estorbo para la realización de lo que deseamos. Por ello, nos enfadamos con nosotros mismos y con la realidad, y el peso de las circunstancias nos abruma, mientras tratamos de avanzar dejando de lado ciertos “aspectos” de nuestro yo. Sin embargo, el malestar, la insatisfacción, la tristeza y el aburrimiento, no son síntomas de una enfermedad que se pueda tratar con medicinas, como cada vez más sucede en una sociedad que confunde la inquietud del corazón con el pánico o la ansiedad. Estos síntomas, por el contrario, son señales de cuál es la naturaleza de nuestro yo. Nuestro deseo es más grande que el universo entero. La percepción de un vacío en nosotros y en lo que nos rodea, de la que habla Leopardi (”carencia y vacío”), y el aburrimiento del que habla Heidegger, prueban la condición ineludible del corazón humano, el carácter inconmensurable de nuestro deseo: nada consigue darle satisfacción y paz. Podemos olvidarlo, traicionarlo, engañarlo, pero no podemos extirparlo.
Por ello, lo que realmente obstaculiza el camino no es nuestra humanidad concreta, sino el descuido de la misma. Todo nuestro ser pide a gritos algo que pueda colmar este vacío. Lo intuyó incluso Nietzsche, que no pudo evitar dirigirse al “dios desconocido”, que hace todas las cosas: «Me quedo solo, levanto mis manos / (…) “Al dios desconocido”: / (…) Conocerte quiero – a ti, el Ignoto, / Que penetras mi alma hasta el fondo, / Como tempestad sacudes mi vida, / Inaferrable y sin embargo ¡semejante a mí!» (1864).
La Navidad es el anuncio de que este Misterio desconocido se ha convertido en una presencia familiar, sin la cual nadie podría mantenerse a la altura de su humanidad, pues sucumbiría a la confusión, viendo como se “descompone” su yo. «Sólo lo divino – en efecto – puede “salvar” al hombre, es decir, las dimensiones verdaderas y esenciales de la figura humana y de su destino» (don Giussani).
El signo más persuasivo de que Cristo es Dios, su mayor milagro, lo que asombraba a todos – más que las dolencias sanadas o la ceguera curada – era una mirada humana incomparable. El signo de que Cristo no es una teoría ni un conjunto de reglas es esa mirada de la que están llenos los Evangelios: su forma de tratar la humanidad de cada persona, de relacionarse con todos los que se encontraba. Pensemos en Zaqueo o en María Magdalena: no les pidió que fueran distintos, los abrazó tal como eran, con su humanidad herida, sangrante, necesitada de todo. Y su vida, al verse abrazada, recobraba toda su estatura original.
¿Quién no desearía verse mirado así ahora? De hecho, «no podemos querernos a nosotros mismos si Cristo no es una presencia como la madre lo es para su hijo. Si Cristo no es una presencia ahora – ¡ahora! -, no puedo amarme, ni puedo amarte a ti, ahora» (don Giussani). Esta sería la única manera de responder, razonable y críticamente, como hombres de nuestro tiempo, a la pregunta de Dostoevski.
Pero, ¿cómo sabemos que Cristo vive ahora? Porque su mirada no es un hecho del pasado. Sigue en el mundo tal cual: desde el día de su resurrección, la Iglesia existe sólo para que el hombre pueda experimentar la ternura de Dios, a través de las personas que son su cuerpo misterioso, testigos en este momento de la historia de esa mirada capaz de abrazar todo lo humano.
*Julián Carrón 24/12/2009
Artículo publicado en El Mundo y Corriere della Sera

ROMA, 4 enero (ZENIT)- Los Reyes Magos no son personajes creados por siglos de tradición cristiana. Su existencia, además de quedar bien testimoniada en el Evangelio, ahora es documentada por los descubrimientos arqueológicos.
Esta curiosa y extraordinaria revelación se encuentra contenida en una tablilla, en la que se han acuñado caracteres cuneiformes. Se trata de un auténtico documento astronómico y astrológico (entonces las dos disciplinas eran hermanas gemelas) que revela la existencia de una conjunción de Júpiter y Saturno en la constelación de Piscis en el año 7 antes de Cristo.
Los Evangelios enmarcan el nacimiento de Jesús en tiempos del censo del imperio ordenado por César Augusto, cuando Quirino era gobernador de Siria, y en los últimos años del rey Herodes, que falleció el mes de marzo del año 4 a.C. Para los historiadores, Jesús nació unos siete años antes del año «0». El evangelista Mateo (2, 2) pone en relación el evento de Belén con la aparición de una estrella particularmente luminosa en el cielo de Palestina. Y es precisamente en este momento en el que la tablilla de arcilla ofrece un testimonio particular.
Existen muchas hipótesis sobre la estrella que vieron los magos (”magoi” en griego era la palabra con que se denominaba a la casta de sacerdotes persas y babilonios que se dedicaban al estudio de la astronomía y de la astrología) y que les llevó a afrontar un viaje de unos mil kilómetros con el objetivo de rendir homenaje a un recién nacido.
El 17 de diciembre de 1603, Johannes Kepler, astrónomo y matemático de la corte del emperador Rodolfo II de Habsburgo, al observar con un modesto telescopio desde el castillo de Praga el acercamiento de Júpiter y Saturno en la constelación de Piscis, se preguntó por primera vez si el Evangelio no se refería precisamente a ese mismo fenómeno. Hizo concienzudos cálculos hasta descubrir que una conjunción de este tipo tuvo lugar en el año 7 a.C. Recordó también que el famoso rabino y escritor Isaac Abravanel (1437-1508) había hablado de un influjo extraordinario atribuido por los astrólogos hebreos a aquel fenómeno: el Mesías tenía que aparecer durante una conjunción de Júpiter y Saturno en la constelación de Piscis. Kepler habló en sus libros de su descubrimiento, pero la hipótesis cayó en el olvido perdida entre su inmenso legado astronómico.
Faltaba una demostración científica clara. Llegó en 1925, cuando el erudito alemán P. Schnabel descifró anotaciones neobabilonias de escritura cuneiforme acuñadas en una tabla encontrada entre las ruinas de un antiguo templo del sol, en la escuela de astrología de Sippar, antigua ciudad que se encontraba en la confluencia del Tigris y el Éufrates, a unos cien kilómetros al norte de Babilonia. La tablilla se encuentra ahora en el Museo estatal de Berlín.
Entre los numerosos datos de observación astronómica sobre los dos planetas, Schnabel encuentra en la tabla un dato sorprendente: la conjunción entre Júpiter y Saturno en la constelación de Piscis tiene lugar en el año 7 a.C., en tres ocasiones, durante pocos meses: del 29 de mayo al 8 de junio; del 26 de septiembre al 6 de octubre; del 5 al 15 de diciembre. Además, según los cálculos matemáticos, esta triple conjunción se vio con gran claridad en la región del Mediterráneo.
Si este descubrimiento se identifica con la estrella de Navidad de la que habla el Evangelio de Mateo, el significado astrológico de las tres conjunciones hace sumamente verosímil la decisión de los Magos de emprender un largo viaje hasta Jerusalén para buscar al Mesías recién nacido. Según explica el prestigioso catedrático de fenomenología de la religión de la Pontificia Universidad Gregoriana, Giovanni Magnani, autor del libro Jesús, constructor y maestro (Gesú costruttore e maestro, Cittadella, Asís, 1997), «en la antigua astrología, Júpiter era considerado como la estrella del Príncipe del mundo y la constelación de Piscis como el signo del final de los tiempos. El planeta Saturno era considerado en Oriente como la estrella de Palestina. Cuando Júpiter se encuentra con Saturno en la constelación de Piscis, significa que el Señor del final de los tiempos se aparecerá este año en Palestina. Con esta expectativa llegan los Magos a Jerusalén, según el Evangelio de Mateo 2,2». «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle» preguntan los Magos a los habitantes de Jerusalén y después a Herodes.
La triple conjunción de los dos planetas en la constelación de Piscis explica también la aparición y la desaparición de la estrella, dato confirmado por el Evangelio. La tercera conjunción de Júpiter y Saturno, unidos como si se tratara de un gran astro, tuvo lugar del 5 al 15 de diciembre. En el crepúsculo, la intensa luz podía verse al mirar hacia el Sur, de modo que los Magos de Oriente, al caminar de Jerusalén a Belén, la tenían en frente. La estrella parecía moverse, como explica el Evangelio, «delante de ellos» (Mt 2, 9).

LA FIDELIDAD MATRIMONIAL
Tomás Trigo
La fidelidad es la virtud que dispone al hombre a mantener aquello que ha prometido (cfr. S.Th., II-II, q. 110, a. 3, ad 5). Puede considerarse un aspecto de la veracidad. Esta consiste en la conformidad de las palabras y acciones con las realidades que expresan; la fidelidad es la conformidad de lo que se hace con lo que se ha dicho, con la palabra dada.
Por tanto, la fidelidad matrimonial podría definirse como la virtud que capacita a los esposos para hacer verdadera a lo largo de la vida, en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, la “palabra dada”, es decir, los compromisos que de verdad y libremente han adquirido y manifestado ante Dios y la Iglesia en la alianza esponsal.
1. Fidelidad conyugal y Alianza de Dios con los hombres
La alianza esponsal que se establece entre el hombre y la mujer es una expresión significativa de la comunión de amor entre Dios y los hombres, contenido fundamental de la Revelación y de la experiencia de fe de Israel. El vínculo de amor entre los esposos “se convierte en imagen y símbolo de la Alianza que une a Dios con su pueblo” (FC, 12).
En el orden de la Redención, el matrimonio es signo de la Nueva Alianza de Cristo con la Iglesia. “El Espíritu Santo infundido en la celebración sacramental ofrece a los esposos cristianos el don de una comunión nueva de amor, que es imagen viva y real de la singularísima unidad que hace de la Iglesia el indivisible Cuerpo Místico del Señor Jesús” (FC, 19).
“El sacramento del matrimonio hace entrar al hombre y a la mujer en el misterio de la fidelidad de Cristo para con la Iglesia” (CEC, 2365). Hace que la unión de los esposos sea imagen de esa fidelidad porque es su participación. En consecuencia, los esposos han de hacer visible ese amor de Dios el uno al otro, ante los hijos y ante los demás. Así como Cristo se ha unido a su Iglesia para siempre y es fiel a esa unidad, también los esposos deben estar unidos y hacer visible esa unidad para siempre (cfr. A. Sarmiento, 123).
2. Fidelidad: don y tarea
La fidelidad, como el amor, es, ante todo, una iniciativa y un don de Dios. En esta verdad se fundamenta el optimismo y la seguridad que deben tener los esposos.
Ciertamente la fidelidad es una tarea personal, requiere esfuerzo y lucha. Pero, así como es un error confiar exclusivamente en las propias fuerzas, lo es también pensar en la debilidad humana sin tener en cuenta la ayuda constante y eficaz de Dios.
Cristo renueva el corazón del hombre por medio de la gracia, las virtudes sobrenaturales y los dones del Espíritu Santo. Además, la gracia sacramental específica que se recibe en el sacramento del matrimonio, ayuda a vivir la fidelidad conyugal en todas las circunstancias por las que deban atravesar los esposos. “Cristo renueva el designio primitivo que el Creador ha inscrito en el corazón del hombre y de la mujer, y en la celebración del sacramento del matrimonio ofrece un «corazón nuevo»: de este modo los cónyuges no sólo pueden superar la «dureza de corazón» (cfr. Mt 19,8), sino que también y principalmente pueden compartir el amor pleno y definitivo de Cristo, nueva y eterna Alianza hecha carne. Así como el Señor Jesús es el «testigo fiel» (Ap 3,14), es el «sí» de las promesas de Dios (cfr. 2 Cor 1,20) y consiguientemente la realización suprema de la fidelidad incondicional con la que Dios ama a su pueblo, así también los cónyuges cristianos están llamados a participar realmente en la indisolubilidad irrevocable, que une a Cristo con la Iglesia su esposa, amada por Él hasta el fin (cfr. Jn 13,1)” (FC, 20).
La ayuda de Dios a los esposos es constante. Jesucristo no les retira sus dones. “El don de Jesucristo no se agota en la celebración del sacramento del matrimonio, sino que acompaña a los cónyuges a lo largo de toda su existencia. Lo recuerda explícitamente el Concilio Vaticano II cuando dice que Jesucristo «permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como Él mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella… Por ello los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado, están fortificados y como consagrados por un sacramento especial, con cuya virtud, al cumplir su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más a su propia perfección y a su mutua santificación, y, por tanto, conjuntamente, a la glorificación de Dios» (GS, 49)” (FC, 56).
3. Crecimiento de la fidelidad, crecimiento en el amor
La comunión conyugal está llamada “a crecer continuamente a través de la fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca donación total” (FC, 19). La fidelidad, como todas las virtudes, no es algo estático, está llamada a crecer.
El don del Espíritu Santo infundido en los corazones del hombre y de la mujer con la celebración del sacramento “es mandamiento de vida para los esposos cristianos y al mismo tiempo impulso estimulante, a fin de que cada día progresen hacia una unión cada vez más recia entre ellos en todos los niveles —del cuerpo, del carácter, del corazón, de la inteligencia, de la voluntad, del alma— revelando así a la Iglesia y al mundo la nueva comunión de amor donada por la gracia de Cristo” (FC, 19).
Para crecer en la fidelidad es necesario, por tanto, poner los medios sobrenaturales (oración y sacramentos, especialmente la penitencia y la Eucaristía) y los humanos. Al mismo tiempo que piden ayuda a Dios, los esposos han de esforzarse por mantener viva “la voluntad (…) de compartir todo su proyecto, lo que tienen y lo que son” (FC, 19). Renovar el amor y la fidelidad es una tarea de cada día, en las alegrías y en las penas, y también en aquellas circunstancias que no se podían prever; una tarea que requiere ser pacientes y humildes, saber comprender y perdonar, y no solo cuando resulta fácil, sino también cuando Dios pide verdadero heroísmo.
De esta manera, las dificultades por las que los cónyuges tienen que atravesar, lejos de enfriar el amor, lo hacen crecer. “Digo constantemente, a los que han sido llamados por Dios a formar un hogar, que se quieran siempre, que se quieran con el amor ilusionado que se tuvieron cuando eran novios. Pobre concepto tiene del matrimonio —que es un sacramento, un ideal y una vocación—, el que piensa que el amor se acaba cuando empiezan las penas y los contratiempos, que la vida lleva siempre consigo. Es entonces cuando el cariño se enrecia. Las torrenteras de las penas y de las contrariedades no son capaces de anegar el verdadero amor: une más el sacrificio generosamente compartido. Como dice la Escritura, aquae multae —las muchas dificultades, físicas y morales— non potuerunt extinguere caritatem (Cant 8, 7), no podrán apagar el cariño” (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 24).
4. Educación de la fidelidad
Como todas las virtudes humanas, la fidelidad tiene que ser formada, educada, adquirida. Se trata de uno de los objetivos más importantes en la preparación para el matrimonio. La encíclica Familiaris consortio (n. 81) insta a los pastores a enseñar “a cultivar el sentido de la fidelidad en la educación moral y religiosa de los jóvenes; instruyéndoles sobre las condiciones y estructuras que favorecen tal fidelidad, sin la cual no se da verdadera libertad; ayudándoles a madurar espiritualmente y haciéndoles comprender la rica realidad humana y sobrenatural del matrimonio-sacramento”.
La fidelidad necesita de todas las virtudes, porque todas están conectadas, pero parece solicitar especialmente el desarrollo de la fortaleza, la virtud que nos ayuda a amar el bien a pesar de las dificultades que se presenten, o a huir de las tentaciones que puedan ponerlo en peligro. Y también de la castidad, que encauza el amor conyugal exclusivamente hacia el otro cónyuge, y evita todo lo que puede poner en peligro la fidelidad.
5. Fidelidad a pesar de la infidelidad
En la Sagrada Escritura, el amor siempre fiel de Dios se pone como ejemplo de las relaciones de amor fiel que deben existir entre los esposos (cfr. Os, 3). Y así, del mismo modo que la infidelidad de Israel no destruye la fidelidad eterna del Señor, la infidelidad de uno de los cónyuges no debe destruir la del otro.
Es el caso, por ejemplo, de un cónyuge inocente que sufre la separación por culpa del otro. “En este caso la comunidad eclesial debe particularmente sostenerlo, procurarle estima, solidaridad, comprensión y ayuda concreta, de manera que le sea posible conservar la fidelidad, incluso en la difícil situación en la que se encuentra; ayudarle a cultivar la exigencia del perdón, propio del amor cristiano y la disponibilidad a reanudar eventualmente la vida conyugal anterior” (FC, 83). “Parecido es el caso del cónyuge que ha tenido que sufrir el divorcio, pero que —conociendo bien la indisolubilidad del vínculo matrimonial válido— no se deja implicar en una nueva unión, empeñándose en cambio en el cumplimiento prioritario de sus deberes familiares y de las responsabilidades de la vida cristiana. En tal caso su ejemplo de fidelidad y de coherencia cristiana asume un particular valor de testimonio frente al mundo y a la Iglesia, haciendo todavía más necesaria, por parte de ésta, una acción continua de amor y de ayuda, sin que exista obstáculo alguno para la admisión a los sacramentos” (FC, 83).
Bibliografía
CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, nn. 1644-1645; 2360-2400.
JUAN PABLO II, Exh. Apost. Familiaris consortio, 22-XI-1981.
S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Homilía “El matrimonio, vocación cristiana”, en Es Cristo que pasa, nn. 22-30.
A. SARMIENTO, Al servicio del amor y de la vida. El matrimonio y la familia, Instituto de Ciencias para la Familia, Universidad de Navarra, Rialp, Madrid 2006, especialmente pp. 121-132.

«Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador:
el Mesías, el Señor» (Lc 2,11).

Era el invierno de 1223 cuando “Il Poverello” recorría la provincia de Rieti predicando la Palabra del Señor. El 24 de diciembre llegó a la ermita de Greccio, donde se le ocurrió reproducir el nacimiento de Jesús. Construyó entonces una humilde casita de paja y madera a la que llevó un asno y una vaca que pidió prestados a los vecinos del lugar, invitando a algunos a hacer de pastores.
Una noche especial
Fue aquella una noche especial en la que los cantos y villancicos retumbaron por los alrededores mientras la luz de las antorchas iluminaba la escena.
Allí mismo se celebró la Misa en la que San Francisco cantó el Santo Evangelio, hablando a continuación del nacimiento del Rey de Reyes en el humilde pesebre de Belén, escena similar a la que todos veían en ese momento. La gente lloraba y se persignaba mientras los frailes entonaban sus cánticos y don Juan de Greccio, señor feudal y caballero de armas, narraba una visión que había tenido.
La representación se propagó por Italia primero y el mundo cristiano después, llegando intacta hasta nuestros días.
Los Reyes Magos
A fines del siglo XV los napolitanos construyeron los primeros pesebres con figuras de barro, en las que aparecían San José, la Santísima Virgen y el Niño Jesús con algunos animales de corral y pastores. Tres siglos después, Carlos III de España ordenó la construcción de pesebres navideños en todos sus dominios europeos, costumbre que frailes y misioneros introdujeron en las posesiones de ultramar.
Al principio solo estaban San José, la Virgen y el Niño junto a algunos pastores y animales, pero con el correr de los años se agregaron nuevos personajes, entre los que se destacan los Tres Reyes Magos a quienes la tradición bautizó Melchor, Gaspar y Baltasar.
No se trataba de magos propiamente dichos ya que tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento amonestan severamente la hechicería y la magia. Eran tres hombres sabios, procedentes de Oriente, muy versados en matemáticas y astronomía, embajadores de las tierras de Persia, Siria y Etiopía, quienes postrados a los pies del Creador, depositaron mirra, incienso y oro.

