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Mensaje de Benedicto XVI para la Cuaresma 2011

Archivado en: Benedicto XVI,General — Kristin a las 11:33 pm en Martes, Marzo 1, 2011

«Con Cristo sois sepultados en el Bautismo, con él también habéis resucitado» (cf. Col 2, 12)

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma, que nos lleva a la celebración de la Santa Pascua, es para la Iglesia un tiempo litúrgico muy valioso e importante, con vistas al cual me alegra dirigiros unas palabras específicas para que lo vivamos con el debido compromiso. La Comunidad eclesial, asidua en la oración y en la caridad operosa, mientras mira hacia el encuentro definitivo con su Esposo en la Pascua eterna, intensifica su camino de purificación en el espíritu, para obtener con más abundancia del Misterio de la redención la vida nueva en Cristo Señor (cf. Prefacio 1 de Cuaresma).

1. Esta misma vida ya se nos transmitió el día del Bautismo, cuando «al participar de la muerte y resurrección de Cristo» comenzó para nosotros «la aventura gozosa y entusiasmante del discípulo» (Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor, 10 de enero de 2010).

San Pablo, en sus Cartas, insiste repetidamente en la comunión singular con el Hijo de Dios que se realiza en este lavacro. El hecho de que en la mayoría de los casos el Bautismo se reciba en la infancia pone de relieve que se trata de un don de Dios: nadie merece la vida eterna con sus fuerzas. La misericordia de Dios, que borra el pecado y permite vivir en la propia existencia «los mismos sentimientos que Cristo Jesús» (Flp 2, 5) se comunica al hombre gratuitamente.

El Apóstol de los gentiles, en la Carta a los Filipenses, expresa el sentido de la transformación que tiene lugar al participar en la muerte y resurrección de Cristo, indicando su meta: que yo pueda «conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos» (Flp 3, 10-11). El Bautismo, por tanto, no es un rito del pasado sino el encuentro con Cristo que conforma toda la existencia del bautizado, le da la vida divina y lo llama a una conversión sincera, iniciada y sostenida por la Gracia, que lo lleve a alcanzar la talla adulta de Cristo.

Un nexo particular vincula al Bautismo con la Cuaresma como momento favorable para experimentar la Gracia que salva. Los Padres del Concilio Vaticano II exhortaron a todos los Pastores de la Iglesia a utilizar «con mayor abundancia los elementos bautismales propios de la liturgia cuaresmal» (Sacrosanctum Concilium, 109). En efecto, desde siempre, la Iglesia asocia la Vigilia Pascual a la celebración del Bautismo: en este Sacramento se realiza el gran misterio por el cual el hombre muere al pecado, participa de la vida nueva en Jesucristo Resucitado y recibe el mismo espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 8, 11). Este don gratuito debe ser reavivado en cada uno de nosotros y la Cuaresma nos ofrece un recorrido análogo al catecumenado, que para los cristianos de la Iglesia antigua, así como para los catecúmenos de hoy, es una escuela insustituible de fe y de vida cristiana: viven realmente el Bautismo como un acto decisivo para toda su existencia.

2. Para emprender seriamente el camino hacia la Pascua y prepararnos a celebrar la Resurrección del Señor -la fiesta más gozosa y solemne de todo el Año litúrgico-, ¿qué puede haber de más adecuado que dejarnos guiar por la Palabra de Dios? Por esto la Iglesia, en los textos evangélicos de los domingos de Cuaresma, nos guía a un encuentro especialmente intenso con el Señor, haciéndonos recorrer las etapas del camino de la iniciación cristiana: para catecúmenos, en la perspectiva de recibir el Sacramento del renacimiento, y para quien está bautizado, con vistas a nuevos y decisivos pasos en el seguimiento de Cristo y en la entrega más plena a él.

El primer domingo del itinerario cuaresmal subraya nuestra condición de hombre en esta tierra. La batalla victoriosa contra las tentaciones, que da inicio a la misión de Jesús, es una invitación a tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida (cf. Ordo Initiationis Christianae Adultorum, n. 25). Es una llamada decidida a recordar que la fe cristiana implica, siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con él, una lucha «contra los Dominadores de este mundo tenebroso» (Ef 6, 12), en el cual el diablo actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor: Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal.

El Evangelio de la Transfiguración del Señor pone delante de nuestros ojos la gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y que anuncia la divinización del hombre. La comunidad cristiana toma conciencia de que es llevada, como los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan «aparte, a un monte alto» (Mt 17, 1), para acoger nuevamente en Cristo, como hijos en el Hijo, el don de la gracia de Dios: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle» (v. 5). Es la invitación a alejarse del ruido de la vida diaria para sumergirse en la presencia de Dios: él quiere transmitirnos, cada día, una palabra que penetra en las profundidades de nuestro espíritu, donde discierne el bien y el mal (cf. Hb 4, 12) Y fortalece la voluntad de seguir al Señor.

La petición de Jesús a la samaritana: «Dame de beber» (Jn 4, 7), que se lee en la liturgia del tercer domingo, expresa la pasión de Dios por todo hombre y quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del «agua que brota para vida eterna» (v. 14): es el don del Espíritu Santo, que hace de los cristianos «adoradores verdaderos» capaces de orar al Padre «en espíritu y en verdad» (v. 23). ¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san Agustín.

El «domingo del ciego de nacimiento» presenta a Cristo como luz del mundo. El Evangelio nos interpela a cada uno de nosotros: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». «Creo, Señor» (Jn 9, 35.38), afirma con alegría el ciego de nacimiento, dando voz a todo creyente. El milagro de la curación es el signo de que Cristo, junto con la vista, quiere abrir nuestra mirada interior, para que nuestra fe sea cada vez más profunda y podamos reconocer en él a nuestro único Salvador, Él ilumina todas las oscuridades de la vida y lleva al hombre a vivir como «hijo de la luz».

Cuando, en el quinto domingo, se proclama la resurrección de Lázaro, nos encontramos frente al misterio último de nuestra existencia: «Yo soy la resurrección y la vida… ¿Crees esto?» (Jn 11, 25-26). Para la comunidad cristiana es el momento de volver a poner con sinceridad, junto con Marta, toda la esperanza en Jesús de Nazaret: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo» (v. 27).

La comunión con Cristo en esta vida nos prepara a cruzar la frontera de la muerte, para vivir sin fin en él. La fe en la resurrección de los muertos y la esperanza en la vida eterna abren nuestra mirada al sentido último nuestra existencia: Dios ha creado al hombre para resurrección y para la vida, y esta verdad da la dimensión auténtica y definitiva a la historia de los hombres, a su existencia personal y vida social, a la cultura, a la política, a la economía. Privado de la luz de la fe todo el universo acaba encerrado dentro de un sepulcro sin futuro, sin esperanza.

El recorrido cuaresmal encuentra su cumplimiento en el Triduo Pascual, en particular en la Gran Vigilia de la Noche Santa: al renovar las promesas bautismales, reafirmamos que Cristo es el Señor de nuestra vida, la vida que Dios nos comunicó cuando renacimos «del agua y del Espíritu Santo», y confirmamos de nuevo nuestro firme compromiso de corresponder a la acción de la Gracia para ser sus discípulos.

3. Nuestro sumergirnos en la muerte y resurrección de Cristo mediante el sacramento del Bautismo, nos impulsa cada día a liberar nuestro corazón del peso de las cosas materiales, de un vínculo egoísta con la «tierra», que nos empobrece y nos impide estar disponibles y abiertos a Dios y al prójimo. En Cristo, Dios se ha revelado como Amor (cf. 1 Jn. 4, 7 – 10). La Cruz de Cristo, la «palabra de la Cruz» manifiesta el poder salvífico de Dios (cf. 1 Co 1, 18), que se da para levantar al hombre y traerle la salvación: amor en su forma más radical (cf. Ene. Deus caritas est, 12). Mediante las prácticas tradicionales del ayuno, la limosna y la oración, expresiones del compromiso de conversión, la Cuaresma educa a vivir de modo cada vez más radical el amor de Cristo.

El ayuno, que puede tener distintas motivaciones, adquiere para el cristiano un significado profundamente religioso: haciendo más pobre nuestra mesa aprendemos a superar el egoísmo para vivir en la lógica del don y del amor; soportando la privación de alguna cosa -y no sólo de lo superfluo- aprendemos a apartar la mirada de nuestro «yo», para descubrir a Alguien a nuestro lado y reconocer a Dios en los rostros de tantos de nuestros hermanos. Para el cristiano el ayuno no tiene nada de intimista, sino que abre mayormente a Dios y a las necesidades de los hombres, Y hace que el amor a Dios sea también amor al prójimo (cf. Mc 12, 31).

