Aprendiendo a vivir

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Así quería Juan Pablo II

Archivado en: Juan Pablo II — Kristin a las 11:21 pm en Lunes, Abril 16, 2012

Del libro de Juan Pablo II, ¡Levantaos! ¡Vamos!. Plaza y Janés, 2004, págs. 68-69

“Conozco a mis ovejas”

El buen pastor conoce a sus ovejas y las ovejas le conocen a él (Jn 10, 14). Una tarea del obispo es actuar con tacto para que lo conozcan directamente el mayor número de personas que forman con él la Iglesia particular. Él, a su vez, ha de intentar acercarse a ellos para saber cómo viven, cuáles son sus alegrías o lo que turba sus corazones. Lo importante para el conocimiento recíproco no son tanto los encuentros ocasionales, cuanto un auténtico interés por lo que sucede dentro de los corazones humanos, independientemente de la edad, el estado social o la nacionalidad de cada uno. Es un interés que abarca a los cercanos y a los alejados.

Es difícil formular una teoría general sobre el modo de tratar a las personas. Sin embargo para mí ha sido de gran ayuda el personalismo, en el que he profundizado en mis estudios filosóficos.

Cada hombre es una persona individual, y por eso yo no puedo programar a priori un tipo de relación que valga para todos, sino que cada vez, por así decir, debo volver a descubrirlo desde el principio. Lo expresa con acierto la poesía de Jerzy Liebert:

 Te estoy aprendiendo, hombre,

te aprendo despacio, despacio.

De este difícil estudio

goza y sufre el corazón.

Para un obispo es muy importante relacionarse con las personas y aprender a tratarlas adecuadamente. Por lo que a mí respecta, es significativo que nunca haya tenido la impresión de que el número de encuentros fuese excesivo. De todos modos, mi preocupación constante ha sido la de cuidar en cada caso el carácter personal del encuentro. Cada uno es un capítulo aparte. Me he movido siempre según esta convicción. Pero me doy cuenta de que este método no se puede aprender. Es algo que simplemente está ahí, porque sale de dentro.

El interés por el otro comienza en la oración del obispo, en su coloquio con Cristo, que le confía «a los suyos». La oración le prepara a estos encuentros con los otros. En ellos, si se tiene una actitud abierta, es posible lograr un conocimiento y comprensión recíprocos aun cuando haya poco tiempo. Lo que yo hago es, simplemente, rezar por todos día tras día.Cuando encuentro una persona, ya rezo por ella, y eso siempre facilita la relación. Me es difícil decir cómo lo perciben las personas, habría que preguntárselo a ellas. Tengo como principio acoger a cada uno como una persona que el Señor me envía y, al mismo tiempo, me confía.

No me gusta la expresión «masa», que suena como algo demasiado anónimo; prefiero el término «multitud» (en griego plëthos: Mc 3, 7; Lc 6, 17; Hch 2, 6; 14, 1, etc.). Cuando Jesús recorría los caminos de Palestina lo seguían con frecuencia grandes «multitudes»; otro tanto les ocurría a los Apóstoles. Naturalmente, el oficio que desempeño me lleva a encontrarme con mucha gente, a veces con verdaderas multitudes. Así sucedió, por ejemplo, en Manila, donde había millones de jóvenes. Ni siquiera en ese caso sería justo hablar de masa anónima. Se trataba de una comunidad animada por un ideal común. Fue por tanto fácil establecer contacto. Y esto es lo que sucede un poco en todas partes. (…)


Historias de la JMJ

Archivado en: Benedicto XVI,Jornada Mundial de la Juventud,Juan Pablo II — Kristin a las 3:53 pm en Martes, Agosto 23, 2011

Una vez acabados todos los actos de la JMJ, empezamos a conocer historias grandes y pequeñas de los que ha ido sucediendo estos días, más allá de lo que cada uno haya podido vivir o conocer a través de los medios de comunicación. Aquí dejo el relato de una de ellas:

  Cuatro Vientos. Carpa 3
  Ángel Cabrero Ugarte, sacerdote.

Sábado 20 de agosto. A las 9:00 en la entrada nº 1 de Cuatro Vientos. Tres sacerdotes nos hacíamos cargo de la carpa eucarística 3. Entré en el recinto de la base aérea, por primera vez, y el primer reconocimiento visual de lo que había visto en el papel me permitía ver, a lo lejos, la que debería ser mi carpa. Media hora de reloj, a buen paso, me costó llegar. Fue el primer descubrimiento de la magnitud del lugar. Celebramos misa, con el motivo principal de reservar la Sagrada Forma que se veneraría en la Exposición prevista de 12 a 6 de la madrugada en cada carpa.

Teóricamente nuestra función el resto del día, hasta la hora la Vela, era custodiar el lugar. Teníamos asignados cinco voluntarios que, podría pensarse, no iban a tener mucho trabajo. Pero, a pesar de ser la carpa más apartada, pronto llegaron jóvenes a rezar. Desde el principio tuvimos algunos sacerdotes que se presentaron dispuestos a confesar. Teníamos 7 sillas, que en muchos momentos estuvieron ocupadas por confesores. Empezó desfilar un goteo constante de penitentes. Desde las primeras horas hubo sacerdotes que pidieron celebrar misa para sus grupos. Una misa detrás de otra. Varios sacerdotes confesando todo el día.

El calor tórrido hacía muy apetecible la carpa para “tomar la sombra”. Suponía un esfuerzo adicional para los voluntarios ir indicando a los jóvenes que entraban que aquel era un lugar de oración. En seguida se daban cuenta de si la indumentaria no era decorosa o que no era lugar para entrar con la Coca Cola. Y aquella gigantesca tienda, del tamaño de un campo de tenis, con la presencia de Santísimo Sacramento en una arqueta apropiada, fue un lugar de oración, de recepción de los sacramentos, de mucha Gracia de Dios.

