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Homilía de Benedicto XVI en la beatificación del Cardenal Newman

Archivado en: Benedicto XVI,Cardenal Newman — Kristin a las 4:17 pm en Martes, Septiembre 21, 2010

Cofton Park de Rednal – Birmingham. Domingo 19 de septiembre de 2010

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Nos encontramos aquí en Birmingham en un día realmente feliz. En primer lugar, porque es el día del Señor, el Domingo, el día en que el Señor Jesucristo resucitó de entre los muertos y cambió para siempre el curso de la historia humana, ofreciendo nueva vida y esperanza a todos los que viven en la oscuridad y en sombras de muerte. Es la razón por la que los cristianos de todo el mundo se reúnen en este día para alabar y dar gracias a Dios por las maravillas que ha hecho por nosotros. Este domingo en particular representa también un momento significativo en la vida de la nación británica, al ser el día elegido para conmemorar el setenta aniversario de la Batalla de Bretaña. Para mí, que estuve entre quienes vivieron y sufrieron los oscuros días del régimen nazi en Alemania, es profundamente conmovedor estar con vosotros en esta ocasión, y poder recordar a tantos conciudadanos vuestros que sacrificaron sus vidas, resistiendo con tesón a las fuerzas de esta ideología demoníaca. Pienso en particular en la vecina Coventry, que sufrió durísimos bombardeos, con numerosas víctimas en noviembre de 1940. Setenta años después recordamos con vergüenza y horror el espantoso precio de muerte y destrucción que la guerra trae consigo, y renovamos nuestra determinación de trabajar por la paz y la reconciliación, donde quiera que amenace un conflicto. Pero existe otra razón, más alegre, por la cual este día es especial para Gran Bretaña, para el centro de Inglaterra, para Birmingham. Éste es el día en que formalmente el Cardenal John Henry Newman ha sido elevado a los altares y declarado beato.

Agradezco al Arzobispo Bernard Longley su amable acogida al comenzar la Misa en esta mañana. Agradezco a cuantos habéis trabajado tan duramente durante tantos años en la promoción de la causa del Cardenal Newman, incluyendo a los Padres del Oratorio de Birminghan y a los miembros de la Familia Espiritual Das Werk. Y os saludo a todos los que habéis venido desde diversas partes de Gran Bretaña, Irlanda y otros puntos más lejanos; gracias por vuestra presencia en esta celebración, en la que alabamos y damos gloria a Dios por las virtudes heroicas de este santo inglés.

Inglaterra tiene un larga tradición de santos mártires, cuyo valiente testimonio ha sostenido e inspirado a la comunidad católica local durante siglos. Es justo y conveniente reconocer hoy la santidad de un confesor, un hijo de esta nación que, si bien no fue llamado a derramar la sangre por el Señor, jamás se cansó de dar un testimonio elocuente de Él a lo largo de una vida entregada al ministerio sacerdotal, y especialmente a predicar, enseñar y escribir. Es digno de formar parte de la larga hilera de santos y eruditos de estas islas, San Beda, Santa Hilda, San Aelred, el Beato Duns Scoto, por nombrar sólo a algunos. En el Beato John Newman, esta tradición de delicada erudición, profunda sabiduría humana y amor intenso por el Señor ha dado grandes frutos, como signo de la presencia constante del Espíritu Santo en el corazón del Pueblo de Dios, suscitando copiosos dones de santidad.

El lema del Cardenal Newman, cor ad cor loquitur, “el corazón habla al corazón”, nos da la perspectiva de su comprensión de la vida cristiana como una llamada a la santidad, experimentada como el deseo profundo del corazón humano de entrar en comunión íntima con el Corazón de Dios. Nos recuerda que la fidelidad a la oración nos va transformando gradualmente a semejanza de Dios. Como escribió en uno de sus muchos hermosos sermones, «el hábito de oración, la práctica de buscar a Dios y el mundo invisible en cada momento, en cada lugar, en cada emergencia –os digo que la oración tiene lo que se puede llamar un efecto natural en el alma, espiritualizándola y elevándola. Un hombre ya no es lo que era antes; gradualmente… se ve imbuido de una serie de ideas nuevas, y se ve impregnado de principios diferentes» (Sermones Parroquiales y Comunes, IV, 230-231).