En nuestro camino también nos encontrarnos ante la tentación del tener, de la avidez de dinero, que insidia el primado de Dios en nuestra vida. El afán de poseer provoca violencia, prevaricación y muerte; por esto la Iglesia, especialmente en el tiempo cuaresmal, recuerda la práctica de la limosna, es decir, la capacidad de compartir. La idolatría de los bienes, en cambio, no sólo aleja del otro, sino que despoja al hombre, lo hace infeliz, lo engaña, lo defrauda sin realizar lo que promete, porque sitúa las cosas materiales en el lugar de Dios, única fuente de la vida.

¿Cómo comprender la bondad paterna de Dios si el corazón está lleno de uno mismo y de los propios proyectos, con los cuales nos hacemos ilusiones de que podemos asegurar el futuro? La tentación es pensar, como el rico de la parábola: «Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años… Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma”» (Le 12, 19-20). La práctica de la limosna nos recuerda el primado de Dios y la atención hacia los demás, para redescubrir a nuestro Padre bueno y recibir su misericordia.

En todo el período cuaresmal, la Iglesia nos ofrece con particular abundancia la Palabra de Dios. Meditándola e interiorizándola para vivirla diariamente, aprendemos una forma preciosa e insustituible de oración, porque la escucha atenta de Dios, que sigue hablando a nuestro corazón, alimenta el camino de fe que iniciamos en el día del Bautismo. La oración nos permite también adquirir una nueva concepción del tiempo: de hecho, sin la perspectiva de la eternidad y de la trascendencia, simplemente marca nuestros pasos hacia un horizonte que no tiene futuro. En la oración encontramos, en cambio, tiempo para Dios, para conocer que «sus palabras no pasarán» (cf. Mc 13, 31), para entrar en la íntima comunión con él que «nadie podrá quitarnos» (cf. Jn 16, 22) Y que nos abre a la esperanza que no falla, a la vida eterna.

En síntesis, el itinerario cuaresmal, en el cual se nos invita a contemplar el Misterio de la cruz, es «hacerme semejante a él en su muerte» (Flp 3, 10), para llevar a cabo una conversión profunda de nuestra vida: dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo, como san Pablo en el camino de Damasco; orientar con decisión nuestra existencia según la voluntad de Dios; liberarnos de nuestro egoísmo, superando el instinto de dominio sobre los demás y abriéndonos a la caridad de Cristo. El período cuaresmal es el momento favorable para reconocer nuestra debilidad, acoger, con una de vida, la Gracia renovadora del Sacramento de la Penitencia y caminar con decisión hacia Cristo.

Queridos hermanos y hermanas, mediante el encuentro personal con nuestro Redentor y mediante el ayuno, la limosna y la oración, el camino de conversión hacia la Pascua nos lleva a redescubrir nuestro Bautismo. Renovemos en esta Cuaresma la acogida de la Gracia que Dios nos dio en ese momento, para que ilumine y guíe todas nuestras acciones. Lo que el Sacramento significa y realiza estamos llamados a vivirlo cada día siguiendo a Cristo de modo cada vez más generoso y auténtico. Encomendarnos nuestro itinerario a la Virgen María, que engendró al Verbo de Dios en la fe y en la carne, para sumergirnos como ella en la muerte resurrección de su Hijo Jesús y obtener la vida eterna.

Vaticano, 4 de noviembre de 2010.

SS Benedicto XVI

Ordinariato Personal de Nuestra Señora de Walsingham

Archivado en: Benedicto XVI,General — Kristin a las 10:34 pm en Jueves, Enero 20, 2011

Nuestra Señora de Walsingham 2El pasado 15 de enero, tres días antes del comienzo del octavario de oración por la unidad de los cristianos (18-25 enero), el cardenal William Levada –prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe– erigió el primer Ordinariato personal; fórmula creada por Benedicto XVI para recibir a los anglicanos que quieren ser católicos sin perder sus tradiciones litúrgicas.

Al día siguiente, fueron ordenados como sacerdotes católicos por el arzobispo de Westminster, Vicent Nichols, tres ex obispos de la Iglesia de Inglaterra que habían dado ya el paso a la plena comunión con Roma a principios de enero: Keith Newton, John Broadhurst y Andrew Burnham.

Los tres terminarán de poner a punto –junto con la Congregación para la Doctrina de la Fe y la Conferencia Episcopal de Inglaterra y Gales– el denominado Ordinariato Personal de Nuestra Señora de Walsingham.
Creado dentro de los confines territoriales de Inglaterra y Gales, el Ordinariato tiene como patrono al nuevo beato John Henry Newman. El domingo de Pascua, cerca de 1.000 fieles laicos anglicanos se incorporarán a este marco jurídico; y en Pentecostés se ordenarán sacerdotes católicos una cuarentena de ex ministros anglicanos.

Según explica el decreto de erección, el Ordinariato Personal de Nuestra Señora de Walsingham es jurídicamente equiparable a una diócesis. Se trata de una circunscripción personal, ya que la jurisdicción del Ordinario y de los párrocos no está circunscrita a un territorio sino que se ejerce sobre todos los fieles que pertenecen al Ordinariato.

Las líneas maestras del marco jurídico de los Ordinariatos personales están recogidas en la constitución apostólica Anglicanorum coetibus de Benedicto XVI y en unas “Normas complementarias” de la Congregación para la Doctrina de la Fe, si bien el decreto concreta algunas disposiciones.

El Ordinariato Personal de Nuestra Señora de Walsingham estará formado por fieles laicos, clérigos y religiosos, originariamente pertenecientes a la Comunión Anglicana, o bien aquellos que vienen a la fe católica a través del Ordinariato.
Los fieles anglicanos que deseen formar parte del Ordinariato personal deben manifestar esta voluntad por escrito y asistir a un curso de formación sobre el Catecismo de la Iglesia Católica.

En camino hacia la unidad

Benedicto XVI ha puesto al frente del Ordinariato Personal de Nuestra Señora de Walsingham a Keith Newton, uno de los tres ex obispos anglicanos que fue ordenado sacerdote católico el domingo. Como está casado y es padre de tres hijos, será Ordinario a título de sacerdote, no de obispo.

Su designación se hizo pública el sábado 15. Ese mismo día, Newton quiso dar las gracias a todos los que le han ayudado en su camino hacia la plena comunión con la Iglesia católica.

“Miro a estos 35 años que llevo ordenado ministro con enorme gratitud. La Iglesia de Inglaterra me nutrió en mi fe cristiana y gracias a ella descubrí, cuando era adolescente, mi vocación al sacerdocio que me ha llevado a prestar mis servicios tanto en Inglaterra como en África. No veo mi llegada a la Iglesia católica como una ruptura radical, sino como parte de mi camino en la fe que inicié en el bautismo”.

“Desde mi adolescencia, he deseado y rezado por mi adhesión a la Iglesia católica. Y la publicación de la constitución apostólica [Anglicanorum coetibus] me ha brindado la oportunidad de realizar este sueño”.

“Estoy particularmente agradecido al arzobispo de Canterbury, Rowan Williams, por la paciencia y la generosidad que ha mostrado con todos los que hemos estado pendientes de esta solución en los últimos meses”.

“La Iglesia católica, tanto aquí como en Roma, me ha brindado un caluroso apoyo para dar este paso. Doy las gracias por las incontables palabras y muestras de afecto que he recibido de muchos miembros de la Iglesia católica durante estos días recientes”.

“Confío en que el Ordinariato sea un regalo para la Iglesia católica y que yo, junto con los otros sacerdotes y demás fieles que nos integremos en el Ordinariato, prestemos un servicio a la Iglesia entera”.

Fuente: www.aceprensa.com

Sobre “Luz del mundo”

Archivado en: Benedicto XVI,General — Kristin a las 9:26 pm en Sábado, Diciembre 18, 2010

El filósofo suizo Martin Rhonheimer había desarrollado, en el año 2004, una tesis que ahora ha sido retomada por Benedicto XVI, en su libro-entrevista con Peter Seewald, al afrontar el tema de la sexualidad. Lo explica en esta entrevista el padre Arturo Cattaneo, docente en la Facultad de Derecho Canónico de Venecia y en la Facultad de Teología de Lugano (Suiza).