El Maligno debía estar muy enfadado ante aquel panorama, y apareció en forma de tremenda tormenta. Un golpe de viento muy fuerte arrancó las fijaciones de los grandes pilares de hierro que sostenían toda la carpa. Fue un momento de pánico. Cogimos la arqueta del Santísimo y la gente salió despavorida. Fuera llovía muy fuerte. Todo ocurría mientras el Papa estaba presidiendo la Vigilia de oración. Llevamos al Santísimo a una pequeña capilla en el lugar donde se revestían los obispos, pasando por numerosos controles. Después de mucho caos, lluvia, viento, depositamos la arqueta en el pequeño altar. Hasta allí, acompañando al Señor, llegamos tres sacerdotes, un voluntario y una religiosa. El voluntario, un muchacho joven, dijo: “deberíamos rezar algo”. De rodillas estuvimos unos minutos de silencio y luego la religiosa comenzó a rezar en voz alta: “Te damos gracias, Señor, porque nos proteges de la tormenta, te damos gracias por todos estos jóvenes…”.

Después de comunicar a los organizadores lo que conocíamos de la dimensión del estropicio –carpas 2, 3 y 12 inutilizadas- nos dispusimos a volver al lugar de los hechos, pero la Vigilia había acabado –nosotros no habíamos visto nada- y tuvimos que esperar a que salieran los obispos. La manifestación más gráfica de la universalidad de la Iglesia fue aquel muestrario de 800 obispos que desfiló ante de nosotros.

El diablo se salió con la suya: no hubo adoración eucarística en algunas carpas. Pero la abundancia de Gracia derramada durante todo el día ya nadie podía evitarlo. Y dimos muchas gracias a Dios por tanta maravilla.

Mensaje de Benedicto XVI para la JMJ de Madrid 2011

Archivado en: Benedicto XVI,Juan Pablo II — Kristin a las 12:06 am en Sábado, Agosto 13, 2011  Etiquetado

Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe“(cf. Col 2, 7)

Queridos amigos:

Pienso con frecuencia en la Jornada Mundial de la Juventud de Sydney, en el 2008. Allí vivimos una gran fiesta de la fe, en la que el Espíritu de Dios actuó con fuerza, creando una intensa comunión entre los participantes, venidos de todas las partes del mundo. Aquel encuentro, como los precedentes, ha dado frutos abundantes en la vida de muchos jóvenes y de toda la Iglesia. Nuestra mirada se dirige ahora a la próxima Jornada Mundial de la Juventud, que tendrá lugar en Madrid, en el mes de agosto de 2011. Ya en 1989, algunos meses antes de la histórica caída del Muro de Berlín, la peregrinación de los jóvenes hizo un alto en España, en Santiago de Compostela. Ahora, en un momento en que Europa tiene que volver a encontrar sus raíces cristianas, hemos fijado nuestro encuentro en Madrid, con el lema: «Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (cf. Col 2, 7). Os invito a este evento tan importante para la Iglesia en Europa y para la Iglesia universal. Además, quisiera que todos los jóvenes, tanto los que comparten nuestra fe, como los que vacilan, dudan o no creen, puedan vivir esta experiencia, que puede ser decisiva para la vida: la experiencia del Señor Jesús resucitado y vivo, y de su amor por cada uno de nosotros.

Nuestra Señora de la Almudena

En cada época, también en nuestros días, numerosos jóvenes sienten el profundo deseo de que las relaciones interpersonales se vivan en la verdad y la solidaridad. Muchos manifiestan la aspiración de construir relaciones auténticas de amistad, de conocer el verdadero amor, de fundar una familia unida, de adquirir una estabilidad personal y una seguridad real, que puedan garantizar un futuro sereno y feliz. Al recordar mi juventud, veo que, en realidad, la estabilidad y la seguridad no son las cuestiones que más ocupan la mente de los jóvenes. Sí, la cuestión del lugar de trabajo, y con ello la de tener el porvenir asegurado, es un problema grande y apremiante, pero al mismo tiempo la juventud sigue siendo la edad en la que se busca una vida más grande. Al pensar en mis años de entonces, sencillamente, no queríamos perdernos en la mediocridad de la vida aburguesada. Queríamos lo que era grande, nuevo. Queríamos encontrar la vida misma en su inmensidad y belleza. Ciertamente, eso dependía también de nuestra situación. Durante la dictadura nacionalsocialista y la guerra, estuvimos, por así decir, “encerrados” por el poder dominante. Por ello, queríamos salir afuera para entrar en la abundancia de las posibilidades del ser hombre. Pero creo que, en cierto sentido, este impulso de ir más allá de lo habitual está en cada generación. Desear algo más que la cotidianidad regular de un empleo seguro y sentir el anhelo de lo que es realmente grande forma parte del ser joven. ¿Se trata sólo de un sueño vacío que se desvanece cuando uno se hace adulto? No, el hombre en verdad está creado para lo que es grande, para el infinito. Cualquier otra cosa es insuficiente. San Agustín tenía razón: nuestro corazón está inquieto, hasta que no descansa en Ti. El deseo de la vida más grande es un signo de que Él nos ha creado, de que llevamos su “huella”. Dios es vida, y cada criatura tiende a la vida; en un modo único y especial, la persona humana, hecha a imagen de Dios, aspira al amor, a la alegría y a la paz. Entonces comprendemos que es un contrasentido pretender eliminar a Dios para que el hombre viva. Dios es la fuente de la vida; eliminarlo equivale a separarse de esta fuente e, inevitablemente, privarse de la plenitud y la alegría: «sin el Creador la criatura se diluye» (Con. Ecum. Vaticano. II, Const. Gaudium et Spes, 36). La cultura actual, en algunas partes del mundo, sobre todo en Occidente, tiende a excluir a Dios, o a considerar la fe como un hecho privado, sin ninguna relevancia en la vida social. Aunque el conjunto de los valores, que son el fundamento de la sociedad, provenga del Evangelio -como el sentido de la dignidad de la persona, de la solidaridad, del trabajo y de la familia-, se constata una especie de “eclipse de Dios”, una cierta amnesia, más aún, un verdadero rechazo del cristianismo y una negación del tesoro de la fe recibida, con el riesgo de perder aquello que más profundamente nos caracteriza.