El árbol de Navidad recuerda al árbol del Paraíso de cuyos frutos comieron Adán y Eva, y de donde vino el pecado original; y por lo tanto recuerda a Jesucristo que ha venido a ser el Mesías prometido para la reconciliación. Pero también representa el árbol de la Vida o la vida eterna, por ser de hoja perenne.
En palabras de Juan Pablo II: “En invierno, el abeto siempre verde se convierte en signo de la vida que no muere […] El mensaje del árbol de Navidad es, por tanto, que la vida es ‘siempre verde’ si se hace don, no tanto de cosas materiales, sino de sí mismo: en la amistad y en el afecto sincero, en la ayuda fraterna y en el perdón, en el tiempo compartido y en la escucha recíproca” (Juan Pablo II, Audiencia, 19 de diciembre de 2004).
La forma triangular del árbol (por ser generalmente una conífera), simboliza a la Santísima Trinidad. A las oraciones que se realizan durante el Adviento se les atribuye por un color determinado, y cada uno simboliza un tipo:
• El azul, para las oraciones de reconciliación.
• El plateado, para las de agradecimiento.
• El dorado, para las de alabanza.
• El rojo, para las de petición.
• Estos colores, junto con el verde del árbol mismo, tal vez sean los más tradicionales para los adornos navideños.
El árbol de Navidad y los regalos propios de estas fechas, son un modo de recordar que del árbol de la Cruz proceden todos los bienes…
Por eso tiene un sentido cristiano la tradición de poner bajo el árbol los regalos de Navidad para los niños:
“Generalmente, en el árbol decorado y a sus pies se colocan los regalos de Navidad. El símbolo se hace elocuente también desde el punto de vista típicamente cristiano: recuerda al ‘árbol de la vida’ (Cf. Génesis 2, 9), representación de Cristo, supremo don de Dios a la humanidad” (Juan Pablo II, Ídem).
LOS ADORNOS NAVIDEÑOS
Los adornos más tradicionales del árbol de Navidad son:
• Estrella: colocada generalmente en la punta del árbol, representa la fe que debe guiar la vida del cristiano, recordando a la estrella que guió a los Magos hasta Belén.
• Bolas: en un principio San Bonifacio adornó el árbol con manzanas, representando con ellas las tentaciones. Hoy día, se acostumbra a colocar bolas o esferas, que simbolizan los dones de Dios a los hombres.
• Lazos: Tradicionalmente los lazos representan la unión de las familias y personas queridas alrededor de dones que se desea dar y recibir.
• Luces: en un principio velas, representan la luz de Cristo.
Como nos dice Benedicto XVI “al encender las luces del Nacimiento y del árbol de Navidad en nuestras casas, ¡que nuestro ánimo se abra a la verdadera luz espiritual traída a todos los hombres y mujeres de buena voluntad! … Frente a una cultura consumista que tiende a ignorar los símbolos cristianos de las fiestas navideñas, preparémonos para celebrar con alegría el nacimiento del Salvador, transmitiendo a las nuevas generaciones los valores de las tradiciones que forman parte del patrimonio de nuestra fe y cultura”. (Benedicto XVI, 21 de diciembre de 2005)

Si vives con dudas y resquemores.
-Si estás ansioso, desanimado, triste.
-Si estás enfermo y te sientes abatido.
-Si las preocupaciones te quitan la alegría del vivir.
-Si vislumbras un futuro incierto y lleno de inquietudes…
Recuerda aquel pasaje de la Biblia cuando el ángel del Señor –ángel significa «mensajero»–San Rafael, enviado por Dios, le dice a Tobías, que está ciego y desanimado:
-Sea siempre contigo el ánimo, la alegría (Tob 5, 2).
Y Tobías respondió:
-¿Qué ánimo, qué alegría puedo yo tener viviendo en tinieblas y sin ver la luz del cielo?
El arcángel Rafael lo tranquilizó y le dijo:
-¡Buen ánimo! No tardará Dios en curarte!
En efecto, no tardó mucho tiempo y Tobías volvió a ver la luz, la suspirada curación de su ceguera, la calma, el buen ánimo, la alegría, la felicidad de los suyos.
El ánimo, el coraje, la energía, la alegría… son asunto moral: no es el bienestar el que la proporciona… sino el alma, la fe, la confianza puesta en Dios.
Hagamos el bien y nunca el mal, aunque pensemos que servirá de muy poco. ¡Ánimo! Debemos creer que ningún gesto es inútil cuando es honrado. Siempre germina en algún sitio.
J. M. Alimbau

del mayo más intacto, qué gesto de azucena,
qué iluminada crece la hierba donde pisas.
Eres la tesorera del silencio,
el sauce que se inclina a toda pena;
eres la que se queda fuera de las palabras;
sólo un nombre ojival puede nombrarte:
madre del pan de trigo, sí. La sombra
de una sonrisa tuya iguala a mil cerezos,
y es que hasta tu sandalia nazarena,
alondra cristalina, arpa de lágrimas.
Vienen del siglo XIII los mejores
ruiseñores y minian tu aleluya.
También aquí mi boca con sus costras,
mi voz, acostumbrada a hurgar entre basuras
con hambres vergonzosas,
intenta un vuelo azul y esta ramera rancia
también te dice Salve.
Miguel d’Ors. Las tres cantigas.

Francisco José Escámez Mañas, profesor Historia de la Iglesia y Patrología en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Almería (ISCR), hace una reflexión sobre las verdades a medias y falacias que aparecen en la película de “Ágora”, de Alejandro Amenábar, recientemente estrenada en los cines españoles.
Ofrecemos, comenta el sacerdote, unas precisiones como servicio a la verdad histórica, a propósito de la película Ágora. Compartimos su alegato contra el fanatismo religioso, y contra la imposición teocrática. La misma película muestra que este comportamiento no queda siempre del lado cristiano, cuando presenta a los cristianos como previas víctimas del fanatismo pagano, y del fanatismo de los judíos. Pero nos preocupa la simplificación de las complejas cuestiones históricas, máxime si son adobadas para un público no acostumbrado a las dificultades científicas.
La Alejandría de finales del siglo IV, era una ciudad helenista-romana, sin los elementos egipcios antiguos de la película. Tenía su centro real, donde se supone que transcurre la historia, en la parte baja -ahora cubierta por el mar y no en un alto, como en la película.
La Biblioteca de Alejandría no fue destruida por los católicos. Se quemó ya en las guerras de conquista romana de Egipto y I a C, y varias veces después. La película se refiere al asalto al Serapeum -donde ya no es seguro si había biblioteca-, el templo del dios greco-egipcio, el año 391 d.C., en reacción a un ataque previo anticristiano.
El paganismo filosófico alejandrino fue cayendo por sí mismo, a través de un largo proceso que duró varios siglos y no por persecución de los cristianos. La inmensa mayoría de las conversiones al cristianismo no se hicieron por imposición. El cristianismo de Alejandría, desde el siglo II hasta el principio del siglo V, fue un prodigio de tendencias y grupos, donde se desarrolló una de las mayores actividades culturales de occidente. Pensemos en San Clemente y en Orígenes. Sin aquellos cristianos se habría perdido parte de la cultura pagana de la misma Alejandría, pues fueron los mismos cristianos los que la acogieron y transmitieron. Ellos han sido continuadores de la obra de la Biblioteca antigua.
A S. Cirilo se debe una inmensa aportación teológica, no oscurecida por su carácter personal. Desde luego, Cirilo no se autoproclamó obispo. En los santos no se canonizan sus ignorancias y desaciertos, sino su coherencia evangélica, superior a aquellos. La cita de la lectura bíblica por la que San Cirilo condena a las mujeres que piensan y enseñan (tomada de 1 Tim 2, 11-15) no sólo está tergiversada, sino que tomada aisladamente va en contra del conjunto de la Biblia cristiana, aunque a veces los cristianos se hayan apoyado en ella.
La figura de Hipatia, tal como es presentada, resulta totalmente inverosímil dentro de la Alejandría de finales del siglo IV. No tiene sentido presentarla dirigiéndose al Senado, ni organizando una escuela en la misma Biblioteca, ni teniendo su independencia social, como líder ‘feminista’. Tampoco se puede seguir afirmando que las mujeres greco-romanas como tales tenían más independencia que las cristianas.
Los cristianos no tememos la crítica seria. Estamos acostumbrados a la autocrítica, algo que en el mundo no se lleva. En nuestro pasado hay evidentes páginas negras. Por desgracia, no es un exclusivo patrimonio eclesiástico. La verdad histórica, que toma en consideración todos los hechos, sin omisiones deliberadas, es la mejor defensa, junto a la realidad presente.
Por otra parte, ¿no sería buen argumento la salvación de la cultura antigua en los monasterios? Un director sin prejuicios anticatólicos podría intentarlo. Incluso si los ministros no asisten al estreno.
Con esta película existe un riesgo no desdeñable: la mecánica trasposición a la actualidad. ¿Es la opción parcial y partidista del director? Para conjurarlo, debe quedar claro que hoy el fanatismo cristiano sólo puede detectarse en grupúsculos no significativos, al contrario que en otras religiones. Cada año lo corroboran los informes sobre libertad religiosa de Amnistía Internacional, el Departamento de Estado (EEUU) y Ayuda a la Iglesia Necesitada (AIN). La Iglesia católica hace mucho tiempo fomenta la concordia entre religiones y la libertad religiosa. Pero ahora a los coptos no les dejan ya ni criar cerdos. En la España de hoy, como en la Europa actual, el peligro del fanatismo está localizado principalmente en el rodillo laicista”.

«La sabiduría consiste, a veces, en rechazar información», ha declarado en reciente entrevista Umberto Eco, hombre de singular talento para escribir novelas que no hay quien las lea, pero que consigue que se vendan por cientos de millares. Sujeto con tales dotes es lógico que sepa decir cosas ingeniosas, y una de ellas es la que encabeza estas líneas. En la citada entrevista, el profesor italiano razona muy bien cómo, en nuestro tiempo, el exceso de información nos puede aplastar. Por eso hay que seleccionar el libro que se quiere leer, la película que se desee ver o el programa de televisión que va a entrar en el hogar. ¿Por qué? Porque nuestro cerebro tiene, tan sólo, unos pocos millones de neuronas, y no podemos distraerlas con informaciones inútiles.
En esa línea tengo asumido desde hace tiempo que el exceso de información acaba produciendo una auténtica desinformación. Como padre de familia numerosa preocupado por el desorden informativo que acosa a mis hijos e hijas, tengo en proyecto escribir un manual del ciudadano perfectamente informado, del cual les ofrezco esta primicia.
Hay que leer prensa, pero no toda la prensa que se edita en España y parte del extranjero. A mí me agobia el espectáculo de uno de mis yernos adquiriendo los domingos todos los diarios que, con sus correspondientes dominicales, más el Time, al que está suscrito, comporta lectura para dos meses y medio. «Sólo leo lo que me interesa», se justifica, ante mi mirada reprobadora. Pero le lleva tanto tiempo saber qué es lo que le interesa en aquel inmenso piélago de papel impreso, que le alcanza la noche ojeroso y desasosegado, sabiendo un poco menos de la vida que cuando comenzó el día. No se imponga usted ese trabajo propio de profesionales de la información. Usted, ciudadano de a pie, limítese a seleccionar el periódico que sea más de su agrado y procure serle fiel. Y de vez en cuando, una o dos veces por semana, adquiera, también, otro diario de tendencia diversa al suyo habitual para contrastar información.
Una vez hecha la elección de su diario preferido, aprenda a leerlo. Todas las secciones de un periódico bien concebido son interesantes, pero eso no significa que todas le interesen a usted. Uno de mis hermanos mayores, ya octogenario, me confesaba hace poco: «Si de algo me arrepiento en mi vida es del tiempo que he perdido leyendo el periódico.» Lo decía porque era incapaz de acostarse si no lo había leído completo, incluida la sección de anuncios por palabras. Si por una emergencia algo le quedaba por leer, lo guardaba para el día siguiente, y en su casa ofrecía la imagen de un hombre parapetado detrás de un periódico. Muy desagradable.
El arte de aprender a leer la prensa es la base del ciudadano perfectamente informado. Si la decisión del periódico que hay que leer es importante, no digamos la selección del libro adecuado. En este terreno caben tres posturas a cual más desafortunada. La primera, y por desgracia la más generalizada, es la de los que no leen libros. Por supuesto, es desoladora para los que nos dedicamos a escribirlos, pero igualmente dañina para los que se abstienen. Por misteriosas razones que no puedo ahora explicar, pero que están avaladas por un interesante estudio de la Unesco, resulta demostrado, médica y neurológicamente, que la función de discurrir está en relación directa con el número y la clase de libros que se lean. Si usted se limita a leer libros relativos a la pericia de su profesión podrá llegar á ser un discreto perito en ella, pero no una persona culta e informada.
La segunda postura es la del denominado lector múltiple que se caracteriza por leer varios libros a la vez y no conseguir terminar ninguno. ¿Por qué? Porque sucesivas novedades literarias le impulsan a su adquisición e inicio de lectura, con los desastrosos resultados ya consignados. Y la tercera postura es la del lector escrupuloso en exceso que cuando comienza un libro considera cuestión de conciencia el terminarlo. Tal es el caso de mi mujer, admirable en tantos aspectos pero terne como pocas a la hora de terminar un libro por pesado que sea. El ciudadano perfectamente informado rehuirá cualquiera de estas tres posturas. Sabrá elegir el libro adecuado, será constante en su lectura, al tiempo que decidido a dejarlo cuando advierta que es un tostón.
En esta primicia me he limitado a esbozar los medios de información a través de la letra escrita. Dejo para otras oportunidades el prodigio de desinformación que pueden ser los medios audiovisuales, sobre todo a partir del mando a distancia que nos permite practicar un zapping caótico y desequilibrador de la mente humana.
Por José Luis Olaizola
Cada 8 de diciembre, la Iglesia celebra el dogma de fe que nos revela que, por la gracia de Dios, la Virgen María fue preservada del pecado desde el momento de su concepción, es decir desde el instante en que María comenzó la vida humana.
El 8 de diciembre de 1854, en su bula Ineffabilis Deus, el Papa Pío IX proclamó este dogma:
“…declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles…”
(Pío IX, Bula Ineffabilis Deus, 8 de diciembre de 1854).
María es la “llena de gracia”, del griego “kecharitomene” que significa una particular abundancia de gracia, es un estado sobrenatural en el que el alma está unida con el mismo Dios. María como la Mujer esperada en el Protoevangelio (Gn. 3, 15) se mantiene en enemistad con la serpiente porque es llena de gracia.
La devoción a la Concepción Inmaculada de María fue llevada a toda la Iglesia de Occidente por el Papa Sixto IV, en 1483.
El camino para la definición dogmática de la Concepción Inmaculada de María fue trazado por el franciscano Duns Scotto. Se dice que al encontrarse frente a una estatua de la Virgen María hizo esta petición: “Dignare me laudare te: Virgo Sacrata” (Oh Virgen sacrosanta dadme las palabras propias para hablar bien de Ti)

Aún hace calor en el sur, pero los escaparates se iluminan con luces navideñas invitando al consumo. Hace días que las jugueterías están a tope… luego serán más caros los juguetes. Las colas en las administraciones de lotería echan un pulso al azar. Muchos ponen en eso su esperanza.
Me pregunto si saben que hoy comienza el Adviento, y lo que significa.
Imagino a una adolescente resplandeciente. Tiene un secreto que nadie sabe. En sus entrañas vive el Hijo de Dios. Se pasea por nuestras calles, entre nuestras gentes. Mientras acaricia su vientre, le dice a su Hijo que tendrá que tener paciencia con nosotros, y pide al Padre que cada vez sean más los que esperen al que está por venir.

El Papa se ha reunido con 260 artistas de todo el mundo para invitarles con urgencia a sentirse responsables en la transmisión de la belleza.
21 de noviembre de 2009
El Papa ha invitado a los artistas a transmitir “la auténtica belleza que lleva al corazón humano al deseo profundo de conocer, de amar, de ir hacia el otro”.
“Vosotros sois custodios de la belleza. Vosotros tenéis, gracias a vuestro talento, la posibilidad de hablar al corazón de la humanidad, de tocar la sensibilidad individual y colectiva, de suscitar sueños y esperanzas, de ampliar los horizontes del conocimiento y el compromiso humano”, comentó Benedicto XVI.
“Estad, por tanto, agradecidos por los dones recibidos y sed plenamente sabedores de la gran responsabilidad de comunicar la belleza, de haceros comunicar en la belleza y a través de la belleza. ¡Sed también vosotros, a través de vuestro arte, anunciadores y testimonios de esperanza para la humanidad!”, agregó.
Contra la esclavitud del egoísmo
“Demasiado a menudo, la belleza de la que se hace propaganda es ilusoria y falaz, superficial y deslumbrante hasta el aturdimiento y, en vez de hacer salir a los hombres de sí mismos y abrirles a horizontes de verdadera libertad atrayéndoles hacia lo alto, los aprisiona en sí mismos y los hace aún más esclavos, faltos de esperanza y de alegría”, afirmó el Papa.
“Se trata de una seductora pero hipócrita belleza, que aviva el ansia, la voluntad de poder, de posesión, de abuso sobre el otro y que se transforma, enseguida, en su opuesto, asumiendo la expresión de la obscenidad, de la transgresión o de la provocación”, añadió.
Según Benedicto XVI, no era casual que el encuentro se celebrara en la Capilla Sixtina, “un lugar precioso” en el que el genio renacentista Miguel Ángel dejó “una de las creaciones más extraordinarias de toda la historia del arte”.

“Yo creo que morir
es estar es estarse
por fin en lo absoluto
en lo definitivo.
Sorpresa de lo eterno
de lo que ya no cambia
y que es sin embargo
cada vez diferente.
Y en ese estar están
lo humano y lo divino.
Todo lo que se toca
todo lo que se siente
y en esos brotes de luz
deslumbrantes, escasos
que arrebatan la vida
y nos la dan de nuevo.
Morir es una rosa
que se nos da de balde
un perfume cuajado
en amor para siempre.
(Ernestina de Champourcín)

Entré. Sí, tenía mucha experiencia. Llevaba muchos años en el oficio. A todo cielo (no podemos decir “a todo mundo”) le había hecho preguntas: A Arcángeles, a Potestades, a Principados, a Querubines… Pero eso de entrevistar a Dios, me ponía, al menos, un poco nervioso.
Equipado con mi inseparable grabadora entré a la oficina de Dios quien amablemente me recibió en la puerta, me estrechó la mano y me invitó a sentarme en una silla diseñada especialmente para no maltratar alas angelicales.
— Buenos días, Altísimo Señor.
— Muy buenos días.
— Ante todo, agradezco la prontitud en atender mi petición de cita. Quiero decirle que en los últimos dos meses he estado por la tierra. He visto muchas cosas y he traído algunas dudas, preocupaciones y hasta alguna que otra úlcera en mi angelical estómago. La verdad, ya no me acordaba de aquel tiempo en el que yo mismo fui Ángel de la Guarda de una persona de la tierra. ¿Se acuerda? Sí, que después de tres años, yo le escribí una carta a Usted para pedirle que me cambiara de encargo, a algo que produjera menos estrés, como por ejemplo ser un ángel periodista con residencia fija en los cielos. En mi viaje por la tierra he comprobado en espíritu propio lo mal que está el mundo. Mucho terrorismo, una guerra por aquí, un magnicidio por allá, cientos de niños de la calle asesinados a bocajarro, mujeres esclavizadas en el negocio de la prostitución…, y para qué seguir contándole. ¿Dónde vamos a parar?
Mientras Él escuchaba mi reporte de la situación del mundo vi cómo sus ojos se llenaron de tristeza como nunca antes lo había yo visto. Sin embargo, cuando terminé mi primera pregunta, su única respuesta fue una breve sonrisa como cuando una madre sonríe ante la pregunta inocente de su niño.
Entonces saqué discretamente mi lista de preguntas preparadas y le solté la segunda.
— Señor Dios, ¿Usted cree que el mundo va a tener remedio?
Otra amable sonrisa y una breve respuesta:
— El remedio nació en Belén hace ya 2000 años.
— Perdone mi insistencia, pero, ¿Usted no cree que las cosas pueden ir de mal en peor? ¿No cree que sería buena una intervención tajante de Usted? No sé, por ejemplo, un golpe de Estado a nivel mundial y que interinamente coloque a sus Ángeles de mayor confianza de presidentes de todos los países mientras se arreglan todos los problemas…
Otra sonrisa, y una respuesta breve:
— Quizá no sea lo mejor.
— Bien, pero –¿por qué no?– ahora que el mundo está tan globalizado, una visita suya fulgurante delante de todos, vía satélite, donde les deje las cosas claras, donde ellos se den cuenta de lo mal que van, donde les diga que o cambian o cambian.
Dios sonrió y esa fue su respuesta.
— Pero Señor, en el mundo pocos se acuerdan de Usted. Para que se haga una idea, me enteré de que hay una cosa que se llama ateísmo. ¿Y sabe qué es esto? Es cuando un hombre afirma no creer en Dios. Le están negando a Usted. Ya no es simplemente no estar de acuerdo con Usted en algún punto de su gobierno del Universo, sino que hasta llegan a crear teorías de que Usted no existe. Y muchos se las creen. ¡Qué barbaridad! ¿No le parece que eso sí es ya demasiado? Fíjese que dudar de Usted, el Creador de todas las cosas…
Dios sonrió de nuevo y me dijo:
— Sí, es cierto que algunos ya no creen en mí. Pero yo sí creo en ellos y pienso seguir creyendo en todos…
Así acabé mi entrevista con este Dios tan empeñado en los seres humanos. La verdad no sé qué es lo que Él ve en ellos. A mí ya se me habría acabado la paciencia. Pero yo soy sólo un ángel periodista con residencia fija en los cielos…

“Tu Crucifijo. —Por cristiano, debieras llevar siempre contigo tu Crucifijo. Y ponerlo sobre tu mesa de trabajo. Y besarlo antes de darte al descanso y al despertar: y cuando se rebele contra tu alma el pobre cuerpo, bésalo también.”
(Camino, 302)
“El Vía Crucis. —¡Esta sí que es devoción recia y jugosa! Ojalá te habitúes a repasar esos catorce puntos de la Pasión y Muerte del Señor, los viernes. —Yo te aseguro que sacarás fortaleza para toda la semana.”
(Camino, 556)
“¿Te acuerdas? —Hacíamos tú y yo nuestra oración, cuando caía la tarde. Cerca se escuchaba el rumor del agua. —Y, en la quietud de la ciudad castellana, oíamos también voces distintas que hablaban en cien lenguas, gritándonos angustiosamente que aún no conocen a Cristo.
Besaste el Crucifijo, sin recatarte, y le pediste ser apóstol de apóstoles.”
(Camino, 811)

“La sabiduría hace amigos de Dios” (Libro de la Sabiduría, 7, 27)
Lo he escuchado hoy en la primera lectura de la Misa. ¿Cuántas veces habré escuchado este versículo desde que tengo uso de razón?
Pero hoy ando dándole vueltas especialmente.
Entonces, el amigo de Dios, ¿es sabio?
¿Cómo se llega a ser amigo de Dios? Tratándolo, conociéndolo, hablándole, contemplándolo, escuchándolo: haciendo oración.
Así que el camino recto hacia la amistad con Dios es la oración. ¿Y por eso se es sabio?
Si por sabiduría entiendes ver la vida, las personas y las cosas con los ojos de Dios, Sí.
No hacen falta doctorados, ni licenciaturas, ni siquiera saber escribir o leer. Para ser sabio, hazte amigo de Dios.