Entre los temas abordados por el Papa en “Luz del mundo” (Herder), los focos de los medios de comunicación se han concentrado en el pasaje definido por muchos como la “apertura al preservativo“. Es sabido que la Iglesia siempre ha condenado la anticoncepción, de manera que una “apertura” o “giro” de este calibre en su enseñanza no podía pasar sin llamar la atención. Ha suscitado entusiasmo, así como perplejidad, especialmente entre quienes la han percibido como un replanteamiento, o incluso una revocación, de esa condena que hasta hoy parecía definitiva.

La afirmación de Benedicto XVI sobre el preservativo, ¿supone un “giro” en la enseñanza de la Iglesia?

No hablaría de giro, sino de desarrollo, una contribución valiente, en el sentido de que se expresa sobre una cuestión en la que la Iglesia hasta ahora había preferido callar. En este sentido, me parece decisivo distinguir entre la condena de la anticoncepción (que el Papa no ha querido modificar) y la utilización del preservativo, que en “algunos casos” puede significar “un primer acto de moralización”. El mismo Papa ha confirmado en su libro entrevista que “las perspectivas de Humanae Vitae siguen siendo correctas”.

En un reciente artículo publicado en el periódico suizo “Il Giornale del Popolo” (11 de diciembre de 2010), usted afirma que, en este desarrollo, el Papa se ha dejado inspirar por una tesis avanzada hace ya unos años por el filósofo suizo Martin Rhonheimer, profesor en la Universidad de la Santa Cruz, en Roma. ¿Puede explicarnos cómo?

El mismo padre Federico Lombardi, director de la Oficina de Información de la Santa Sede, explicó en una nota (Cf. ZENIT, 21 de noviembre de 2010), publicada inmediatamente después de la anticipación de pasajes del libro por parte de “L’Osservatore Romano”, que “numerosos teólogos moralistas y autorizadas personalidades eclesiásticas han afirmado y afirman posiciones análogas; sin embargo, es verdad que no las habíamos escuchado aún con tanta claridad de los labios de un Papa“. Según algunos expertos, entre ellos el periodista vaticanista Sandro Magister y un artículo del Neue Zürcher Zeitung, Rhonheimer es quien ha abierto de manera más decisiva el camino para la apertura que hoy ha hecho el Papa.

Pero, ¿de qué camino se trata?

En la nota citada, el padre Lombardi decía que el Papa ha ofrecido “una contribución importante para aclarar y profundizar una cuestión debatida desde hace tiempo”. Para comprender de qué estamos hablando, creo que es necesario recordar lo que escribió Rhonheimer, por ejemplo, en The Tablet, el 10 de julio de 2004: “¿Qué les digo, como sacerdote católico, a personas promiscuas, o a homosexuales infectados por el sida, que utilizan el preservativo? Trataré de ayudarles a vivir una vida sexual moral y bien ordenada. Pero no les diré que no utilicen el preservativo. Simplemente, no hablaré de ello y daré por entendido que, si deciden tener relaciones sexuales, al menos mantendrán un cierto sentido de responsabilidad. Con una actitud de este tipo, respeto totalmente la enseñanza de la Iglesia católica sobre la anticoncepción. Esto no es un llamamiento a favor de ‘excepciones’ a la norma que prohíbe la anticoncepción. Esa norma tiene valor sin excepciones: la opción anticonceptiva es intrínsecamente mala. Pero, como es obvio, la norma sólo es válida para los actos anticonceptivos, como son definidos en Humanae Vitae“.

¿Y cómo se definen estos actos?

Según Humanae Vitae por acto anticonceptivo se entiende “toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga como fin o como medio, hacer imposible la procreación”; esto ha sido retomado por el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 2370. De este modo, se comprende el motivo por el cual, en ciertos casos, como el mencionado por el Papa, la utilización del preservativo no es un acto anticonceptivo, sino, como dice el Papa, puede ser “un primer acto de moralización, un primer tramo de responsabilidad“. En este sentido, hay que tener en cuenta la contribución de Rhonheimer en la aclaración del objeto moral de toda acción humana, contribución que encontró plena acogida en la encíclica Veritatis splendor.

¿Qué importancia puede tener la declaración del Papa sobre el uso del preservativo en la lucha contra el sida?

Considero que la aclaración del Papa es oportuna en la medida en que se estaba difundiendo la falsa impresión de que la Iglesia condenaba cualquier tipo de utilización del preservativo, enfrentándose por tanto con todas las campañas con las que se trata de contener la difusión del sida. La cuestión había estallado tras algunas palabras pronunciadas por el Papa en su viaje a África, en 2009. En este contexto, el Papa ha intervenido ahora con su aclaración, confirmando de todos modos que el preservativo no puede ser “la” solución; hace falta de hecho hacer mucho más: prevenir, educar, ayudar, aconsejar, estar cerca de las personas, tanto para que no se enfermen como en el caso de las que se han enfermado. El preservativo por sí solo, sigue diciendo el Papa, “no resuelve la cuestión”, pues tendería a “una banalización de la sexualidad”, mientras que en cambio es necesario promover su “humanización”.

Luz del mundo

Archivado en: Benedicto XVI,General,Virgen María — Kristin a las 3:07 pm en Domingo, Noviembre 28, 2010

luz del mundoLos medios de comunicación se están haciendo eco estos días del nuevo libro-entrevista de Benedicto XVI: Luz del mundo. El Papa y los signos de los tiempos. Una conversación con Peter Seewald. El periodista plantea un gran número de cuestiones que son respondidas por el Papa de forma concisa y profunda, en un diálogo ágil al que está acostumbrado desde hace tiempo por su trabajo como teólogo y prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe.

Las reflexiones de Benedicto XVI rezuman la humanidad y la sensatez que provienen de la fe que ilumina la razón dilatando su horizonte con esa fina sensibilidad por la verdad que acompaña toda su existencia. En sus respuestas, se percibe la visión amplia, profunda y positiva que propone de la sexualidad humana como una dimensión constitutivamente personal. En su primera encíclica, Deus caritas est, el Papa mostró la lógica profundamente unitaria del amor, presentando de un modo original cómo el cristianismo, lejos de envenenar el eros, lo purifica y lo va transformando paulatinamente para alcanzar la forma excelsa del ágape por el que Dios y el hombre entran en una profunda comunión amorosa. Desde esta visión antropológica, que sitúa a Cristo como el vértice de lo humano, el Pontífice afronta la actualidad con humildad y audacia.

La cuestión que ha despertado mayor expectación ha sido la interpretación que se ha de dar a dos preguntas que aparecen al final del capítulo undécimo de la obra en su edición española, a propósito de la lucha contra el sida y el uso de los preservativos. Ya en su viaje a África del año 2009, en la entrevista concedida a los periodistas en el avión, en un texto que el volumen recoge en anexo, el Papa afrontó esta cuestión, afirmando que la distribución de preservativos, lejos de favorecer la solución de esta pandemia, la agrava aún más. En concreto, el Papa no esconde el hecho que el síndrome de inmunodeficiencia adquirida es principalmente consecuencia de comportamientos sociales nuevos y libertarios. En el marco de una cultura pansexual y consumista, la sexualidad se vive prevalentemente como una ocasión de placer. Este pansexualismo conduce a experimentar la sexualidad como una droga que genera adicción, y reduce su horizonte humano y su capacidad para construir una verdadera comunión de personas. La abstinencia y la fidelidad son los modos fundamentales para luchar contra la transmisión del sida. Ahora bien, en el contexto descrito de una humanidad con frecuencia empobrecida, y alentándola hacia un ejercicio más humano y responsable de la sexualidad con frecuencia banalizada, el Papa considera que cuando está en juego la salud y la vida del otro, el hecho de que un hombre que va a prostituirse perciba que la dignidad de la otra persona pide reducir el riesgo del posible contagio a través del preservativo es un pequeño avance, un primer paso hacia la moralidad, hacia el descubrimiento del verdadero significado de la sexualidad.

No se trata, de introducir ningún cambio en la doctrina moral de la Iglesia sobre la anticoncepción que no admite excepciones, y que la encíclica Humanae vitae enseña con autoridad de un modo verdaderamente profético, sino de proponer con gran realismo y concreción la necesidad de educar a las personas y acompañarlas para que descubran progresivamente la verdad plena del amor y de la sexualidad. Las respuestas del Papa han de interpretarse, desde esta perspectiva pedagógica y humanizante que tanto necesita el mundo contemporáneo. No hay, pues, motivo alguno para el escándalo sino invitacióna la reflexión, a desarrollar una pedagogía del amor y la sexualidad.