Por este motivo, queridos amigos, os invito a intensificar vuestro camino de fe en Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo. Vosotros sois el futuro de la sociedad y de la Iglesia. Como escribía el apóstol Pablo a los cristianos de la ciudad de Colosas, es vital tener raíces y bases sólidas. Esto es verdad, especialmente hoy, cuando muchos no tienen puntos de referencia estables para construir su vida, sintiéndose así profundamente inseguros. El relativismo que se ha difundido, y para el que todo da lo mismo y no existe ninguna verdad, ni un punto de referencia absoluto, no genera verdadera libertad, sino inestabilidad, desconcierto y un conformismo con las modas del momento. Vosotros, jóvenes, tenéis el derecho de recibir de las generaciones que os preceden puntos firmes para hacer vuestras opciones y construir vuestra vida, del mismo modo que una planta pequeña necesita un apoyo sólido hasta que crezcan sus raíces, para convertirse en un árbol robusto, capaz de dar fruto.

2. Arraigados y edificados en Cristo

Para poner de relieve la importancia de la fe en la vida de los creyentes, quisiera detenerme en tres términos que san Pablo utiliza en: «Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (cf. Col 2, 7). Aquí podemos distinguir tres imágenes: “arraigado” evoca el árbol y las raíces que lo alimentan; “edificado” se refiere a la construcción; “firme” alude al crecimiento de la fuerza física o moral. Se trata de imágenes muy elocuentes. Antes de comentarlas, hay que señalar que en el texto original las tres expresiones, desde el punto de vista gramatical, están en pasivo: quiere decir, que es Cristo mismo quien toma la iniciativa de arraigar, edificar y hacer firmes a los creyentes.

La primera imagen es la del árbol, firmemente plantado en el suelo por medio de las raíces, que le dan estabilidad y alimento. Sin las raíces, sería llevado por el viento, y moriría. ¿Cuáles son nuestras raíces? Naturalmente, los padres, la familia y la cultura de nuestro país son un componente muy importante de nuestra identidad. La Biblia nos muestra otra más. El profeta Jeremías escribe: «Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza: será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto» (Jer 17, 7-8). Echar raíces, para el profeta, significa volver a poner su confianza en Dios. De Él viene nuestra vida; sin Él no podríamos vivir de verdad. «Dios nos ha dado vida eterna y esta vida está en su Hijo» (1 Jn 5,11). Jesús mismo se presenta como nuestra vida (cf. Jn 14, 6). Por ello, la fe cristiana no es sólo creer en la verdad, sino sobre todo una relación personal con Jesucristo. El encuentro con el Hijo de Dios proporciona un dinamismo nuevo a toda la existencia. Cuando comenzamos a tener una relación personal con Él, Cristo nos revela nuestra identidad y, con su amistad, la vida crece y se realiza en plenitud. Existe un momento en la juventud en que cada uno se pregunta: ¿qué sentido tiene mi vida, qué finalidad, qué rumbo debo darle? Es una fase fundamental que puede turbar el ánimo, a veces durante mucho tiempo. Se piensa cuál será nuestro trabajo, las relaciones sociales que hay que establecer, qué afectos hay que desarrollar. En este contexto, vuelvo a pensar en mi juventud. En cierto modo, muy pronto tomé conciencia de que el Señor me quería sacerdote. Pero más adelante, después de la guerra, cuando en el seminario y en la universidad me dirigía hacia esa meta, tuve que reconquistar esa certeza. Tuve que preguntarme: ¿es éste de verdad mi camino? ¿Es de verdad la voluntad del Señor para mí? ¿Seré capaz de permanecerle fiel y estar totalmente a disposición de Él, a su servicio? Una decisión así también causa sufrimiento. No puede ser de otro modo. Pero después tuve la certeza: ¡así está bien! Sí, el Señor me quiere, por ello me dará también la fuerza. Escuchándole, estando con Él, llego a ser yo mismo. No cuenta la realización de mis propios deseos, sino su voluntad. Así, la vida se vuelve auténtica.

Confesionario Paseo de Coches del Retiro, Madrid.

Queridos amigos, construid vuestra casa sobre roca, como el hombre que “cavó y ahondó”. Intentad también vosotros acoger cada día la Palabra de Cristo. Escuchadle como al verdadero Amigo con quien compartir el camino de vuestra vida. Con Él a vuestro lado seréis capaces de afrontar con valentía y esperanza las dificultades, los problemas, también las desilusiones y los fracasos. Continuamente se os presentarán propuestas más fáciles, pero vosotros mismos os daréis cuenta de que se revelan como engañosas, no dan serenidad ni alegría. Sólo la Palabra de Dios nos muestra la auténtica senda, sólo la fe que nos ha sido transmitida es la luz que ilumina el camino. Acoged con gratitud este don espiritual que habéis recibido de vuestras familias y esforzaos por responder con responsabilidad a la llamada de Dios, convirtiéndoos en adultos en la fe. No creáis a los que os digan que no necesitáis a los demás para construir vuestra vida. Apoyaos, en cambio, en la fe de vuestros seres queridos, en la fe de la Iglesia, y agradeced al Señor el haberla recibido y haberla hecho vuestra.

3. Firmes en la fe

Estad «arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (cf. Col 2, 7). La carta de la cual está tomada esta invitación, fue escrita por san Pablo para responder a una necesidad concreta de los cristianos de la ciudad de Colosas. Aquella comunidad, de hecho, estaba amenazada por la influencia de ciertas tendencias culturales de la época, que apartaban a los fieles del Evangelio. Nuestro contexto cultural, queridos jóvenes, tiene numerosas analogías con el de los colosenses de entonces. En efecto, hay una fuerte corriente de pensamiento laicista que quiere apartar a Dios de la vida de las personas y la sociedad, planteando e intentando crear un “paraíso” sin Él. Pero la experiencia enseña que el mundo sin Dios se convierte en un “infierno”, donde prevalece el egoísmo, las divisiones en las familias, el odio entre las personas y los pueblos, la falta de amor, alegría y esperanza. En cambio, cuando las personas y los pueblos acogen la presencia de Dios, le adoran en verdad y escuchan su voz, se construye concretamente la civilización del amor, donde cada uno es respetado en su dignidad y crece la comunión, con los frutos que esto conlleva. Hay cristianos que se dejan seducir por el modo de pensar laicista, o son atraídos por corrientes religiosas que les alejan de la fe en Jesucristo. Otros, sin dejarse seducir por ellas, sencillamente han dejado que se enfriara su fe, con las inevitables consecuencias negativas en el plano moral.