El Evangelio de hoy afirma que nadie puede servir a dos señores (cf. Lc 16,13), y el Beato John Henry, en sus enseñanzas sobre la oración, aclara cómo el fiel cristiano toma partido por servir a su único y verdadero Maestro, que pide sólo para sí nuestra devoción incondicional (cf. Mt 23,10). Newman nos ayuda a entender en qué consiste esto para nuestra vida cotidiana: nos dice que nuestro divino Maestro nos ha asignado una tarea específica a cada uno de nosotros, un “servicio concreto”, confiado de manera única a cada persona concreta: «Tengo mi misión», escribe, «soy un eslabón en una cadena, un vínculo de unión entre personas. No me ha creado para la nada. Haré el bien, haré su trabajo; seré un ángel de paz, un predicador de la verdad en el lugar que me es propio… si lo hago, me mantendré en sus mandamientos y le serviré a Él en mis quehaceres» (Meditación y Devoción, 301-2).

El servicio concreto al que fue llamado el Beato John Henry incluía la aplicación entusiasta de su inteligencia y su prolífica pluma a muchas de las más urgentes “cuestiones del día”. Sus intuiciones sobre la relación entre fe y razón, sobre el lugar vital de la religión revelada en la sociedad civilizada, y sobre la necesidad de un educación esmerada y amplia fueron de gran importancia, no sólo para la Inglaterra victoriana. Hoy también siguen inspirando e iluminando a muchos en todo el mundo. Me gustaría rendir especial homenaje a su visión de la educación, que ha hecho tanto por formar el ethos que es la fuerza motriz de las escuelas y facultades católicas actuales. Firmemente contrario a cualquier enfoque reductivo o utilitarista, buscó lograr unas condiciones educativas en las que se unificara el esfuerzo intelectual, la disciplina moral y el compromiso religioso. El proyecto de fundar una Universidad Católica en Irlanda le brindó la oportunidad de desarrollar sus ideas al respecto, y la colección de discursos que publicó con el título La Idea de una Universidad, sostiene un ideal mediante el cual todos los que están inmersos en la formación académica pueden seguir aprendiendo. Más aún, qué mejor meta pueden fijarse los profesores de religión que la famosa llamada del Beato John Henry por unos laicos inteligentes y bien formados: «Quiero un laicado que no sea arrogante ni imprudente a la hora de hablar, ni alborotador, sino hombres que conozcan bien su religión, que profundicen en ella, que sepan bien dónde están, que sepan qué tienen y qué no tienen, que conozcan su credo a tal punto que puedan dar cuentas de él, que conozcan tan bien la historia que puedan defenderla» (La Posición Actual de los Católicos en Inglaterra, IX, 390). Hoy, cuando el autor de estas palabras ha sido elevado a los altares, pido para que, a través de su intercesión y ejemplo, todos los que trabajan en el campo de la enseñanza y de la catequesis se inspiren con mayor ardor en la visión tan clara que el nos dejó.

Aunque la extensa producción literaria sobre su vida y obras ha prestado comprensiblemente mayor atención al legado intelectual de John Henry Newman, en esta ocasión prefiero concluir con una breve reflexión sobre su vida sacerdotal, como pastor de almas. Su visión del ministerio pastoral bajo el prisma de la calidez y la humanidad está expresado de manera maravillosa en otro de sus famosos sermones: «Si vuestros sacerdotes fueran ángeles, hermanos míos, ellos no podrían compartir con vosotros el dolor, sintonizar con vosotros, no podrían haber tenido compasión de vosotros, sentir ternura por vosotros y ser indulgentes con vosotros, como nosotros podemos; ellos no podrían ser ni modelos ni guías, y no te habrían llevado de tu hombre viejo a la vida nueva, como ellos, que vienen de entre nosotros” (“Hombres, no ángeles: los Sacerdotes del evangelio”,Discursos a las Congregaciones Mixtas, 3).

