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Consagración de los jóvenes al Sagrado Corazón de Jesús

Archivado en: Benedicto XVI,Jornada Mundial de la Juventud — Kristin a las 10:58 pm en Sábado, Agosto 27, 2011  Etiquetado

Oración con la que Benedicto XVI consagró a los jóvenes al Sagrado Corazón de Jesús el sábado 20 de agosto durante la vigilia de oración con los jóvenes de la JMJ en Cuatro Vientos, al final de la adoración y antes de la bendición.

Señor Jesucristo,
Hermano, Amigo y Redentor del hombre,
mira con amor a los jóvenes aquí reunidos
y abre para ellos la fuente eterna
de tu misericordia
que mana de tu Corazón abierto en la Cruz.
Dóciles a tu llamada,
han venido para estar contigo y adorarte.
Con ardiente plegaria
los consagro a tu Corazón
para que, arraigados y edificados en ti,
sean siempre tuyos, en la vida y en la muerte.
¡Que jamás se aparten de ti!
Otórgales un corazón semejante al tuyo,
manso y humilde,
para que escuchen siempre tu voz
y tus mandatos,
cumplan tu voluntad
y sean en medio del mundo
alabanza de tu gloria,
de modo que los hombres,
contemplando sus obras,
den gloria al Padre con quien vives,
feliz para siempre,
en la unidad del Espíritu Santo
por los siglos de los siglos.
Amén.

Historias de la JMJ

Archivado en: Benedicto XVI,Jornada Mundial de la Juventud,Juan Pablo II — Kristin a las 3:53 pm en Martes, Agosto 23, 2011

Una vez acabados todos los actos de la JMJ, empezamos a conocer historias grandes y pequeñas de los que ha ido sucediendo estos días, más allá de lo que cada uno haya podido vivir o conocer a través de los medios de comunicación. Aquí dejo el relato de una de ellas:

  Cuatro Vientos. Carpa 3
  Ángel Cabrero Ugarte, sacerdote.

Sábado 20 de agosto. A las 9:00 en la entrada nº 1 de Cuatro Vientos. Tres sacerdotes nos hacíamos cargo de la carpa eucarística 3. Entré en el recinto de la base aérea, por primera vez, y el primer reconocimiento visual de lo que había visto en el papel me permitía ver, a lo lejos, la que debería ser mi carpa. Media hora de reloj, a buen paso, me costó llegar. Fue el primer descubrimiento de la magnitud del lugar. Celebramos misa, con el motivo principal de reservar la Sagrada Forma que se veneraría en la Exposición prevista de 12 a 6 de la madrugada en cada carpa.

Teóricamente nuestra función el resto del día, hasta la hora la Vela, era custodiar el lugar. Teníamos asignados cinco voluntarios que, podría pensarse, no iban a tener mucho trabajo. Pero, a pesar de ser la carpa más apartada, pronto llegaron jóvenes a rezar. Desde el principio tuvimos algunos sacerdotes que se presentaron dispuestos a confesar. Teníamos 7 sillas, que en muchos momentos estuvieron ocupadas por confesores. Empezó desfilar un goteo constante de penitentes. Desde las primeras horas hubo sacerdotes que pidieron celebrar misa para sus grupos. Una misa detrás de otra. Varios sacerdotes confesando todo el día.

El calor tórrido hacía muy apetecible la carpa para “tomar la sombra”. Suponía un esfuerzo adicional para los voluntarios ir indicando a los jóvenes que entraban que aquel era un lugar de oración. En seguida se daban cuenta de si la indumentaria no era decorosa o que no era lugar para entrar con la Coca Cola. Y aquella gigantesca tienda, del tamaño de un campo de tenis, con la presencia de Santísimo Sacramento en una arqueta apropiada, fue un lugar de oración, de recepción de los sacramentos, de mucha Gracia de Dios.

El Maligno debía estar muy enfadado ante aquel panorama, y apareció en forma de tremenda tormenta. Un golpe de viento muy fuerte arrancó las fijaciones de los grandes pilares de hierro que sostenían toda la carpa. Fue un momento de pánico. Cogimos la arqueta del Santísimo y la gente salió despavorida. Fuera llovía muy fuerte. Todo ocurría mientras el Papa estaba presidiendo la Vigilia de oración. Llevamos al Santísimo a una pequeña capilla en el lugar donde se revestían los obispos, pasando por numerosos controles. Después de mucho caos, lluvia, viento, depositamos la arqueta en el pequeño altar. Hasta allí, acompañando al Señor, llegamos tres sacerdotes, un voluntario y una religiosa. El voluntario, un muchacho joven, dijo: “deberíamos rezar algo”. De rodillas estuvimos unos minutos de silencio y luego la religiosa comenzó a rezar en voz alta: “Te damos gracias, Señor, porque nos proteges de la tormenta, te damos gracias por todos estos jóvenes…”.

Después de comunicar a los organizadores lo que conocíamos de la dimensión del estropicio –carpas 2, 3 y 12 inutilizadas- nos dispusimos a volver al lugar de los hechos, pero la Vigilia había acabado –nosotros no habíamos visto nada- y tuvimos que esperar a que salieran los obispos. La manifestación más gráfica de la universalidad de la Iglesia fue aquel muestrario de 800 obispos que desfiló ante de nosotros.

El diablo se salió con la suya: no hubo adoración eucarística en algunas carpas. Pero la abundancia de Gracia derramada durante todo el día ya nadie podía evitarlo. Y dimos muchas gracias a Dios por tanta maravilla.

Himno de Santa María la Real de la Almudena

Archivado en: Benedicto XVI,Jornada Mundial de la Juventud — Kristin a las 2:58 pm en Sábado, Agosto 20, 2011

Salve, Señora de tez morena
Virgen y Madre del Redentor,
Santa María de la Almudena,
Reina del Cielo, Madre de amor.

Santa María de la Almudena,
Reina del Cielo, Madre de amor.
Tú que estuviste oculta en los muros
de este querido y viejo Madrid,
hoy resplandeces ante tu pueblo,
que te venera y espera en ti.

Bajo tu manto, Virgen sencilla,
busca en tus hijos la protección.
Tú eres patrona de nuestra Villa,
Madre amorosa, Templo de Dios.

Via Crucis de la JMJ

Archivado en: General — Kristin a las 11:19 pm en Viernes, Agosto 19, 2011

Estación 1: La última cena
Evangelio:
Y tomando pan, después de pronunciar la acción de gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: ”Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía. Después de cenar, hizo lo mismo con el cáliz, diciendo: ”Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros”. (Lc 22, 19-20).

Comentario:

Jesús, antes de tomar entre sus manos el pan, acoge con amor a todos los que están sentados en su mesa. Sin excluir a ninguno: ni al traidor, ni al que lo va a negar, ni a los que huirán. Los ha elegido como nuevo pueblo de Dios. La Iglesia, llamada a ser una.
Jesús muere para reunir a los hijos de Dios dispersos (Jn 11, 52). “No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno” (Jn 17, 20-21). El amor fortalece la unidad.
Y les dice: “Que os améis unos a otros” (Jn 13,34).
El amor fiel es humilde: “También vosotros debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 14).
Unidos a la oración de Cristo, oremos para que la Iglesia viva unida y en paz en la Tierra del Señor; para que cese toda persecución y discriminación por causa de la fe; y para que todos los que creen en un único Dios vivan en justicia la fraternidad, hasta que Dios nos conceda sentarnos en torno a su única mesa.

Estación 2: El beso de Judas
Evangelio:
Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote. Detrás del pan, entró en él Satanás. (Jn 13, 26).
Se acercó a Jesús… y le besó. Pero Jesús le contestó: “Amigo, ¿a qué vienes?” (Mt 26, 49-50).

