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Confesonario con luz verde: una mano tendida

Archivado en: Monseñor Javier Echevarría,Opus Dei,Sacerdocio,San Josemaría — Kristin a las 4:02 pm en Domingo, Septiembre 25, 2011  Etiquetado ,

El Prelado del Opus Dei ha respondido a tres preguntas de la Agencia Zenit. Él ve en la luz verde del confesonario donde espera un sacerdote “una mano tendida a la conversión”.

¿Por qué la Eucaristía está en “el centro y la raíz” de la vida de cada cristiano?

Poner la Eucaristía en el centro de la vida cristiana significa meter a Jesús en el corazón de todas las cosas. La Eucaristía nos llama a entrar en el amor de la Trinidad. Nos unimos a Jesús y en Él a toda la Iglesia y a todos los hombres.

Esto era lo que san Josemaría enseñaba continuamente: “Si el centro de tus pensamientos y esperanzas está en el Sagrario, hijo, ¡qué abundantes los frutos de santidad y de apostolado!”. Jesús Eucaristía es el culmen de su entrega a la humanidad; si nos identificamos con Él, Él nos transmitirá el mismo deseo de donarnos y servir a los demás.

¿Qué importancia tienen en el espíritu del Opus Dei la confesión y la Eucaristía?

En el espíritu del Opus Dei, cuentan tanto como en el resto de la Iglesia: como todos los cristianos, deseamos ser personas penitentes y eucarísticas, que acuden con frecuencia a la confesión y participan en la Misa cada día.

El sacramento de la Reconciliación está profundamente unido a la Eucaristía. La confesión presupone la conciencia de ser pecadores y la confianza en la misericordia divina. Jesús nos purifica en su Sangre derramada en la Cruz, para que el cristiano pueda participar con más fidelidad en el sacrificio del Calvario, que se actualiza cada día en la Santa Misa.

Ambos sacramentos llenan el alma de alegría y paz. Basta recordar cómo el buen ladrón, viendo a Cristo en la cruz, se sintió movido a reconocer los propios pecados y, contrito, encontró la salvación eterna. Insisto, la confesión cuenta mucho en la vida del cristiano, porque es sacramento de alegría y puerta de acceso a la paz y a la felicidad que lleva consigo la Eucaristía.

La Iglesia en Italia ha celebrado un Congreso Eucaristico Nacional. ¿Qué aconsejaría para hacer para intensificar y difundir más la comunión y la confesión?

La Iglesia nos enseña desde siempre que en el sagrario se esconde la Fortaleza, el refugio más seguro contra los temores y las inquietudes. Pero no basta que cada uno, singularmente, busque y encuentre al Señor en la Eucaristía; tenemos que lograr “contagiar” con nuestro ejemplo a otras muchas personas, para que vean y descubran esta amistad.

La comunión espiritual es una gran ayuda para prepararse a la comunión eucarística. Para ser hombres o mujeres conscientes de nuestra filiación divina, tenemos que frecuentar más y más a Cristo, recibiéndolo si es posible a diario.

En cuanto a la Penitencia, me parece especialmente importante la disponibilidad generosa de los sacerdotes para escuchar la confesión: un confesor disponibile, un confesonario “con la luz verde” es una mano tendida a la conversión. Sobre este punto, Benedicto XVI ha sugerido recentemente “seguir el ejemplo de los grandes santos de la historia, desde san Giovanni Maria Vianney a san Giovanni Bosco, desde san Josemaría Escrivá a san Pio da Pietrelcina, san Giuseppe Cafasso o san Leopoldo Mandić” (Discurso a los participantes en el Curso promovido por la Penitenciaria Apostolica, 2011).

Homilía de la Misa celebrada por Mons. Javier Echevarría en el campus de Pamplona con motivo del 50º aniversario de la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra

Archivado en: Monseñor Javier Echevarría,Opus Dei — Kristin a las 10:57 pm en Lunes, Octubre 25, 2010

preladoEstamos asistiendo, en el Campus de la Universidad de Navarra y en circunstancias semejantes a las de hace 50 años, al acontecimiento supremo de la Historia de la humanidad: el Sacrificio de Cristo, que se hace presente de modo sacramental en la Eucaristía: lo ofrecemos a la Trinidad Santísima, en acción de gracias, con ocasión del quincuagésimo aniversario de la constitución de la Asociación de Amigos y de la creación del Estudio General de Navarra en Universidad. Pasmémonos ante este Santísimo Misterio de la Misa, por el que el Señor ha querido acercarse del modo más íntimo a nosotros, ofreciéndonos la posibilidad de participar en su misma Vida, con vistas a gozar de la plenitud de esa intimidad, ya para siempre, cuando acudamos a su encuentro definitivo.