Juan de Dios Larrú. Profesor de Ética y Teología Moral

11 ideas de Benedicto XVI en España

Archivado en: Benedicto XVI,General — Kristin a las 12:46 am en Sábado, Noviembre 13, 2010

1. El hombre está siempre en camino

En lo más íntimo de su ser, el hombre está siempre en camino, está en busca de la verdad. Vengo como peregrino en este Año Santo Compostelano y traigo en el corazón el mismo amor a Cristo que movía al Apóstol Pablo a emprender sus viajes, ansiando llegar también a España (cfr. Rm 15,22-29). Deseo unirme así a esa larga hilera de hombres y mujeres que, a lo largo de los siglos, han llegado a Compostela desde todos los rincones de la Península y de Europa, e incluso del mundo entero, para ponerse a los pies de Santiago y dejarse transformar por el testimonio de su fe. Ellos, con la huella de sus pasos y llenos de esperanza, fueron creando una vía de cultura, de oración, de misericordia y conversión, que se ha plasmado en iglesias y hospitales, en albergues, puentes y monasterios. De esta manera, España y Europa fueron desarrollando una fisonomía espiritual marcada de modo indeleble por el Evangelio.

2. Grandes santos de España

Siento una profunda alegría al estar de nuevo en España, que ha dado al mundo una pléyade de grandes santos, fundadores y poetas, como Ignacio de Loyola, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Francisco Javier, entre otros muchos; la que en el siglo XX ha suscitado nuevas instituciones, grupos y comunidades de vida cristiana y de acción apostólica y, en los últimos decenios, camina en concordia y unidad, en libertad y paz, mirando al futuro con esperanza y responsabilidad. Movida por su rico patrimonio de valores humanos y espirituales, busca asimismo superarse en medio de las dificultades y ofrecer su solidaridad a la comunidad internacional.

3. Un mensaje para los jóvenes.

A nosotros, nos toca hoy seguir el ejemplo de los apóstoles, conociendo al Señor cada día más y dando un testimonio claro y valiente de su Evangelio. No hay mayor tesoro que podamos ofrecer a nuestros contemporáneos.

Para los discípulos que quieren seguir e imitar a Cristo, el servir a los hermanos ya no es una mera opción, sino parte esencial de su ser. Un servicio que no se mide por los criterios mundanos de lo inmediato, lo material y vistoso, sino porque hace presente el amor de Dios a todos los hombres y en todas sus dimensiones, y da testimonio de Él, incluso con los gestos más sencillos. Al proponer este nuevo modo de relacionarse en la comunidad, basado en la lógica del amor y del servicio. Y quisiera que este mensaje llegara sobre todo a los jóvenes: precisamente a vosotros, este contenido esencial del Evangelio os indica la vía para que, renunciando a un modo de pensar egoísta, de cortos alcances, como tantas veces os proponen, y asumiendo el de Jesús, podáis realizaros plenamente y ser semilla de esperanza.

4. Sólo Dios basta

Desde aquí, como mensajero del Evangelio que Pedro y Santiago rubricaron con su sangre, deseo volver la mirada a la Europa que peregrinó a Compostela. ¿Cuáles son sus grandes necesidades, temores y esperanzas? ¿Cuál es la aportación específica y fundamental de la Iglesia a esa Europa, que ha recorrido en el último medio siglo un camino hacia nuevas configuraciones y proyectos? Su aportación se centra en una realidad tan sencilla y decisiva como ésta: que Dios existe y que es Él quien nos ha dado la vida. Solo Él es absoluto, amor fiel e indeclinable, meta infinita que se trasluce detrás de todos los bienes, verdades y bellezas admirables de este mundo; admirables pero insuficientes para el corazón del hombre. Bien comprendió esto Santa Teresa de Jesús cuando escribió: “Sólo Dios basta”.

5. Europa ha de abrirse a Dios.

Europa ha de abrirse a Dios, salir a su encuentro sin miedo, trabajar con su gracia por aquella dignidad del hombre que habían descubierto las mejores tradiciones: además de la bíblica, fundamental en este orden, también las de época clásica, medieval y moderna, de las que nacieron las grandes creaciones filosóficas y literarias, culturales y sociales de Europa.

La Europa de la ciencia y de las tecnologías, la Europa de la civilización y de la cultura, tiene que ser a la vez la Europa abierta a la trascendencia y a la fraternidad con otros continentes, al Dios vivo y verdadero desde el hombre vivo y verdadero. Esto es lo que la Iglesia desea aportar a Europa: velar por Dios y velar por el hombre, desde la comprensión que de ambos se nos ofrece en Jesucristo.

6. La Cruz, estrella orientadora

A Cristo que podemos hallar en los caminos hasta llegar a Compostela, pues en ellos hay una cruz que acoge y orienta en las encrucijadas. Esa cruz, supremo signo del amor llevado hasta el extremo, y por eso don y perdón al mismo tiempo, debe ser nuestra estrella orientadora en la noche del tiempo. Cruz y amor, cruz y luz han sido sinónimos en nuestra historia, porque Cristo se dejó clavar en ella para darnos el supremo testimonio de su amor, para invitarnos al perdón y la reconciliación, para enseñarnos a vencer el mal con el bien. No dejéis de aprender las lecciones de ese Cristo de las encrucijadas de los caminos y de la vida, en el que nos sale al encuentro Dios como amigo, padre y guía. ¡Oh Cruz bendita, brilla siempre en tierras de Europa!

7.  Superar la escisión entre conciencia humana y cristiana

En la Sagrada Familia, Gaudí quiso unir la inspiración que le llegaba de los tres grandes libros en los que se alimentaba como hombre, como creyente y como arquitecto: el libro de la naturaleza, el libro de la Sagrada Escritura y el libro de la Liturgia.

De este modo, colaboró genialmente a la edificación de la conciencia humana anclada en el mundo, abierta a Dios, iluminada y santificada por Cristo. E hizo algo que es una de las tareas más importantes hoy: superar la escisión entre conciencia humana y conciencia cristiana, entre existencia en este mundo temporal y apertura a una vida eterna, entre belleza de las cosas y Dios como Belleza. Esto lo realizó Antoni Gaudí no con palabras sino con piedras, trazos, planos y cumbres. Y es que la belleza es la gran necesidad del hombre; es la raíz de la que brota el tronco de nuestra paz y los frutos de nuestra esperanza. La belleza es también reveladora de Dios porque, como Él, la obra bella es pura gratuidad, invita a la libertad y arranca del egoísmo.

8. El Señor es la roca

El Señor Jesús es la piedra que soporta el peso del mundo, que mantiene la cohesión de la Iglesia y que recoge en unidad final todas las conquistas de la humanidad. En este sentido, pienso que la dedicación de este templo de la Sagrada Familia, en una época en la que el hombre pretende edificar su vida de espaldas a Dios, como si ya no tuviera nada que decirle, resulta un hecho de gran significado. Gaudí, con su obra, nos muestra que Dios es la verdadera medida del hombre. Que el secreto de la auténtica originalidad está, como decía él, en volver al origen que es Dios. Él mismo, abriendo así su espíritu a Dios ha sido capaz de crear en esta ciudad un espacio de belleza, de fe y de esperanza, que lleva al hombre al encuentro con quien es la Verdad y la Belleza misma.

9. Protección y ayuda a la familia.

Las condiciones de la vida han cambiado mucho y con ellas se ha avanzado enormemente en ámbitos técnicos, sociales y culturales. No podemos contentarnos con estos progresos. Junto a ellos deben estar siempre los progresos morales, como la atención, protección y ayuda a la familia, ya que el amor generoso e indisoluble de un hombre y una mujer es el marco eficaz y el fundamento de la vida humana en su gestación, en su alumbramiento, en su crecimiento y en su término natural. Sólo donde existen el amor y la fidelidad, nace y perdura la verdadera libertad. Por eso, la Iglesia aboga por adecuadas medidas económicas y sociales para que la mujer encuentre en el hogar y en el trabajo su plena realización; para que el hombre y la mujer que contraen matrimonio y forman una familia sean decididamente apoyados por el Estado; para que se defienda la vida de los hijos como sagrada e inviolable desde el momento de su concepción; para que la natalidad sea dignificada, valorada y apoyada jurídica, social y legislativamente. Por eso, la Iglesia se opone a todas las formas de negación de la vida humana y apoya cuanto promueva el orden natural en el ámbito de la institución familiar.