Comentario:

En la Cena se respira un hálito de Misterio sagrado. Cristo está sereno, pensativo, sufriente. Había dicho: “He deseado comer esta Pascua con vosotros” (Lc 22,15).Y ahora, a media voz, deja escapar su sentimiento más profundo: “en verdad os digo que uno de vosotros me entregará” (Jn 13, 21).
Judas se siente mal. Su ambición ha cambiado, a precio de traición, al Dios del Amor por el ídolo del dinero. Jesús lo mira y él desvía la mirada.
El Señor le llama la atención ofreciéndole pan con salsa, y le dice: “lo que vas a hacer, hazlo pronto” (Jn 13, 27). El corazón de Judas se había envilecido y se fue a contar su dinero, para entregar poco después a Jesús con un beso.
Cristo, al sentir el frío del beso traidor, no se lo reprocha; le dice: “Amigo”.
Si estás sintiendo en tu carne el frío de la traición, o el terrible sufrimiento que provoca la división entre hermanos o la lucha fratricida… ¡acude a Jesús! Él asumió las traiciones más dolorosas en el beso de Judas.

Estación 3: Negación de Pedro
Evangelio:
Es reo de muerte” (Mt 26, 66).
Entonces se lo entregó para que lo crucificaran. (Jn 19, 16).

Comentario:

La mayor injusticia es condenar a un inocente indefenso. Y un día la maldad juzgó y condenó a muerte a la misma inocencia.
¿Por qué condenaron a Jesús? Porque hizo suyo
todo el dolor del mundo. Al encarnarse, asumió nuestra humanidad y con ella, las heridas del pecado. “Las culpas de ellos él soportará” (Is 53, 11), para curarnos por el sacrificio de la Cruz.
“Conocedor de todos los quebrantos” (Is 53, 3 ) “indefenso se entregó a la muerte…” (Is 53, 11). Nos impresiona el silencio de Jesús. No se disculpa: “es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” ( Jn 1, 29) Fue azotado, machacado, sacrificado. No abrió la boca para defenderse (Is 52, 7).
En el silencio de Dios están presentes todas las víctimas inocentes de las guerras que arrasan los pueblos, dejando en ellos una semilla de odio difícil de curar. Jesús calla en el corazón de muchas personas que esperan en silencio la salvación de Dios.

Estación 4: Jesús es sentenciado a muerte
Evangelio:
¿Con que darás tu vida por mí? En verdad en verdad te digo: no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces (Jn13,37).
Y saliendo afuera, lloró amargamente (Lc 22, 62).

Comentario:

El cristiano valiente no se esconde por vergüenza, o por miedo a manifestar en público su fe. Jesús avisó a Pedro: “Satanás quiere cribaros como trigo… (Lc 22, 31), y yo he rogado por vosotros porque hoy, antes de que cante el gallo, tú me negarás tres veces”. El apóstol, por temor a unos criados, lo negó diciendo: “No lo conozco” (Lc 22, 57).
Al pasar Jesús por uno de los patios, lo mira… Pedro se estremece recordando sus palabras… y llora con amargura su traición.
La mirada de Dios cambia el corazón. Pero hay que dejarse mirar.
Con la mirada de Pedro, el Señor ha puesto sus ojos en los cristianos que se avergüenzan de su fe; en los que se mueven por respetos humanos y les falta valentía para defender la vida desde su inicio hasta su término natural; y en los que quieren quedar bien con criterios no evangélicos… para que, como Pedro, recobren la valentía y sean testigos convencidos de lo que creen.

Estación 5: Jesús carga con su cruz

Evangelio:
Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo (Mc 15, 20).
Y cargando Él mismo con la Cruz, salió al sitio llamado “de la calavera” (Jn 19, 17).

Comentario:

Cruz no sólo significa madero. Cruz es todo lo que nos hace difícil la vida. Entre las diversas cruces que existen, hay una, la más profunda y dolorosa, que está muy arraigada en el interior del hombre: es la cruz del pecado, que endurece el corazón y pervierte las relaciones humanas.
Del corazón salen todos los males (Mt 15, 19). La Cruz que ha cargado Jesús sobre sus hombros para morir en ella, es la sobrecarga de todos los pecados de todos los hombres. “Los míos también”. “Llevó nuestros pecados en su cuerpo” (1Pe 2, 24).
Jesús muere para reconciliar a los hombres con Dios. Por eso hace a la Cruz “Redentora”. Pero la cruz, por sí sola, no nos salva. Nos salva el Crucificado.
Él hizo suyo el cansancio y el agotamiento de los que no encuentran trabajo; hizo suyo el dolor de los inmigrantes que reciben ofertas laborales indignas; y el sufrimiento de los que padecen actitudes racistas, o de los que mueren en el empeño, intentando conseguir una vida más justa y más humana.

Estación 6: Jesús cae bajo el peso de la Cruz
Evangelio:
Triturado por nuestros crímenes (Is, 53,5).
Jesús cayó bajo el peso de la Cruz varias veces en el camino del Calvario (Tradición de la Iglesia de Jerusalén).

Comentario:

La Sagrada Escritura no hace referencia a las caídas de Jesús, pero es lógico que perdiera el equilibrio muchas veces. La pérdida de sangre por el desgarramiento de la piel en los azotes, los dolores musculares insoportables, la tortura de la corona, el peso del madero… no hay palabras para describir tanto sufrimiento.
Todos tenemos experiencia de haber tropezado y caído al suelo. ¡Con que rapidez nos levantamos, para no hacer el ridículo!
Contempla a Jesús en el suelo y a los que le rodean: le miran con sorna y alguno le da un puntapié para que se levante por sí mismo. ¡Qué ridículo, qué humillación!
Dice el salmo: “Y yo gusano, que no hombre, vergüenza de la gente, asco del pueblo; al verme se burlan de mí, hacen muecas, menean la cabeza” (Sal.22.7-8).
Jesús sufre con todos los que tropiezan en la misma piedra y se desploman sin fuerzas, víctimas del alcohol, de las drogas o de otras dependencias que los esclavizan; para que -apoyados en Él, y en quienes los socorren- se levanten.

Estación 7: El Cirineo ayuda a llevar la cruz
Evangelio:
Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo (Lc 23, 26).
Y lo forzaron a llevar su Cruz (Mat, 27,32).

Comentario:

Simón era un agricultor joven y fuerte que venía de trabajar en el campo. Los soldados le obligaron a llevar la Cruz de Nuestro Señor, no movidos por la compasión, sino por temor a que se les muriese en el camino.
Simón se resistió, pero tuvo que aceptar a la fuerza. Y al encontrarse con Jesús su corazón fue cambiando, hasta terminar compartiendo los sufrimientos de aquel ajusticiado desconocido que llevaba en silencio un peso muy superior a sus débiles fuerzas.
¡Qué importante es que los cristianos sepamos descubrir los sufrimientos de las personas que pasan a nuestro lado y nos necesitan!
Jesús se siente aliviado con la ayuda del Cirineo. También miles de jóvenes de nuestro tiempo, de toda raza, credo y condición, marginados de la sociedad, encuentran cada día a cireneos que se entregan generosamente, se abrazan a la cruz con abnegación y se disponen a caminar a su lado.

Estación 8: La Verónica enjuga el rostro de Jesús
Evangelio:
Jesús se volvió hacia ellas y les dijo:” Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos” (Luc 23, 27-28).
El Señor lo guarda y lo conserva en vida, para que sea dichoso en la tierra, y no lo entrega a la saña de sus enemigos (Sal, 41,3).