Por José Mª Alimbau
Cuenta Georges Huber, testigo presencial: «Entre las camas de los niños enfermos del hospital del Niño Jesús, de Roma, el Papa Juan XXIII iba visitando a todos los niños enfermos. Les sonreía y saludaba. Ellos le devolvían el saludo y la sonrisa. Algunos niños le gritaban: «¡Papa Giovianni, vieni qui!» («Papa Juan, ven aquí») o sencillamente: «¡Giovanni, Giovanni!» («¡Juan, Juan!»). El santo Padre se paró ante la cama de un niño, de nombre a Ángelo, y le dijo:
«Tú te llamas Ángelo. Antes yo también tenía el mismo nombre. Después me lo hicieron cambiar por otro nombre».
Al llegar delante de la cama del niño Carmine Leinma, ciego a consecuencia de una meningitis, el «Papa bueno», lleno de ternura, no pudo por menos que ponerse a llorar, sin poder pronunciar ni una palabra. El niño ciego le dijo: «¡Tú eres el Papa Juan! ¡Lo sé! Pero no puedo verte…» Y la tristeza pesaba en la cara del niño ciego. Entonces el Papa se sentó al lado de su cama. Le abrazó y le acarició la el rostro del niño ciego, en un largo silencio lleno de amor y de ternura»…
San Roberto Belarmino afirmaba: «Más vale una onza de caridad –de amor, de bondad, de ternura– que cien carretadas de razones».
¿No deberíamos ofrecer más amor, más bondad, más ternura?
Querida Mamá:
No espero que te acuerdes de mí, aunque probablemente todavía no me habrás olvidado. Me llamo… bueno, a decir verdad, nunca decidísteis qué nombre me íbais a poner. Supongo que era demasiado pronto, aunque al final, quizá me hubiéseis puesto el nombre del abuelo…
No sé muy bien porqué te escribo esta carta. Quizás sea porque te sigo queriendo, aunque nunca llegaré a darte ese abrazo y ese beso que sin duda te mereces. Porque creo que, en el fondo, tú también me quieres.
No te pregunto porqué lo hiciste. Sé que tu cabeza, en aquellos momentos, era un caos. No sabías que hacer. Es lógico. Pero no sé… a veces pienso y me pregunto si no había otros caminos, otras maneras…
Aunque papá se fue y nunca quiso conocerme… ¡los dos hubiéramos podido ser tan felices! Sé que es difícil confiar en alguien cuando todo el mundo te señala, cuando la gente te empieza a abandonar, pero siempre te quedaba la abuela; ella nunca te hubiera dejado sola. Era tu madre. Quizás estabas asustada…
En los pocos meses que pude conocerte aprendí mucho de ti. Y estaría encantado de haber podido aprender más. Y sé que, por mucho que te dijeran que estabas haciendo lo mejor dejándome, a ti te costaba creerlo. Por mucho que te intentaran manejar, te resististe durante un tiempo…
Fue sólo algunas semanas, pero eso… ¡me hace sentirme casi como si estuviera vivo!
A veces me pregunto en qué colegio hubiera estado y qué amigos hubiera tenido si me hubieses dejado… Pienso en mis cumpleaños, en mi primer beso, en mi primer trabajo, en mi boda… pero sobre todo, pienso en ti. En esos momentos me pongo triste, pero… no puedo llorar. ¡Si supieras cuánto me hubiera gustado conocerte!

Ya lo sé: no hay vuelta atrás. Nunca podré estar allí contigo. Nunca podré nacer. Por eso hoy, en el que hubiera sido el día de mi nacimiento, me gustaría decirte, sencillamente, que en el futuro no vuelvas a tener miedo, porque hubieras sido una madre estupenda para mí… y porque yo hubiera intentado ser un buen hijo, aunque sólo fuera por verte sonreír.
Espero que a partir de ahora confíes más en ti misma. Y nada más, Mamá: antes de despedirme, quiero decirte que te perdono… y que te quiero.
Tu hijo.
Feunte: http://www.conelpapa.com/vida.htm

Fue un alto cargo del Imperio Romano. Un hombre de leyes, justo y honrado. Su nombre: Doroteo.
Ejerció la primera magistratura en el Palacio del emperador romano Diocleciano, quien organizó la 10ª persecución (302-311), la más violenta de todas las nueve anteriores, y en la que Doroteo, fiel al Evangelio de Jesús, sufrió martirio en Nicomedia, antigua capital de Bitinia, Asia Menor, el año 304. Este ilustre santo escribió que:
- Los cristianos antiguos aceptaban con fe todas las cosas – ya fuesen buenas o malas– como venidas de la mano de Dios.
- Quienes sabían aceptar la realidad, por dura, amarga e injusta que fuese, conservaban en su interior una gran paz.
- Además de disfrutar de gran quietud interior, aunque sufrieran todo tipo de adversidades, vivían en su mente, en su corazón, en su espíritu, en su ánimo, ya aquí, en la tierra, una vida de Cielo.
Es más preciosa la paz interior, una paz que nos ofrece Jesucristo, que todo lo que nos puedan ofrecer los grandes del mundo.
Sí, nos conviene mirar el Cielo prometido. Así experimentaremos una mayor paz interior, más alegría y mucho más ánimo.
Por José Mª Alimbau

Por Federico Gómez Pardo
Forum libertas
Parece que algunas comunidades autónomas pretenden superar el fracaso escolar facilitando ordenadores a todos los alumnos. No seré yo quien niegue su utilidad pedagógica, pero es evidente que su empleo principal, ligado a su conexión con Internet, presenta, junto a muchas ventajas, bastantes peligros.
Por ello es conveniente que los posibles usuarios —también sus padres y profesores— aprendan a aprovechar sus posibilidades y a evitar esos peligros que entraña la navegación por la red de redes.
Y lo primero a este respecto es conocer cuáles son. Pueden señalarse unos cuantos:
1º. La pérdida de tiempo. El pasarse horas y horas navegando sin buscar un objetivo concreto, solo para divertirse, adquirir nuevas experiencias o satisfacer la curiosidad sobre los temas más prosaicos o intrascendentes.
2º. La ‘diarrea mental‘. Todo el mundo sabe lo que pasa cuando se comen en exceso alimentos que el organismo no está preparado para digerir. Lo mismo puede ocurrir cuando a través de la red se está al alcance de una cantidad tan grande de información, si no se tiene la formación suficiente para asimilarla y contextualizarla. Entonces más que contribuir a formar, lo que origina es confusión mental.
3º. Deterioro del lenguaje. La rapidez con que se transmiten los mensajes, la inmediatez en la comunicación y la generalización de términos propios del medio, pueden contribuir a que se cuide poco la ortografía, la sintaxis y que se utilice un léxico poco apropiado.
4º. En vez de ir a…, dejarse llevar a… no se sabe dónde. Se puede tener poco control sobre uno mismo estando conectado, y entonces la voluntad es arrastrada por lo que va apareciendo en pantalla. No se actúa racionalmente, sino de forma compulsiva.
5º. Desinhibición y una cierta forma de ‘esquizofrenia’. Es un peligro al que están expuestos los que participan mucho en ‘chats’; especialmente los adolescentes. El anonimato que caracteriza esta forma de comunicarse propicia el que cada uno diga lo que le parezca sin ningún tipo de inhibiciones, que se mienta mucho, que se fantasee y que se adopten falsas personalidades que pueden acabar creyéndose que realmente es la propia. Y eso en el argot psiquiátrico se llama esquizofrenia.
6º. Adicción y aislamiento. Cuando uno no domina el medio puede acabar dominado por él. Hay muchas personas que están ‘enganchadas’ al navegar, como quien está dominado por la droga o por alguna ludopatía. Ello puede originar cambios radicales en el comportamiento: aumenta la soledad y el aislamiento, disminuye la comunicación en la familia, e incluso se dedica menos tiempo al estudio o al verdadero descanso. Y los contenidos de la red, el ‘chatear’ o el mismo correo electrónico, pueden convertirse en el centro de su vida.
Como puede deducirse, todo lo dicho son peligros a los que estamos expuestos todos, pero de una manera especial los niños y adolescentes. Especialmente si disponen del ordenador conectado a Internet en la propia habitación. Los mayores podemos evitarlos con formación, criterio, orden, autodominio, espíritu de sacrificio y sentido común. Y esa será precisamente la manera de ayudar a los más jóvenes.

Por Pedro Cabellos Llorente
No sé si lo he leído o lo escuché de San Josemaría: no he tenido que aprender a perdonar porque el Señor me ha enseñado a querer. Efectivamente, perdonó con un corazón abierto a todos. Además, no se atribuye el mérito, es de Dios.
He recordado estas palabras después de conversar sobre la guerra sin fin entre judíos y palestinos, entre otras complejas razones, porque desde que estuve un tiempo en Tierra Santa, tengo la percepción de que son dos pueblos no habituaados a perdonar, quizá por ser una actitud perdida.
El Antiguo Testamento contiene multitud de expresiones que manifiestan la misericordia y el perdón de Dios, pero quizá no fue captado igual para utilizarlo unos con otros, puesto que es Cristo quien declara abolida la ley del Talión e impera el amor a los enemigos, insta a la mansedumbre, a la bondad, a la comprensión.
Puede ser expresivo este texto de San Pablo: «Alejad de vosotros toda amargura, arrebato, cólera, gritería, blasfemia y toda malignidad. Sed más bien unos para otros bondadosos, compasivos y perdonaos los unos a los otros, como Dios os ha perdonado en Cristo». Pero esa doctrina admirable es ya cristiana.
Conozco menos el mundo musulmán, pero el perdón sólo es claro para los «creyentes». Sin perdón, no hay paz. En otro tono, nos sucede aquí con las heridas del pasado reciente, los roces autonómicos o la disputa política.
Hemos de aprender a querer para saber perdonar, tarea de una grandeza especial, porque el perdón, además de buen corazón, denota olvido del agravio, humildad y tantas virtudes que nos hacen más humanos y más libres.
Perdonar y aceptar el perdón, acercan a Dios Padre porque la paternidad es el contexto perfecto para el perdón. Escribió San Cipriano que es imposible alcanzar el perdón que pedimos de nuestros pecados si nosotros no actuamos de modo semejante con nuestros ofensores. Así decimos en el Padrenuestro.
Amar es perdonar. Yepes Stork une éste a otros muchos rasgos del amor, tales como que amar es, ayudar, cuidar al ser amado, curar, sufrir con quien se ama. Y explica que perdonar es borrar lo inaceptable y ofensivo de la conducta pasada del otro, como si no hubiera sucedido, es anular limitaciones y defectos ajenos, no tenerlos en cuenta sino para ayudarles a mejorar.
No se concibe el amor verdadero si no se sabe perdonar, puesto que no querríamos suprimir el error o lo feo de la vida del otro. Esto no sirve solamente para la familia, para los amigos, para los compañeros de trabajo más cercanos… Bien puede buscarse esta actitud entre colegas profesionales, entre rivales políticos, entre gentes de opiniones diversas u opuestas.
¿No se renovaría nuestra sociedad con este talante? El cristiano logra ser movido con medios de fe, pero todo hombre honrado puede buscar con empeño esa actitud tan necesitada. Con recio y delicado lenguaje, escribió Teresa de Ávila en Camino de perfección: «plegue a Dios que no se pierda ningún alma por guardar estos negros puntos de honra sin entender en qué está la honra».
Hay que ir a lo profundo de nuestras vidas buscando detectar en qué hemos de perdonar y en qué debemos solicitar el perdón. Esa doble actitud dignifica, mejora la sociedad y dota de más libertad interior, la más importante.

*Por Juan Manuel de Prada en XLSemanal
Nuestro alejamiento de las lenguas clásicas –un barco a la deriva que se va hundiendo irreparablemente– nos impide disfrutar de delicadezas como la que Benedicto XVI resalta en un pasaje de su último libro, Los apóstoles y los primitivos discípulos de Cristo (Espasa), dedicado a Pedro.
En griego existen dos verbos que designan la acción de amar: filéo, que expresa el amor de la amistad, tierno y entregado, pero no totalizador; y agapáo, que significa amar sin reservas, con una donación completa e incondicional a la persona amada. El evangelista Juan, cuando refiere el episodio de la aparición de Jesús resucitado a Pedro a orillas del lago Tiberíades, emplea ambos de un modo muy significativo y dilucidador. Podemos imaginarnos ese episodio como el encuentro de dos viejos amigos conscientes de la herida que se ha abierto en su relación, pero dispuestos a restañarla sinceramente, dispuestos a recibir y dar perdón, para que esa herida no ensombrezca el futuro de su amistad. Pedro sabe que, apenas unos días antes, cuando su amigo más lo necesitaba, lo ha traicionado por cobardía o por mero instinto de supervivencia, negándolo hasta tres veces después de prometerle lealtad absoluta. Y Jesús, por su parte, sabe que esa traición ha sido consecuencia de la debilidad de su amigo, consecuencia pues de la propia naturaleza humana; y sabe también que su amigo está avergonzado y mohíno por su falta de coraje. Entonces Jesús, dispuesto a olvidar ese desliz, le pregunta a bocajarro: «¿Me amas?».
El evangelista escribe agapâs-me; esto es: «¿Me amas con un amor completo e incondicional?». Es como si Jesús demandara a Pedro un amor superior al que hasta entonces le ha profesado, un amor que excluya las debilidades y que proclame una adhesión entusiasta, acérrima, tal vez sobrehumana. Nada hubiese resultado más sencillo para Pedro que responder agapô-se («te amo incondicionalmente»), satisfaciendo esa demanda de amor absoluto que Jesús le lanza; pero, consciente de sus limitaciones, consciente de que lo ha traicionado y de que en el futuro tal vez vuelva a hacerlo (aunque, desde luego, nada más alejado de su propósito), Pedro le responde con pudorosa y escueta humildad: Kyrie, filô-se; esto es: «Señor, te quiero al modo humano, con mis limitaciones». Podemos imaginar que la respuesta de Pedro por un segundo defraudaría a Jesús: ha ofrecido a su amigo su perdón sincero y algo más que su perdón, a cambio de que nunca más le vuelva a fallar; pero su amigo no desea defraudarlo con esperanzas vanas, no desea que Jesús le atribuya virtudes sobrehumanas. Entonces Jesús insiste y vuelve a usar el verbo agapáo: «¿Me amas más que éstos?», refiriéndose a los discípulos que se hallan junto a Pedro a orillas del lago. Esta segunda pregunta de Jesús debió de incorporar un matiz perentorio, incluso exasperado, algo así como: «Oye, te estoy preguntando que si me amas a muerte, no me vengas con medias tintas». Pedro sin duda captó ese tono requirente, tal vez incluso enojado de Jesús; y algo debió de temblar dentro de él, tal vez el miedo a decepcionar a su amigo; y no parece improbable que su respuesta tuviese un tono compungido, desfalleciente, lastimado, temeroso de recibir una reprimenda. Pero así y todo volvió a emplear el verbo filéo: «Señor, te quiero a mi pobre y defectuosa manera, con todas mis fragilidades a cuestas».
Entonces Jesús vuelve a interpelarlo por tercera vez, como tres habían sido las veces que su amigo lo había negado, en la noche amarga; pero, para sorpresa de Pedro, que ya estaría esperando un chaparrón de maldiciones e invectivas, Jesús emplea ahora el mismo verbo al que Pedro se había aferrado antes: Fileis-me? Es un momento de gran fuerza conmovedora, porque Jesús se da cuenta de que no puede exigirle a su amigo algo que no está en la frágil naturaleza humana; y, olvidándose de esa exigencia sobrehumana, se adapta, se amolda a la debilidad de Pedro, a la frágil condición humana, porque entiende que en su amor renqueante que tropieza y cae y sin embargo se vuelve a levantar dispuesto a proseguir sin titubeos su camino puede haber un ímpetu, una alegría de andar superior incluso a la de un amor que se cree vacunado contra todos los tropiezos. Entonces Pedro, gratificado por el perdón de su amigo que lo acepta como es, que lo abraza también en el tropiezo y en la caída, afirma con alivio, con decisión, con alborozo: «Sabes que te quiero» (filô-se).
Y fueron amigos para siempre. Tal vez porque el amor más exigente e incondicional es el que brindamos a quien no nos viene con demasiadas condiciones y exigencias.

Son siete Reglas de la espiritualidad de las Hermanas Hospitalarias de la Santa Cruz, que nacieron en Barcelona en 1792 y que desde 1401 servían en el Hospital de la Santa Cruz a enfermos pobres.
La Reglas dicen:
1.- «Servirán a los enfermos con la mayor solicitud, delicadeza, amor, ternura y alegría, pensando que sirven al mismo Nuestro Señor Jesucristo».
2.- «Su entrega al enfermo, a quien sufre, a los necesitados, a los niños, a los leprosos, a los dementes… será total y generosa».
3.- «Las que velen por las noches a los enfermos se informarán del estado de cada uno de ellos, a fin de evitar cualquier equivocación».
4.- «A los agonizantes no les removerán la cama. Estarán junto a ellos, acompañándoles, contemplándoles, rezando por ellos».
5.- «Limpiarán los recintos de los enfermos, dos veces al día. Regarán el suelo. Y harán perfumes con hierbas olorosas».
6.- «No harán diferencias entre enfermos. Si encuentran a alguien impertinente, se le mostrará más amor, si cabe».
7.- «No cumplirán con su vocación si ,fatigándose para el bien corporal de los enfermos, se desentendieran de la salud de su alma: los Santos Sacramentos, una instrucción básica del catecismo, inspirarles una total confianza en la infinita misericordia de Dios y un gran deseo del cielo».

“Me gusta mucho repetir -porque lo tengo bien experimentado- aquellos versos de escaso arte, pero muy gráficos:San Josemaría
mi vida es toda de amor
y, si en amor estoy ducho,
es por fuerza del dolor,
que no hay amante mejor
que aquel que ha sufrido mucho
Ocúpate de tus deberes profesionales por Amor: lleva a cabo todo por Amor, insisto, y comprobarás -precisamente porque amas, aunque saborees la amargura de la incomprensión, de la injusticia, del desagradecimiento y aun del mismo fracaso humano- las maravillas que produce tu trabajo. ¡Frutos sabrosos, semilla de eternidad!”