El marco externo de esta celebración es el mismo en el que San Josemaría, Fundador del Opus Dei y primer Gran Canciller de esta Universidad, celebró la Santa Eucaristía, en 1967. No me detendré en los detalles externos de entonces, que –comentados en aquella homilía- tanto ayudaron a los que nos encontrábamos presentes, pero sí me serviré del texto que, de pie junto al altar, pronunció este santo sacerdote.
El eco de sus palabras sigue resonando en muchísimas almas: han servido y sirven para que innumerables cristianos se hayan tomado más en serio su respuesta al Amor de la Trinidad, conscientes de que nuestra existencia ha de girar, en unidad de vida, alrededor del Sacrificio de Jesucristo, en el que el Amor infinito de Dios se derrama sobre la humanidad.

San Josemaría nos hizo considerar nuevamente –pues su predicación empezó en 1928- que la vida cristiana, la de cada jornada, tiene que desarrollarse, en las circunstancias más diversas, con referencia a la Eucaristía. Nos mostró que, si queremos –porque la gracia de Dios nunca nos falta-, el misterio eucarístico informa y alienta el verdadero curso de nuestro caminar cotidiano.
Precisó entonces, con agradecimiento y convicción, que «el sacrificio sacramental del Cuerpo y de la Sangre del Señor (…) anuda en sí todos los Misterios del Cristianismo»1. Es decir, nos remachaba que no sólo se dirigen a nosotros esos dones, sino que entramos de lleno en los misterios de Dios, para engrandecer toda nuestra vida, con un encuentro en el que la plenitud de Dios se nos entrega, tanto en lo extraordinario como en lo corriente, en el mismo desenvolverse de la vida ordinaria.

Llenémonos de gozo y de sentido de responsabilidad, porque es muy cierto que Deus nobiscum, Dios está con cada uno de nosotros; y que es Deus ad salvandum, un Dios para salvarnos. En cuanto acaece, podemos descubrir la riqueza del Amor del Señor por sus criaturas. Por eso, San Josemaría nos insistió en que la posibilidad de elevar al orden sobrenatural hasta lo más material, nos queda patente porque Dios ha querido utilizar el pan y el vino, fruto de la tierra y de la mano del hombre, para que se transformen en el Cuerpo y la Sangre del mismo Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, pues ha tomado nuestra naturaleza, con todas sus características, excepto el pecado, para llevar a cabo nuestra salvación.

El primer Gran Canciller de la Universidad nos animó –lo hace ahora desde el Cielo- a que, como consecuencia de una profunda vida eucarística, esencialmente eucarística, y conociendo que el mismo Dios hecho hombre ha decidido recorrer nuestros caminos, sepamos descubrir el quid divinum que se encierra en todas las circunstancias y ocupaciones, hasta las que parecen más materiales. Seremos más plenamente hombres, más plenamente mujeres en la medida que queramos y permitamos que el Cuerpo y la Sangre de Cristo nos alimenten y nos embriaguen de modo que la nuestra sea una continuación de su Vida: ¡podemos conseguirlo siempre, si le miramos más, si le tratamos más, si le amamos más!

Tengamos muy presente que, como nos invitó San Josemaría, hemos de atenernos «sobriamente, a la realidad más material e inmediata que es donde está el Señor»2, es decir, a nuestro vivir diario. Este santo sacerdote que, a lo largo de su caminar terreno, no cesó de querer ver con los ojos de Cristo, Domine, ut videam; y de actuar en Cristo y por Cristo, Domine, ut sit; nos exhorta a dar trascendencia divina a nuestra jornada cotidiana. Y, precisamente por esto, no se cansó de aconsejar y repetir que quienes nos sabemos hijos de Dios, hemos de “hacer del día una Misa”, ya que este gran Misterio, el mismo Santo Sacrificio del Calvario, ha atado definitivamente el Cielo y la tierra. Sí, queridos hermanos y hermanas, cuando miramos con Cristo, cuando actuamos en Cristo y por Cristo, cuando vivimos la Misa nos ofrecemos con Él a Dios Padre, por el Espíritu Santo «uniéndonos a sus intenciones, en nombre también de todas las criaturas»3.

Remueve hondamente la certeza de que, a pesar de nuestra pequeñez, de la propia debilidad personal, nuestra existencia adquiere una gran dimensión, si la gastamos con Jesucristo. Dios, mediante la Eucaristía, nos hace Iglesia, Cuerpo del mismo Señor, y nos coloca en su barca para que naveguemos coherentemente por todas las aguas de la sociedad, anunciando que Dios llama a todos a la santidad. El caminar de cada uno en este mundo nuestro –que Dios ama apasionadamente, hasta entregarnos a su Hijo- está enlazado con la Eucaristía, ya que la fuerza que dimana del Cuerpo y de la Sangre de Jesús nos capacita para hacer divinos todos los caminos de la tierra, dando realidad a aquellas palabras de San Josemaría: «Cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de trascendencia de Dios»4. Si nos decidimos a emprender esta senda, a veces estrecha y dura, sabremos acoger con alegría –quizá sorbiéndonos las lágrimas el peso del dolor, cuando lleguen la enfermedad, las secuelas de la pobreza, de la incomprensión, hasta de los buenos, porque descubriremos, no un determinismo despiadado, sino la mano amorosa de nuestro Padre del Cielo, que nos bendice con la exigencia amable de la Cruz.