10. Todo hombre es verdadero santuario de Dios

Con la dedicación de la Basílica de la Sagrada Familia, se ha puesto de relieve esta mañana que el templo es signo del verdadero santuario de Dios entre los hombres. Ahora, quiero destacar cómo, con el esfuerzo de la obra benéfico-social del Nen Deú y otras instituciones eclesiales análogas, a la que se sumará la nueva Residencia que habéis deseado que llevara el nombre del Papa, se pone de manifiesto que, para el cristiano, todo hombre es un verdadero santuario de Dios, que ha de ser tratado con sumo respeto y cariño, sobre todo cuando se encuentra en necesidad. La Iglesia quiere así hacer realidad las palabras del Señor en el Evangelio: «Os aseguro que cuanto hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).

11. Vivir como una sola familia

Regreso a Roma habiendo estado sólo en dos lugares de vuestra hermosa geografía. Sin embargo, con la oración y el pensamiento, he deseado abrazar a todos los españoles, sin excepción alguna, y a tantos otros que viven entre vosotros, sin haber nacido aquí. Llevo a todos en mi corazón y por todos rezo, en particular por los que sufren, y los pongo bajo el amparo materno de María Santísima, tan venerada e invocada en Galicia, en Cataluña y en los demás pueblos de España. A Ella le pido también que os alcance del Altísimo copiosos dones celestiales, que os ayuden a vivir como una sola familia, guiados por la luz de la fe. Os bendigo en el nombre del Señor. Con su ayuda, nos veremos en Madrid, el año próximo, para celebrar la Jornada Mundial de la Juventud. Adiós.

Homilía de Benedicto XVI en la Santa Misa de la Plaza del Obradoiro en Santiago de Compostela

Archivado en: Benedicto XVI,General — Kristin a las 12:14 am en Domingo, Noviembre 7, 2010

Doy gracias a Dios por el don de poder estar aquí, en esta espléndida plaza repleta de arte, cultura y significado espiritual. En este Año Santo, llego como peregrino entre los peregrinos, acompañando a tantos como vienen hasta aquí sedientos de la fe en Cristo resucitado. Fe anunciada y transmitida fielmente por los Apóstoles, como Santiago el Mayor, a quien se venera en Compostela desde tiempo inmemorial.

Agradezco las gentiles palabras de bienvenida de Monseñor Julián Barrio Barrio, Arzobispo de esta Iglesia particular, y la amable presencia de Sus Altezas Reales los Príncipes de Asturias, de los Señores Cardenales, así como de los numerosos Hermanos en el Episcopado y el Sacerdocio. Vaya también mi saludo cordial a los Parlamentarios Europeos, miembros del intergrupo “Camino de Santiago”, así como a las distinguidas Autoridades Nacionales, Autonómicas y Locales que han querido estar presentes en esta celebración. Todo ello es signo de deferencia para con el Sucesor de Pedro y también del sentimiento entrañable que Santiago de Compostela despierta en Galicia y en los demás pueblos de España, que reconoce al Apóstol como su Patrón y protector. Un caluroso saludo igualmente a las personas consagradas, seminaristas y fieles que participan en esta Eucaristía y, con una emoción particular, a los peregrinos, forjadores del genuino espíritu jacobeo, sin el cual poco o nada se entendería de lo que aquí tiene lugar.

Una frase de la primera lectura afirma con admirable sencillez: «Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor» (Hch 4,33). En efecto, en el punto de partida de todo lo que el cristianismo ha sido y sigue siendo no se halla una gesta o un proyecto humano, sino Dios, que declara a Jesús justo y santo frente a la sentencia del tribunal humano que lo condenó por blasfemo y subversivo; Dios, que ha arrancado a Jesucristo de la muerte; Dios, que hará justicia a todos los injustamente humillados de la historia.
«Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen» (Hch 5,32), dicen los apóstoles. Así pues, ellos dieron testimonio de la vida, muerte y resurrección de Cristo Jesús, a quien conocieron mientras predicaba y hacía milagros. A nosotros, queridos hermanos, nos toca hoy seguir el ejemplo de los apóstoles, conociendo al Señor cada día más y dando un testimonio claro y valiente de su Evangelio. No hay mayor tesoro que podamos ofrecer a nuestros contemporáneos. Así imitaremos también a San Pablo que, en medio de tantas tribulaciones, naufragios y soledades, proclamaba exultante: «Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que esa fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros» (2 Co 4,7).
Junto a estas palabras del Apóstol de los gentiles, están las propias palabras del Evangelio que acabamos de escuchar, y que invitan a vivir desde la humildad de Cristo que, siguiendo en todo la voluntad del Padre, ha venido para servir, «para dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,28). Para los discípulos que quieren seguir e imitar a Cristo, el servir a los hermanos ya no es una mera opción, sino parte esencial de su ser. Un servicio que no se mide por los criterios mundanos de lo inmediato, lo material y vistoso, sino porque hace presente el amor de Dios a todos los hombres y en todas sus dimensiones, y da testimonio de Él, incluso con los gestos más sencillos. Al proponer este nuevo modo de relacionarse en la comunidad, basado en la lógica del amor y del servicio, Jesús se dirige también a los «jefes de los pueblos», porque donde no hay entrega por los demás surgen formas de prepotencia y explotación que no dejan espacio para una auténtica promoción humana integral. Y quisiera que este mensaje llegara sobre todo a los jóvenes: precisamente a vosotros, este contenido esencial del Evangelio os indica la vía para que, renunciando a un modo de pensar egoísta, de cortos alcances, como tantas veces os proponen, y asumiendo el de Jesús, podáis realizaros plenamente y ser semilla de esperanza.

Esto es lo que nos recuerda también la celebración de este Año Santo Compostelano. Y esto es lo que en el secreto del corazón, sabiéndolo explícitamente o sintiéndolo sin saber expresarlo con palabras, viven tantos peregrinos que caminan a Santiago de Compostela para abrazar al Apóstol. El cansancio del andar, la variedad de paisajes, el encuentro con personas de otra nacionalidad, los abren a lo más profundo y común que nos une a los humanos: seres en búsqueda, seres necesitados de verdad y de belleza, de una experiencia de gracia, de caridad y de paz, de perdón y de redención. Y en lo más recóndito de todos esos hombres resuena la presencia de Dios y la acción del Espíritu Santo. Sí, a todo hombre que hace silencio en su interior y pone distancia a las apetencias, deseos y quehaceres inmediatos, al hombre que ora, Dios le alumbra para que le encuentre y para que reconozca a Cristo. Quien peregrina a Santiago, en el fondo, lo hace para encontrarse sobre todo con Dios que, reflejado en la majestad de Cristo, lo acoge y bendice al llegar al Pórtico de la Gloria.

Desde aquí, como mensajero del Evangelio que Pedro y Santiago rubricaron con su sangre, deseo volver la mirada a la Europa que peregrinó a Compostela. ¿Cuáles son sus grandes necesidades, temores y esperanzas? ¿Cuál es la aportación específica y fundamental de la Iglesia a esa Europa, que ha recorrido en el último medio siglo un camino hacia nuevas configuraciones y proyectos? Su aportación se centra en una realidad tan sencilla y decisiva como ésta: que Dios existe y que es Él quien nos ha dado la vida. Solo Él es absoluto, amor fiel e indeclinable, meta infinita que se trasluce detrás de todos los bienes, verdades y bellezas admirables de este mundo; admirables pero insuficientes para el corazón del hombre. Bien comprendió esto Santa Teresa de Jesús cuando escribió: “Sólo Dios basta”.