Él vivió profundamente esta visión tan humana del ministerio sacerdotal en sus desvelos pastoral por el pueblo de Birmingham, durante los años dedicados al Oratorio que él mismo fundó, visitando a los enfermos y a los pobres, consolando al triste, o atendiendo a los encarcelados. No sorprende que a su muerte, tantos miles de personas se agolparan en las calles mientras su cuerpo era trasladado al lugar de su sepultura, a no más de media milla de aquí. Ciento veinte años después, una gran multitud se ha congregado de nuevo para celebrar el solemne reconocimiento eclesial de la excepcional santidad de este padre de almas tan amado. Qué mejor que expresar nuestra alegría de este momento que dirigiéndonos a nuestro Padre del cielo con sincera gratitud, rezando con las mismas palabras que el Beato John Henry Newman puso en labios del coro celestial de los ángeles:

“Sea alabado el Santísimo en el cielo,
sea alabado en el abismo;
en todas sus palabras el más maravilloso,
el más seguro en todos sus caminos”.


(El Sueño de Gerontius)

Beato John Henry Newman

Archivado en: Cardenal Newman — Kristin a las 9:58 pm en Viernes, Septiembre 17, 2010

El domingo próximo será beatificado por el Papa Benedicto XVI en Birmingham, John Henry Newman.

Nació en Londres en 1801 y fallecía en 1890 en Birmingham. Fue presbítero de la Iglesia Anglicana (1825) y catedrático de Oxford. Crea el «Movimiento de Oxford» (1833) que llevó a la Iglesia a centenares de ministros y miles de fieles, no solamente anglicanos, sino también de otras confesiones. El Movimiento de Oxford persiste vigoroso aún en nuestros días.

Convertido al catolicismo en 1845 y alumno del Colegio Urbano de Propaganda Fide (1846) fue ordenado sacerdote en Roma (1847). Fundó el Oratorio de San Felipe Neri en Birmingham y Londres (1849).

Promovió y fue rector de la Universidad Católica de Irlanda (1854). Sus escritos abarcan cer ca de 80 volúmenes, que, en la actualidad, son fuente de orientación para la existencia de numerosísimos cristianos en todo el mundo.

Nombrado Cardenal por León XIII (1879) vivió una larga vida dedica do a la exposición de la fe de la Iglesia.

Por J.M. Alimbau en La Razón

Hacia la comunión

Archivado en: Benedicto XVI,Cardenal Newman — Kristin a las 10:20 pm en Jueves, Septiembre 16, 2010

Como cabeza de la Iglesia anglicana, Isabel II, conoce la crisis que está viviendo esta confesión a nivel planetario, y es consciente, como lo es el Papa, de que el testimonio cristiano será más creíble y evangélico si se superan las divisiones surgidas hace casi quinientos años. Y es curioso que esta invitación llegue meses después (noviembre de 2009) de que el Papa publicase la Constitución apostólica Anglicanorum coetibus, en la que se establece la posibilidad de que comunidades anglicanas puedan pasar en su conjunto a la plena comunión con la Iglesia católica.

Cuando fue publicada aquella Carta, muchos medios de comunicación lo interpretaron como un desafío, o incluso un insulto a la Iglesia de Inglaterra y en particular a su reina. Esta invitación muestra que ese documento no tenía ni esa intención ni ese efecto. De hecho, el repaso que hace el Papa de la tradición espiritual y litúrgica del anglicanismo en ese documento constituye el reconocimiento más importante que ha hecho nunca un Pontífice de lo mejor que ha dado a la Historia esa confesión.Se entiende así también que el arzobispo de Canterbury y Primado de la Iglesia de Inglaterra, Rowan Williams, haya sido uno de los impulsores de la Visita, y que, este viernes, reciba a Benedicto XVI en el simbólico Lambeth Palace.