Comentario:

Le seguía una multitud del pueblo y un grupo de mujeres que se golpeaban el pecho y se lamentaban llorando. Jesús se volvió y les dijo: “No lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos” (Luc 23, 28).
Llorad –les dice el Señor-, no con ese llanto de tristeza que endurece el corazón y lo predispone para cometer nuevos crímenes… Llorad, con un llanto suave de súplica al cielo, pidiendo misericordia y perdón.
Una de aquellas mujeres, conmovida al ver el rostro del Señor lleno de sangre, tierra y salivazos, atravesó valiente por entre los soldados y se acercó hasta Él. Se quitó el velo y le limpió la cara suavemente.
Un soldado la retiró con violencia, pero, al mirar el velo, vio que llevaba plasmado el rostro ensangrentado y doliente de Cristo.
Jesús se compadece de las mujeres de Jerusalén y deja impresas sus facciones en el paño de la Verónica. Esas facciones nos recuerdan las de tantas personas que viven bajo regímenes ateos que las destruyen y desfiguran, privándolas de su dignidad.

Estación 9: Jesús despojado de sus vestiduras
Evangelio:
Lo crucifican y se reparten sus ropas, echándolas a suerte (Mc 25, 24).
De la planta del pie a la cabeza no queda parte ilesa (Is 1,6).

Comentario:

Mientras preparan los clavos y las cuerdas para crucificarle, Jesús permanece de pie. Un soldado despiadado se le acerca y le quita la túnica, dando un fuerte tirón.
Las heridas comienzan a sangrar de nuevo, causándole un terrible dolor. Más tarde, los soldados se repartirán sus vestidos.
Jesús queda desnudo ante la plebe. Le han despojado de todo, como a un objeto de burla. No cabe mayor humillación y desprecio.
Los vestidos no sólo cubren el cuerpo, sino también lo que cada uno guarda en su interior: la intimidad, la dignidad. Jesús pasó por este bochorno y quiso cargar con todos los pecados que van contra la integridad y la pureza. “Cargó en su cuerpo con nuestros pecados” (1Pe.2, 24).
Jesús padece con todos los que sufren; con los que son víctimas de genocidios, violencias, violaciones y abusos sexuales, crímenes contra niños y adultos… ¡Cuántas personas desnudadas de su dignidad, de su inocencia, de su confianza en el hombre!

Estación 10: Jesús clavado en la Cruz
Evangelio:
Y cuando llegaron al lugar llamado“ La Calavera”, lo crucificaron allí, a Él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda (Lc 23,33).

Comentario:

Han conducido a Jesús hasta el Gólgota. No va solo: le acompañan dos ladrones, que también son crucificados. “Y con Él a otros dos, uno a cada lado” (Jn 19, 18).
El Cordero que quita el pecado del mundo se hace pecado y paga por los pecados de los demás; por nuestros pecados.
El gran pecado del mundo es “la mentira de Satanás”. A Jesús lo condenan por declarar la Verdad: es el Hijo de Dios. La verdad es el argumento para justificar su crucifixión.
Es imposible describir lo que padeció físicamente el cuerpo de Cristo al ser colgado en la Cruz. Sufrió también moralmente, al verse allí, desnudo, entre dos malhechores y abandonado de los suyos.
Jesús clavado en la Cruz acoge el sufrimiento de todos los que viven clavados a situaciones dolorosas: tantos padres y madres de familia; tantos jóvenes que, por falta de trabajo, viven en la precariedad, sumidos en la pobreza y la desesperanza, sin recursos necesarios para sacar adelante a sus familias y llevar una vida digna.

Estación 11: Jesús muere en la Cruz
Evangelio:
Jesús, clamando con voz potente, dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Y dicho esto, expiró (Lc 23, 46).
Pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas (Jn 19, 33).

Comentario:

Era sábado, el día de la preparación para la fiesta de la Pascua. Pilato dispuso que quebraran las piernas de los ajusticiados para acelerar su muerte, de forma que no quedaran pendientes de las cruces durante la fiesta.
Cuando uno de los soldados se acercó a Jesús vio que estaba muerto y, para asegurarse, le traspasó el corazón con una lanza. Así se cumplieron las Escrituras: “no le quebraron hueso alguno” (Jn19, 16).
El sol se oscureció y el velo del Templo se rasgó por la mitad. Tembló la tierra… Es momento sagrado de contemplación. Momento de adoración… y de situarse frente al cuerpo de nuestro Redentor: sin vida, machacado, triturado, clavado en una Cruz… Ha pagado el precio de nuestras maldades, de mis maldades…
¡Señor, pequé, ten misericordia de mí, pecador!
Jesús muere por mí. Jesús me alcanza la Misericordia del Padre. Jesús paga todo lo que yo debía. ¿Y yo? ¿Qué hago por Él?
Ante el drama de tantas personas que viven en el mundo crucificadas por diferentes discapacidades… ¿estoy luchando por extender y proclamar la dignidad de la persona y el evangelio de la Vida?

Estación 12: El descendimiento
Evangelio:
Pilato mandó que se lo entregaran (Mt 27, 57).
José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sabana limpia (Mt 27, 59).

Comentario:

Acerquémonos a la Virgen y compartamos su dolor. Cristo ha muerto y hay que bajarlo de la Cruz.
¿Qué pasaría por la mente de su Madre? ¿Quién me lo bajará? ¿Dónde lo colocaré? María diría, dentro de su alma, lo mismo que en Nazaret: ¡Hágase!; unida a la entrega incondicional de su Hijo: “Todo está consumado”.
Llegó entonces José de Arimatea junto con Nicodemo. Aunque los dos pertenecían al Sanedrín, no habían tenido parte en la muerte del Señor.
Le habían pedido a Pilato el cuerpo del Maestro para colocarlo en un sepulcro nuevo que tenía José de Arimatea en un campo de su propiedad, muy cerca del Calvario.
Cristo ha fracasado, y ha hecho suyos todos los fracasos de los hombres. El Hijo del Hombre comparte la suerte de los que son considerados, por distintas razones, como
la escoria de la humanidad: porque no saben, porque no pueden, porque no valen…
Y comparte la suerte de las víctimas del Sida, que -con las llagas de su cruz- esperan que alguien se ocupe de ellas.

Estación 13: Jesús en brazos de su madre
Evangelio:
Una espada te traspasará el alma (Lc 2,34).
Ved si hay dolor como el dolor que me atormenta (Lam 2, 12).

Comentario:

Aunque todos somos culpables de la muerte de Jesús, en estos momentos tan dolorosos la Virgen necesita nuestro amor y cercanía. Nuestra conciencia de pecadores arrepentidos le servirá de consuelo.
Situémonos con actitud filial a su lado y aprendamos a recibir a Jesús cada día con la ternura y amor con que Ella recibió en sus brazos el cuerpo destrozado y sin vida de su Hijo. ¿Hay dolor semejante a mi dolor?
Mientras preparaban “conforme a la costumbre judía” (Jn 19,40) el cuerpo del Señor para darle sepultura, María -adorando el Misterio que había guardado en su corazón sin entenderlo- repetiría conmovida, con el profeta: “pueblo mío, ¿qué te he hecho? (Mq 6, 3).
Al contemplar el dolor de la Virgen hacemos memoria del dolor y de la soledad de tantos padres y madres que han perdido a sus hijos a causa del hambre, mientras que las sociedades opulentas, engullidas por el dragón del consumismo y de la perversión materialista, se hunden en el nihilismo de sus vidas vacías.

Estación 14: Jesús es colocado en el sepulcro
Evangelio:
Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús. (Jn 19, 42).
José de Arimatea rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó (Mt 27, 60).