“La devoción a la Virgen del Pilar comienza en mi vida, desde que con su piedad de aragoneses la infundieron mis padres en el alma de cada uno de sus hijos. Más tarde, durante mis estudios sacerdotales, y también cuando cursé la carrera de Derecho en la Universidad de Zaragoza, mis visitas al Pilar eran diarias”.
“Tenía barruntos de que el Señor quería algo: pasaron muchos años sin saber qué era, y —mientras— decía de continuo una jaculatoria acordándome del ciego del Evangelio, yo ciego también, en cuanto a mi porvenir y al servicio que Dios deseaba de mí: Domine, ut videam! Domine, ut sit,! he repetido durante años: que sea, que se haga eso que Tú quieres; que yo lo sepa, da luz a mi alma. Las luces no venían, pero evidentemente rezar era el camino”.
“Como tenía buena amistad con varios de los clérigos que cuidaban de la Basílica, pude un día quedarme en la iglesia después de cerradas las puertas. Me dirigí hacia la Virgen, con la complicidad de uno de aquellos buenos
sacerdotes ya difunto, subí las pocas escaleras que tan bien conocen los infanticos y, acercándome, besé la imagen de nuestra Madre”.
A una sencilla imagen de la Virgen del Pilar confiaba yo por aquellos años mi oración, para que el Señor me concediera entender lo que ya barruntaba mi alma. Domina! —le decía con términos latinos, no precisamente clásicos, pero sí embellecidos por el cariño—, ut sit!, que sea de mí lo que Dios quiere que sea.”
http://www.unsacerdoteentierrasanta.blogspot.com es la tarjeta de presentación del sacerdote logroñés don Santiago Quemada, que vive en Jerusalén desde hace años. Desde su blog narra al exterior las andanzas y vicisitudes de un sacerdote en una tierra no siempre fácil para los cristianos.
Yo soy un sacerdote del Opus Dei. La Obra está extendida por los cinco continentes, y tiene vocación universal. En Tierra Santa llevamos pocos años todavía; por tanto, que haya venido a Tierra Santa tiene que ver con la labor de la Obra en este país. He venido aquí para servir a la Iglesia de esta manera, con la finalidad de promover la santificación de los cristianos en su vida ordinaria, en su vida familiar y en su trabajo profesional, ayudándoles a hacerlo con perfección y ofreciéndoselo a Dios. Pienso que esto es algo muy necesario en todo el mundo, pero en esta Tierra de un modo especial es importante la virtud de la justicia en el trabajo y en las relaciones sociales.
¿Cuáles son las principales dificultades con las que se ha ido encontrando?
Los idiomas son una dificultad grande. En Jerusalén más o menos la gente habla inglés, pero cuando me iba a Nazaret me encontraba con personas que sólo hablaban árabe o hebreo. Después de estos años, me manejo con el árabe, pero todavía noto que me queda. Cuando me sienta más seguro, espero empezar con el hebreo. También hay muchos rusos en el país. Nos hemos encontrado personas que viven en lugares de Israel donde sólo hablan ruso. En fin, el problema de los idiomas aquí es grande, pero nunca he dejado de comunicarme con alguien que tuviera interés en hablar conmigo.
Cuenta usted en su blog que trabaja con niños, entre otras cosas. ¿Cómo son los niños de Tierra Santa?
He atendido durante tres años los clubes que tenemos aquí, y he podido conocer bien a niños y niñas de estos lugares. Los niños de aquí son iguales que en todos los lados. Tienen las virtudes de los niños: sencillez, confianza, audacia… Y también las dificultades de la sociedad actual: se distraen mucho, están todo el día jugando con el ordenador o la Play Station. Si están fuera de su casa, siempre llevan su móvil y no paran de jugar con él. Como también comprobé en España, para el trato con Dios, si se les enseña, tienen una piedad especial, facilitada por las virtudes que decía antes: sencillez, confianza… Les atraen mucho las cosas de Dios, y muchas veces dan ejemplo a sus padres para que recen más y se acerquen a Dios.
¿Es fácil, para un cristiano, vivir allí? Muchos hablan de pesimismo, de soledad…
Los cristianos aquí tienen muy poca formación. No suelen conocer bien su fe, aunque tienen una profunda conciencia de su identidad cristiana. Viven de la tradición que han recibido de sus familias, y se agarran a eso con gran seguridad y convicción. Les falta conocer y profundizar su fe. No suelen hablar de cuestiones de religión con otras personas, en parte porque les faltan ideas, argumentos. Ésta es una de nuestras primeras labores aquí: dar formación cristiana. San Josemaría decía que el Opus Dei era una gran catequesis. Otra tarea que también tiene que ver con la fe es el optimismo. La visión que nos encontramos aquí es muy pesimista. Muchos árabes cristianos han ido, poco a poco, abandonando esta tierra para irse a vivir fuera. Los que se quedan aquí conviven con la mentalidad de que no hay esperanza. Este pesimismo se ha ido trasladando, también, sin darse cuenta, al aspecto personal, una visión de la vida negativa.
La vida de un cristiano en Tierra Santa no es fácil. Su vida aquí es una vocación a mantener viva la fe en la Tierra donde nació, vivió, murió y resucitó nuestro Señor. A los que rezan y profundizan en la fe, esto les llena de ilusión, y les lleva a quedarse y procurar formar un núcleo familiar cristiano que vaya, poco a poco, influyendo en la sociedad. Es necesario que así sea, y ésta es nuestra misión aquí.
Por medio del Rosario se acude a la intercesión de la Madre de Dios. Se meditan los Misterios de Cristo bajo la guía de aquella que estuvo unida a la encarnación, pasión y resurrección del Hijo de Dios.
El rezo del Santo Rosario es una de las devociones más arraigadas en el pueblo cristiano. Lo popularizó el Papa Pío V el día del anivesario de la victoria de los cristianos en la Batalla de Lepanto del año 1571. Esto se debe a que el triunfo se le atribuye a la Madre de Dios. Así, la Iglesia nos invita a descubrir la importancia de María dentro del Misterio de la Salvación y a saludarla como Madre de Dios, repitiendo sin cesar: Ave María.
Así habló de esta devoción san Josemaría en 1973:
“El rezo del Santo Rosario, con la consideración de los misterios, la repetición del Padrenuestro y del Avemaría, las alabanzas a la Beatísima Trinidad y la constante invocación a la Madre de Dios, es un continuo acto de fe, de esperanza y de amor, de adoración y reparación.”

Muchos artistas lo intentaron, el rey observó y admiró todas las pinturas, pero solamente hubo dos que a él realmente le gustaron y tuvo que escoger entre ellas.
La primera era un lago muy tranquilo. Este lago era un espejo perfecto donde se reflejaban unas plácidas montañas que lo rodeaban. Sobre estas se encontraba un cielo muy azul con tenues nubes blancas. Todos quienes miraron esta pintura pensaron que esta reflejaba la paz perfecta.
La segunda pintura también tenía montañas, pero estas eran escabrosas y descubiertas. Sobre ellas había un cielo furioso del cual caía un impetuoso aguacero con rayos y truenos. Montaña abajo parecía retumbar un espumoso torrente de agua. En todo esto no se revelaba nada pacífico.
Pero cuando el Rey observó cuidadosamente, observó que tras la cascada había un delicado arbusto creciendo en una grieta de la roca. En este arbusto se encontraba un nido. Allí, en medio de del rugir del la violenta caída de agua, estaba sentado plácidamente un pajarito en el medio de su nido…
Sin dudarlo el Rey escogió esta pintura y explicó:
“Paz no significa estar en un lugar sin ruidos, sin problemas, sin trabajo duro o sin dolor. Paz significa que a pesar de estar en medio de todas estas cosas, exista calma y serenidad dentro de nuestro corazón. Este es el verdadero significado de la paz.”
Y tú… ¿ya sabes QUIÉN te da la verdadera paz del corazón?… así es, Dios nuestro Señor.
Señor, renueva mi espíritu y dibuja en mi rostro sonrisas de gozo por la riqueza de tu bendición.
Que mis ojos sonrían diariamente por el cuidado y compañerismo de mi familia y de mi comunidad.
Que mi corazón sonría diariamente por las alegrías y los dolores que compartirmos.
Que mi boca sonría diariamente con la alegría y regocijo de tus trabajos.
Que mi rostro dé testimonio diariamente de la alegría que tu brindas.
Gracias por este regalo de mi sonrisa, Señor.
Madre Teresa de Calcuta.

Para la inmensa mayoría el mañana… es el hoy.

Madre de los vivientes,
a Ti confiamos la causa de la vida:
mira Madre el número inmenso de niños a quienes se impide nacer,
de pobres a quienes se hace difícil vivir,
de hombres y mujeres víctimas de violencia inhumana,
de ancianos y enfermos muertos a causa de la indiferencia o de una presunta piedad.
el Evangelio de la vida.
la alegría de celebrarlo con gratitud durante toda su existencia
y la valentía de testimoniarlo con solícita constancia,
para construir, junto con todos los hombres de buena voluntad,
la civilización de la verdad y del amor,
para alabanza y gloria de Dios Creador
y amante de la vida.
Amén
Por Mario Benedetti
Me gusta la gente que vibra, que no hay que empujarla , que no hay que decirle que haga las cosas, sino que sabe lo que hay que hacer y lo que hace. La gente que cultiva sus sueños hasta que esos sueños se apoderan de su propia realidad.
Me gusta la gente con capacidad para asumir las consecuencias de sus acciones, la gente que arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño, quien se permite huir de de los consejos sensatos dejando las soluciones en mano de nuestro padre Dios.
Me gusta la gente que es justa con su gente y consigo misma, la gente que agradece el nuevo día, las cosas buenas que existen en su vida, que vive cada hora con buen ánimo dando lo mejor de si, agradecido de estar vivo, de poder regalar sonrisas, de ofrecer sus manos y ayudar generosamente sin esperar nada a cambio.
Me gusta la gente capaz de criticarme constructivamente y de frente, pero sin lastimarme ni herirme. La gente que tiene tacto.
Me gusta la gente que posee sentido de la justicia. A estos los llamo amigos.
Me gusta la gente que sabe la importancia de la alegría y la predica. La gente que mediante bromas nos enseña a concebir la vida con humor. La gente que nunca deja de ser aniñada.
Me gusta la gente que con su energía contagia.
Me gusta la gente sincera y franca, capaz de oponerse con argumentos razonables a las decisiones de cualquiera.
Me gusta la gente fiel y persistente, que no desfallece cuando de alcanzar objetivos e ideas se trata.
Me gusta la gente de criterio, la que no se avergüenza en reconocer que se equivocó o no sabe algo. La gente que, al aceptar sus errores, se esfuerza genuinamente por no volver a cometerlos.
La gente que lucha contra adversidades.
Me gusta la gente que busca soluciones.
Me gusta la gente que piensa y medita internamente.
La gente que valora a sus semejantes no por un estereotipo social ni como lucen. La gente que no juzga ni deja que otros juzguen.
Me gusta la gente que tiene personalidad.
Me gusta la gente capaz de entender que el mayor error del ser humano es intentar sacarse de la cabeza aquello que no sale del corazón.
La sensibilidad, el coraje, la solidaridad, la bondad, el respeto, la tranquilidad, los valores, la alegría, la humildad, la felicidad, el tacto, la confianza, la esperanza, el agradecimiento, la sabiduría , los sueños, el arrepentimiento, y el amor para los demás y propio son cosas fundamentales para llamarse GENTE.
Con gente como esa, me comprometo para lo que sea por el resto de mi vida, ya que por tenerlos junto a mí me doy doy por bien retribuido
Gracias por ser esa gente:
Imposible ganar sin saber perder.
Imposible andar sin saber caer.
Imposible acertar sin saber errar.
Imposible vivir sin saber vivir:
La gloria no consiste en no caer nunca, sino en levantarse todas las veces que sea necesario. Y eso es algo que muy poca gente tiene el privilegio de poder experimentar.
Bienaventurados aquellos que ya consiguieron recibir con la misma naturalidad el ganar o el perder, el acierto y el error, el triunfo y la derrota…

Los últimos siglos de la Edad Media, el sur y el levante español estaban en poder de los árabes y con su vidas en vilo. El Mediterráneo estaba infestado de corsarios turcos y de sarracenos, y lo mismo atacaban a los barcos que desembarcaban en las costas y se llevaban cautivos a muchos.
La cautividad era común en ese momento. San Pedro Nolasco, de Barcelona, llamado el Cónsul de la Libertad, rogaba insistentemente a la Virgen María y se preguntaba cómo poner remedio a tan triste situación.
Pronto empezó a actuar. Vendió cuanto tenía y empezó la compra y rescate de cautivos. La noche del 1 de agosto de 1218, estando Nolasco en oración, se le apareció la Virgen María, le animó en sus intentos y le transmitió el mandato de fundar la Orden Religiosa de la Merced para redención de cautivos.
Pocos días después, Nolasco, ayudado por D. Jaime el Conquistador y el consejero real San Raimundo de Peñafort, cumplía el mandato.
Los mercedarios se comprometían con un cuarto voto: quedarse como rehenes, si fuera necesario, para liberar a otros más débiles en la fe.
De este modo, a través de los miembros de la Nueva Orden, la Virgen María, Madre y Corredentora, Medianera de todas las gracias, aliviaría a sus hijos cautivos, a todos daría la merced de su favor.
La Virgen María será invocada desde ahora la advocación de la Merced, o más bello todavía en plural: Santa María de las Mercedes, indicando así la abundancia incontable de sus gracias. ¡Hermosa advocación y hermoso nombre el de Mercedes!
Santa María de las Mercedes concedería a sus hijos la merced de la liberación.
Bajo la protección de la Virgen de la Merced, los frailes mercedarios realizaron una labor ingente. Ingentes fueron también los sufrimientos de San Pedro Nolasco, San Ramón Nonato y San Pedro Armengol.
El culto a Nuestra Señora de la Merced se extendió muy pronto por Cataluña y por toda España, por Francia y por Italia, a partir del siglo XIII.
El año 1265 aparecieron las primera monjas mercedarias. Los mercedarios estuvieron entre los primeros misioneros de América. En la Española o República Dominicana, por ejemplo, misionó Fray Gabriel Téllez (Tirso de Molina).
Barcelona se gloria de haber sido escogida por la Virgen de la Merced como lugar de su aparición y la tiene por celestial patrona. “¡Princesa de Barcelona, proteja nuestra ciudad!”
En el museo de Valencia, hay un cuadro de Vicente López en el que varias figuras vuelven su rostro hacia la Virgen de la Merced, como Implorándola, mientras la Virgen abre sus brazos, extiende su manto, cubriéndolos a todos con amor, así su titulo de Santa María de la Merced.

Había en un hospital penitenciario -informaba Cáritas- un enfermo de sida en fase terminal. Le concedieron libertad condicional para que muriese en su casa. Sin embargo, la familia no lo aceptó. Tuvo que quedarse en el centro.
Otro preso pidió permiso para compartir la celda. Estuvo compartiéndola con él – cuatro metros cuadrados- durante dos meses, atendiéndole de día y de noche.
Los últimos días, antes de morirse, como el enfermo de sida no entraba en calor, este preso «buen samaritano» se metía en la cama con él para calentarlo.
«Venid, benditos de mi Padre» (Mt ,34),
- porque estaba enfermo y tuvisteis cuidado de mí;
- porque me era difícil alimentarme y me dábais de comer;
- porque tenía frío y me hacíais entrar en calor;
- porque lloraba y me consolabais;
- porque estaba solo y os pusisteis a mi lado;
- porque no podía moverme y vuestros brazos fueron mi ayuda.
«Aquello que hacéis al otro, a Mí me lo hacéis»,dice Jesús.
* Por José Mª Alimbau en www.larazon.es

Pilar Soto
En España es habitual que miembros del mundo de la farándula se posicionen en torno a determinados partidos políticos y hagan gala de ello. A veces parecen titireteros que actúan a sueldo del partido de turno en el poder.
Pero cada vez son más los actores, escritores, artistas… que no dudan en contar que son católicos y practicantes.
Hace unos días, leí en el semanario Alba una entrevista a Fabio de Miguel, en otro tiempo Fabio Mcnamara, que junto con Pedro Almodóvar, protaganizó las noches más locas en la movida madrileña de los 80.
Cuenta que logró dsintoxicarse gracias a la Virgen de Lourdes, donde peregrinó y no duda de la intervención de María en su curación.
Hoy, Fabio, converso, se dedica a la pintura religiosa. Dice que se siente redimido pintando a la Virgen; y que no duda en cruzar cada mañana medio Madrid para asistir a la Santa Misa en el Oratorio del Caballero de Gracia .
Otro ejemplo es María Vallejo- Nágera, que no ha dudado en contar en numerosas ocasiones su conversión en Medjugore. Igual que la presentadora Pilar Soto, cuyo testimonio podéis leer aquí.
Y la última sorpresa para mí ha sido la del actor Santi Rodríguez, que nos cuenta en la web oficial del Opus Dei, por qué ha asitido al simposio sobre san Josemaría. No os perdáis el vídeo.
Felicidades a todos por su valentía.

El abad Antonio (251-356), considerado como padre de los monjes y el iniciador de la vida cenobítica. En torno a él se recogieron -en otras tantas cabañas y cuevas-centenares de ermitaños, que lo tomaron como superior y maestro. Un día el abad Amonas fue a pedirle consejo. Después de escucharle, Antonio le dijo:
- «Todavía debes avanzar en el amor a Dios y liberarte de que nada ni nadie hiera, perturbe, desestabilice tu paz interior».
- «Ve e insulta a esa piedra sin cesar. Coge un bastón y da golpes a la roca».
Cuando lo hizo, San Antonio le preguntó si la piedra le había contestado. Amonas dijo: «No».
- «Tú también has de alcanzar el punto en que no te ofendas por nada ni por nadie. Digan lo que digan. No has de sentirte molesto en tu sensibilidad por nada. Será entonces cuando tendrás paz interior y nacerá en ti una fuente de alegría».
El amor propio nos hace más susceptibles; captamos todo aquello que nos puede desestabilizar; nos hace inflexibles; solemos exagerar la propia afirmación del «yo»; nos hace fríos, indiferentes, injustos en nuestros juicios y en nuestras palabras.
En consecuencia, donde reina el amor propio es difícil que haya equilibrio, paz interior y alegría.
*Por J. M. Alimbau en www.larazon.es
Y, llevándole fuera de la celda, le mostró una gran piedra, diciendo:

1. Estaba la Madre dolorosa
junto a la Cruz, llorosa,
en que pendía su Hijo.
2. Su alma gimiente,
contristada y doliente
atravesó la espada.
3. ¡Oh cuán triste y afligida
estuvo aquella bendita
Madre del Unigénito!
4. Languidecía y se dolía
la piadosa Madre que veía
las penas de su excelso Hijo.
5. ¿Qué hombre no lloraría
si a la madre de Cristo viera
en tanto suplicio?
6. ¿Quién no se entristecería
a la Madre contemplando
con su doliente Hijo?
7. Por los pecados de su gente
vio a Jesús en los tormentos
y doblegado por los azotes.
8. Vio a su dulce Hijo
muriendo desolado
al entregar su espíritu.
9. Ea, Madre, fuente de amor,
hazme sentir tu dolor,
contigo quiero llorar.
10. Haz que mi corazón arda
en el amor de mi Dios
y en cumplir su voluntad.
11. Santa Madre, yo te ruego
que me traspases las llagas
del Crucificado en el corazón.
12. De tu Hijo malherido
que por mí tanto sufrió
reparte conmigo las penas.
13. Déjame llorar contigo
condolerme por tu Hijo
mientras yo esté vivo.
14. Junto a la Cruz contigo estar
y contigo asociarme
en el llanto es mi deseo.
15. Virgen de Vírgenes preclara
no te amargues ya conmigo,
déjame llorar contigo.
16. Haz que llore la muerte de Cristo,
hazme socio de su pasión,
haz que me quede con sus llagas.
17. Haz que me hieran sus llagas,
haz que con la Cruz me embriague,
y con la Sangre de tu Hijo.
18. Para que no me queme en las llamas,
defiéndeme tú, Virgen santa,
en el día del juicio.
19. Cuando, Cristo, haya de irme,
concédeme que tu Madre me guíe
a la palma de la victoria.
20. Y cuando mi cuerpo muera,
haz que a mi alma se conceda
del Paraíso la gloria.
Amén.