Es una tragedia que en Europa, sobre todo en el siglo XIX, se afirmase y divulgase la convicción de que Dios es el antagonista del hombre y el enemigo de su libertad. Con esto se quería ensombrecer la verdadera fe bíblica en Dios, que envió al mundo a su Hijo Jesucristo, a fin de que nadie perezca, sino que todos tengan vida eterna (cf. Jn 3,16).
El autor sagrado afirma tajante ante un paganismo para el cual Dios es envidioso o despectivo del hombre: ¿Cómo hubiera creado Dios todas las cosas si no las hubiera amado, Él que en su plenitud infinita no necesita nada? (cf. Sab 11,24- 26). ¿Cómo se hubiera revelado a los hombres si no quisiera velar por ellos? Dios es el origen de nuestro ser y cimiento y cúspide de nuestra libertad; no su oponente. ¿Cómo el hombre mortal se va a fundar a sí mismo y cómo el hombre pecador se va a reconciliar a sí mismo? ¿Cómo es posible que se haya hecho silencio público sobre la realidad primera y esencial de la vida humana? ¿Cómo lo más determinante de ella puede ser recluido en la mera intimidad o remitido a la penumbra?
Los hombres no podemos vivir a oscuras, sin ver la luz del sol. Y, entonces, ¿cómo es posible que se le niegue a Dios, sol de las inteligencias, fuerza de las voluntades e imán de nuestros corazones, el derecho de proponer esa luz que disipa toda tiniebla? Por eso, es necesario que Dios vuelva a resonar gozosamente bajo los cielos de Europa; que esa palabra santa no se pronuncie jamás en vano; que no se pervierta haciéndola servir a fines que le son impropios. Es menester que se profiera santamente. Es necesario que la percibamos así en la vida de cada día, en el silencio del trabajo, en el amor fraterno y en las dificultades que los años traen consigo.

Europa ha de abrirse a Dios, salir a su encuentro sin miedo, trabajar con su gracia por aquella dignidad del hombre que habían descubierto las mejores tradiciones: además de la bíblica, fundamental en este orden, también las de época clásica, medieval y moderna, de las que nacieron las grandes creaciones filosóficas y literarias, culturales y sociales de Europa.
Ese Dios y ese hombre son los que se han manifestado concreta e históricamente en Cristo. A ese Cristo que podemos hallar en los caminos hasta llegar a Compostela, pues en ellos hay una cruz que acoge y orienta en las encrucijadas.
Esa cruz, supremo signo del amor llevado hasta el extremo, y por eso don y perdón al mismo tiempo, debe ser nuestra estrella orientadora en la noche del tiempo. Cruz y amor, cruz y luz han sido sinónimos en nuestra historia, porque Cristo se dejó clavar en ella para darnos el supremo testimonio de su amor, para invitarnos al perdón y la reconciliación, para enseñarnos a vencer el mal con el bien. No dejéis de aprender las lecciones de ese Cristo de las encrucijadas de los caminos y de la vida, en el que nos sale al encuentro Dios como amigo, padre y guía. ¡Oh Cruz bendita, brilla siempre en tierras de Europa!

Dejadme que proclame desde aquí la gloria del hombre, que advierta de las amenazas a su dignidad por el expolio de sus valores y riquezas originarios, por la marginación o la muerte infligidas a los más débiles y pobres. No se puede dar culto a Dios sin velar por el hombre su hijo y no se sirve al hombre sin preguntarse por quién es su Padre y responderle a la pregunta por él. La Europa de la ciencia y de las tecnologías, la Europa de la civilización y de la cultura, tiene que ser a la vez la Europa abierta a la trascendencia y a la fraternidad con otros continentes, al Dios vivo y verdadero desde el hombre vivo y verdadero. Esto es lo que la Iglesia desea aportar a Europa: velar por Dios y velar por el hombre, desde la comprensión que de ambos se nos ofrece en Jesucristo.

Queridos amigos, levantemos una mirada esperanzadora hacia todo lo que Dios nos ha prometido y nos ofrece. Que Él nos dé su fortaleza, que aliente a esta Archidiócesis compostelana, que vivifique la fe de sus hijos y los ayude a seguir fieles a su vocación de sembrar y dar vigor al Evangelio, también en otras tierras.

Que Santiago, el amigo del Señor, alcance abundantes bendiciones para Galicia, para los demás pueblos de España, de Europa y de tantos otros lugares allende los mares, donde el Apóstol es signo de identidad cristiana y promotor del anuncio de Cristo.

Sínodo de Obispos de Oriente Medio

Archivado en: Benedicto XVI — Kristin a las 9:19 pm en Jueves, Octubre 14, 2010

omEl objetivo principal del Sínodo que se ha iniciado el domingo, 10 de octubre, es fundamentalmente pastoral: el de reavivar la comunión entre los católicos de Oriente Medio. Así lo afirmó hoy durante la Misa de inauguración el Papa Benedicto XVI.

El Pontífice presidió la solemne Misa con la que se abren los trabajos del sínodo, y que concelebró con los Patriarcas de cada una de las Iglesias sui iuris y con los demás Padres sinodales, en la Basílica de San Pedro del Vaticano.

Durante dos semanas los católicos de Oriente Medio estarán en el centro de la atención de toda la Iglesia porque todos sus obispos estarán reunidos en Roma en el Sínodo.

En el transcurso de la homilía, el Papa subrayó sobre todo la necesidad de la comunión entre las Iglesias locales, que es el testimonio que, afirmó, es necesario “más que nunca” en estos momentos.

La Iglesia cumple su misión “sencillamente siendo ella misma, es decir, comunión y testimonio“, afirmó el Papa. “Sin comunión no puede haber testimonio: el gran testimonio es precisamente la vida de comunión”.

Y, en ese sentido, el Santo Padre explicó que “a pesar de las dificultades, los cristianos de Tierra Santa están llamados a reavivar la conciencia de ser piedras vivas de la Iglesia en Oriente Medio, en los Lugares santos de nuestra salvación”.

El Papa afirmó que los cristianos de Oriente Medio están llamados a un testimonio esencial: la unidad en la diversidad, que podría favorecer enormemente al ecumenismo, de la Iglesia entera, y también al diálogo interreligioso.

No es casual, aseveró, que en estas tierras “la única Iglesia de Cristo se expresa en la variedad de las Tradiciones litúrgicas, espirituales, culturales y disciplinarias de las seis venerables Iglesias Orientales Católicas sui iuris, como también en la Tradición latina”.

Otro de los aspectos fundamentales del Sínodo, afirmó el Papa, es el de ayudar a reforzar y valorar la identidad de las pequeñas comunidades cristianas, que a menudo caen en el desánimo y optan por la emigración.

Todos deseamos que los fieles sientan la alegría de vivir en Tierra Santa, tierra bendecida por la presencia y por el glorioso misterio pascual del Señor Jesucristo”, subrayó el Papa, añadiendo que el propio Sínodo “demuestra el interés de toda la Iglesia por la valiosa y amada porción del Pueblo de Dios que vive en Tierra Santa y en todo Oriente Medio”.

Semillas de paz para Oriente Medio

En un análisis del portavoz de la Santa Sede, el padre Federico Lombardi, el sacerdote ha explicado que el Sínodo de los Obispos de Oriente Medio diseminará semillas de paz en esa región atribulada, considera el portavoz de la Santa Sede.

Lombardi, director de la Oficina de Información de la Santa Sede, ha analizado los objetivos que se plantea esa asamblea sin precedentes de patriarcas y obispos junto al Papa, en el editorial del último número de Octava Dies, semanario del Centro Televisivo Vaticano.

El padre Lombardi ha reconocido que Oriente Medio “es una región en la que los cristianos son una minoría, en algunos países verdaderamente muy pequeña y carente de cualquier influjo político o social, en donde la situación de guerra o de tensión permanente merma la esperanza en el provenir e impulsa a emigrar”.

“Pero es también la región en la que el cristianismo nació -añade-, donde tiene raíces y tradiciones antiquísimas y de extraordinaria riqueza cultural y espiritual”.

“Por ello, los problemas de las Iglesia en Oriente Medio nos interesan y nos competen a todos, y por ello el Papa convocó esta asamblea, que por primera vez no está dedicada a un tema o a un continente o a un país en especial, sino a una específica región del mundo”

Por otro lado, el secretario general del Sínodo de Obispos, monseñor Nikola Eterovic, valoró la iniciativa como “una feliz ocasión para presentar la riqueza de las Iglesias orientales católicas al mundo entero”.

El prelado intervino en la presentación de este evento eclesial que se realizará del 10 al 24 de octubre bajo el lema “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma”, Hechos de los apóstoles 4, 32.

Monseñoir Eterovic resaltó la importancia de que las iglesias en este lugar del planeta “sostengan cada vez más, sea espiritual como materialmente a sus hermanos y hermanas en el Medio Oriente”, especialmente “aquellos que viven en situaciones difíciles a causa de la violencia, incluyendo el terrorismo, la inmigración y la discriminación”.