Curiosamente, en medio del debate que están viviendo las comunidades anglicanas en torno al reconocimiento de obispos abiertamente homosexuales, a la admisión al episcopado o al sacerdocio de mujeres, o a otras cuestiones de carácter ético, Roma, al abrir las puertas a las comunidades anglicanas que lo pidan, manteniendo sus tradiciones, está demostrando que existe un futuro para esta Iglesia, que pasa por la unidad entre todos los cristianos. Y el símbolo de esa unidad es el sucesor del pescador de Galilea, Pedro. Lo que hace veinte años se hubiera visto como una provocación, ahora se ve como una posibilidad, y ya hay pastores anglicanos que están dando el paso.


Benedicto XVI, junto al arzobispo anglicano  de Canterbury, Rowan Williams, en 2009

Benedicto XVI, junto al arzobispo anglicano de Canterbury, Rowan Williams, en 2009

Deborah Gyapong, escritora y periodista, que pertenece a la Comunión Anglicana Tradicional y ha pedido la comunión con Roma, está convencida de que el encuentro entre el arzobispo de Canterbury y el Papa será muy positivo, pues se trata de dos reconocidos teólogos y ambas Iglesias tienen muchos proyectos comunes en obras de caridad. Gyapong explica que la decisión de los pastores anglicanos de regresar a Roma es muy difícil, pues no sólo pierden sueldo y casa, sino que sienten que abandonan a los fieles que no dan este paso. Por este motivo, considera que el regreso de las comunidades anglicanas no tendrá lugar de un día para otro; dependerá mucho de la acogida de las primeras comunidades. Y, en este proceso, la Visita papal tendrá una importancia evidente.

Por Jesús Colina, Roma.

Newman y Escrivá

Archivado en: Cardenal Newman,San Josemaría — Kristin a las 10:06 pm en Viernes, Septiembre 10, 2010

John Henry Newman (2)El próximo 19 de septiembre, su santidad el Papa Benedicto XVI presidirá la ceremonia de beatificación del Cardenal John Henry Newman que tendrá lugar en Reino Unido. El Santo Padre ha aceptado la amable invitación del Gobierno británico a realizar la que se convertirá en la primera visita oficial de un Pontífice al Reino Unido, puesto que la que realizó Juan Pablo II en 1982 era una visita pastoral.

Este artículo ha sido publicado en el portal Church Forum.org y en él se relaciona la figura de Newman y la de san Josemaría a la hora de realzar el importante papel que los laicos están llamados a desempeñar dentro de la Iglesia:

“Puede parecer muy forzada la comparación, muy tenue la relación que existe entre estos dos personajes señeros en la vida de la Iglesia, uno del s. XIX y el otro del XX. El contexto social, cultural e histórico es bastante diverso; uno es un converso, ensayista y apologista que llegó a ser cardenal, el otro un fundador de una institución de la Iglesia. Sin embargo, mirándolos con atención se descubre una gran sintonía espiritual y un análogo proyecto pastoral. Menciono algunos ejemplos.

Ambos son verdaderos ‘profetas’ de la misión y del importante papel que los laicos están llamados a desempeñar dentro de la Iglesia. Ambos sufrieron con motivo de esta última aseveración, ya que cuando comenzaron a predicar parecía una novedad insostenible. Newman por ejemplo afirmaba que el ‘sentido de la fe’ del pueblo de Dios debería ser considerado como ‘lugar teológico’, es decir, como una fuente a la que se puede consultar para conocer cuál es el contenido auténtico de la fe.