El apóstol Pablo recuerda a los hermanos, contagiados por las ideas contrarias al Evangelio, el poder de Cristo muerto y resucitado. Este misterio es el fundamento de nuestra vida, el centro de la fe cristiana. Todas las filosofías que lo ignoran, considerándolo “necedad” (1 Co 1, 23), muestran sus límites ante las grandes preguntas presentes en el corazón del hombre. Por ello, también yo, como Sucesor del apóstol Pedro, deseo confirmaros en la fe (cf. Lc 22, 32). Creemos firmemente que Jesucristo se entregó en la Cruz para ofrecernos su amor; en su pasión, soportó nuestros sufrimientos, cargó con nuestros pecados, nos consiguió el perdón y nos reconcilió con Dios Padre, abriéndonos el camino de la vida eterna. De este modo, hemos sido liberados de lo que más atenaza nuestra vida: la esclavitud del pecado, y podemos amar a todos, incluso a los enemigos, y compartir este amor con los hermanos más pobres y en dificultad.

Queridos amigos, la cruz a menudo nos da miedo, porque parece ser la negación de la vida. En realidad, es lo contrario. Es el “sí” de Dios al hombre, la expresión máxima de su amor y la fuente de donde mana la vida eterna. De hecho, del corazón de Jesús abierto en la cruz ha brotado la vida divina, siempre disponible para quien acepta mirar al Crucificado. Por eso, quiero invitaros a acoger la cruz de Jesús, signo del amor de Dios, como fuente de vida nueva. Sin Cristo, muerto y resucitado, no hay salvación. Sólo Él puede liberar al mundo del mal y hacer crecer el Reino de la justicia, la paz y el amor, al que todos aspiramos.

4. Creer en Jesucristo sin verlo

En el Evangelio se nos describe la experiencia de fe del apóstol Tomás cuando acoge el misterio de la cruz y resurrección de Cristo. Tomás, uno de los doce apóstoles, siguió a Jesús, fue testigo directo de sus curaciones y milagros, escuchó sus palabras, vivió el desconcierto ante su muerte. En la tarde de Pascua, el Señor se aparece a los discípulos, pero Tomás no está presente, y cuando le cuentan que Jesús está vivo y se les ha aparecido, dice: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo» (Jn 20, 25).

También nosotros quisiéramos poder ver a Jesús, poder hablar con Él, sentir más intensamente aún su presencia. A muchos se les hace hoy difícil el acceso a Jesús. Muchas de las imágenes que circulan de Jesús, y que se hacen pasar por científicas, le quitan su grandeza y la singularidad de su persona. Por ello, a lo largo de mis años de estudio y meditación, fui madurando la idea de transmitir en un libro algo de mi encuentro personal con Jesús, para ayudar de alguna forma a ver, escuchar y tocar al Señor, en quien Dios nos ha salido al encuentro para darse a conocer. De hecho, Jesús mismo, apareciéndose nuevamente a los discípulos después de ocho días, dice a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente» (Jn 20, 27). También para nosotros es posible tener un contacto sensible con Jesús, meter, por así decir, la mano en las señales de su Pasión, las señales de su amor. En los Sacramentos, Él se nos acerca en modo particular, se nos entrega. Queridos jóvenes, aprended a “ver”, a “encontrar” a Jesús en la Eucaristía, donde está presente y cercano hasta entregarse como alimento para nuestro camino; en el Sacramento de la Penitencia, donde el Señor manifiesta su misericordia ofreciéndonos siempre su perdón. Reconoced y servid a Jesús también en los pobres y enfermos, en los hermanos que están en dificultad y necesitan ayuda.

Entablad y cultivad un diálogo personal con Jesucristo, en la fe. Conocedle mediante la lectura de los Evangelios y del Catecismo de la Iglesia Católica; hablad con Él en la oración, confiad en Él. Nunca os traicionará. «La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado» (Catecismo de la Iglesia Católica, 150). Así podréis adquirir una fe madura, sólida, que no se funda únicamente en un sentimiento religioso o en un vago recuerdo del catecismo de vuestra infancia. Podréis conocer a Dios y vivir auténticamente de Él, como el apóstol Tomás, cuando profesó abiertamente su fe en Jesús: «¡Señor mío y Dios mío!».

5. Sostenidos por la fe de la Iglesia, para ser testigos

En aquel momento Jesús exclama: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20, 29). Pensaba en el camino de la Iglesia, fundada sobre la fe de los testigos oculares: los Apóstoles. Comprendemos ahora que nuestra fe personal en Cristo, nacida del diálogo con Él, está vinculada a la fe de la Iglesia: no somos creyentes aislados, sino que, mediante el Bautismo, somos miembros de esta gran familia, y es la fe profesada por la Iglesia la que asegura nuestra fe personal. El Credo que proclamamos cada domingo en la Eucaristía nos protege precisamente del peligro de creer en un Dios que no es el que Jesús nos ha revelado: «Cada creyente es como un eslabón en la gran cadena de los creyentes. Yo no puedo creer sin ser sostenido por la fe de los otros, y por mi fe yo contribuyo a sostener la fe de los otros» (Catecismo de la Iglesia Católica, 166). Agradezcamos siempre al Señor el don de la Iglesia; ella nos hace progresar con seguridad en la fe, que nos da la verdadera vida (cf. Jn 20, 31).