Comentario:

En vista de la proximidad de la fiesta, prepararon con rapidez el cuerpo del Señor para colocarlo en el sepulcro.
Era un sepulcro nuevo en el que nadie había enterrado. Una vez que hubieron dispuesto el cuerpo en su interior, hicieron rodar la piedra de la puerta, dejando la entrada completamente cerrada. Si el grano de trigo no muere…
María, en el silencio de su soledad, aprieta la espiga que lleva en su corazón como primicia de la Resurrección.
Esa espiga recuerda el trabajo humilde y sacrificado de tantas personas que se entregan generosamente al servicio de Dios y del prójimo; sus vidas dan fruto en la medida en que se unen a la muerte de Jesús.
Y esa espiga evoca también la acción de los buenos samaritanos que, cuando se desatan las fuerzas de la naturaleza -tsunamis, terremotos, huracanes- saben compartir con corazón grande los sufrimientos de quienes les rodean.

Estación 15: La soledad de la Virgen

Oración final del Santo Padre
Madre y Señora nuestra, que permaneciste firme en la fe, unida a la Pasión de tu Hijo,
al concluir este Vía Crucis, ponemos en ti nuestra mirada y nuestro corazón.
Aunque no somos dignos, te acogemos en nuestra casa, como hizo el apóstol Juan, y te recibimos como Madre nuestra.
Te acompañamos en tu soledad y te ofrecemos nuestra compañía para seguir sosteniendo el dolor de tantos hermanos nuestros que completan en su carne lo que falta a la pasión de Cristo, por su cuerpo, que es la Iglesia.
Míralos con amor de Madre, enjuga sus lágrimas, sana sus heridas y acrecienta su esperanza para que experimenten siempre que la Cruz es el camino hacia la gloria.

Mensaje de Benedicto XVI para la JMJ de Madrid 2011

Archivado en: Benedicto XVI,Juan Pablo II — Kristin a las 12:06 am en Sábado, Agosto 13, 2011  Etiquetado

Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe“(cf. Col 2, 7)

Queridos amigos:

Pienso con frecuencia en la Jornada Mundial de la Juventud de Sydney, en el 2008. Allí vivimos una gran fiesta de la fe, en la que el Espíritu de Dios actuó con fuerza, creando una intensa comunión entre los participantes, venidos de todas las partes del mundo. Aquel encuentro, como los precedentes, ha dado frutos abundantes en la vida de muchos jóvenes y de toda la Iglesia. Nuestra mirada se dirige ahora a la próxima Jornada Mundial de la Juventud, que tendrá lugar en Madrid, en el mes de agosto de 2011. Ya en 1989, algunos meses antes de la histórica caída del Muro de Berlín, la peregrinación de los jóvenes hizo un alto en España, en Santiago de Compostela. Ahora, en un momento en que Europa tiene que volver a encontrar sus raíces cristianas, hemos fijado nuestro encuentro en Madrid, con el lema: «Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (cf. Col 2, 7). Os invito a este evento tan importante para la Iglesia en Europa y para la Iglesia universal. Además, quisiera que todos los jóvenes, tanto los que comparten nuestra fe, como los que vacilan, dudan o no creen, puedan vivir esta experiencia, que puede ser decisiva para la vida: la experiencia del Señor Jesús resucitado y vivo, y de su amor por cada uno de nosotros.

Nuestra Señora de la Almudena

En cada época, también en nuestros días, numerosos jóvenes sienten el profundo deseo de que las relaciones interpersonales se vivan en la verdad y la solidaridad. Muchos manifiestan la aspiración de construir relaciones auténticas de amistad, de conocer el verdadero amor, de fundar una familia unida, de adquirir una estabilidad personal y una seguridad real, que puedan garantizar un futuro sereno y feliz. Al recordar mi juventud, veo que, en realidad, la estabilidad y la seguridad no son las cuestiones que más ocupan la mente de los jóvenes. Sí, la cuestión del lugar de trabajo, y con ello la de tener el porvenir asegurado, es un problema grande y apremiante, pero al mismo tiempo la juventud sigue siendo la edad en la que se busca una vida más grande. Al pensar en mis años de entonces, sencillamente, no queríamos perdernos en la mediocridad de la vida aburguesada. Queríamos lo que era grande, nuevo. Queríamos encontrar la vida misma en su inmensidad y belleza. Ciertamente, eso dependía también de nuestra situación. Durante la dictadura nacionalsocialista y la guerra, estuvimos, por así decir, “encerrados” por el poder dominante. Por ello, queríamos salir afuera para entrar en la abundancia de las posibilidades del ser hombre. Pero creo que, en cierto sentido, este impulso de ir más allá de lo habitual está en cada generación. Desear algo más que la cotidianidad regular de un empleo seguro y sentir el anhelo de lo que es realmente grande forma parte del ser joven. ¿Se trata sólo de un sueño vacío que se desvanece cuando uno se hace adulto? No, el hombre en verdad está creado para lo que es grande, para el infinito. Cualquier otra cosa es insuficiente. San Agustín tenía razón: nuestro corazón está inquieto, hasta que no descansa en Ti. El deseo de la vida más grande es un signo de que Él nos ha creado, de que llevamos su “huella”. Dios es vida, y cada criatura tiende a la vida; en un modo único y especial, la persona humana, hecha a imagen de Dios, aspira al amor, a la alegría y a la paz. Entonces comprendemos que es un contrasentido pretender eliminar a Dios para que el hombre viva. Dios es la fuente de la vida; eliminarlo equivale a separarse de esta fuente e, inevitablemente, privarse de la plenitud y la alegría: «sin el Creador la criatura se diluye» (Con. Ecum. Vaticano. II, Const. Gaudium et Spes, 36). La cultura actual, en algunas partes del mundo, sobre todo en Occidente, tiende a excluir a Dios, o a considerar la fe como un hecho privado, sin ninguna relevancia en la vida social. Aunque el conjunto de los valores, que son el fundamento de la sociedad, provenga del Evangelio -como el sentido de la dignidad de la persona, de la solidaridad, del trabajo y de la familia-, se constata una especie de “eclipse de Dios”, una cierta amnesia, más aún, un verdadero rechazo del cristianismo y una negación del tesoro de la fe recibida, con el riesgo de perder aquello que más profundamente nos caracteriza.

Por este motivo, queridos amigos, os invito a intensificar vuestro camino de fe en Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo. Vosotros sois el futuro de la sociedad y de la Iglesia. Como escribía el apóstol Pablo a los cristianos de la ciudad de Colosas, es vital tener raíces y bases sólidas. Esto es verdad, especialmente hoy, cuando muchos no tienen puntos de referencia estables para construir su vida, sintiéndose así profundamente inseguros. El relativismo que se ha difundido, y para el que todo da lo mismo y no existe ninguna verdad, ni un punto de referencia absoluto, no genera verdadera libertad, sino inestabilidad, desconcierto y un conformismo con las modas del momento. Vosotros, jóvenes, tenéis el derecho de recibir de las generaciones que os preceden puntos firmes para hacer vuestras opciones y construir vuestra vida, del mismo modo que una planta pequeña necesita un apoyo sólido hasta que crezcan sus raíces, para convertirse en un árbol robusto, capaz de dar fruto.

2. Arraigados y edificados en Cristo

Para poner de relieve la importancia de la fe en la vida de los creyentes, quisiera detenerme en tres términos que san Pablo utiliza en: «Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (cf. Col 2, 7). Aquí podemos distinguir tres imágenes: “arraigado” evoca el árbol y las raíces que lo alimentan; “edificado” se refiere a la construcción; “firme” alude al crecimiento de la fuerza física o moral. Se trata de imágenes muy elocuentes. Antes de comentarlas, hay que señalar que en el texto original las tres expresiones, desde el punto de vista gramatical, están en pasivo: quiere decir, que es Cristo mismo quien toma la iniciativa de arraigar, edificar y hacer firmes a los creyentes.