-¿Cuál es la señal del cristiano?
- La señal del cristiano es la Santa Cruz.
Era la segunda pregunta del catecismo que estudié con ocho años en el colegio.
Recuerdo que había que aprenderse 5 preguntas de memoria para cada clase de religión. Puntos que repetíamos como papagallos, seguramente sin entender su significado. Sí, llegaba a comprener en mi infancia que éramos cristianos porque seguíamos a Cristo, y que Éste murió en la cruz para salvarnos. Por eso la cruz era nuestra señal.
Frederick Faber (1814-1863) era catedrático de Oxford y ministro anglicano. Se convirtió al catolicismo y junto al también converso cardenal Newmann fundó el Oratorio inglés, en Londres.
Faber comprobó que cada vez había más personas en el Reino Unido que lo tenían todo –eran los dueños del mundo– pero padecían hipocondría –gran sensibilidad del sistema nervioso– y vivían con melancolía y tristeza habitual.
Fiel a San Felipe Neri (que según Goethe era «el santo de la alegría») Faber escribió sobre la necesidad de la alegría en cada cristiano. La alegría, dijo, es uno de los elementos más importantes de la vida espiritual.
Muchos que se detienen en el camino de la vida espiritual o de su vocación es porque les falta alegría.
La alegría es el ambiente de todas las virtudes heroicas. También nos enseña a ser amables, animosos, serviciales… La alegría es lo primitivo, lo original, lo eterno. El dolor es un estado transitorio…
¿Cuál es el fin de la creación sino la participación de la alegría de su Señor?
La redención es, por lo mismo, un segundo efluvio de alegría. El hombre más feliz, el más grande, el más semejante a Dios, es aquel que ha añadido una alegría única y verdadera al capital de felicidad que disfruta el mundo.
Por J.M. Alimbau en www.larazon.es

De Santa Ana y San Joaquín
nació, del Cielo, una estrella,
una preciosa Niñita,
como una blanca azucena,
vestida con luz de Sol,
rondada por luna llena.
Sus ojos recién abiertos
tienen mirada serena,
contemplan el infinito
desde su cuna-saleta;
ojos misericordiosos
que piadosamente rezan
por los seres pecadores
que su intercesión esperan.
En su boca una sonrisa
anuncia la primavera,
en sus labios entreabiertos
fiat de Amor aletea.
En silenciosa oración
su arrullo a la Altura llega,
es Magníficat del alma,
la oblación a la Grandeza.
Está Llena de la Gracia,
el Creador la contempla
y en su Belleza purísima
su espíritu se recrea.
Esta niña pequeñita,
será una Hermosa Doncella,
de Castidad cristalina
para cumplir la Promesa.
Es la esclava del Señor,
humilde, en total entrega,
y el Amor abre sus alas
para hacerla misionera.
Sus inocentes manitas,
de Misericordia llenas,
ofrecerán el Rosario
para alcanzar, con sus perlas,
la Mansión predestinada
por su amable providencia.
Será su Vientre el grial
que albergará la Belleza,
futuro de Salvación
que en un cuerpo de hombre llega.
Niña Pura, Inmaculada,
Niña de Dios, Niña Buena,
Niña de Gracia Divina,
que Dios regala a la tierra;
y será Corredentora,
Abogada y Madre nuestra.
Esta Niña Pequeñita,
Bella y Celestial Princesa,
será, por su abnegación,
Reina de Cielos y tierra.
Ella es hija de Dios Padre,
del Hijo Madre perfecta,
del Espíritu es la Esposa
y en la Trinidad se alberga.
Por su humana lealtad,
por su honestidad sin tregua
y por su perpetuo Amor
¡Bienaventurada sea!
Emma Margarita R.A.- Valdés

Se trata de examinar nuestra conciencia en oración ante Dios, a la luz de las enseñanzas de la Iglesia, a partir de nuestra última confesión. Es paso necesario antes de hacer una buena confesión. Además es aconsejable hacer un examen del día antes de dormir.
El fin del examen no es angustiarse con las culpas sino reconocerlas con seriedad y confianza en Dios para confesarlas sabiendo que seremos perdonados. Todo el proceso se mueve en la misericordia infinita de Dios manifestada en Jesucristo.
Vemos nuestras faltas en relación con:
- Los Diez Mandamientos.
- Los Siete Pecados Capitales.
- Los defectos de carácter.
- Los dones que Dios nos ha dado para servirle.
- Las responsabilidades de nuestra vocación.
Precisamente por ser pecadores, nos cegamos ante nuestros pecados. Satanás quiere hacernos ver que no hay mal en lo que hacemos. Entonces el corazón se endurece, se hace insensible a las exigencias del amor. Por eso es tan importante la conversión del corazón.
“Por eso, como dice el Espíritu Santo: “Si escucháis hoy mi voz, no endurezcáis el corazón… ¡Atención hermanos! Que ninguno de ustedes tenga un corazón malo e incrédulo…” Hb 3.
Dios es un Padre amoroso que nos hace ver el pecado para darnos la gracia del arrepentimiento y perdonarnos. Él nos quiere libres. El demonio no quiere que veamos nuestro pecado. Pero si buscamos el camino de Dios, tratará de acusarnos con nuestros pecados para que nos desanimemos y volvamos atrás. Podemos discernir entonces la diferencia: Dios enseña el pecado para liberar y perdonar; el demonio lo esconde, pero cuando lo enseña es para que desesperemos. Debemos rechazar enérgicamente estos pensamientos e ir a la confesión con toda confianza en el perdón de Dios. Dios SIEMPRE perdona cuando hay arrepentimiento.
Es muy provechoso hacer examen de conciencia diario y también, con toda humildad, abrirnos a que personas cerca de nosotros nos corrijan. “Si nos examináramos a nosotros mismos, no seríamos condenados.” (1 Cor. 11, 31)
El examen se hace ante Dios, escuchando su voz en la conciencia
Es lo que dicen algunos cuando les hablas de confesión.La verdad es que yo también me confieso con Dios. Cada semana me pongo de rodillas en un confesionario y me acuso de los pecados y faltas que he cometido esos días. Habitualmente, se lo cuento al mismo sacerdote, porque como ya me conoce, sabe dónde y cómo apretarme las tuercas.
Y en ese momento sé que no le hablo de mis miserias a un tipo cualquiera, sino al mismo Cristo. Que para ello ese tipo ha recibido el sacramento del orden sacerdotal, y Dios le ha concedido la potestad de perdonar en su nombre los pecados.
Y no es que el tema me divierta, que a veces cuesta abrir el alma. Primero haciendo examen de conciencia, que es como mirarse al espejo y aceptar lo que una es, no lo que le gustaría ser. Entonces ves tantas cosas que no van, que te desvían del camino… y como quieres ir en línea recta hacia el cielo, le dices al sacerdote todas esas cosas. El sacerdote, te coge y te limpia el alma.
Es como cuando te caías de pequeña y te hacías una herida; tu padre te tomaba en brazos, te desinfectaba la herida con alcohol, te ponía una tirita y a seguir jugando. El alcohol escocía, y mientras te quejabas, tu padre te decía que porque escocía, curaba.
Así veo la confesión. Dios, lejos de enfadarse por lo que has hecho mal, te recibe con los brazos abiertos, te cura, te perdona, te consuela… y te vas tan contenta y llena de paz a seguir luchando. Segura de que aunque vuelvas a caer en el mismo sitio y hacerte la misma herida, Él siempre te espera con los brazos abiertos, porque te quiere tanto, tanto, tanto, que se arriesga a que yo tenga la libertad de soltarme de su mano, darme un batacazo y ofenderle.
Por suerte, nos ha puesto un ángel de la guarda para que acudamos a él y no caigamos tanto. El mío debe ir en silla de ruedas por recogerme de tantos abismos. Y nos ha dado a su Madre, que está deseando enseñarnos a querer a su hijo.
Un amigo, que ha peregrinado a Medjugore, me contaba impactado lo que allí vivió. Yo no sé si estas apariciones serán de verdad o no, lo que está claro es que el todo el que va allí vuelve renovado. Y que hay sacerdotes por todos sitios confesando a miles de personas. Mi amigo me enviaba la foto de arriba. ¿Es o no es emocionante?
Tu mañana es hoy
Guárdate del rencor. Es el peor inquilino que podemos tener. Arrebata la paz espiritual y a muchos les ha hecho añicos su calidad de vida.
Desaloja de tu interior el egoísmo, el amor propio, la ambición. Pueden dañar seriamente la calidad de nuestra vida y perjudicar la vida de los demás.
Evita el enfado y los arranques coléricos. Nunca traen nada bueno para nadie. Además, luego nos arrepentiremos y nos sabrá mal.
No dejes que la desilusión y el desánimo te hagan mella. Serías como un velero sin viento.
No desprecies nunca a nadie. Una actitud despectiva, mortificante, humillante, no se olvida jamás.
Nuestras vidas están hechas de pequeños y grandes fracasos, adversidades. Hemos de aceptarlos y poner los medios para superarlos.
No aguardes para mejores tiempos, practicar la fe, la bondad y el bien. Tu mañana es hoy.
No seamos tan sensibles que cualquier palabra nos moleste. Aprendamos a reírnos de nosotros mismos. Reírse de uno mismo quita mucho hierro y es bueno.
Saber ganar es importante. Pero tiene mucha más importancia saber perder. Hemos de aprender a saber sufrir.
Cree y espera. Sonríe por amor a quien debas atender hoy. Trátale lo mejor posible.
*Por José Mª Alimbau

Dicen que España es “la tierra tierra de María Santísima”. Lo cierto es que la Madre de Dios despierta el fervor popular. Gente que durante el año ignora cualquier referencia divina, se conmueve en las festividades marianas.
Un amigo me comentaba que es hipócrita lo de no acordarse nunca de Dios, pero sí una o dos veces al año: en las procesiones de Semana Santa y en las festividades patronales o romerías locales.
Yo pienso que a Dios y a su Madre seguro que les alegra que sus hijos se acuerden de ellos, aunque sean escasas veces al año.
Me conmueve ver a María, Virgen del Mar, paseando por las calles de mi ciudad. El domingo, cuando pasaba por la puerta de mi casa, salí a saludarla: “Stella Maris, guíanos en el camino de la vida, y llévanos al puerto del Cielo”.

La Virgen del Mar en el camarín de su Basílica, convento de los Padres Dominicos.
Durante la segunda quincena de agosto, Almería se viste de fiesta. Esta ciudad, que atrae gran número de turistas, sobre todo en esta época, celebra las fiestas en honor a su patona, la Virgen del Mar
Muchos no conocen el verdadero motivo de estos días donde la música inunda las calles de la ciudad, y cientos de personas acuden al centro a disfrutar de la “feria del medio día”. No es sólo una fiesta pagana, donde la gente se divierte, bebe, come o disfruta de los diferentes espectáculos programados por el ayuntamiento. Por eso hoy quiero traer aquí la carta que el señor Obispo de la diócesis, don Adolfo González, ha dirigido a los feligreses:
Queridos diocesanos:
En la calurosa trayectoria de agosto las festividades marianas vienen a poner una suave brisa espiritual en el alma distraída de los cristianos. El ocio del verano es esperado con inquietud antes de la pausa de julio y agosto, que para algunos sólo llega en septiembre, cuando ya se anuncia el otoño. El trimestre de verano tiene en las fiestas de la Virgen un referente de identidad cristiana que obliga a reflexionar a los bautizados sobre el valor humano y religioso del descanso y el destino de la existencia, cuya meta está más allá del mundo visible de los sentidos.
A mediados de agosto, la Asunción de Santa María nos abre a la meta gloriosa de la vida anticipada en la resurrección de Cristo, como recuerda san Pablo: “Cristo como primicias; luego los de Cristo en su Venida” (1ª Corintios 15,23). Sucede, sin embargo, que algunos se desentienden de su propio destino y, distraídos de la meta trascendente de la vida, olvidan que son transeúntes camino de la gloria de María; o bien, alternativamente, camino de la muerte eterna. Si la Asunción de María ilumina un futuro de esperanza, la superación de dificultades y obstáculos del presente pasa por anticipar ahora en esta vida aquello mismo que esperamos: un mundo digno del hombre.
A comienzos de septiembre, la fiesta de la Natividad de María vuelve a recordarnos que por la Virgen nos vino el Autor de la vida: Cristo nuestro Señor. Predestinada a ser la Madre del Redentor, María viene al mundo para abrir las puertas de la salvación al género humano. De la contemplación de su elevación a la gloria, pasamos al descubrimiento de la clave de su glorificación. María, un ser humano como nosotros, ha abierto al Hijo de Dios las puertas de nuestra humanidad, haciendo suya por entero la voluntad de Dios, y descubriendo así que el designio de Dios para el hombre es siempre un plan de vida y gloria. Mediante su aceptación sin reservas de la palabra esperanzadora del ángel, María hizo posible que el Hijo de Dios pusiera su tienda entre las nuestras y, compartiendo la vida humana sin ahorrar sufrimientos y pruebas, venciera nuestro destino de corrupción y muerte.
La tentación de hoy es acostumbrarse a un mundo sin esperanza, haciendo propios formas y modos de pensar y de vivir sin otro horizonte que el que pueden ofrecer los sentidos, una práctica hábil para sortear obstáculos y aquellas operaciones de compraventa que pueden producir dinero, condición de cualquier género de vida que hoy pueda imaginar como apetecible una sociedad cada día más controlada por el poder político, y cada día más envilecida por su alejamiento de los principios morales concordes con la dignidad de la persona.
Entre una y otra fiesta mariana, la solemnidad patronal de la Virgen del Mar en el último sábado de agosto coloca a la ciudad de Almería ante su propia verdad como ciudad cristiana: o vivir de la Vida que ofrece el Hijo de María, e Hijo eterno de Dios hecho carne, o hacer tabla rasa de su propia historia de fe. Después de la fiesta de la Asunción de la Virgen, el calendario litúrgico ha colocado en la última semana del mes de agosto, en torno a la fiesta de María Virgen Reina, Almería pasea por sus calles la imagen de su Virgen amada, Patrona de la ciudad nacida del Portus Magnus que abrió la península a la predicación del Evangelio.
¿Cómo entender la historia de Almería sin su Virgen Patrona? Cuando se pretende igualar las religiones, como si todas tuvieran el mismo significado histórico y social en la génesis y desarrollo de un pueblo, se olvida la razón de ser de una fiesta religiosa de trascendencia social como la fiesta de la Patrona. Se evidencia la falacia de un igualitarismo de falso cuño democrático, que, con pretexto de un trato igualitario, en realidad ofende a los más y desplaza el significado histórico y social de la religión hacia el limbo de una sociedad sin historia y sin cultura, como supuestamente habría de ser la sociedad de Almería. Un modo de ver que no repara en los signos y realidades que evidencian lo contrario.
La regulación de la libertad religiosa, no será nunca justa ni democrática si, de hecho, va dirigida contra la identidad mayoritariamente cristiana de la sociedad. He comentado ya la crisis que padecemos, apuntando las causas morales que están tras los desajustes económicos que han llevado al paro a más de cuatro millones de españoles y extranjeros que conviven con nosotros, y que ha dejado en situación de desesperanza a tantas personas y familias que deambulan por los centros de asistencia social. El Papa Benedicto XVI, en la reciente Encíclica «Caridad en la verdad», acaba de hacer un análisis clarividente de la situación a la luz de la doctrina social de la Iglesia.
Entre las causas morales de la crisis está la ausencia de motivaciones trascendentes, que puedan dar razón del comportamiento de individuos y sociedades. Motivaciones que frenen la avaricia y la especulación y ayuden a reformar las empresas para generar trabajo con voluntad de contribuir a una civilización del respeto a la dignidad de la persona, que fundamenta el amor al prójimo. Motivaciones que ajusten la función política a principios morales que impidan su reducción a mero ejercicio declamatorio, mientras el sistema conculca algunos de los principios fundamentales como la primacía de la persona y el carácter social de la riqueza, sin los cuales el derecho al trabajo es meramente declamatorio.
El respeto a la libertad religiosa permite que la fe religiosa, sin reducirla a mera libertad de creencias sujetivas, inspire todos los ámbitos de la vida, también la economía. Por esto, la libertad religiosa requiere un tratamiento de la conducta religiosa privada y pública de los individuos y de los pueblos que haga justicia a su realidad social e histórica. Por todo ello, que la Ciudad ponga en la Virgen del Mar el amor que nos identifica como discípulos de su Hijo es expresión de un modo de ser y obrar que se alimenta de la fe en Jesucristo y tiene verdadero alcance social y público. Con ello a nadie excluimos ni dejamos de respetar la conciencia religiosa de otras personas y colectividades, pero somos claramente sabedores de que nosotros no nos entendemos a nosotros mismos sin el cristianismo como referencia de nuestra historia e inspiración de la sociedad solidariamente fraterna que promueve la fe cristiana.
Con mi afecto y bendición, y los mejores deseos de un feliz día de la Patrona.
Almería, a 29 de agosto de 2009.
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería
“Una vez, cuenta un sacerdote, asusté a un joven marido que me pedía consejo sobre su matrimonio en peligro. Este me había hablado de su esposa con tantos detalles negativos que parecía imposible que pudiera seguir viviendo con ella. Yo le di entonces mi consejo. “Tienes que divorciarte de tu mujer”. Aquel joven marido quedó asombrado que un sacerdote le diera este consejo, y casi se cayó de espalda cuando el padre insistió diciéndole:
- “¡Sí, tienes que divorciarte y casarte con otra mujer!
- “Pero, ¿cómo me dice esto? No entiendo,” replicó.
Y yo le expliqué sonriendo. “Sí , tienes que divorciarte de la mujer ideal de tus sueños, y casarte con la mujer de carne y hueso que tienes en tu casa”.
Amar de veras implica querer al otro como es, con todos los defectos que tiene y no como tendría que ser o cómo nos gustaría que fuese. Dios no nos ama porque somos dignos de amor sino que somos dignos de amor porque Dios nos ama. Y Dios nos ama como somos, así, en concreto, con los ojos abiertos sobre nuestras virtudes. y nuestros defectos.
El amor de los novios es ciego en cuanto a los defectos del otro, pero también vidente en cuanto a las cualidades que sólo el enamorado es capaz de ver. Cuando, con el pasar de los años, las cualidades, que tanto los encantaban, disminuyen o desaparecen y quedan al descubierto los defectos, que antes estaban escondidos. Entonces parece que el amor ya no existe y los esposos llegan a pensar que el amor se ha ido. En realidad, amor únicamente fundado sobre las cualidades, no es verdadero amor. Se aman las cualidades físicas o psicológicas o morales pero no se ama a la persona que es el sujeto profundo de las cualidades. Si el amor desaparece, es que probablemente, nunca existió. Pero si el amor llega a ser un amor personal, un amor a la persona única e irrepetible, entonces no va a desaparecer por el hecho de que desaparecen las cualidades. La persona es siempre la misma aunque cambia a lo largo del tiempo.

El deseo de superación siempre será bien visto, pero con relativa frecuencia perdemos tiempo en querer ser precisamente lo que no somos: porque en ocasiones gastamos más de lo que tenemos para dar la apariencia de una mejor posición económica, no se diga en el modo de comportarse o de vestir según el círculo social al que queremos pertenecer; copiar el estilo de hablar elocuente o gracioso que utiliza otra persona, o la tendencia a participar activamente en conversaciones como conocedor y erudito, sin tener el mínimo conocimiento. En resumidas cuentas, esta manera de ser se debe a la falta de aceptación de sí mismo.
En ocasiones la auto-aceptación se hace más difícil por lamentarnos de lo que no tenemos. En distintos momentos y circunstancias personas han dicho: “si hubiera nacido en una familia con mejor posición económica, otra cosa hubiera sido”; “si yo tuviera las cualidades que (aquel tiene…”; “si hubiera tenido la posibilidad de una mejor educación…”; “si se me hubiera presentado esa oportunidad…” ¿No es también una pérdida de tiempo de la que hablamos al principio?
Para ser auténticos hace falta algo más que copiar partes de un modelo, como si quisiéramos adueñarnos de una personalidad que no nos pertenece, o peor aún, pasar la vida esperando “la gran oportunidad” para demostrar lo que somos y lo que podemos lograr. Las experiencias, el conocimiento y la lucha por concretar propósitos de mejora, hacen que con el tiempo se vaya conformando una personalidad propia.
¿Qué hacer entonces para ser auténticos?
- Evitar la mentira y la personalidad múltiple. Ser el mismo siempre, independientemente de las circunstancias.
- Cooperación y comprensión para evitar el deseo de dominio sobre los demás, respetando sus derechos y opiniones.
- Ser fieles a las promesas que hemos hecho, de esta manera, somos fieles con nosotros mismos.
- Cumplir responsablemente con las obligaciones que hemos adquirido.
- Aparcar simpatías e intereses propios, para poder juzgar y obrar justamente.
- Esforzarnos por vivir las leyes, normas y costumbres de nuestra sociedad.
- No tener miedo a que “me vean como soy”. De cualquier manera, mientras no hagamos algo para cambiar, no podemos ser otra cosa.
La autenticidad da a la persona una natural confianza, pues con el paso del tiempo ha sabido cumplir con los deberes que le son propios en el estudio, la familia y el trabajo, procurando perfeccionar el ejercicio de estas labores superando la apatía y la superficialidad, sin quejas ni lamentaciones. Por la integridad que da el cultivo de este valor, nos convertimos en personas dignas de confianza y honorables, poniendo nuestras cualidades y aptitudes al servicio de los demás, pues nuestras miras van más allá de nuestra persona e intereses.