La Iglesia, como depositaria de la revelación divina, no puede prescindir en su determinación de una parte importantísima de ella misma: el pueblo fiel; si lo hace, además de perder una fuente privilegiada, desemboca en el clericalismo, una reducción de lo que es auténticamente la Iglesia, restringiéndola a los ministros ordenados y la jerarquía. San Josemaría por su parte, también hubo de sufrir incomprensiones por afirmar taxativamente -mucho antes del Vaticano II- que los laicos están llamados a la plenitud de la vida cristiana, a la santidad, que no son cristianos de segunda y gozan de una vocación divina específica, por ejemplo la vocación matrimonial: es decir, un modo de seguir y hacer la voluntad de Dios en la Iglesia y el mundo. Al ‘sentido de la fe’ newmaniano, san Josemaría lo llamará, más coloquialmente, ‘nariz católica’ del pueblo de Dios.

Empeño y formación constantes
Ambos percibieron claramente, que no por el mero hecho de ser laica una persona se convierte en portavoz del Espíritu Santo.

Se precisa una profunda formación y un empeño constante para ser coherente con la fe. Newman dedicó todo su esfuerzo intelectual y pastoral a ese objetivo: la revista Rambler, la Universidad Católica de Dublín por él dirigida, la escuela del Oratorio de Birmingham son ejemplos elocuentes de ello.

San Josemaría, por su parte, además de su riquísima predicación y sus numerosos libros espirituales, que tanto han ayudado a los laicos a encontrar a Dios en su vida ordinaria, fundó –por querer divino- una institución que tiene como fin recordar la llamada universal a la santidad y hacerla asequible: es decir, no sólo afirmar que debemos ser santos en la vida corriente, sino mostrar el cómo, prestando la ayuda adecuada para poder alcanzar ese objetivo. Por eso definía al Opus Dei como “una gran catequesis“, donde se da la formación precisa, particularmente orientada a fomentar en las personas que la reciben la “unidad de vida“, concepto que quiere reflejar la ardua, pero necesaria coherencia entre lo que se cree y lo que se vive; sin intromisiones abusivas y sin divorcios escandalosos.

El ejemplo de los primeros cristianos
Los dos eran concientes de que lo que ellos proponían, en el fondo no era una novedad: “como el Evangelio, Nuevo y como el Evangelio, viejo” diría Escrivá. Ambos tuvieron como fuente de inspiración la vida de los primeros cristianos, a los que había que remitirse para recuperar la integridad de la fe, según Newman. Los dos insistían en la necesidad de alcanzar una profunda unidad entre fe y razón, cimentada en el estudio de las ciencias, tanto profanas como eclesiásticas.

Así por ejemplo, Escrivá exigió a los sacerdotes del Opus Dei que fueran peritos en algún saber profano –todos tienen licenciatura, muchos doctorado civil-, al tiempo que bastantes laicos a su vez cultivaran las ciencias teológicas a su nivel, muchos de ellos alcanzando un doctorado eclesiástico. Newman afirmará por su parte: “Quiero que los seglares intelectuales sean religiosos, y los eclesiásticos devotos sean intelectuales“.

Libertad de las conciencias
Los dos fueron profetas de la ‘libertad de las conciencias’ dentro de la Iglesia. Escrivá predicó incansablemente sobre la libertad y la autonomía de los laicos en asuntos temporales, señalando que no debería haber ninguna ingerencia eclesiástica sobre ellos en esos asuntos. Debían sin embargo esforzarse por ser coherentes con su fe y fieles a su conciencia, evitando cualquier tipo de esquizofrenia oportunista que los descalificara moralmente. Newman incidiría en el valor de la conciencia como lugar de encuentro con Dios, sagrario del hombre y motor de toda conducta moral.

Muchas más aspectos podrían subrayarse: necesidad de aunar piedad y doctrina en la profundización teológica; el ejercicio prudente y responsable, cara a la Iglesia, de la labor teológica, y una profunda percepción de la Iglesia como Misterio, como sacramento, que teniendo un elemento humano, conduce sin embargo a la comunión con lo divino. Baste por lo pronto con lo dicho ahora para justificar la sintonía entre Newman y Escrivá“.

Autor: Rvdo. Arroyo Martínez es Doctor en Filosofía por la Università della Santa Croce