La primera imagen es la del árbol, firmemente plantado en el suelo por medio de las raíces, que le dan estabilidad y alimento. Sin las raíces, sería llevado por el viento, y moriría. ¿Cuáles son nuestras raíces? Naturalmente, los padres, la familia y la cultura de nuestro país son un componente muy importante de nuestra identidad. La Biblia nos muestra otra más. El profeta Jeremías escribe: «Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza: será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto» (Jer 17, 7-8). Echar raíces, para el profeta, significa volver a poner su confianza en Dios. De Él viene nuestra vida; sin Él no podríamos vivir de verdad. «Dios nos ha dado vida eterna y esta vida está en su Hijo» (1 Jn 5,11). Jesús mismo se presenta como nuestra vida (cf. Jn 14, 6). Por ello, la fe cristiana no es sólo creer en la verdad, sino sobre todo una relación personal con Jesucristo. El encuentro con el Hijo de Dios proporciona un dinamismo nuevo a toda la existencia. Cuando comenzamos a tener una relación personal con Él, Cristo nos revela nuestra identidad y, con su amistad, la vida crece y se realiza en plenitud. Existe un momento en la juventud en que cada uno se pregunta: ¿qué sentido tiene mi vida, qué finalidad, qué rumbo debo darle? Es una fase fundamental que puede turbar el ánimo, a veces durante mucho tiempo. Se piensa cuál será nuestro trabajo, las relaciones sociales que hay que establecer, qué afectos hay que desarrollar. En este contexto, vuelvo a pensar en mi juventud. En cierto modo, muy pronto tomé conciencia de que el Señor me quería sacerdote. Pero más adelante, después de la guerra, cuando en el seminario y en la universidad me dirigía hacia esa meta, tuve que reconquistar esa certeza. Tuve que preguntarme: ¿es éste de verdad mi camino? ¿Es de verdad la voluntad del Señor para mí? ¿Seré capaz de permanecerle fiel y estar totalmente a disposición de Él, a su servicio? Una decisión así también causa sufrimiento. No puede ser de otro modo. Pero después tuve la certeza: ¡así está bien! Sí, el Señor me quiere, por ello me dará también la fuerza. Escuchándole, estando con Él, llego a ser yo mismo. No cuenta la realización de mis propios deseos, sino su voluntad. Así, la vida se vuelve auténtica.

Confesionario Paseo de Coches del Retiro, Madrid.

Queridos amigos, construid vuestra casa sobre roca, como el hombre que “cavó y ahondó”. Intentad también vosotros acoger cada día la Palabra de Cristo. Escuchadle como al verdadero Amigo con quien compartir el camino de vuestra vida. Con Él a vuestro lado seréis capaces de afrontar con valentía y esperanza las dificultades, los problemas, también las desilusiones y los fracasos. Continuamente se os presentarán propuestas más fáciles, pero vosotros mismos os daréis cuenta de que se revelan como engañosas, no dan serenidad ni alegría. Sólo la Palabra de Dios nos muestra la auténtica senda, sólo la fe que nos ha sido transmitida es la luz que ilumina el camino. Acoged con gratitud este don espiritual que habéis recibido de vuestras familias y esforzaos por responder con responsabilidad a la llamada de Dios, convirtiéndoos en adultos en la fe. No creáis a los que os digan que no necesitáis a los demás para construir vuestra vida. Apoyaos, en cambio, en la fe de vuestros seres queridos, en la fe de la Iglesia, y agradeced al Señor el haberla recibido y haberla hecho vuestra.

3. Firmes en la fe

Estad «arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (cf. Col 2, 7). La carta de la cual está tomada esta invitación, fue escrita por san Pablo para responder a una necesidad concreta de los cristianos de la ciudad de Colosas. Aquella comunidad, de hecho, estaba amenazada por la influencia de ciertas tendencias culturales de la época, que apartaban a los fieles del Evangelio. Nuestro contexto cultural, queridos jóvenes, tiene numerosas analogías con el de los colosenses de entonces. En efecto, hay una fuerte corriente de pensamiento laicista que quiere apartar a Dios de la vida de las personas y la sociedad, planteando e intentando crear un “paraíso” sin Él. Pero la experiencia enseña que el mundo sin Dios se convierte en un “infierno”, donde prevalece el egoísmo, las divisiones en las familias, el odio entre las personas y los pueblos, la falta de amor, alegría y esperanza. En cambio, cuando las personas y los pueblos acogen la presencia de Dios, le adoran en verdad y escuchan su voz, se construye concretamente la civilización del amor, donde cada uno es respetado en su dignidad y crece la comunión, con los frutos que esto conlleva. Hay cristianos que se dejan seducir por el modo de pensar laicista, o son atraídos por corrientes religiosas que les alejan de la fe en Jesucristo. Otros, sin dejarse seducir por ellas, sencillamente han dejado que se enfriara su fe, con las inevitables consecuencias negativas en el plano moral.

El apóstol Pablo recuerda a los hermanos, contagiados por las ideas contrarias al Evangelio, el poder de Cristo muerto y resucitado. Este misterio es el fundamento de nuestra vida, el centro de la fe cristiana. Todas las filosofías que lo ignoran, considerándolo “necedad” (1 Co 1, 23), muestran sus límites ante las grandes preguntas presentes en el corazón del hombre. Por ello, también yo, como Sucesor del apóstol Pedro, deseo confirmaros en la fe (cf. Lc 22, 32). Creemos firmemente que Jesucristo se entregó en la Cruz para ofrecernos su amor; en su pasión, soportó nuestros sufrimientos, cargó con nuestros pecados, nos consiguió el perdón y nos reconcilió con Dios Padre, abriéndonos el camino de la vida eterna. De este modo, hemos sido liberados de lo que más atenaza nuestra vida: la esclavitud del pecado, y podemos amar a todos, incluso a los enemigos, y compartir este amor con los hermanos más pobres y en dificultad.

Queridos amigos, la cruz a menudo nos da miedo, porque parece ser la negación de la vida. En realidad, es lo contrario. Es el “sí” de Dios al hombre, la expresión máxima de su amor y la fuente de donde mana la vida eterna. De hecho, del corazón de Jesús abierto en la cruz ha brotado la vida divina, siempre disponible para quien acepta mirar al Crucificado. Por eso, quiero invitaros a acoger la cruz de Jesús, signo del amor de Dios, como fuente de vida nueva. Sin Cristo, muerto y resucitado, no hay salvación. Sólo Él puede liberar al mundo del mal y hacer crecer el Reino de la justicia, la paz y el amor, al que todos aspiramos.

4. Creer en Jesucristo sin verlo

En el Evangelio se nos describe la experiencia de fe del apóstol Tomás cuando acoge el misterio de la cruz y resurrección de Cristo. Tomás, uno de los doce apóstoles, siguió a Jesús, fue testigo directo de sus curaciones y milagros, escuchó sus palabras, vivió el desconcierto ante su muerte. En la tarde de Pascua, el Señor se aparece a los discípulos, pero Tomás no está presente, y cuando le cuentan que Jesús está vivo y se les ha aparecido, dice: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo» (Jn 20, 25).