Una mañana, mi padre me invitó a dar un paseo por el bosque y acepte con placer. Se detuvo en una curva y después de un pequeño silencio me preguntó:
- Además del cantar de los pájaros, ¿escuchas alguna cosa más?
Agudicé mis oídos y algunos segundos después respondí:
- Estoy escuchando el ruido de una carroza.
- Eso es -dijo mi Padre-. Es una carroza vacía.
- ¿Cómo sabes que es una carroza vacía, si aún no la vemos?
- Es muy fácil saber cuando una carroza esta vacía, por causa del ruido. Cuanto mas vacía la carroza, mayor es el ruido que hace.
Me convertí en adulto y hasta hoy cuando veo a una persona hablando demasiado, interrumpiendo la conversación de todo el mundo, inoportuna, presumiendo de lo que tiene, de sentirse prepotente y haciendo menos a la gente, tengo la impresión de escuchar la voz de mi padre diciendo:
“Cuanto más vacía la carroza, mayor es el ruido que hace.”

Papa Pío XII, declaró el Dogma de la Asunción de la Santísima Virgen en cuerpo y alma al Cielo el día 1 de noviembre de 1950. Las siguientes palabras son de la Bula Munificentissimus Deus :
“Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar la gloria de la misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado, que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrena fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”.
Hace cuatro años, el Consejo Pontificio para la Familia publicó el Lexicón de la familia para poner fin a la ambigüedad terminológica, de apariencia inocua pero que detrás esconde objetivos ideológicos, introduciendo graves confusiones morales. “Cuando se habla de familia en la ONU o en los parlamentos nacionales, los términos y los conceptos ambiguos impiden comprender las intenciones del interlocutor“, decía entonces el Consejo.
Y es que es el objetivo de la ideología de género: rehacer la realidad. El Informe Catania, por ejemplo, contiene al menos seis puntos con eufemismos. En ellos se habla de los derechos reproductivos (donde el aborto se considera como uno de ellos), defensa extrema contra la homofobia (y no contra otras formas de discriminación), se pide la actuación contra la discriminación de la mujer incluida en el matrimonio (intromisión en la vida privada, cargando contra la institución familiar), y se reconoce el derecho a la dignidad al final de la vida (pero ¿con cuidados paliativos o se está camuflando el falso ‘derecho’ a la eutanasia?).
Jesús Trillo, escritor y abogado del Estado, recuerda que “la manipulación del lenguaje se realiza fundamentalmente a través del cambio de sentido de las palabras. Renombrar el mundo es la primera tarea de la deconstrucción de la ideología de género, para trasladarlo después al derecho (derechos de tercera generación o ampliación de derechos) y así a toda la sociedad. Ya lo inició el marxismo”.
Lingüistas de reconocido prestigio y filósofos como López Quintas, han reconocido la existencia de palabras clave o palabras “talismán” que definen cada época histórica. En los siglos XVI y XVII esta palabra era orden; en el XVIII, razón; en el siglo XIX, revolución y en el XX, libertad. “Podría decirse que en el comienzo del siglo XXI, la palabra clave es igualdad, pero igualdad de sexos, de género, que nos lleva a una deconstrucción de la naturaleza y del hombre mismo”, afirma Trillo.
Algunos términos lingüísticos, cuyos significados han sido claramente manipulados por corrientes como la ideología de género, son los siguientes:
Clonación terapéutica
Se presenta como una línea de investigación científica dirigida a curar enfermedades. Pero no sólo no ha curado aún, sino que conlleva la pérdida de vidas humanas; se crean embriones sólo como fuente de células madre. “Implica la producción, manipulación y destrucción de un embrión. No es aceptable considerar al ser humano, en cualquier fase de su desarrollo, como un material de almacén”. Cardenal López Trujillo.
Derechos civiles y humanos
El cardenal Antonio Cañizares considera que “se está perdiendo el sentido real de los derechos humanos, y con ello, el sentido genuino del hombre”.
Homofobia
La RAE la define como aversión obsesiva hacia las personas homosexuales. “Los defensores de la ideología de género califican como homófobo a todo aquel que no comparte sus planteamientos sobre la sexualidad, la familia y el matrimonio, en un intento de limitar la libertad de expresión de quienes pensamos de manera distinta”. Benigno Blanco.
Ideología de género
Sostiene que en materia de sexualidad no existe nada natural, no existen dos sexos, no existen el hombre y la mujer, lo que existe son productos culturales creados por el varón para esclavizar a la mujer y que tenga hijos. Benigno Blanco asegura: “La ideología habla de género y no de sexo, porque el sexo nos ata a dos realidades morfológicas y genéticas, hombre y mujer. Por tanto, género indica construcción cultural que define un papel social de hombres, mujeres, transexuales, o lo que se quiera”.
Interrupción voluntaria del embarazo o IVE
En la misma línea de manipulación de la opinión pública, mediante el uso de un lenguaje con fines utilitaristas, la interrupción terapéutica o voluntaria del embarazo (ITE o IVE) es el término que se utiliza para referirse al aborto.
Muerte digna
“Hoy en día, la muerte digna se propone como una elección de respeto a la voluntad y la autonomía de quien prefiere la muerte a la vida. Como ya ha sucedido con el aborto, una ley tolerante que legalizara la eutanasia supondría una solución permisiva incentivando una costumbre inhumana en perjuicio de otras soluciones éticamente más justas”. Ignacio Carrasco de Paula. Doctor en filosofía.
Orientación afectivo-sexual y educación sexual
“La orientación afectivo-sexual es una categoría de la ideología de género que sustituye el sexo por esta consideración subjetiva. Como fruto de ese término, se acuña el de la diversidad afectivo-sexual para respetar el pluralismo afectivo sexual”, señala Benigno Blanco. Se llega así a la sexualidad polimorfa, que viene a indicar, siguiendo a Freud, que cualquier tipo de prácticas sexuales es igualmente bueno; por ejemplo sitúa en términos de igualdad a la homosexualidad y a la heterosexualidad.
Preembrión
Se acuña el término al “cúmulo de células” que se desarrollan hasta el día 14 después de la concepción y antes de la implantación. “Un embrión de pocos días no es un simple montón de células. Sabemos hoy de manera inequívoca que en el cigoto hay un mapa genético. La organización del embrión está creada antes de su implantación”. Natalia López Moratalla. Doctora en Ciencias Biológicas.
Salud reproductiva
Como el ‘derecho reproductivo’, se utiliza para referirse a la anticoncepción, incluso al aborto. Se ha ido creando toda una categoría de presuntos derechos, llamados reproductivos, que aluden en realidad al falso ‘derecho’ de la mujer a liberarse de la maternidad. “Esta terminología es una hábil máscara que oculta el plan de imponer un drástico control demográfico de los países en vías de desarrollo (…) La falta de toda ayuda en el parto en muchas partes del mundo no parece preocupar a los que han puesto en primer plano el término de salud reproductiva en la agenda de las conferencias internacionales”. Lino Ciccone. Prof. emérito de teología moral y bioética.
Sexo
Para la ideología de género no existe sexo masculino ni femenino, sino todos aquellos que la convención social acepte, como gay, lesbiana, transexual, bisexual. Es lo que en la jerga ideológica se llama identidad de género. “La sexualidad es una dimensión originaria y no derivada. La diferencia sexual no es un hecho meramente accidental y superable, sino que, por pertenecer a la fisonomía constitutiva del hombre, es ineludible”. Angelo Scola, patriarca de Venecia. “No es en absoluto necesario que los seres humanos sean idénticos para que sean iguales… Allí donde no se reconoce a la mujer como una persona en igualdad de derechos, las relaciones humanas inevitablemente son relaciones de violencia”. Georges Cottier. Teólogo de la Casa Pontifica. Lexicón
*Por Marta Santín en Alba Digital
Señor Jesús:
Tu presencia en la Eucaristía ha comenzado con el sacrificio de la última cena y continúa como comunión y donación de todo lo que eres.
Aumenta nuestra FE.
Por medio de Ti y en el Espíritu Santo que nos comunicas, queremos llegar al Padre para decirle nuestro SÍ unido al tuyo.
Contigo ya podemos decir: Padre nuestro.
Siguiéndote a ti, “camino, verdad y vida”, queremos penetrar en el aparente “silencio” y “ausencia” de Dios, rasgando la nube del Tabor para escuchar la voz del Padre que nos dice: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia: Escuchadlo” (Mt. 17,5).
Con esta FE, hecha de escucha contemplativa, sabremos iluminar nuestras situaciones personales, así como los diversos sectores de la vida familiar y social.
Tú eres nuestra ESPERANZA, nuestra paz, nuestro mediador, hermano y amigo.
Nuestro corazón se llena de gozo y de esperanza al saber que vives “siempre intercediendo por nosotros” (Heb. 7,25).
Nuestra esperanza se traduce en confianza, gozo de Pascua y camino apresurado contigo hacia el Padre.
Queremos sentir como tú y valorar las cosas como las valoras Tú. Porque Tú eres el centro, el principio y el fin de todo.
Apoyados en esta ESPERANZA, queremos infundir en el mundo esta escala de valores evangélicos por la que Dios y sus dones salvíficos ocupan el primer lugar en el corazón y en las actitudes de la vida concreta.
Queremos AMAR COMO TÚ, que das la vida y te comunicas con todo lo que eres.
Quisiéramos decir como San Pablo: “Mi vida es Cristo” (Flp. 1,21).
Nuestra vida no tiene sentido sin Ti.
Queremos aprender a “estar con quien sabemos nos ama”, porque “con tan buen amigo presente todo se puede sufrir”. En Ti aprenderemos a unirnos a la voluntad del Padre, porque en la oración “el amor es el que habla” (Sta. Teresa).
Entrando en tu intimidad, queremos adoptar determinaciones y actitudes básicas, decisiones duraderas, opciones fundamentales según nuestra propia vocación cristiana.
CREYENDO, ESPERANDO Y AMANDO, TE ADORAMOS con una actitud sencilla de presencia, silencio y espera, que quiere ser también reparación, como respuesta a tus palabras: “Quedaos aquí y velad conmigo” (Mt. 26,38).
Tú superas la pobreza de nuestros pensamientos, sentimientos y palabras; por eso queremos aprender a adorar admirando el misterio, amándolo tal como es, y callando con un silencio de amigo y con una presencia de donación.
El Espíritu Santo que has infundido en nuestros corazones nos ayuda a decir esos “gemidos inenarrables” (Rom. 8,26) que se traducen en actitud agradecida y sencilla, y en el gesto filial de quien ya se contenta con sola tu presencia, tu amor y tu palabra.
En nuestras noches físicas y morales, si Tú estás presente, y nos amas, y nos hablas, ya nos basta, aunque muchas veces no sentiremos la consolación.
Aprendiendo este más allá de la ADORACIÓN, estaremos en tu intimidad o “misterio”.
Entonces nuestra oración se convertirá en respeto hacia el “misterio” de cada hermano y de cada acontecimiento para insertarnos en nuestro ambiente familiar y social y construir la historia con este silencio activo y fecundo que nace de la contemplación.
Gracias a Ti, nuestra capacidad de silencio y de adoración se convertirá en capacidad de AMAR y de SERVIR.
Nos has dado a tu Madre como nuestra para que nos enseñe a meditar y adorar en el corazón. Ella, recibiendo la Palabra y poniéndola en práctica, se hizo la más perfecta Madre.
Ayúdanos a ser tu Iglesia misionera, que sabe meditar adorando y amando tu Palabra, para transformarla en vida y comunicarla a todos los hermanos.
Amén.

Cuenta una historia de dos amigos marineros que viajaban en un buque carguero por todo el mundo, llegaron a una isla perdida en el Pacífico; desembarcan y se cruzan con una mujer que está arrodillada en un pequeño río lavando ropa. Uno de los dos se enamora al verla y comienza a hablarle y preguntarle sobre su vida y sus costumbres.
Como tiene intención de casarse con ella, va a hablar luego con su padre, que es el jefe del pueblo. El amigo le dice que si se ha vuelto loco, pero le acompaña… El jefe de la tribu lo escucha y le dice que en esa aldea la costumbre era pagar una dote por la mujer que se elegía para casarse. Le explica que tiene varias hijas, y que el valor de la dote varía según las bondades de cada una de ellas, por las más hermosas y más jóvenes se debía pagar 9 vacas, las había no tan hermosas y jóvenes, pero que eran excelentes cuidando los niños, que costaban 8 vacas, y así disminuía el valor de la dote al tener menos virtudes.
El marino le explica que entre las mujeres de la tribu había elegido a una que vio lavando ropa en un arroyo, y el jefe le dice que esa mujer, por no ser tan agraciada, le podría costar 3 vacas. “Está bien”, respondió el hombre, “me quedo con la mujer que elegí y pago por ella nueve vacas”.
El padre de la mujer, al escucharlo, le dijo: “Ud. no entiende. La mujer que eligió cuesta tres vacas, mis otras hijas, más jóvenes, cuestan nueve vacas”.
“Entiendo muy bien”, respondió nuevamente el hombre, “me quedo con la mujer que elegí y pago por ella nueve vacas”.
El padre, pensando que siempre aparece un loco, aceptó y comenzaron los preparativos para la boda. El amigo fue testigo de la boda y a la mañana siguiente partió en el barco, dejando en esa isla a su amigo de toda la vida.
Un día, el itinerario de un viaje lo llevó al mismo puerto donde años atrás se había despedido de su amigo. Estaba ansioso por saber de él, por verlo, abrazarlo, conversar y saber de su vida.
Así que, en cuanto el barco amarró, saltó al muelle y se dirigió al pueblo. “¿Dónde estaría su amigo?, ¿Seguiría en la isla?, ¿Se habría acostumbrado a esa vida o tal vez se habría ido en otro barco?”
De camino al pueblo, se cruzó con un grupo de gente que venía caminando por la playa, en un espectáculo magnífico. Entre todos, llevaban en alto y sentada en una silla a una mujer bellísima. Todos cantaban hermosas canciones y obsequiaban flores a la mujer y esta los retribuía con pétalos y guirnaldas.
El marinero se quedó parado en el camino hasta que el cortejo se perdió de su vista. Luego, retomó su senda en busca de su amigo.
Al poco tiempo, lo encontró. Se saludaron y abrazaron como lo hacen dos buenos amigos que no se ven durante mucho tiempo. El marinero no paraba de preguntar: “¿Y cómo te fue?, ¿Te acostumbraste a vivir aquí?, ¿Te gusta esta vida?, ¿No quieres volver?” Finalmente se anima a preguntarle: “¿Y como está tu esposa?” Al escuchar esa pregunta, su amigo le respondió: “Muy bien, espléndida. Es más, creo que la viste llevada en andas por un grupo de gente en la playa que festejaba su cumpleaños”.
El marinero, al escuchar esto y recordando a la mujer insulsa que años atrás encontraron lavando ropa, preguntó: “¿Entonces, te separaste?
No es la misma mujer que yo conocí, ¿no es cierto?”.
“Sí”. dijo su amigo, “es la misma mujer que encontramos lavando ropa hace años atrás”.
“-Pero, es muchísimo más hermosa, femenina y agradable, ¿cómo puede ser?”, preguntó el marinero.
“-Muy sencillo” respondió su amigo. “Me pidieron de dote 3 vacas por ella, y ella creía que valía 3 vacas. Pero yo pagué por ella 9 vacas, la traté y consideré siempre como una mujer de 9 vacas. La amé como a una mujer de 9 vacas. Y ella se transformó en una mujer de 9 vacas”.
Cuando alguien nos valora y nos estimula, con sinceridad y amor, obramos cambios impensados… Aquella persona que parecía podía dar 5, ahora da 20 porque ha crecido en su confianza. Dar confianza a la gente es lo mejor para todos, pues respondemos mejor a la confianza que a las imposiciones y al control. Si nos encargan cosas cuando aún no sabemos bien como hacerlas, aprendemos. El lema “la confianza está basada en el control” es muy pobre: si tratas a uno como un delincuente, puede ser que se convierta en delincuente, si lo tratas como un santo se volverá santo más fácilmente.
Una persona da más cuando se la valora como lo que es, obra maestra de Dios; se precisa una trasformación del corazón, y para ello el mejor camino es la contemplación: ver cómo Cristo la piensa y la quiere.
Esta es la mejor autoestima, saber que Dios hace las cosas muy bien, nos ha hecho en vistas a su hijo, y “las obras de Dios son perfectas”. Querer a cada uno como es significa también esto: querer a los demás como este proyecto que es obra del amor divino.
*Por Lucía Pou Sabaté
Se puede nacer siendo elegante, pero también se puede aprender a ser elegante. Todo comienza con una decisión interna.
La verdadera elegancia surge de tu interior de mujer; y es la que expresa la forma en que te percibes y te valoras. Así como te sientes, te proyectas. Hoy en día no podemos negar que nuestra presentación personal nos puede servir para abrir puertas o cerrarlas. Pero no es todo. Vemos como hay mujeres que impresionan por su arreglo pero que a la hora de conversar con ellas o poner a prueba sus habilidades en el trabajo dejan mucho que desear. Por lo tanto, ¿Cómo debe ser nuestra imagen?La imagen que des a los demás debe ser auténtica
Quiero decir con esto, que lo que te pongas, que la forma en que te maquilles, que el estilo que escojas para tu cabello debe revelar o acentuar lo mejor de ti misma y de tu propia personalidad. De otra forma, entonces el resultado de tu arreglo personal sería algo “frívolo y falso”.
En proyección de imagen es importante que yo debo seguir siendo yo misma y no una caricatura o alguien que en realidad no soy. Es por esto, que a la hora de arreglarte, sobre todo debes preguntarte: Este peinado ¿afirma que esta soy yo? ¿Esta ropa prolonga la belleza de mi carácter? Este maquillaje ¿complementa mi belleza interior? En conjunto: ¿me siento yo misma?
La imagen que proyectes debe incluir los buenos modales
De nada sirve ver a una mujer vestida a la última y con un maquillaje y cabello impecable, si a la hora de relacionarse con los demás, espanta por sus actitudes personales. Los Buenos modales, lo exquisito del alma femenina es lo que hace que una mujer sea elegante o no lo sea. La forma en que saludas, la manera en que caminas, te sientas, hablas… sí comunica todo de ti a los otros. Por esto, ten cuidado a la hora de expresarte. Sobre todo, si eres una profesional nueva o una chica en búsqueda de su primer empleo.
Además de tu talento profesional, tu talento en relaciones humanas cuenta. Pues las relaciones humanas son la esencia de la consideración y el respeto que los demás merecen.
Nuestra imagen debe proyectar nuestros valores personales
Tú estás exhibiendo una pintura de ti misma. Eres tu propio retrato. Cuando un pintor, tiene en mente una nueva obra, piensa en todo y el resultado de su obra, es la expresión misma de su alma. Por lo tanto, el conjunto total de tu persona a la hora de vestirte, debe ser el resultado y la proyección de tus valores personales y de tus metas como mujer y profesional.
“Dime con quien andas y te diré quien eres…” dice el refrán. Dime cómo te vistes y te diré a donde quieres llegar y cuanto te respetas… agrego. Piensa muy bien en esto, ¿Por qué una mujer que tiene aspiraciones políticas es muy cuidadosa en su apariencia? ¿Por qué cuando vamos a una entrevista en una empresa como la banca o empresa educativa ponemos cuidado en el largo de la falda? ¿Por qué, a pesar del culto que hoy se le da al cuerpo, sigue existiendo la moda clásica y conservadora? ¿Por qué será que muchas veces al reflexionar en todo esto, nos parece un poco anticuado?
Vivimos en una época en que si no eres parte de la masa, entonces “eres diferente” y la sociedad rechaza a todo aquel que se atreve a ser diferente. Por esto, es muy importante, que a la hora de ir en la búsqueda de tu propio estilo personal, analices muy bien que tu imagen debe ser auténtica, que los modales son importantes y que no se puede ser elegante si no están de por medio los valores personales.
*Por Sheila Morataya

Cada día estoy más convencida de que no ver el telediario ayuda al optimismo.
Se empeñan en hacernos creer que somos malos. Y no hablo de los políticos. Parece que el mundo está lleno de violadores, pederastas, asesinos en serie, atracadores de joyerías y chalets de lujo, menores criminales que se pasan el día drogados, borrachos y repartiendo leña a los compañeros de instituto, etc.
Todo esto crea un desasosiego desesperante en el espectador que le hace fácilmente manipulable.
La realidad es que hay mucha gente buena. Que muchos adolescentes y jóvenes dedican estos días de vacaciones para colaborar en con distintas ongs en todo el mundo; y que también saben divertirse de un modo sano.
La realidad es que hay muchos matrimonios fieles y generosos, que sabe mantener la familia unida.
La realidad no es negra como la presentan en la televisión. A veces hay que recordarlo. Hay mucha gente buena, aunque no sea noticia.