Católicos orientales

La Asamblea Sinodal de este año se centrará así en las iglesias presentes en los países del Medio Oriente que son Arabia Saudita, Bahréin, Chipre, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Jordania, Irán, Irak, Israel, Kuwait, Libano, Oman, Qatar, Siria, Turquía, territorios palestinos y Yemen.

En total son 7.180.912 kilómetros cuadrados en los que viven 356.174.000 de los cuales 5.707.000 son católicos, lo que representa un 1,6% de la población. El número de aproximado de cristianos de otras religiones es de 20.000.000, lo que representaría un 5,62% del total de los habitantes.

En la Iglesia en Medio Oriente hay seis iglesias sui iuris, cada una con su patriarca que vive en comunión con el Papa. Estas son la Iglesia Copta, la Siria, la Greco – melquita, la Maronita, la Caldea y la Armena.

La valentía de Benedicto XVI

Archivado en: Benedicto XVI — Kristin a las 12:14 pm en Lunes, Septiembre 27, 2010

BRITAIN-POPE/

El papa Benedicto XVI acaba de realizar un valiente viaje a Inglaterra. El Papa alemán (el “pastor alemán”, tituló un tabloide inglés poco después de la elección de Joseph Ratzinger como pontífice), el papa de Roma, ha visitado durante cuatro días el país que se enfrentó a muerte a Alemania en la Segunda Guerra Mundial; el país que hace cuatrocientos sesenta y siete años rompió puentes con la autoridad pontificia romana, promoviendo una iglesia nacional, coincidente en el tiempo con la reforma luterana.

Claves del viaje:

- Comencemos por la dimensión histórica que acabamos de citar. Ha sido la primera visita oficial del papa de Roma a Inglaterra desde que Enrique VIII decretase en 1534 el Estatuto de Primacía (Acts of Supremacy) que declaraba a la corona de Inglaterra como “única cabeza suprema en la tierra de la Iglesia de Inglaterra, llamada Ecclesia Anglicana“. Un anterior viaje de Juan Pablo II no tuvo carácter oficial. La reaproximación de Roma a Inglaterra es un hecho histórico de primer orden que ninguna persona que tenga una mínima noción de los fundamentos europeos puede ignorar o minimizar. Por debajo de la confusa espuma de los días, las capas tectónicas de Europa se están moviendo.

- La segunda clave podríamos decir que es de orden intelectual. Benedicto XVI ha sido la tercera personalidad extranjera invitada a hablar ante las autoridades británicas en el Westminster Hall, lugar de las primeras sesiones del Parlamento inglés. Antes lo hicieron Charles de Gaulle y Nelson Mandela. En su discurso, que conviene releer, el Papa realizó una decidida defensa del papel de la religión en la vida pública, tomando como referencia la figura de Tomás Moro, condenado a muerte en aquel lugar por defender sus ideas ante el dictado de la autoridad política. “Para los legisladores la religión no debe ser un problema que resolver, sino un contribuyente vital a la conversación nacional“, dijo Benedicto XVI. En ese importante discurso, Joseph Ratzinger alertó contra la irrupción de un laicismo agresivo que pretende borrar las huellas de la religión en el espacio público. Dijo el Papa en Westminster: “Cada generación debe preguntarse ¿cuáles son los requerimientos que los gobiernos pueden imponer razonablemente a sus ciudadanos?“. Los anglicanos escucharon con mucha atención las palabras del Papa. Estaban presentes en Westminster, David Cameron, Gordon Brown, Tony Blair y Margaret Thatcher.

- Tercera clave: el diálogo ecuménico con la Iglesia Anglicana, en el marco de la lenta pero posible reaproximación de las diferentes confesiones cristianas. El sector anglicano contrario a la ordenación de mujeres y homosexuales ya ha llamado a la puerta de Roma.

- Y por último lugar, aunque no lo último – en absoluto- la radical autocrítica por los casos de pederastia en la Iglesia y su encuentro con víctimas de las agresiones sexuales. La Iglesia católica se halla ante un grave asunto que está dañando su credibilidad y su autoridad moral. Esa es la realidad, pero sólo desde la más absoluta mala fe puede afirmarse o sugerirse que Benedicto XVI sea cómplice de tal situación. Al contrario, el mundo hoy conoce lo que ha pasado gracias a la firme determinación del Papa de reparar el grave pecado cometido por ministros de la Iglesia.

Un viaje valiente que ayuda a entender la importancia de la próxima visita de Benedicto XVI a Barcelona.”

Publicado en La Vanguardia 20 de septiembre 2010-09-20

Homilía de Benedicto XVI en la beatificación del Cardenal Newman

Archivado en: Benedicto XVI,Cardenal Newman — Kristin a las 4:17 pm en Martes, Septiembre 21, 2010

Cofton Park de Rednal – Birmingham. Domingo 19 de septiembre de 2010

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Nos encontramos aquí en Birmingham en un día realmente feliz. En primer lugar, porque es el día del Señor, el Domingo, el día en que el Señor Jesucristo resucitó de entre los muertos y cambió para siempre el curso de la historia humana, ofreciendo nueva vida y esperanza a todos los que viven en la oscuridad y en sombras de muerte. Es la razón por la que los cristianos de todo el mundo se reúnen en este día para alabar y dar gracias a Dios por las maravillas que ha hecho por nosotros. Este domingo en particular representa también un momento significativo en la vida de la nación británica, al ser el día elegido para conmemorar el setenta aniversario de la Batalla de Bretaña. Para mí, que estuve entre quienes vivieron y sufrieron los oscuros días del régimen nazi en Alemania, es profundamente conmovedor estar con vosotros en esta ocasión, y poder recordar a tantos conciudadanos vuestros que sacrificaron sus vidas, resistiendo con tesón a las fuerzas de esta ideología demoníaca. Pienso en particular en la vecina Coventry, que sufrió durísimos bombardeos, con numerosas víctimas en noviembre de 1940. Setenta años después recordamos con vergüenza y horror el espantoso precio de muerte y destrucción que la guerra trae consigo, y renovamos nuestra determinación de trabajar por la paz y la reconciliación, donde quiera que amenace un conflicto. Pero existe otra razón, más alegre, por la cual este día es especial para Gran Bretaña, para el centro de Inglaterra, para Birmingham. Éste es el día en que formalmente el Cardenal John Henry Newman ha sido elevado a los altares y declarado beato.

Agradezco al Arzobispo Bernard Longley su amable acogida al comenzar la Misa en esta mañana. Agradezco a cuantos habéis trabajado tan duramente durante tantos años en la promoción de la causa del Cardenal Newman, incluyendo a los Padres del Oratorio de Birminghan y a los miembros de la Familia Espiritual Das Werk. Y os saludo a todos los que habéis venido desde diversas partes de Gran Bretaña, Irlanda y otros puntos más lejanos; gracias por vuestra presencia en esta celebración, en la que alabamos y damos gloria a Dios por las virtudes heroicas de este santo inglés.

Inglaterra tiene un larga tradición de santos mártires, cuyo valiente testimonio ha sostenido e inspirado a la comunidad católica local durante siglos. Es justo y conveniente reconocer hoy la santidad de un confesor, un hijo de esta nación que, si bien no fue llamado a derramar la sangre por el Señor, jamás se cansó de dar un testimonio elocuente de Él a lo largo de una vida entregada al ministerio sacerdotal, y especialmente a predicar, enseñar y escribir. Es digno de formar parte de la larga hilera de santos y eruditos de estas islas, San Beda, Santa Hilda, San Aelred, el Beato Duns Scoto, por nombrar sólo a algunos. En el Beato John Newman, esta tradición de delicada erudición, profunda sabiduría humana y amor intenso por el Señor ha dado grandes frutos, como signo de la presencia constante del Espíritu Santo en el corazón del Pueblo de Dios, suscitando copiosos dones de santidad.

El lema del Cardenal Newman, cor ad cor loquitur, “el corazón habla al corazón”, nos da la perspectiva de su comprensión de la vida cristiana como una llamada a la santidad, experimentada como el deseo profundo del corazón humano de entrar en comunión íntima con el Corazón de Dios. Nos recuerda que la fidelidad a la oración nos va transformando gradualmente a semejanza de Dios. Como escribió en uno de sus muchos hermosos sermones, «el hábito de oración, la práctica de buscar a Dios y el mundo invisible en cada momento, en cada lugar, en cada emergencia –os digo que la oración tiene lo que se puede llamar un efecto natural en el alma, espiritualizándola y elevándola. Un hombre ya no es lo que era antes; gradualmente… se ve imbuido de una serie de ideas nuevas, y se ve impregnado de principios diferentes» (Sermones Parroquiales y Comunes, IV, 230-231).