En la historia de la Iglesia, los santos y mártires han sacado de la cruz gloriosa la fuerza para ser fieles a Dios hasta la entrega de sí mismos; en la fe han encontrado la fuerza para vencer las propias debilidades y superar toda adversidad. De hecho, como dice el apóstol Juan: «¿quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?» (1 Jn 5, 5). La victoria que nace de la fe es la del amor. Cuántos cristianos han sido y son un testimonio vivo de la fuerza de la fe que se expresa en la caridad. Han sido artífices de paz, promotores de justicia, animadores de un mundo más humano, un mundo según Dios; se han comprometido en diferentes ámbitos de la vida social, con competencia y profesionalidad, contribuyendo eficazmente al bien de todos. La caridad que brota de la fe les ha llevado a dar un testimonio muy concreto, con la palabra y las obras. Cristo no es un bien sólo para nosotros mismos, sino que es el bien más precioso que tenemos que compartir con los demás. En la era de la globalización, sed testigos de la esperanza cristiana en el mundo entero: son muchos los que desean recibir esta esperanza. Ante la tumba del amigo Lázaro, muerto desde hacía cuatro días, Jesús, antes de volver a llamarlo a la vida, le dice a su hermana Marta: «Si crees, verás la gloria de Dios» (Jn 11, 40). También vosotros, si creéis, si sabéis vivir y dar cada día testimonio de vuestra fe, seréis un instrumento que ayudará a otros jóvenes como vosotros a encontrar el sentido y la alegría de la vida, que nace del encuentro con Cristo.

Cruz e Icono de la JMJ

Queridos amigos, os reitero la invitación a asistir a la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid. Con profunda alegría, os espero a cada uno personalmente. Cristo quiere afianzaros en la fe por medio de la Iglesia. La elección de creer en Cristo y de seguirle no es fácil. Se ve obstaculizada por nuestras infidelidades personales y por muchas voces que nos sugieren vías más fáciles. No os desaniméis, buscad más bien el apoyo de la comunidad cristiana, el apoyo de la Iglesia. A lo largo de este año, preparaos intensamente para la cita de Madrid con vuestros obispos, sacerdotes y responsables de la pastoral juvenil en las diócesis, en las comunidades parroquiales, en las asociaciones y los movimientos. La calidad de nuestro encuentro dependerá, sobre todo, de la preparación espiritual, de la oración, de la escucha en común de la Palabra de Dios y del apoyo recíproco.

Queridos jóvenes, la Iglesia cuenta con vosotros. Necesita vuestra fe viva, vuestra caridad creativa y el dinamismo de vuestra esperanza. Vuestra presencia renueva la Iglesia, la rejuvenece y le da un nuevo impulso. Por ello, las Jornadas Mundiales de la Juventud son una gracia no sólo para vosotros, sino para todo el Pueblo de Dios. La Iglesia en España se está preparando intensamente para acogeros y vivir la experiencia gozosa de la fe. Agradezco a las diócesis, las parroquias, los santuarios, las comunidades religiosas, las asociaciones y los movimientos eclesiales, que están trabajando con generosidad en la preparación de este evento. El Señor no dejará de bendecirles. Que la Virgen María acompañe este camino de preparación. Ella, al anuncio del Ángel, acogió con fe la Palabra de Dios; con fe consintió que la obra de Dios se cumpliera en ella. Pronunciando su “fiat”, su “sí”, recibió el don de una caridad inmensa, que la impulsó a entregarse enteramente a Dios. Que Ella interceda por todos vosotros, para que en la próxima Jornada Mundial podáis crecer en la fe y en el amor. Os aseguro mi recuerdo paterno en la oración y os bendigo de corazón.

Vaticano, 6 de agosto de 2010

Benedictus PP. XVI

Juan Pablo II subirá a los altares el 1 de mayo

Archivado en: General,Juan Pablo II — Kristin a las 8:00 pm en Domingo, Enero 16, 2011

juan-pablo-iiJuan Pablo II, el Papa más mediático de la historia y uno de los personajes más influyentes del siglo XX, será beatificado en Roma el próximo 1 de mayo, domingo, festividad de la Divina Misericordia, una celebración instituida por él mismo.

Tras meses de rumores y quinielas sobre la fecha en que el anterior Pontífice sería elevado a la dignidad de los altares, ayer Benedicto XVI descartó el otro día barajado (el 16 de octubre) y decidió, tras firmar el decreto de beatificación que le presentó el cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, que la ceremonia tuviese lugar en esta señalada fecha.

Juan Pablo II será beato cuando hayan pasado poco más de seis años de su muerte, la cual tuvo lugar el 2 de abril de 2005. La causa se pudo iniciar antes de que pasasen los cinco años del fallecimiento que prevé el derecho canónico gracias a la dispensa aprobada en mayo de 2005 por Benedicto XVI, quien escuchó el grito de «¡Santo súbito!», la más gráfica síntesis de la fama de santidad que rodeó al anterior Pontífice durante su vida y tras su muerte. El primer Papa que derogó esta norma en la historia de la Iglesia fue el propio Juan Pablo II. La protagonista de la causa de beatificación era otro de los grandes personajes del siglo XX, la madre Teresa de Calcuta.

El milagro que sostiene la nueva dignidad de beato del fallecido Papa es la curación de la enfermedad de Parkinson que sufría la monja francesa Marie Simon Pierre Normand, a la que los médicos no han podido dar una explicación científica. Los relatores de la Congregación para la Causa de los Santos han examinado miles de documentos y cientos de testimonios de la vida y el pontificado de Juan Pablo II, entre los que han encontrado pruebas fehacientes de este milagro e indicios de otra media docena de curaciones inexplicables.

El cardenal Angelo Amato reconoció en los micrófonos de Radio Vaticana que, aunque la causa de beatificación se ha visto acelerada por la dispensa de Benedicto XVI y porque ha pasado por el «carril preferencial» del dicasterio, ha tenido que superar todos los requisitos. «Es más, justo para honrar dignamente la memoria de este gran Pontífice la causa ha sido sometida a una evaluación particularmente puntillosa, para disipar toda duda y superar toda dificultad», afirmó el purpurado.