La Iglesia Católica celebra hoy la Transfiguración del Señor. Leemos en la biblia que Jesús se llevó a un monte alto a Pedro, Santiago y Juan y allí se tranfiguró ante ellos.
Intento ponerme en la piel de esos tres discípulos y entiendo su temor y desconcierto, a la vez que una sensación de bienestar que les lleva a pedir a Jésús levantar tres tiendas para quedarse allí. Supongo que para ellos fue un anticipo del Cielo.
Cuantas veces Dios se manifiesta en nuestra vidas a través de acontecimientos, personas o las cosas más sencillas y no somos capaces de verlo.
Señor, enséñanos a verte siempre.
Que no permanezcamos impasibles ante tu Amor.
Juan Pablo II, en “Don y Misterio”
«En el camino de regreso de Bélgica a Roma, tuve la suerte de detenerme en Ars. Era al final del mes de octubre de 1947, el domingo de Cristo Rey. Con gran emoción visité la vieja iglesita donde San Juan María Vianney confesaba, enseñaba el catecismo y predicaba
sus homilías.
Fue para mí una experiencia inolvidable. Desde los años del seminario había quedado impresionado por la figura del Cura de Ars, sobre todo por la lectura de su biografía escrita por Mons. Trochu. San Juan María Vianney sorprende en especial porque en él se manifiesta el poder de la gracia que actúa en la pobreza de los medios humanos. Me impresionaba profundamente, en particular, su heroico servicio en el confesionario.
Este humilde sacerdote que confesaba más de diez horas al día, comiendo poco y dedicando al descanso apenas unas horas, había logrado, en un difícil período histórico, provocar una especie de revolución espiritual en Francia y fuera de ella. Millares de personas pasaban por Ars y se arrodillaban en su confesionario. En medio del laicismo y del anticlericalismo del siglo XIX, su testimonio constituye un acontecimiento verdaderamente revolucionario.
Del encuentro con su figura llegué a la convicción de que el sacerdote realiza una parte esencial de su misión en el confesionario, por medio de aquel voluntario “hacerse prisionero del confesionario”. Muchas veces, confesando en Niegowic, en mi primera parroquia, y después en Cracovia, volvía con el pensamiento a esta experiencia inolvidable.
He procurado mantener siempre el vínculo con el confesionario tanto durante los trabajos científicos en Cracovia, confesando sobre todo en la Basílica de la Asunción de la Santísima Virgen María, como ahora en Roma, aunque sea de modo casi simbólico, volviendo cada año al confesionario el Viernes Santo en la Basílica de San Pedro»
El padre José Luis Martín Descalzo narraba una anécdota que le sucedió a un compañero de trabajo. Este amigo suyo volvía de la oficina a su casa. Al llegar a la estación compró, como siempre, un billete de metro, pero al pagar se llevó una sorpresa. La chica que le atendía, con una sonrisa tímida, le respondió:
«Hoy no tiene usted que pagar».
El hombre se quedó de una pieza. Preguntó el porqué.
«Porque ayer se fue sin coger la vuelta”
¿Acaso recordaba su rostro? ¿Conocía quién era? Nada de eso. La chica ni siquiera había estado el día anterior; pero una compañera le había dicho por la mañana: «Cuando venga el señor que siempre nos da las buenas tardes, dile que hoy no tiene que pagar». Con esta referencia, la muchacha en turno supo puntualmente de quién se trataba.
Una hermosa experiencia que hace brillar la nobleza de un corazón.
Sin embargo, esta misma luz pone de manifiesto la oscuridad de tantas personas que han olvidado ya ser amables con los demás. ¡Cuántas personas pasarían por aquellas taquillas del metro madrileño! Y sólo una de ellas era inconfundible porque era «el señor que siempre nos da las buenas tardes».
En la cultura que se ha ido imponiendo en nuestros días parece que ser amable es ser amilanado, débil o, simplemente, tonto. Expresiones que denotan respeto y educación se evitan, ya que el usarlas nos haría quedar mal delante de nuestro “círculo de amistades”.
Si le doy las gracias al camarero que me sirve la mesa dejaría entrever que estoy necesitado de su servicio. Como en todos los casos implica una degradación de nuestra grande personalidad, mejor no usarlas para poder aparecer como alguien fuerte y seguro de sí mismo.
Ser amable no es sinónimo de falta de reciedumbre. Todo lo contrario, produce más admiración y gratitud quien dice: «pase usted» que quien simplemente se echa a un lado para quitarse de enfrente de la puerta. Ser cordial indica mayor entereza y domino que poner un rostro frío de absoluta indiferencia. El “duro” se hace respetar, el cortés es respetado por lo que es.
Ocasiones no faltan
Siempre tenemos cientos de oportunidades para ser amables con los demás. Basta pensar que, cada mañana, podemos decir «buenos días» a nuestros padres, a nuestro cónyuge, a nuestros hijos, a los profesores, a los compañeros de oficina o al conductor del autobús.
Ceder el asiento en el metro a una señora o a un anciano se puede hacer con facilidad. Desear un buen día de trabajo al camarero de nuestro café preferido no cuesta mucho. Oportunidades, desde luego, no faltan; sólo hay que descubrirlas y hacer la costumbre.
Este tipo de detalles es el que cambia rostros y alegra atmósferas enteras. Las relaciones se estrechan. Las sonrisas se multiplican. El trabajo se disfruta. El corazón rejuvenece. Se acrecienta el deseo de compartir el tiempo. ¿Por qué? Porque la gente se siente tratada con el respeto y la dignidad de lo que verdaderamente son: personas e hijos de Dios. Y todo esto depende tan sólo de un sencillo «buenos días».
¡Vence el mal con el bien!
Por Andrés Ocádiz Amador

Crisis de valores. Es lo que argumentan algunas voces en los medios para justificar los desagradables sucesos que estamos viviendo: la desaparición de Marta del Castillo, y las diversas violaciones a menores por parte de adolescentes o crímenes pasionales.
Cierto es que la ausencia de valores, que no los proporciona ni el prototipo de juventud que promociona la televisión; ni el fomento de la promiscuidad; ni el fácil acceso al alcohol y las drogas; crea un caldo de cultivo ideal para que pequeños delincuentes campen a sus anchas sin ningún tipo de límite.
Por eso, cuando una tiene conocimiento de que aún quedan padres que no están dispuestos a claudicar en la formación de sus hijos, experimenta el alivio de que no todo está perdido. Existen medios y soluciones, aunque requieran el esfuerzo tanto de los padres como por parte de los hijos.
Tal es el caso del Proyecto Genia, que desde hace un par de años se pone en práctica en varias asociaciones culturales juveniles. Es un completísimo programa, del que se benefician adolescentes de 9 a 15 años. Los padres, junto con monitoras especializadas, invierten en la formación y educación de sus hijos en aquellos aspectos que parecen estar en desuso, pero que la experiencia está demostrando que son absolutamente necesarios.
Este proyecto puede ser adquirido por asociaciones y colegios, de modo que puedan beneficiarse de él chicos y chicas de cualquier parte del país.
Se intenta fomentar la dignidad de la mujer, eliminando cualquier elemento sexista. Los chicos aprenden nociones de protocolo, de urbanidad, cocina, decoración, técnicas de estudio que mejoren su rendimiento académico, moda, espíritu de servicio … todo esto bajo la suervisión paterna.
Ni que decir tiene que los padres están encantados, ya que ellos se están implicando más en la educación de sus hijos; y esto se manifiesta en la evolución positiva de los chicos. Lo que contibuye a la armonía familiar.
Triste es que los medios no se hagan eco de estos proyectos tan positivos para la sociedad y sólo se difundan noticias desagradables.
Muchos jóvenes dedican estos días estivales para colaborar con distintas ONGS en la India, en Sudamérica, África o en países europeos del Este que necesitan tiempo y ayuda para reconstruirse tras las guerras padecidas en los últimos años del s. XX.
Ellas sonríen cuando quieren gritar,Cantan cuando quieren llorar,
Lloran cuando están felices y ríen cuando están nerviosas.
Luchan por lo que quieren.
No toman un “no” por respuesta cuando creen que hay una mejor solución.
Andan sin zapatos nuevos para que sus hijos los puedan tener.
Van al medico con una amiga asustada.
Aman incondicionalmente.
Son felices cuando se enteran de un nacimiento o un nuevo matrimonio.
Sufren con la pérdida de un miembro de la familia, aunque son fuertes cuando creen haber perdido la fuerza.
Saben que un beso y un abrazo pueden curar un corazón herido.
Ellas conducen, vuelan, caminan, corren o escriben por correo electrónico para demostrarte cuanto les importas.
El corazón de una mujer es lo que hace al mundo girar.
Las mujeres hacen más que dar a luz. Traen alegría y esperanza. Ellas dan compasión e ideales.
Dan apoyo moral a sus familiares y amigos.
Las mujeres tienen mucho que decir y mucho que dar.
Assumpta Marti Carbonell
Existe muy buena bibliografía sobre el Opus Dei, así como testimonios de los primeros miembros de la Obra.
La editorial Rialp ha ido editando algunos de esos libros, que no dejan de ser históricos. Me refeiero, a que ya no es sólo la historia del Opus Dei, sino el contexto socio cultural en que se desarrollan los hechos en cada país.
Estos libros despiertan mi interés especialmente, ya que sus distintos autores cuentan de primera mano como se fue desarrollando el Opus Dei en sus primeros años. Son personas, algunas ya fallecidas, que vivieron con san Josemaría unos comienzos difíciles. Los que hemos venido a la Obra cuando esta ya estaba constituidda como Prelatura Personal, nos hemos encontrado uncamino trillado gracias a la entrega y fidelidad “de los mayores” a su vocación y a las enseñanzas de San Josemaría. Así que su lectura es para mí interesante.
El último de esos libros que he leído es Memoria Ingenua y su autor Alfonso Balcells Gorina, médico catalán que vivió los comienzos de la Obra en Barcelona, aún sin serlo él.
Con un estilo descomplicado nos habla de la burguesía barcelonesa antes, durante y tras la guerra civil española. Ballcels conoció a Escrivá en Teruel, durante la guerra civil, pero no fue hasta los años 40, tras haber terminado su carrera de medicina cuando pidió la admisión en el Opus Dei.
No obstante, habiendo creado una amistad con universitarios como Juan Bautista Torelló o Rafael Termes, entre otros; colaboró con la puesta en marcha de los primeros centros del Opus Dei en Barcelona.
Quien haya leído alguna biografía de san Josemaría, sabrá que él se refería a “la contradición de los buenos” a los sufrimientos que les causó a él mismo y a aquellos chicos universitarios las duras críticas e injurias dirigidas hacia ellos por parte de algunos clérigos. No entendían que señores que vestían traje de chaqueta y corbata pretendiesen ser santos.
La lectura del libro de Balcells ayuda a entender por qué tuvieron lugar estos acontecimientos, pues explica muy bien el ambiente de asociacionismo clerical existente en la Barcelona de los años 30.
Alfonso Balcells, con gran caridad excusa a aquellas personas, que seguramente obraron con rectitud de intención, aunque estuviesen equivocados. Esta situación que tanto hizo sufrir a quellos chicos y a sus familias, seguramente sirvió para afianzar la fidelidad a su vocación.
La docilidad es el valor que nos hace tener la suficiente humildad y capacidad para considerar y la experiencia y conocimientos que los demás tienen.
La docilidad nos ayuda a ser más sencillos, pues nos dispone a escuchar con calma y atención, a considerar con mayor detenimiento las sugerencias que nos hacen y a tomar decisiones más serenas y prudentes en base a la información recibida.
Pocas veces en nuestra vida pensamos en la necesidad que tenemos de los demás, generalmente intentamos solucionar, decidir y ejecutar todo según nuestro criterio; y efectivamente, tendremos bastantes aciertos, pero también muchos fracasos y errores por considerar como inútiles los consejos que recibimos de quienes nos rodean.
Podemos suponer que la docilidad nos convierte en personas inútiles, dependientes, influenciables, faltos de carácter y de decisión, pero cualquier persona que desea aprender y desempeñarse satisfactoriamente en alguna disciplina (deporte, oratoria, pintura, mecánica, etc.), o mejorar en su vida personal, se pone voluntariamente bajo la tutela de alguien que conoce y domina el área en cuestión, con el fin de progresar rápidamente y por un camino seguro.
Pedir ayuda y dejarse guiar sería muy sencillo si evitáramos considerarnos superiores, la calidad de la opinión la medimos con unos criterios muy subjetivos: edad, posición profesional o social, grado de amistad y de mutua simpatía… y en resumidas cuentas nadie cumple con nuestras expectativas porque deseamos un guía que sea condescendiente con nuestro modo de ser y caprichos, con una exigencia “moderada” y un carácter a nuestro gusto.
Por si fuera poco vivimos con la certeza de ser el blanco de la mala voluntad de nuestros semejantes: nuestra falta de carácter nos hace ver críticas, molestias y envidias detrás de las recomendaciones que se hacen respecto a nuestro trabajo, conducta y personalidad. La docilidad nos permite advertir en cada situación una oportunidad de mejora personal o de beneficio para los demás.
Lo importante es reconocer que existen personas con experiencia y habilidades personales para aconsejarnos. Quien se interesa por nosotros nos hará ver defectos y errores; pedirá una reacción que afecte a nuestra comodidad y pereza; sanamente criticará nuestro modo de ser, carácter y conducta, pero todo persigue un fin: lograr nuestra mejora personal en todos sentidos. Ahora descubrimos a los padres, profesores, jefes y amigos que nos han dicho cosas que nos eran incómodas, pero tenían razón en exigirnos, en pedir un cambio en nuestro proceder. Si hubiéramos hecho caso esa vez…
Es curioso pensar que las personas menos dóciles, son aquellas que solicitan una mayor respuesta y disposición a las exigencias que proponen. La docilidad exige ejemplo, intercambio y disposición personal para lograr un beneficio mutuo.
Al poner nuestro criterio por encima de todo, mostramos resistencia y poca apertura a todo lo que significa cambio: el profesor que se empeña en corregir nuestro comportamiento o el nuevo sistema de trabajo que debemos implementar y seguir. En algunos temas nos consideramos especialistas y rechazamos ideas y opiniones por auténtica necedad: el pariente que opina sobre como educar a los hijos; el amigo que nos aconseja dedicar más tiempo a la familia: la vecina que habla sobre la manera de administrar y organizar las labores del hogar.
Es necesario estar alerta para descubrir a cada instante las oportunidades que la vida nos da para ser mejores, los buenos consejos y sugerencias pueden venir de cualquier persona en los momentos y lugares menos esperados.
Para ser más dóciles podemos considerar los siguientes puntos:
- Considera que las personas que más te exigen, te estiman o cumplen con su obligación (casa, escuela, trabajo).
- Aprende a considerar todo lo que te sugieren aunque no necesariamente te guste. No olvides concretar tu buena disposición con acciones.
- Primero obedece y sigue indicaciones, después haz las observaciones pertinentes.
- Haz el propósito de mejorar en un punto de los que más te insisten en casa, la oficina, la escuela o con los amigos, siguiendo los consejos recibidos; siempre y cuando sea algo bueno.
- Evita criticar a las personas que insisten en orientarte y procura descubrir su buena intención y el benéfico que obtendrás.
Al ser dóciles obtenemos muchos benéficos personales, pues hace de nuestra obediencia una colaboración gustosa para alcanzar objetivos personales o de conjunto; incrementa nuestra capacidad de adaptación a las nuevas exigencias y circunstancias que con relativa frecuencia se presentan; nos da la madurez para evitar empeñarnos en ser nuestros propios guías y jueces; se incrementa nuestro respeto y consideración por todas las personas.
Lo más importante es saber que la persona dócil es feliz poniéndose en manos de los demás, generando confianza por la seguridad que tiene de aprender a mejorar todo lo que a su persona concierne.
Un joven, después de sufrir un grave accidente de circulación, fue llevado a un hospital. Poco tiempo después avisaron a su madre de que su hijo estaba muy grave. La mujer se personó en el hospital y pidió ver a su hijo. Los médicos le dijeron que su hijo luchaba entre la vida y la muerte, que la menor excitación podía resultarle letal… además que no la reconocería porque estaba inconsciente.
La madre prometió que no le hablaría ni haría el menor ruido, pero suplicó que le permitieran entrar en la UVI, y estar un tiempo con él. Accedieron a su petición, pero le encarecieron que no pronunciara ni una sola palabra. La madre, con el corazón destrozado, obedeció.
Los ojos de su hijo estaban cerrados. Ella le puso suavemente la mano en su frente y le acarició la mejilla, tal como ella solía hacerlo cuando el joven moribundo era niño.
No transcurrió mucho tiempo cuando el joven, sin abrir los ojos, susurró:
- «Madre, has venido…»
Así despertó. El contacto, la caricia, la ternura, el afecto venidos de la mano de la madre le devolvió a su infancia, recordándole su protección y seguridad. Supo que su madre estaba allí, junto a él. Era el poder de la ternura.
- El ojo de la ternura que nunca duerme… es la madre.
- El oído que jamás se cierra… es la madre.
- La mano que ayuda, acuna y acaricia… es la madre.
- Hay un amor, una ternura que nunca falla… es la madre.
- Balzac escribía: «Las flores siempre hacen bien y nunca mal».
- Pablo VI decía: «Toda la historia de la salvación y todo el evangelio es amor, es la ternura de Dios que salva».
Por J. M. Alimbau
La moda es un fenómeno universal- en el tiempo y en el espacio porque es humano, “naturalmente” humano, y profundamente humano, escribe Rafael Alvira, catedrático de Filosofía de la Universidad de Navarra. Por esto mismo más que al hombre la moda apasiona a la mujer. El hombre y la mujer desde los tiempos más remotos y a partir de los primeros relatos de la Biblia en Adán y Eva se dan cuenta que no tienen, es decir que no están vestidos. Inmediatamente buscan cubrirse con hojas y después seguramente con pieles de animales. Se puede decir que los primeros padres de la humanidad iniciaron así el concepto del vestido.En esta época de la modernidad vestirse es importante tanto como lo ha sido en siglos pasados, épocas en el período de Luis XV y María Antonieta serán recordadas siempre por la exhuberancia y lujo en los vestidos y cabellos no sólo de mujeres sino también de hombres. Y es que con el vestido expresamos nuestra personalidad, valores y espíritu. Además con el vestido anunciamos nuestra pertenencia a una u otra clase social. La vestimenta definitivamente refleja el pensamiento de una persona y por ello mismo el acto de vestirse o de adoptar un estilo personal propio no es algo de deba tomarse tan a la ligera.
Ser y vestirse
El vestido tanto para el hombre como para la mujer tiene una función expresiva muy particular. En el caso de la mujer cada una busca expresar sus gustos, finura o ausencia de espíritu, valores o no que rigen la vida. Cuando la mujer se viste y acicala su imagen, el motivo que debería moverla no debería ser exhibir un cuerpo lindo y bien conservado por las dietas o los ejercicios, sino más bien el inspirar a través de su buen gusto y decoro a otras más jóvenes a ir tras la búsqueda de la verdad, manifestada en su arreglo personal. Sólo las mujeres podemos hacer esto y enseñarlo a otras.
A manera de ejemplo se puede mencionar que los animales no se visten porque no son capaces, en sentido radical, de tener. Además de esto, ellos no tienen nada que expresar pues no esconden nada, ni tienen que pasar esta o aquella prueba en sociedad. En realidad la exterioridad en el sentido propio de la palabra sólo la puede tener aquel que posee una interioridad. Y es el ser humano constituido por una unidad substancial de cuerpo y espíritu el único que puede vivir una interioridad desde su sexualidad masculina o femenina.
Es precisamente y aunque suene repetitivo como de acuerdo a esa finura de ser interior el hombre o la mujer se visten, son creativos con su arreglo personal y su forma de presentarse exteriormente al mundo. Si en ese interior hay valores vivos el resultado será una presencia que encanta, llena de buen gusto y elegancia. Si por el contrario se va por el mundo comprando todo lo que esta de moda sin considerar el mundo interior, el resultado exterior anunciará frivolidad y vacío.
Por eso se podría aseverar la frase “vístete y muéstrame tu dentro”. Ya que el vestido, la ropa, sirve para que cada uno exteriorice del modo en que a mi me parezca, lo que soy por dentro. Con lo que me ponga como mujer busco ser vista, llamar la atención de una forma provocativa o por el contrario inspirar respeto. Con el vestido puedo dejar las piernas al descubierto con una minifalda o cubrirlas para cuidar el interior. Como mujer si tengo un cuerpo lindo, no importando la edad que tenga, puedo decidir hasta donde voy a mostrar y exhibirlo. Pero para poder ver claramente esto debo estar en íntima conexión con los valores que me he decidido a vivir.
Por Sheyla Morataya
Un hombre de cierta edad vino a la clínica donde trabajo, para curarse una herida en la mano. Tenía bastante prisa y mientras lo atendía le pregunté sobre el motivo de su urgencia.
Me aclaró que tenía que ir a una residencia de ancianos para desayunar con su mujer que vivía allí.
Llevaba algún tiempo en ese lugar y sufría Alzheimer. Mientras terminaba de vendar la herida, le pregunté si ella se alarmaría en caso de que él llegara tarde esa mañana.
- No, me dijo, ella ya no sabe quién soy. Hace ya casi cinco años que no me reconoce.
- Entonces, le pregunté extrañado, ¿y si ya no sabe quién es usted, por qué esa necesidad de ir todas las mañanas y de llegar tan puntual?
Me sonrió, y dándome una palmadita en la mano, me dijo: «Ella no sabe quién soy yo, pero yo todavía sé muy bien quién es ella».
Tuve que contener las lágrimas, y mientras salía pensé: «Ésa es la clase de amor que quiero para mi vida; el verdadero amor no se reduce a lo físico o romántico, el verdadero amor, es la aceptación de todo lo que el otro verdaderamente es, de lo que ha sido, de lo que será, y de lo que ya nunca podrá ser».