El Evangelio de hoy afirma que nadie puede servir a dos señores (cf. Lc 16,13), y el Beato John Henry, en sus enseñanzas sobre la oración, aclara cómo el fiel cristiano toma partido por servir a su único y verdadero Maestro, que pide sólo para sí nuestra devoción incondicional (cf. Mt 23,10). Newman nos ayuda a entender en qué consiste esto para nuestra vida cotidiana: nos dice que nuestro divino Maestro nos ha asignado una tarea específica a cada uno de nosotros, un “servicio concreto”, confiado de manera única a cada persona concreta: «Tengo mi misión», escribe, «soy un eslabón en una cadena, un vínculo de unión entre personas. No me ha creado para la nada. Haré el bien, haré su trabajo; seré un ángel de paz, un predicador de la verdad en el lugar que me es propio… si lo hago, me mantendré en sus mandamientos y le serviré a Él en mis quehaceres» (Meditación y Devoción, 301-2).

El servicio concreto al que fue llamado el Beato John Henry incluía la aplicación entusiasta de su inteligencia y su prolífica pluma a muchas de las más urgentes “cuestiones del día”. Sus intuiciones sobre la relación entre fe y razón, sobre el lugar vital de la religión revelada en la sociedad civilizada, y sobre la necesidad de un educación esmerada y amplia fueron de gran importancia, no sólo para la Inglaterra victoriana. Hoy también siguen inspirando e iluminando a muchos en todo el mundo. Me gustaría rendir especial homenaje a su visión de la educación, que ha hecho tanto por formar el ethos que es la fuerza motriz de las escuelas y facultades católicas actuales. Firmemente contrario a cualquier enfoque reductivo o utilitarista, buscó lograr unas condiciones educativas en las que se unificara el esfuerzo intelectual, la disciplina moral y el compromiso religioso. El proyecto de fundar una Universidad Católica en Irlanda le brindó la oportunidad de desarrollar sus ideas al respecto, y la colección de discursos que publicó con el título La Idea de una Universidad, sostiene un ideal mediante el cual todos los que están inmersos en la formación académica pueden seguir aprendiendo. Más aún, qué mejor meta pueden fijarse los profesores de religión que la famosa llamada del Beato John Henry por unos laicos inteligentes y bien formados: «Quiero un laicado que no sea arrogante ni imprudente a la hora de hablar, ni alborotador, sino hombres que conozcan bien su religión, que profundicen en ella, que sepan bien dónde están, que sepan qué tienen y qué no tienen, que conozcan su credo a tal punto que puedan dar cuentas de él, que conozcan tan bien la historia que puedan defenderla» (La Posición Actual de los Católicos en Inglaterra, IX, 390). Hoy, cuando el autor de estas palabras ha sido elevado a los altares, pido para que, a través de su intercesión y ejemplo, todos los que trabajan en el campo de la enseñanza y de la catequesis se inspiren con mayor ardor en la visión tan clara que el nos dejó.

Aunque la extensa producción literaria sobre su vida y obras ha prestado comprensiblemente mayor atención al legado intelectual de John Henry Newman, en esta ocasión prefiero concluir con una breve reflexión sobre su vida sacerdotal, como pastor de almas. Su visión del ministerio pastoral bajo el prisma de la calidez y la humanidad está expresado de manera maravillosa en otro de sus famosos sermones: «Si vuestros sacerdotes fueran ángeles, hermanos míos, ellos no podrían compartir con vosotros el dolor, sintonizar con vosotros, no podrían haber tenido compasión de vosotros, sentir ternura por vosotros y ser indulgentes con vosotros, como nosotros podemos; ellos no podrían ser ni modelos ni guías, y no te habrían llevado de tu hombre viejo a la vida nueva, como ellos, que vienen de entre nosotros” (“Hombres, no ángeles: los Sacerdotes del evangelio”,Discursos a las Congregaciones Mixtas, 3).

Él vivió profundamente esta visión tan humana del ministerio sacerdotal en sus desvelos pastoral por el pueblo de Birmingham, durante los años dedicados al Oratorio que él mismo fundó, visitando a los enfermos y a los pobres, consolando al triste, o atendiendo a los encarcelados. No sorprende que a su muerte, tantos miles de personas se agolparan en las calles mientras su cuerpo era trasladado al lugar de su sepultura, a no más de media milla de aquí. Ciento veinte años después, una gran multitud se ha congregado de nuevo para celebrar el solemne reconocimiento eclesial de la excepcional santidad de este padre de almas tan amado. Qué mejor que expresar nuestra alegría de este momento que dirigiéndonos a nuestro Padre del cielo con sincera gratitud, rezando con las mismas palabras que el Beato John Henry Newman puso en labios del coro celestial de los ángeles:

“Sea alabado el Santísimo en el cielo,
sea alabado en el abismo;
en todas sus palabras el más maravilloso,
el más seguro en todos sus caminos”.


(El Sueño de Gerontius)

Hacia la comunión

Archivado en: Benedicto XVI,Cardenal Newman — Kristin a las 10:20 pm en Jueves, Septiembre 16, 2010

Como cabeza de la Iglesia anglicana, Isabel II, conoce la crisis que está viviendo esta confesión a nivel planetario, y es consciente, como lo es el Papa, de que el testimonio cristiano será más creíble y evangélico si se superan las divisiones surgidas hace casi quinientos años. Y es curioso que esta invitación llegue meses después (noviembre de 2009) de que el Papa publicase la Constitución apostólica Anglicanorum coetibus, en la que se establece la posibilidad de que comunidades anglicanas puedan pasar en su conjunto a la plena comunión con la Iglesia católica.

Cuando fue publicada aquella Carta, muchos medios de comunicación lo interpretaron como un desafío, o incluso un insulto a la Iglesia de Inglaterra y en particular a su reina. Esta invitación muestra que ese documento no tenía ni esa intención ni ese efecto. De hecho, el repaso que hace el Papa de la tradición espiritual y litúrgica del anglicanismo en ese documento constituye el reconocimiento más importante que ha hecho nunca un Pontífice de lo mejor que ha dado a la Historia esa confesión.Se entiende así también que el arzobispo de Canterbury y Primado de la Iglesia de Inglaterra, Rowan Williams, haya sido uno de los impulsores de la Visita, y que, este viernes, reciba a Benedicto XVI en el simbólico Lambeth Palace.

Curiosamente, en medio del debate que están viviendo las comunidades anglicanas en torno al reconocimiento de obispos abiertamente homosexuales, a la admisión al episcopado o al sacerdocio de mujeres, o a otras cuestiones de carácter ético, Roma, al abrir las puertas a las comunidades anglicanas que lo pidan, manteniendo sus tradiciones, está demostrando que existe un futuro para esta Iglesia, que pasa por la unidad entre todos los cristianos. Y el símbolo de esa unidad es el sucesor del pescador de Galilea, Pedro. Lo que hace veinte años se hubiera visto como una provocación, ahora se ve como una posibilidad, y ya hay pastores anglicanos que están dando el paso.


Benedicto XVI, junto al arzobispo anglicano  de Canterbury, Rowan Williams, en 2009

Benedicto XVI, junto al arzobispo anglicano de Canterbury, Rowan Williams, en 2009

Deborah Gyapong, escritora y periodista, que pertenece a la Comunión Anglicana Tradicional y ha pedido la comunión con Roma, está convencida de que el encuentro entre el arzobispo de Canterbury y el Papa será muy positivo, pues se trata de dos reconocidos teólogos y ambas Iglesias tienen muchos proyectos comunes en obras de caridad. Gyapong explica que la decisión de los pastores anglicanos de regresar a Roma es muy difícil, pues no sólo pierden sueldo y casa, sino que sienten que abandonan a los fieles que no dan este paso. Por este motivo, considera que el regreso de las comunidades anglicanas no tendrá lugar de un día para otro; dependerá mucho de la acogida de las primeras comunidades. Y, en este proceso, la Visita papal tendrá una importancia evidente.

Por Jesús Colina, Roma.

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