También nosotros quisiéramos poder ver a Jesús, poder hablar con Él, sentir más intensamente aún su presencia. A muchos se les hace hoy difícil el acceso a Jesús. Muchas de las imágenes que circulan de Jesús, y que se hacen pasar por científicas, le quitan su grandeza y la singularidad de su persona. Por ello, a lo largo de mis años de estudio y meditación, fui madurando la idea de transmitir en un libro algo de mi encuentro personal con Jesús, para ayudar de alguna forma a ver, escuchar y tocar al Señor, en quien Dios nos ha salido al encuentro para darse a conocer. De hecho, Jesús mismo, apareciéndose nuevamente a los discípulos después de ocho días, dice a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente» (Jn 20, 27). También para nosotros es posible tener un contacto sensible con Jesús, meter, por así decir, la mano en las señales de su Pasión, las señales de su amor. En los Sacramentos, Él se nos acerca en modo particular, se nos entrega. Queridos jóvenes, aprended a “ver”, a “encontrar” a Jesús en la Eucaristía, donde está presente y cercano hasta entregarse como alimento para nuestro camino; en el Sacramento de la Penitencia, donde el Señor manifiesta su misericordia ofreciéndonos siempre su perdón. Reconoced y servid a Jesús también en los pobres y enfermos, en los hermanos que están en dificultad y necesitan ayuda.

Entablad y cultivad un diálogo personal con Jesucristo, en la fe. Conocedle mediante la lectura de los Evangelios y del Catecismo de la Iglesia Católica; hablad con Él en la oración, confiad en Él. Nunca os traicionará. «La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado» (Catecismo de la Iglesia Católica, 150). Así podréis adquirir una fe madura, sólida, que no se funda únicamente en un sentimiento religioso o en un vago recuerdo del catecismo de vuestra infancia. Podréis conocer a Dios y vivir auténticamente de Él, como el apóstol Tomás, cuando profesó abiertamente su fe en Jesús: «¡Señor mío y Dios mío!».

5. Sostenidos por la fe de la Iglesia, para ser testigos

En aquel momento Jesús exclama: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20, 29). Pensaba en el camino de la Iglesia, fundada sobre la fe de los testigos oculares: los Apóstoles. Comprendemos ahora que nuestra fe personal en Cristo, nacida del diálogo con Él, está vinculada a la fe de la Iglesia: no somos creyentes aislados, sino que, mediante el Bautismo, somos miembros de esta gran familia, y es la fe profesada por la Iglesia la que asegura nuestra fe personal. El Credo que proclamamos cada domingo en la Eucaristía nos protege precisamente del peligro de creer en un Dios que no es el que Jesús nos ha revelado: «Cada creyente es como un eslabón en la gran cadena de los creyentes. Yo no puedo creer sin ser sostenido por la fe de los otros, y por mi fe yo contribuyo a sostener la fe de los otros» (Catecismo de la Iglesia Católica, 166). Agradezcamos siempre al Señor el don de la Iglesia; ella nos hace progresar con seguridad en la fe, que nos da la verdadera vida (cf. Jn 20, 31).

En la historia de la Iglesia, los santos y mártires han sacado de la cruz gloriosa la fuerza para ser fieles a Dios hasta la entrega de sí mismos; en la fe han encontrado la fuerza para vencer las propias debilidades y superar toda adversidad. De hecho, como dice el apóstol Juan: «¿quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?» (1 Jn 5, 5). La victoria que nace de la fe es la del amor. Cuántos cristianos han sido y son un testimonio vivo de la fuerza de la fe que se expresa en la caridad. Han sido artífices de paz, promotores de justicia, animadores de un mundo más humano, un mundo según Dios; se han comprometido en diferentes ámbitos de la vida social, con competencia y profesionalidad, contribuyendo eficazmente al bien de todos. La caridad que brota de la fe les ha llevado a dar un testimonio muy concreto, con la palabra y las obras. Cristo no es un bien sólo para nosotros mismos, sino que es el bien más precioso que tenemos que compartir con los demás. En la era de la globalización, sed testigos de la esperanza cristiana en el mundo entero: son muchos los que desean recibir esta esperanza. Ante la tumba del amigo Lázaro, muerto desde hacía cuatro días, Jesús, antes de volver a llamarlo a la vida, le dice a su hermana Marta: «Si crees, verás la gloria de Dios» (Jn 11, 40). También vosotros, si creéis, si sabéis vivir y dar cada día testimonio de vuestra fe, seréis un instrumento que ayudará a otros jóvenes como vosotros a encontrar el sentido y la alegría de la vida, que nace del encuentro con Cristo.

Cruz e Icono de la JMJ

Queridos amigos, os reitero la invitación a asistir a la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid. Con profunda alegría, os espero a cada uno personalmente. Cristo quiere afianzaros en la fe por medio de la Iglesia. La elección de creer en Cristo y de seguirle no es fácil. Se ve obstaculizada por nuestras infidelidades personales y por muchas voces que nos sugieren vías más fáciles. No os desaniméis, buscad más bien el apoyo de la comunidad cristiana, el apoyo de la Iglesia. A lo largo de este año, preparaos intensamente para la cita de Madrid con vuestros obispos, sacerdotes y responsables de la pastoral juvenil en las diócesis, en las comunidades parroquiales, en las asociaciones y los movimientos. La calidad de nuestro encuentro dependerá, sobre todo, de la preparación espiritual, de la oración, de la escucha en común de la Palabra de Dios y del apoyo recíproco.

Queridos jóvenes, la Iglesia cuenta con vosotros. Necesita vuestra fe viva, vuestra caridad creativa y el dinamismo de vuestra esperanza. Vuestra presencia renueva la Iglesia, la rejuvenece y le da un nuevo impulso. Por ello, las Jornadas Mundiales de la Juventud son una gracia no sólo para vosotros, sino para todo el Pueblo de Dios. La Iglesia en España se está preparando intensamente para acogeros y vivir la experiencia gozosa de la fe. Agradezco a las diócesis, las parroquias, los santuarios, las comunidades religiosas, las asociaciones y los movimientos eclesiales, que están trabajando con generosidad en la preparación de este evento. El Señor no dejará de bendecirles. Que la Virgen María acompañe este camino de preparación. Ella, al anuncio del Ángel, acogió con fe la Palabra de Dios; con fe consintió que la obra de Dios se cumpliera en ella. Pronunciando su “fiat”, su “sí”, recibió el don de una caridad inmensa, que la impulsó a entregarse enteramente a Dios. Que Ella interceda por todos vosotros, para que en la próxima Jornada Mundial podáis crecer en la fe y en el amor. Os aseguro mi recuerdo paterno en la oración y os bendigo de corazón.

Vaticano, 6 de agosto de 2010

Benedictus PP. XVI

Carta abierta al Santo Padre

Archivado en: Benedicto XVI,Jornada Mundial de la Juventud — Kristin a las 2:30 pm en Viernes, Julio 29, 2011

Cardenal Julián Herranz, ex Presidente del Consejo Pontificio para los Textos Legislativos.