La elegancia no se puede explicar. Como la belleza, sólo se puede mostrar. No es codificable. No se puede elaborar un prontuario al cual acudir en caso de duda; la persona elegante encuentra en sí misma el modo de comportarse y de vestirse.
Es, sin embargo, un pequeño código personal que se alimenta de la experiencia, el recuerdo, la tradición personal; se nutre desde la percepción interior de lo bello, de la costumbre personal del gusto por lo bello. Un pequeño código que, cada día y con medida, se va renovando; no es elegante el que viste siempre de la misma manera, repite siempre los mismos gestos, se comporta siempre del mismo modo, sino quién, en nuevas circunstancias, sabe encontrar el nuevo modo de comportarse, se renueva. La elegancia se mueve, por tanto, entre el ritmo tradicional y las tensiones de lo nuevo.
La elegancia tiene como presupuesto que el traje responda a la edad, a la personalidad, conformación física de quién lo lleva y, además, se encuentre en armonía con el lugar y la circunstancia en los que se lleva. Se desvela, además, por los detalles, es la suma de pocos y pequeños elementos: una joya, un cinturón, los zapatos o el bolso, el peinado, etcétera.
Ir “a la moda” no es siempre ser elegante. A menudo la moda es un factor de… falta de elegancia si no es filtrada por los criterios estéticos personales: un depósito de moda que consiste en la propia esencia, la forma de presentarse, actuar, moverse y vestirse que han originado en cada uno su estilo personal.
Si aquello que está de moda es por sí mismo elegante, incluso quién no tiene ese estilo corre pocos peligros al llevarlo… pero si la moda de por sí no lo es, es muy fácil caer en la vulgaridad.
Sin duda una virtud indispensable en nuestro caminar, es la paciencia. Y la necesitamos cada día, cada hora, siempre.Juan XXIII, el Papa Bueno, tenía por escrito este propósito: “Con el prójimo, mansedumbre, longanimidad, paciencia, paciencia, paciencia sin fin”.
Sí, la virtud de la paciencia hay que ejercitarla y para ello sobran oportunidades. En el hogar, en los viajes, en el trabajo, en el estudio, en el deporte, con el cónyuge, con los hijos, con los abuelos, con los vecinos, detrás y ante el mostrador… y con nosotros mismos.
Las sorpresas que nos presentan la vida, esas dificultades y contratiempos inesperados, nos obligan a practicar la paciencia. Esas molestias que debemos soportar son como la materia prima para construir nuestra santificación. Y esa es nuestra vocación. Y donde pasan los pacientes, los santos, se va quedando Dios.
Quien sabe soportar y aceptar con alegría los defectos que aparecen en el prójimo, se va convirtiendo en héroe. San Pablo, escribiendo a los de Éfeso les recomienda: “Sean humildes, amables, pacientes y sopórtense unos a otros con amor” (Efesios 4, 2)
Si rechazamos a personas molestas y “pesadas”, o escapamos diplomáticamente de una responsabilidad, desperdiciamos la ocasión que nos ofrece Dios de practicar la virtud de la paciencia.
La virtud de la paciencia nos ubica en un camino de autodisciplina que nos ejercita para saber callar, evitar roces, a no ventilar sufrimientos o aventuras ajenas, ni dolores propios… porque las lamentaciones nublan el día, entristecen el corazón y descontrolan la paz.
Dicen que no hay rosas sin espinas… Que en el jardín de nuestra vida florezcan la rosas de las buenas obras, pero que sus espinas no hieran a nadie. Aquí viene bien recordar el pensamiento poético de Teresa de Jesús:
“Nada te turbe,
nada te espante.
Todo se pasa.
Dios no se muda.
La paciencia todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene nada le falta.
Sólo Dios basta”.
La práctica de la virtud de la paciencia nos da equilibrio y vigoriza nuestra personalidad.
Se trata de la última entrada del blog Siete en familia
Recomiendo su lectura, porque es muy edificante.

Cuando las cosas se ponen feas y los problemas parecen no tener solución, resulta de gran ayuda saber afrontar la situación con una sonrisa que le quite dramatismo. El sentido del humor es un mecanismo psicológico muy sofisticado que permite aumentar la eficacia con la que nos enfrentamos a las situaciones.
El diccionario emparenta el sentido del humor con la jovialidad y la agudeza y, en general, con la buena disposición personal para hacer las cosas. Y es que, en la mayoría de las ocasiones, la forma de resolver una situación complicada, y el éxito o fracaso del intento, depende más de la actitud con que se afronte que de la aptitud objetiva para poder resolverlo. Una filosofía optimista de la vida ayuda en gran manera a salir del atolladero y a buscar soluciones en lugar de quedarse atascado en los problemas.
Optimismo inteligente
Por supuesto, la solución a los problemas no vendrá por sí sola por el simple hecho de sonreír. No se trata de reír por reír, sino de afrontar las situaciones difíciles con una actitud positiva. El estado de ánimo determina las acciones que se llevan a cabo. Para mantener una actitud activa y no dejarse arrastrar por los problemas, se hace imprescindible saber relativizar el problema, observarlo con cierta distancia para suavizar su impacto negativo. Es lo que algunos psicólogos llaman “optimismo inteligente”. No en vano, son muchos quienes defienden que el principal rasgo que nos distingue de los animales es la capacidad para sonreír. El humor, sin embargo, no es una capacidad innata del ser humano. No se nace con él, sino que se va aprendiendo a lo largo de la vida, y puede aumentarse o potenciarse con un poco de esfuerzo.
Cualidad a desarrollar
Si bien el carácter puede marcar a una persona más hacia la inhibición o hacia el entusiasmo, todo el mundo puede tener sentido del humor. Desarrollarlo sólo es cuestión de entrenamiento. La actitud positiva ha de fomentarse diariamente, y puede resultar muy difícil de lograr para personas acostumbradas a ver sólo el lado negro de las cosas. En los casos extremos, se puede recurrir incluso a cursillos especializados, impartidos por psicólogos, que empujan a desarrollar el lado positivo incluso al más pesimista.
Síntoma de inteligenciaPor otro lado, el sentido del humor no sólo ayuda a afrontar mejor los problemas, sino que además ayuda a desarrollar la inteligencia y la rapidez de reflejos. La base de la risa y del humor está en sacar las cosas de contexto, invertir situaciones habituales … Tiene un gran componente de instinto de supervivencia, de escudo ante los problemas insuperables. Existen estudios que demuestran que las personas que atraviesan situaciones difíciles son las que desarrollan un humor más agudo y lúcido, sacando punta a circunstancias incluso de extremada gravedad. Entrenar el cerebro para darle la vuelta a las situaciones de esta forma estimula la inteligencia y la velocidad de respuesta de la mente.
Humor y capacidad de crítica
Sin embargo, como en todo, no conviene caer en los extremos. Existen personas que se refugian en la burla, la ironía, el sarcasmo y la ridiculización constante de las personas que le rodean como medio de autoprotección. Otras lo hacen con un humor tan ingenuo que cualquier cosa les hace reír. Ninguno de los dos extremos es bueno.
Para que el humor sea saludable tiene que ser, ante todo, respetuoso, y tiene que permitirnos ver la realidad con cierto grado de crítica. Un humor demasiado ácido, o demasiado cándido, acaba siempre por traer más problemas de los que soluciona. Lo ideal es reírse con los demás y no de ellos, y, por supuesto, que los demás se rían con uno y no de uno.

Una de las virtudes mejor valorada por todas las personas es la amabilidad, ser afables. Una persona puede ser educada, bien vestida…, pero si además es agradable y amable, entonces es una persona encantadora. Una persona amable, por norma general, es una persona con buenos modales.
Hay un frase, de Alfred Capus, que nos indica de forma perfecta que es la amabilidad: ” Una persona amable es aquella que escucha con una sonrisa lo que ya sabe, de labios de alguien que no lo sabe”. La amabilidad nos ayuda a causar buena impresión a los demás, aún a costa de hacer algún pequeño sacrificio.
Aunque el término “amabílitas” proviene del latín con un significado de amado, de ser amado o preferido, para nosotros hemos tomado el significado más actual y moderno que tiene que ver con las normas de conducta más que con los sentimientos.
El término amabilidad. engloba muchos conceptos: interés por los demás, respeto, consideración … En sí misma encierra muchos de los aspectos fundamentales de una persona bien educada.
“Aunque pudiera hacerme temible, preferiría hacerme amable” dijo Michel Eyquem de la Montaigne. Y es que una persona amable es querida y respetada. La amabilidad es un profundo sentimiento que solamente se manifiesta en ciertas actitudes. La amabilidad se manifiesta en cualquier momento; debe surgir de manera espontánea. La amabilidad no se fuerza, pues perdería su naturalidad dejando de ser amabilidad para convertirse en algo fingido, parecido a la amabilidad sin serlo.
La amabilidad es generosidad y hay que derrocharla. Hay que ser amables con todo el mundo, no sólo con las personas que conocemos. La amabilidad abre puertas, auna culturas y ayuda a una convivencia mejor .
Una persona amable es aquella que nos ayuda, por ejemplo, a cambiar una rueda pinchada de nuestro automóvil, que nos deja llamar por teléfono desde su casa si lo necesitamos, que nos deja una herramienta, etc. Estamos rodeados de gente amable. Sigamos pasando ese “testigo” y contagiando la amabilidad. Solamente una cosa más, no abuse de ella. No sea empalagoso, llevando su amabilidad al límite de lo exagerado, siendo demasiado “atento”.
Traigo este texto de la web de Familias numerosas de Albacete. Humor y sentido común.
(Traducido de una recopilación realizada por Karen Plomp, cuyo original puede leerse aquí)
Como madre de familia numerosa me formulan las mismas preguntas una y otra vez; y otros padres de familia numerosa me han comentado que les sucede lo mismo. Algunos de nosotros responden con ingenio, aunque algunas respuestas son ligeramente sarcásticas para mí. En cualquier caso es divertido fantasear que las usas con alguien. Aquí tenéis la Lista Oficial de Preguntas más Frecuentes (FAQ). Siéntete libre para usarla o distribuirla siempre que conserves el copyright. Una observación: la gente a veces se sorprende y dice las cosas correctamente, no me importa en estos casos contestar amablemente al cuarto que, en 10 minutos, me dice “¡estaréis entretenidos!”, pero otras preguntas como “¿y no pensáis parar?” las considero improcedentes y no me siento obligada a ser amable con ellos.
Quiero agradecer su participación a toda la gente que ha contribuido a este FAQ, ha sido divertido leer vuestros comentarios y escuchar vuestras experiencias.
“¡Estaréis entretenidos!”
•Sí y muy contentos.
•Sí, y nuestro cariño también.
•Sí, mejor estar entretenido que aburrido.
“¿Son todos suyos?”
•No, vengo de alquilarlos.
•Sí, y el mayor se ha quedado en casa con los trillizos.
•No, hay dos del cartero y otro que no estoy segura de quién es…
•No, hay dos que nos siguen desde hace unos minutos.
•No, hay dos que los he comprado en el super.
•¡Oh, nunca había oído esa pregunta antes!
•Por supuesto, ¿o es que se piensa que me los he comprado en una tienda para divertirme?
•Sí, son todos nuestros. Llevamos 22 años casados y son lo único que tenemos para demostrarlo.
•No, tengo dos más en casa.
•Bueno, no son nuestros de nuestra propiedad sino fruto de nuestro cariño…
•¡Síííí, y es que están tan ricos!!! (a los niños les encanta).
•Por supuesto, son… a ver espera… ¿Quién es ése? No es nuestro … ay sí, no me acordaba de que era mío.
•Pues no lo sé… ¿Cuántos hay?.
•Sí, y si tienes alguno que no quieras, también me lo quedo encantada.
•(Si estoy embarazada) Sí, y éste también (tocándome la barriga).
•No, los colecciono desde hace años y acabo de llevarme éstos.
•Sí, es lo que se cree mi marido.
•(Normalmente llevo conmigo a los 7 más pequeños, así que cuando alguien me pregunta esto digo que sí y uno de ellos dice que hay 4 más. Entonces esperamos a que sume 7+4 y vemos la cara que pone).
“¿Vas a tener más?”
•Sí, nos encanta el sexo.
•¿Y a tiqué te importa?.
•Sí, aunque no en este preciso momento.
•Intentamos entrar en el Libro Guiness de los Records de … (añadir lo que sea aquí, record de hijos, de familia más grande viviendo en una misma casa, etc.).
•Sí, siempre quiero tener uno más.
•Es que tenemos un monovolumen de 12 plazas y queremos llenarlo.
•Pregúntamelo dentro de nueve meses.
“¿Y por qué tienes tantos hijos?”
•No lo sé ¿podrías decímerlo tú?.
•Conocemos las razones y nos encanta. Gracias.
•Sí, por fin encontramos la causa y ahora colocamos los cepillos de dientes en vasos separados.
•Me enteré tarde de los motivos: ahora lavo los calzoncillos de mi marido por separado.
•Es porque tenemos una vida sexual intensa.
•Sonría y diga con entusiasmo: “Conozco las causas y me encanta”.
•Apuéstese algo a que es por… amor, amor, amor, sexo, sexo, sexo…
•¡Conozco las causas, así que no se acerque mucho a mí!
•Es por algo que hay en el agua ¿Quiere un vaso?
•O es por algo que hay en el agua o por culpa del sexo, pero no vamos a renunciar a ninguno de ellos.
•Sí, conozco las causas ¡Dios nos los mandó!
•Pues… ¡Será por las frías noches de invierno!
•¡Por culpa de amor y de más amor!
•Sé que es por culpa de algo que me hace sentirme muy bien después de hacerlo…
•¡Porque Dios nos ha querido bendecir con ello!
•Las causas son tres: una buena relación matrimonial, dos corazones generosos y porque Dios ha querido.
“¿Y vais a parar ya?”
•¡Con lo bien que funcionamos!
•¡Con lo bien que nos salen!
•¿Y para qué lo quieres saber?
•¡Con lo bien que nos van las cosas!
“No me explico cómo lo haces, yo no puedo con uno (o con dos)”
•Si yo tuviera dos como los tuyos tampoco podría.
•Sí, no me pareces el tipo de persona que pueda con más de uno (o dos).
•Lo hago como todo el mundo, en la cama y mientras los niños duermen.
•Les pongo asas, es más fácil manejarlos.
•El día tiene 24 horas para todo el mundo, pero no todos hacen el mismo uso de ellas…
•Con paciencia, paciencia y paciencia.
•Voy a su cuarto y les observo dormir. Entonces me doy cuenta de lo dulces que son estos benditos y me anima a seguir.
•Oh, simplemente “lo hago”. Me levanto por la mañana, hago lo que tengo que hacer durante el día, me voy a la cama y ya ésta.
•Selecciona con cuidado tus batallas diarias. Ser selectivo ayuda.
•¡No me agobio por pequeñeces!
“¿Planeáis a tener más?”
•Siempre pensé que lo que se planeaba era no tener más.
•Antes de casarnos planeamos tener dos, pero resulta que mi marido no sabía contar.
•Los seis primeros no los planeamos. Y los seis siguientes tampoco.
“¡Espero que no planeéis tener más!”
•¿Ahora que descubro algo en lo que soy realmente eficaz y me estás pidiendo que pare?
•Díselo a Dios… es cosa de Él.
•Bueno, es que tenemos una habitación en nuestra roulotte para dos más.
•No, no pienso planear el próximo ¡Me encantan las sorpresas!
•Sí, vamos a seguir insistiendo hasta que nos salga uno feo.
“¿No hacéis planificación familiar?”
•Sí, pero gracias a Dios no funciona
•Sí, he oído hablar de eso, espero que lo use Vd.
•Es que no encuentro preservativos de mi talla.
•Eso es para gente con hijos feos.
•Sí, lo conocemos, pero eso es para gente que no quiere niños.
“¿No tenéis televisión?”
•No, tenemos cosas mejores que hacer por la noche.
•Sí, tenemos 4 ¿Por qué lo pregunta?
“¿Cómo pueden tener tantos con lo cara que está la vida?”
•Lo caro es el estilo de vida, no los niños.
•Ni vivimos de ayudas, ni endeudados, ni mi marido es médico, ni abogado. Simplemente somos buenos administradores.
•¿No conoce a nuestro asesor fiscal? Es Dios.
•No sé cómo podemos pero ¡funciona!
“¿Y tenéis tiempo para vosotros?”
•Por supuesto que lo tenemos, por eso tenemos seis niños.
“¿Son todos suyos o adoptados?”
•Y eso qué mas da, son todos míos, o qué se piensa ¿que se le van cayendo por ahí a la cigüeña?
•Son “porquemedalagana”
“Cuando se queden mirando fijamente a tu familia…”
•¡No! ¡Ni somos católicos ni mormones!
•¡Sí! ¡Son todos míos!
•No, no intentamos superpoblar el planeta, simplemente superar al número de idiotas.

Es fácil reconocer los efectos de la alegría, pero ¿cuáles son sus causas?, todos queremos vivir felices y alegres pero, ¿cuáles son las fuentes de la alegría?, ¿cómo fomentar esta virtud en la familia?
a. El amor
La fuente más profunda de la alegría es el amor, particularmente el amor en matrimonio y en familia. Ese amor es el principal ‘combustible’ para estar alegres.
Quien no ama, no sonríe. Por eso, podemos decir que lo que más facilita esta virtud es la familia como comunidad de amor, o sea una familia donde se respire un ambiente de paz, donde todos se sientan amados por lo que son.
De esta manera se puede definir la alegría como el amor disfrutado; la alegría es la primera consecuencia del amor y cuanto más grande es el amor, mayor es la alegría.
b. La apertura y la generosidad
El dar y el darse a los demás por el bien de ellos, nos da la felicidad de la donación. El ambiente donde se aprende a entregarse sólo por el ‘gusto’ de ayudar a los demás es el hogar familiar.
Si papá llega del trabajo enojado, y mamá se encierra con seriedad en su habitación, o ninguno de los dos está disponible para los demás, no se puede pretender que los hijos vivan para ayudar y compartir con los demás, o en definitiva que sean alegres.
Por el contrario, la generosidad nos hace vivir para los otros, nos hace superar el cansancio, para escuchar a los niños, para dedicar un tiempo especial para jugar, nos hace salir de nosotros, conversar o ir de paseo con todos el fin de semana… La alegría familiar no se plasma en una fotografía, se va tejiendo todos los días con pequeños detalles de donación, de cariño y atención. La virtud de la alegría está pues, alejada del egoísmo.
c. Una vida ordenada y sencilla
Una familia en donde se enseñe a disfrutar de las cosas simples de la vida es fuente de alegría para sus miembros. En