La ceremonia de beatificación de Juan Pablo II tendrá lugar en Roma, en la plaza de San Pedro, y será presidida por Benedicto XVI. Se espera que acudan a ella cientos de miles de católicos de todo el mundo atraídos por la luz que desprendió el anterior Papa durante toda su vida y que todavía hoy sigue iluminando a millones de personas, tanto cristianas como creyentes de otras religiones o incluso agnósticos.

De momento, ya han empezado los preparativos para trasladar los restos mortales de Juan Pablo II desde las Grutas Vaticanas, donde hoy reposan, hasta la capilla de San Sebastián, situada en la parte derecha de la basílica de San Pedro. En su nuevo emplazamiento, el cuerpo sin vida del Pontífice podrá ser venerado con mayor comodidad y tranquilidad que ahora, ya que la gran afluencia de fieles y el espacio reducido de las Grutas Vaticanas obliga a los ujieres a impedir que los visitantes se detengan frente a la tumba.

El ataúd del Pontífice no será abierto ni durante el traslado ni cuando se encuentre en la capilla de San Sebastián. El portavoz vaticano, el jesuita Federico Lombardi, explicó que no habrá exhumación del cadáver y que éste no será expuesto en ningún momento. El féretro se depositará en un vano cerrado con una lápida de mármol en la que se podrá leer la siguiente inscripción en latín: «Beatus Ioannes Paulus II».

La mujer del milagro papal
Sor Marie Simon Pierre sufría párkinson y en 2005 ya apenas podía trabajar o dormir. Sus hermanas de comunidad rezaron a Juan Pablo II por ella, y el 3 de junio, al despertarse, notó que todos sus dolores habían desaparecido. La diócesis local, Aix-en-Provence, al sur de Francia, investigó los hechos en 2007 y la comisión médica comprobó que efectivamente era un tipo de párkinson incurable. El postulador de la causa de beatificación, Slawomir Oder, valoró que también Juan Pablo II sufrió párkinson, y que Sor Marie Simon trabaja con bebés en una maternidad, un signo pro vida.

Fuente: www.larazon.es

Adoración eucarística de Juan Pablo II

Archivado en: Juan Pablo II — Kristin a las 1:33 pm en Jueves, Agosto 13, 2009  Etiquetado
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Señor Jesús:

Nos presentamos ante Ti sabiendo que nos llamas y que nos amas tal como somos.

 “Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Hijo de Dios” (Jn. 6,69).

Tu presencia en la Eucaristía ha comenzado con el sacrificio de la última cena y continúa como comunión y donación de todo lo que eres.
Aumenta nuestra FE.

Por medio de Ti y en el Espíritu Santo que nos comunicas, queremos llegar al Padre para decirle nuestro SÍ unido al tuyo.

Contigo ya podemos decir: Padre nuestro.

Siguiéndote a ti, “camino, verdad y vida”, queremos penetrar en el aparente “silencio” y “ausencia” de Dios, rasgando la nube del Tabor para escuchar la voz del Padre que nos dice: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia: Escuchadlo” (Mt. 17,5).

Con esta FE, hecha de escucha contemplativa, sabremos iluminar nuestras situaciones personales, así como los diversos sectores de la vida familiar y social.

Tú eres nuestra ESPERANZA, nuestra paz, nuestro mediador, hermano y amigo.

Nuestro corazón se llena de gozo y de esperanza al saber que vives “siempre intercediendo por nosotros” (Heb. 7,25).

Nuestra esperanza se traduce en confianza, gozo de Pascua y camino apresurado contigo hacia el Padre.

Queremos sentir como tú y valorar las cosas como las valoras Tú. Porque Tú eres el centro, el principio y el fin de todo.

Apoyados en esta ESPERANZA, queremos infundir en el mundo esta escala de valores evangélicos por la que Dios y sus dones salvíficos ocupan el primer lugar en el corazón y en las actitudes de la vida concreta.

Queremos AMAR COMO TÚ, que das la vida y te comunicas con todo lo que eres.

Quisiéramos decir como San Pablo: “Mi vida es Cristo” (Flp. 1,21).

Nuestra vida no tiene sentido sin Ti.

Queremos aprender a “estar con quien sabemos nos ama”, porque “con tan buen amigo presente todo se puede sufrir”. En Ti aprenderemos a unirnos a la voluntad del Padre, porque en la oración “el amor es el que habla” (Sta. Teresa).

Entrando en tu intimidad, queremos adoptar determinaciones y actitudes básicas, decisiones duraderas, opciones fundamentales según nuestra propia vocación cristiana.

CREYENDO, ESPERANDO Y AMANDO, TE ADORAMOS con una actitud sencilla de presencia, silencio y espera, que quiere ser también reparación, como respuesta a tus palabras: “Quedaos aquí y velad conmigo” (Mt. 26,38).

Tú superas la pobreza de nuestros pensamientos, sentimientos y palabras; por eso queremos aprender a adorar admirando el misterio, amándolo tal como es, y callando con un silencio de amigo y con una presencia de donación.

El Espíritu Santo que has infundido en nuestros corazones nos ayuda a decir esos “gemidos inenarrables” (Rom. 8,26) que se traducen en actitud agradecida y sencilla, y en el gesto filial de quien ya se contenta con sola tu presencia, tu amor y tu palabra.

En nuestras noches físicas y morales, si Tú estás presente, y nos amas, y nos hablas, ya nos basta, aunque muchas veces no sentiremos la consolación.

Aprendiendo este más allá de la ADORACIÓN, estaremos en tu intimidad o “misterio”.

Entonces nuestra oración se convertirá en respeto hacia el “misterio” de cada hermano y de cada acontecimiento para insertarnos en nuestro ambiente familiar y social y construir la historia con este silencio activo y fecundo que nace de la contemplación.

Gracias a Ti, nuestra capacidad de silencio y de adoración se convertirá en capacidad de AMAR y de SERVIR.