Santidad: permítame enlazar idealmente un recuerdo personal de juventud a una hermosa frase de su Mensaje a la próxima JMJ, que en su bondad ha deseado celebrar en España. Quisiera corresponder así al particular empeño de Vuestra Santidad en recordar a los jóvenes -especialmente si se llaman cristianos- que la principal riqueza y belleza de la juventud consiste en ser vivida como tiempo de reflexión vocacional, de esperanza en un futuro de verdadera felicidad.
Como todos o casi todos los jóvenes de ahora y de siempre, yo también me preguntaba, hace muchos años, en estas tierras de vieja cristiandad: ¿Qué debo hacer para que mi vida tenga verdadero sentido? ¿Cómo puedo emplearla al servicio de algo verdaderamente grande?, y añadía también, de cara a la eternidad: ¿Cuál es la voluntad divina en mi vida? ¿Qué espera Dios de mí? Sentía en mi alma un ansia de cosas grandes, de dedicar mi existencia a ideales altos aunque fueran arduos. Era una serena inquietud, que reflejaban bien estas palabras de un conocido poeta español, José María Valverde: «Tú, amigo, tú que tienes veinte años, dime: ¿qué vas a hacer con ellos?» La respuesta la encontré en otra pregunta hecha con no menor ímpetu juvenil por un sacerdote, Josemaría Escrivá, a cuya canonización Vuestra Santidad y yo hemos asistido, hace nueve años, en la plaza de San Pedro: «¿No gritaríais de buena gana a la juventud que bulle alrededor vuestro: ¡Locos!, dejad esas cosas mundanas que achican el corazón…, y muchas veces lo envilecen…, dejad eso y venid con nosotros tras el Amor?» (Camino, 790).
Esas cosas mundanas, en el sentido negativo del término, eran entonces y lo son hoy -Juan Pablo II y Vuestra Santidad lo recuerdan exhortando a ir contracorriente- los falsos dioses de las tres principales concupiscencias que tientan a la naturaleza humana caída: el ídolo de la avaricia y del poseer a toda costa (concupiscencia de los ojos), el ídolo de la lujuria y de la droga (concupiscencia de la carne) y el ídolo del poder egoísta y prepotente (soberbia de la vida). Frente a esos falsos dioses que achican el corazón…, y muchas veces lo envilecen, se alzaban con fuerza las palabras de una decidida invitación siempre actual: Venid con nosotros tras el Amor, el Amor con mayúscula, Cristo, arrebatadora Imagen del Dios invisible, Maestro y Amigo, paz y alegría del mundo, Camino de esperanza y de felicidad, Palabra que no pasa, Verdad que ilumina y consuela, Vida que sana y resucita. Aquella invitación del joven sacerdote Josemaría sonó en mi alma como el Sígueme de Jesús a sus primeros discípulos junto al mar de Galilea.

Santo Padre: podrá comprender fácilmente con qué gozo he leído, sesenta años después, en esta primavera romana de 2011, las siguientes hermosas palabras de su Mensaje a la próxima Jornada Mundial de la Juventud: «Sentir el anhelo de lo que es realmente grande forma parte del ser joven. ¿Se trata sólo de un sueño vacío que se desvanece cuando uno se hace adulto? No, el hombre en verdad está creado para lo que es grande, para el infinito. Cualquier otra cosa es insuficiente. San Agustín tenía razón: Nuestro corazón está inquieto, hasta que no descansa en Ti. (…) El encuentro con el Hijo de Dios proporciona un dinamismo nuevo a toda la existencia. Cuando comenzamos a tener una relación personal con Él, Cristo nos revela nuestra identidad y, con su amistad, la vida crece y se realiza en plenitud».
A la mayoría de los jóvenes que encontrará en Madrid deseosos de crecer en amistad con Jesús de Nazaret, el Señor los habrá llamado o los llamará al matrimonio, esa íntima comunión de vida y de amor conyugal, única, indisoluble y abierta a la fecundidad, fundamento insustituible de una sociedad sana, que Cristo ha elevado a la condición de sacramento. Pero debemos esperar también, como ocurrió en Colonia, en Sidney y en otros muchos encuentros de Vuestra Santidad con los jóvenes, que a algunos y a algunas el Señor les pedirá más.
Es seguro -la experiencia de la pastoral juvenil lo demuestra- que, de frente a los desafíos del agnosticismo religioso y la banalización de la sexualidad, la gracia de Dios desvelará también en España a no pocos jóvenes el valor siempre actual del celibato apostólico, de la completa donación de sí mismos, en la totalidad corpórea-espiritual, al amor de Cristo y a los demás por amor de Dios. Un particular anhelo de lo realmente grande llevará a esas almas a responder a la llamada de Cristo al celibato apostólico (propter me et propter evangelium: Mc 10, 29): ya sea en el sacerdocio de Cristo Pastor, sin el cual no habría Eucaristía ni Reconciliación, ya sea en la peculiar consagración del estado religioso o en la también completa donación a Dios en las circunstancias ordinarias de la vida secular.
Santidad: gracias en nombre personal y de los jóvenes de la JMJ por esa hermosa frase de su Mensaje, y que María Santísima, la Señora del fiat, les enseñe a ellos y nos enseñe a todos siempre a saber discernir, amar y cumplir la voluntad de Dios.

¿Quién fue tía Carmen?

Archivado en: General — Kristin a las 11:58 am en Sábado, Julio 16, 2011

El 16 de julio, fiesta de la Virgen del Carmen, celebraba su santo y su cumpleaños Carmen Escrivá, hermana del fundador del Opus Dei. Tía Carmen -como se le llama cariñosamente en el Opus Dei – forma parte de la historia de los primeros años de la Obra, a la que dedicó con generosidad y alegría toda su vida.

En una ocasión comentaba san Josemaría refiriéndose a su hermana: “Carmen me decía siempre: “Yo no tengo vocación”…Y era verdad: no la tenía, pero se sacrificó por la Obra con tanto cariño…”*.

San Josemaría habló explícitamente del Opus Dei a su madre, a su hermana Carmen y a su hermano Santiago, en septiembre de 1934. Si hasta ese momento su madre había sido un apoyo seguro para el hijo, en adelante colaboraría de un modo más eficaz y silencioso. Secundó sus deseos, intuyendo lo que no sabía, y subordinó sus planes personales y familiares a los de Dios, poniendo a disposición todo su patrimonio.

Después de la guerra, cuando se comenzó a instalar la residencia de la calle Jenner, el Fundador regaló a su madre un libro sobre San Juan Bosco. Ella le preguntó: «¿Quieres que yo haga como la madre de don Bosco? Te aseguro que no tengo la más mínima intención». Su hijo replicó: “Pero mamá: ¡si lo estás haciendo ya!” Y la madre, que había entendido todo, rompió a reír y le dijo: «Y continuaré haciéndolo con mucho gusto». Lo mismo hizo su hermana Carmen: renunció a vivir su propia vida y se prodigó en servir a la Obra, en primer lugar quizá sobre todo por cariño a su hermano, pero siempre con mucho amor de Dios.

Transmitieron el calor que había caracterizado la vida doméstica de la familia Escrivá a la familia sobrenatural que el Fundador estaba formando. Nosotros íbamos aprendiendo a reconocerlo en el buen gusto de tantos pequeños detalles, en la delicadeza en el trato mutuo, en el cuidado de las cosas materiales de la casa, que implican —es lo más importante— una constante preocupación por los demás y un espíritu de servicio, hecho de vigilancia y abnegación; lo habíamos contemplado en la persona del Padre y lo veíamos confirmado en la Abuela y en tía Carmen. Era natural que procurásemos atesorar todo esto, y así, con espontánea sencillez, arraigaron en nosotros costumbres y tradiciones familiares que aún se viven hoy en los Centros de la Obra: las fotografías o retratos de familia, que dan un tono más íntimo a la casa; un postre sencillo para festejar un santo; el poner con cariño y buen gusto unas flores delante de una imagen de la Virgen, o en un rincón de la casa, etc.

La disponibilidad de la madre y la hermana de nuestro Fundador fue de una eficacia incalculable para el Opus Dei. Carmen afrontó siempre con un profundo sentido de responsabilidad el deber que había hecho propio libremente. Le tocó dirigir la administración doméstica de muchos Centros de la Obra y soportar las incomodidades y contratiempos de los comienzos; cuando las cosas empezaban a funcionar bien, Carmen se quitaba de en medio. jamás perdió la calma ni se dejó arrastrar por la agitación, el aturdimiento o la angustia: no se enfadaba nunca; es más, parecía siempre serena, con una paz interior y una confianza en Dios que multiplicaban su eficacia. Recuerdo, por ejemplo, cuando comenzó a ocuparse de la administración de las dos primeras casas de retiro del Opus Dei: La Pililla, en Ávila, y Molinoviejo, cerca de Segovia. En ambas, al principio no teníamos ni siquiera luz eléctrica. Carmen, como siempre, no puso ninguna dificultad para dirigir estos trabajos hasta disponer de las condiciones previstas para que se pudieran ocupar directamente las mujeres de la Obra.