Nos has dado a tu Madre como nuestra para que nos enseñe a meditar y adorar en el corazón. Ella, recibiendo la Palabra y poniéndola en práctica, se hizo la más perfecta Madre.

Ayúdanos a ser tu Iglesia misionera, que sabe meditar adorando y amando tu Palabra, para transformarla en vida y comunicarla a todos los hermanos.
Amén.

Juan Pablo II

 

San Juan María Vianney

Archivado en: General,Juan Pablo II,san Juan María Vianney — Kristin a las 12:24 am en Jueves, Agosto 6, 2009

juan-maria-vianneyJuan Pablo II, en “Don y Misterio”

«En el camino de regreso de Bélgica a Roma, tuve la suerte de detenerme en Ars. Era al final del mes de octubre de 1947, el domingo de Cristo Rey. Con gran emoción visité la vieja iglesita donde San Juan María Vianney confesaba, enseñaba el catecismo y predicaba
sus homilías.

Fue para mí una experiencia inolvidable. Desde los años del seminario había quedado impresionado por la figura del Cura de Ars, sobre todo por la lectura de su biografía escrita por Mons. Trochu. San Juan María Vianney sorprende en especial porque en él se manifiesta el poder de la gracia que actúa en la pobreza de los medios humanos. Me impresionaba profundamente, en particular, su heroico servicio en el confesionario.

Este humilde sacerdote que confesaba más de diez horas al día, comiendo poco y dedicando al descanso apenas unas horas, había logrado, en un difícil período histórico, provocar una especie de revolución espiritual en Francia y fuera de ella. Millares de personas pasaban por Ars y se arrodillaban en su confesionario. En medio del laicismo y del anticlericalismo del siglo XIX, su testimonio constituye un acontecimiento verdaderamente revolucionario.

Del encuentro con su figura llegué a la convicción de que el sacerdote realiza una parte esencial de su misión en el confesionario, por medio de aquel voluntario “hacerse prisionero del confesionario”. Muchas veces, confesando en Niegowic, en mi primera parroquia, y después en Cracovia, volvía con el pensamiento a esta experiencia inolvidable.

He procurado mantener siempre el vínculo con el confesionario tanto durante los trabajos científicos en Cracovia, confesando sobre todo en la Basílica de la Asunción de la Santísima Virgen María, como ahora en Roma, aunque sea de modo casi simbólico, volviendo cada año al confesionario el Viernes Santo en la Basílica de San Pedro»

Corasón, corasón, corasón

Archivado en: Benedicto XVI,don Álvaro del Portillo,General,Juan Pablo II,Opus Dei — Kristin a las 11:40 pm en Domingo, Julio 5, 2009  Etiquetado , , ,

CORASÓN, CORASÓN, CORASÓN

El cachondo de Dan Brown, poco escrupuloso de las precisiones geográficas, sitúa la sede central del Opus Dei en Lexington Avenue, que es algo así como transplantar el Pentágono a la comisaría de la calle Leganitos; también adereza sus intrigas con ‘monjes’ de la Obra, confundiéndola quizá, en pleno delirium tremens, con la orden benedictina.

Pero la pobre gente alienada se traga estas mentecateces y se queda tan pancha, convencida además de haber accedido a una forma de conocimiento superior. Decididamente, Chesterton tenía razón: se empieza dejando de creer en Dios y se acaba creyendo en cualquier cosa, incluidas las paparruchas seudoesotéricas y la morralla que injuria las imprentas. Hace una mañana exacta como un verso del Dante, la primera después de tantas mañanas sin más rima que la establecida por la lluvia. Cerca del hotel donde me hospedo, en Via Bruno Buozzi 73, se halla la verdadera sede del Opus, conocida como Villa Tevere, un edificio menos suntuoso de lo que mi imaginación, tan calenturienta, había presagiado. Me he citado aquí con monseñor Joaquín Alonso, un sacerdote que contribuyó a engrasar el español de Juan Pablo el Grande en los albores de su Papado. Monseñor Alonso, secretario del Prelado Javier Echevarría, como anteriormente lo fuera de Álvaro del Portillo, es un septuagenario enjuto y todavía ágil que no ha logrado desprenderse, pese al medio siglo de éxodo romano, de su acento sevillano; habla con una celeridad que hace inútiles los esfuerzos de este cronista por transcribir sus palabras, en una ventolera de frases que brincan como saltamontes de uno a otro asunto y se encaraman en el trampolín ameno de la divagación, omitiendo aquí y allá algún sujeto o predicado, hasta convertir su monólogo en un delicioso mogollón. Monseñor Alonso viste una sotana que adelgaza aún más su figura; es un hombre inquieto, vivaz, que no deja de remejerse en el sillón orejero que ocupa durante la entrevista, seguramente porque preferiría estar de pie, bailando al ritmo de su sintaxis premiosa.

“Conocí al Cardenal Wojtila en un curso de conferencias que organicé en la Residencia Universitaria Internacional. Era un hombre vigoroso, de una simpatía contagiosa y una fe firme como una roca. Me permití solicitarle una entrevista sobre el sacerdocio. Él por entonces hablaba un italiano todavía defectuoso comiéndose los artículos; me prometió que contestaría mis preguntas por escrito y en polaco. Cumplió su promesa: en el texto manuscrito que me envió al cabo de varias semanas, figuraba en el encabezamiento de cada página una frase alusiva a la Virgen, o un versículo inspirador: su pensamiento iba siempre unido a la oración”, rememora don Joaquín. Me ha tendido unos folios en los que rastreo la caligrafía espaciosa y decidida de Wojtila; algunas tachaduras ratifican, aquí y allá, el hilo del discurso. “Para los años 77 y 78, las comidas del cardenal Wojtila con monseñor Álvaro del Portillo y conmigo mismo eran ya relativamente frecuentes. Luego, cuando lo nombraron Papa, me eligió, junto a Monseñor Abril, actual nuncio en Eslovenia, para recuperar su español, que había aprendido leyendo a los místicos, durante sus estudios doctorales en el Angelicum. Era un superdotado para los idiomas; no tenía miedo de equivocarse, diría incluso que aprendía equivocándose. Yo le advertía: ‘Como buen sevillano, seseo; tenga en cuenta Su Santidad que, aunque yo pronuncie corasón y saserdote, lo correcto es decir corazón y sacerdote’. Pero él gustaba de repetir: corasón, corasón, corasón”.

Y el Papa perseveraría en el seseo, incluso durante la lectura de sus discursos, cada vez que viajaba a un país de lengua española. “Mientras preparábamos su viaje a la Conferencia con el Episcopado Sudamericano que se celebró en Puebla, en enero de 1979, me propuso don Álvaro que le regalase una casete con canciones populares mejicanas, La Morenita, Chapala y tantas otras; cuando fuimos a visitarlo al Gemelli un par de años después, mientras se recuperaba de la infección que le volvió a postrar en cama tras el atentado de Alí Agca, descubrí con emoción que entretenía la convalecencia escuchándolas”. Monseñor Alonso, entre el barullo de recuerdos que van y vienen, rescata el sentido del humor que galardonaba al Pontífice: “En cierta ocasión, al entrar en sus aposentos, reparó en mi calvicie. ‘Don Alonso –me dijo con ironía– ¿ha reparado usted en que se está quedando sin pelo? Vamos a darle la bendición, a ver si vuelve a crecer’. Y, desde ese día, antes de comenzar las clases, me besaba la calva. Pero ya lo ve… –don Joaquín suspira y se pasa la mano por el cráneo desguarnecido–: Ni los besos papales obraron el milagro”.

ALEGRÍAS Y TRISTEZAS

Las anécdotas fluyen por los labios de Monseñor Alonso como ráfagas de ametralladora: “Don Álvaro del Portillo me pidió que le llevara al Papa un vídeo divulgativo sobre la Obra. Unos días después, lo sorprendí partiéndose de risa mientras lo contemplaba: en la pantalla del televisor, transcurría una entrevista con un matrimonio keniata; mientras la mujer hablaba y hablaba sin descanso, el marido asentía medroso y reverencial a sus palabras, mudo como una estatua. Su Santidad comía todos los domingos con el cardenal Deskur, al que quería como a un hermano; Deskur había sufrido un ictus cerebral, pero la adversidad no había disminuido su talante jocoso. Al Papa le encantaba que el cardenal Deskur le contase los chistes que circulaban por el Vaticano, chistes que solían elegirlo invariablemente como protagonista y que él acogía con carcajadas de regocijo –una sonrisa merodea los labios de Monseñor Alonso, súbitamente como una liebre–. Pero por pudor los omitiré”.

Este cronista, algo menos púdico que monseñor Alonso, se atreve por el contrario a confiarles uno de esos chistes, muy divulgado en los mentideros vaticanos y que, según le consta, provocaba la hilaridad del Pontífice difunto. “Ha llegado la hora de que los cardenales Carlo Maria Martini y Joseph Ratzinger y el mismo Papa Juan Pablo rinden cuentas ante Dios. San Pedro los aguarda ceñudo a las puertas del cielo y les ordena pasar de uno en uno a su despacho. Martini es el primero en afrontar la entrevista; al poco vuelve mohíno con los otros dos y les confía: ‘San Pedro deniega mi entrada. Asegura que Jesús supo predicar el Evangelio sin salir jamás de Judea y Galilea. Yo, en cambio, apenas he pisado mi diócesis de Milán’. El siguiente en someterse al rapapolvo es Ratzinger; vuelve contrito y declara a sus compañeros: ‘San Pedro deniega mi entrada, por haberme atrevido a rectificarle un error teológico deslizado en una de sus epístolas’. El Papa se dispone a pasar el mal trago; al rato regresa resignado: ‘También a mí me deniega el paso. Según él, Jesús pronunció el sermón de la montaña; yo, en cambio, he pronunciado una montaña de sermones’”.

En los almuerzos con Deskur, salpimentados de chanzas, asistía con frecuencia Sor Tobiana Pododka, el ángel custodio de Juan Pablo II, vigía insomne de su salud, que con frecuencia le forzaba a infringir el muy severo ayuno que el Pontífice se imponía. “Ya lo ve, Don Alonso –decía Su Santidad con sorna–: el cardenal y yo compartimos director en el seminario, allá en nuestra juventud; ahora en nuestra vejez, compartimos madre superiora”.

No todos los recuerdos que Joaquín Alonso guarda del Papa difunto son festivos, sin embargo; algunos permanecen asociados a los episodios más dolorosos de su biografía. “En marzo de 1994 viajé con nuestro Prelado, Álvaro del Portillo, a Tierra Santa; desde Jerusalén, después de celebrar su última misa en el Cenáculo, don Álvaro escribió una postal al Pontífice, en la que se despedía asegurándole que permaneceríamos fideles ‘usquam mortem‘. A las pocas horas de llegar a Roma, monseñor Del Portillo fallecía de edema pulmonar, en mitad de la madrugada; aquellas palabras cobraban repentinamente un sentido premonitorio. Al amanecer llamé a don Stanislaw Dzwiwisz para comunicarle la triste nueva. Esa misma tarde, Su Santidad visitó la capilla ardiente; de hinojos en el reclinatorio, rezó una Salve que nos puso los pelos de punta”. Las manos delgadísimas de Don Joaquín, que no han parado de agitarse durante la entrevista, como pájaros en desbandada, se posan un momento y se entrelazan, buscando un nido de momentáneo silencio; observo entonces que la edad las ha empezado a salpicar de manchas sigilosas. Pero enseguida recupera el brío y su sintaxis de ametralladora: “Escuchar. El Papa sabía sobre todo escuchar. Incluso a alguien tan insignificante como yo”. Se ha puesto de pie, esbelto como un junco; en su gracioso seseo, muy celosamente preservado, se esconde el mejor homenaje al hombre que gustaba de repetir, como una letanía andaluza: corasón, corasón, corasón.