Hay que tener en cuenta que Carmen no perteneció nunca a la Obra: no tenía vocación y, sin embargo, siempre que el Fundador pidió a su hermana que ayudara a la Obra, ella respondió con generosidad.
Si la abnegación de doña Dolores duró hasta dos años después de la guerra civil española, Carmen se prodigó durante casi veinte años, yendo de una parte a otra, donde se hacía necesaria su presencia.

Álvaro del Portillo, Entrevista sobre el fundador del Opus Dei,(a cargo de Cesare Cavalleri), Rialp, Madrid, 1993

Los dones del Espíritu Santo

Archivado en: Espíritu Santo — Kristin a las 10:59 am en Lunes, Junio 13, 2011

A lo largo de su pontificado, el Beato Juan Pablo II explicó de esta manera los siete dones que el Espíritu suscita, cómo y cuándo quiere, en quien se muestra abierto a su influencia:

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Don de Sabiduría:

«Iluminado por este don, el cristiano sabe ver interiormente las realidades del mundo: nadie mejor que él es capaz de apreciar los valores auténticos de la creación, mirándolos con los mismos ojos de Dios. (…) Gracias a este don, toda la vida del cristiano, con sus acontecimientos, sus aspiraciones, sus proyectos, sus realizaciones, llega a ser alcanzada por el soplo del Espíritu, que la impregna con la luz que viene de lo Alto, como lo han testificado tantas almas escogidas, también en nuestros tiempos».

Don de Entendimiento:

«La luz del Espíritu, al tiempo que agudiza la inteligencia de las cosas divinas, hace más límpida y penetrante la mirada sobre las cosas humanas. Así, se ven mejor los numerosos signos de Dios que están inscritos en la creación. Se descubre la dimensión no puramente terrena de los acontecimientos, de los que está tejida la historia humana. Y se puede lograr hasta descifrar proféticamente el presente y el futuro».

Don de Consejo:

«El Espíritu de Dios enriquece y perfecciona la virtud de la prudencia, y guía al alma desde dentro, iluminándola sobre lo que debe hacer, especialmente cuando se trata de opciones importantes (por ejemplo, de dar respuesta a la vocación), o de un camino que recorrer entre dificultades y obstáculos. (…) El don de Consejo actúa como un soplo nuevo en la conciencia, sugiriéndole lo que es lícito, lo que corresponde, lo que conviene más al alma».

Don de Fortaleza:

«Cuando al hombre la faltan las fuerzas para superarse a sí mismo, con miras a valores superiores, como la verdad, la justicia, la vocación, la fidelidad matrimonial, es necesario que este don de lo Alto haga de cada uno de nosotros un hombre fuerte y, en el momento justo, nos diga en la intimidad: ¡Ánimo!»

Don de Ciencia:

«El Espíritu, gracias a este don, nos da a conocer el verdadero valor de las criaturas en su relación con el Creador. Así, el hombre logra descubrir el sentido teológico de lo creado, viendo las cosas como manifestaciones verdaderas y reales, aunque limitadas, de la verdad, de la belleza, del amor infinito que es Dios, y, como consecuencia, se siente impulsado a traducir este descubrimiento en alabanza, cantos, oración, acción de gracias».

Don de Piedad:

«Con este don, el Espíritu infunde en el creyente una nueva capacidad de amor hacia los hermanos, haciendo su corazón partícipe de la mansedumbre del Corazón de Cristo. El cristiano piadoso siempre sabe ver en los demás a hijos del mismo Padre, llamados a formar parte de la familia de Dios, que es la Iglesia. Por esto, se siente impulsado a tratarlos con la solicitud y la amabilidad propias de una genuina relación fraterna. Además, extingue en el corazón aquellos focos de tensión y división como son la amargura, la cólera, o la impaciencia, y lo alimenta con sentimientos de comprensión, de tolerancia, de perdón».

Don de Temor de Dios:

«Es el sentimiento sincero y trémulo que el hombre experimenta frente a la tremenda majestad de Dios, especialmente cuando reflexiona sobre las propias infidelidades. (…) El creyente se presenta y se pone ante Dios con el espíritu contrito y con el corazón humillado, sabiendo bien que debe atender a la propia salvación con temor y temblor. Sin embargo, esto no significa miedo irracional, sino sentido de responsabilidad y de fidelidad a su ley. No excluye la trepidación que nace de la conciencia de las culpas cometidas y de la perspectiva del castigo divino, pero la suaviza con la fe en la misericordia divina y con la certeza de la solicitud paterna de Dios que quiere la salvación eterna de todos».

Oración al Espíritu Santo

Archivado en: General — Kristin a las 2:53 pm en Domingo, Junio 12, 2011

“¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad… He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después…, mañana. Nunc coepi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte.

¡Oh, Espíritu de verdad y de sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras….”

(Oración compuesta por San Josemaría en abril de 1934)

La mirada de María

Archivado en: General — Kristin a las 4:17 pm en Viernes, Mayo 27, 2011

Fragmento del artículo Miradas. Para ver el texto completo, pinchar aquí.

«La contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable (…). Nadie se ha dedicado con la asiduidad de María a la contemplación del rostro de Cristo (…). Su mirada, siempre llena de adoración y asombro, no se apartará jamás de Él. Será a veces una mirada interrogadora, como en el episodio de su extravío en el templo: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?” (Lc 2, 48); será en todo caso una mirada penetrante, capaz de leer en lo íntimo de Jesús, hasta percibir sus sentimientos escondidos y presentir sus decisiones, como en Caná (cfr. Jn 2, 5); otras veces será una mirada dolorida, sobre todo bajo la cruz, donde todavía será, en cierto sentido, la mirada de la “parturienta”, ya que María no se limitará a compartir la pasión y la muerte del Unigénito, sino que acogerá al nuevo hijo en el discípulo predilecto confiado a Ella (cfr. Jn 19, 26-27); en la mañana de Pascua será una mirada radiante por la alegría de la resurrección y, por fin, una mirada ardorosa por la efusión del Espíritu en el día de Pentecostés (cfr. Hch 1, 14)”

En la vida se suceden alegrías y penas, esperanzas y desilusiones, gozos y amarguras; el Señor espera que le busquemos en cada circunstancia exterior o interior. Aprendamos de María a mirarle con mirada interrogadora, dolorida, ardorosa o radiante; siempre llena de confianza. Aprendamos de Ella, sirviéndonos también de las imágenes de la Virgen que acompañan nuestra vida. La costumbre de buscar y de mirar esas imágenes, y el amor con que lo hagamos, prepararán el encuentro con el Hijo, fruto bendito de su vientre. Busquemos el rostro de Jesús, guiados por su Madre: rostro de niño en Belén, lacerado en el Calvario, glorioso después de la Resurrección. Esa búsqueda es en realidad la búsqueda del rostro de Dios, que lleva a orientar la existencia entera al encuentro con Jesús.

«Contemplando este rostro nos disponemos a acoger el misterio de la vida trinitaria, para experimentar de nuevo el amor del Padre y gozar de la alegría del Espíritu Santo. Se realiza así también en nosotros la palabra de San Pablo: “Reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más: así es como actúa el Señor, que es Espíritu” (2 Co 3, 18)». El cristiano tiene la apasionante misión de reflejar a Cristo para mostrar la mirada que Dios dirige a cada persona, como han hecho los santos. Al adorar al Señor en la Sagrada Eucaristía, por ejemplo durante las bendiciones con el Santísimo, vemos al que hemos traspasado, lleno de sangre y de heridas, y descubrimos el misterio del amor de Dios, el verdadero rostro de Dios“.

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