La eficacia infinita de la Santa Cruz nos viene comunicada por el Señor, de modo especial en el Sacramento de la Eucaristía, «la acción más sagrada y trascendente que los hombres, por la gracia de Dios, podemos realizar en esta vida»5. La santificación de cada momento –respuesta a la confianza de Dios, que nos entrega cinco, dos talentos es siempre servicio al Reino de Cristo del que la Iglesia –gobernada por el Papa y los Obispos en comunión con él- es «germen y principio»6, y de la que nosotros somos parte. Por eso, este sacerdote, siervo bueno y fiel, nos repitió con gran constancia y fortaleza: todos, cada una, cada uno, somos –es- Iglesia y tenemos que hacer la Iglesia, descubriendo que el trabajo, la vida en familia, el reposo, todo es “medio y ocasión de nuestro encuentro con Cristo”7.

En esta pelea santa de secundar el querer de Dios, ya desde que era muy joven, San Josemaría fomentó en su alma –y lo aconsejaba a los demás- el recurso al Paráclito, que guarda una estrecha relación con la Cruz y, por tanto, con la Eucaristía. Lo expresaba con palabras sencillas y profundas, al considerar que «el Espíritu Santo es fruto de la Cruz»8 y que, después de la recepción de la Sagrada Comunión, “cuando desaparecen las especies, queda el Espíritu Santo”. Esta presencia íntima de Dios en nosotros nos ha de impulsar a tomarnos más en serio la santificación de cada jornada.
Es verdad: la tarea es ardua, exige esfuerzo constante. Pero os repetiré a cada uno con San Josemaría: apoyado en la gracia, ¡tú puedes! Así nos exhortaba, porque siempre palpitó en su corazón una realidad maravillosa: cada hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, y llamado a participar de la intimidad divina como hijo de Dios Padre, en Cristo, por el Espíritu Santo. Al disponerlo así, nos confía el encargo de colaborar con Él en la salvación de este mundo. También llegaba a esta conclusión al ser consciente –en su profunda humildad- de que tenía que hacer el Opus Dei, cuando no contaba con ningún medio humano, sólo con su juventud y, sobre todo, con la gracia de Dios. Desde esta perspectiva, bien convencido de su poquedad, no cesaba de repetirnos que todos podemos ser capaces de regenerar el mundo, de convertir la tierra, la humanidad, si cumplimos a fondo nuestro deber.

Me da alegría aludir a otra afirmación de San Josemaría, que predicó repetidamente, con valentía y claridad, para que nadie se sienta excluido de este deber. Aseguró sin temor a equivocarse, rompiendo esquemas de los tiempos en los que comenzó la Obra, que el matrimonio es camino vocacional. Y en la homilía que hoy recordamos insistió: «El amor que conduce al matrimonio y a la familia, puede ser un camino divino, vocacional, maravilloso, cauce para una completa dedicación a Nuestro Dios»9. Y salta a la vista –como puntualizó en otra ocasión- que, para santificar el camino matrimonial, no es suficiente el amor humano; se precisan las virtudes teologales.

Al dirigirme ahora expresamente a los Amigos de la Universidad de Navarra, recojo otras palabras de ese encuentro en este Campus, que conmemoramos: «Sois parte de un pueblo que sabe que está comprometido en el progreso de la sociedad, a la que pertenece. Vuestro aliento cordial, vuestra oración, vuestro sacrificio y vuestras aportaciones no discurren por los cauces de un confesionalismo católico: al prestar vuestra cooperación sois claro testimonio de una recta conciencia ciudadana, preocupada del bien común temporal; atestiguáis que una Universidad puede nacer de las energías del pueblo, y ser sostenida por el pueblo»10.
Os agradezco de todo corazón vuestra ayuda a la Universidad de Navarra, y bendigo vuestros esfuerzos para que sean más eficaces cada día. Os recuerdo, a la vez, que vuestras actividades, en cada jornada, han de perseguir muy especialmente la santidad, también la de las personas con que os relacionáis. Para revelaros la grandeza de vuestra tarea, y confirmaros en la importancia de vuestro cometido, mencionaré unas palabras que escuché frecuentemente de los labios de San Josemaría desde que le conocí en 1948, y que también pronunció aquí: «La vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa ordinaria. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones cuando vivís santamente la vida ordinaria»11.

Por eso, un cristiano, un hombre de Cristo, un hombre de Eucaristía, no se conforma con trabajar bien, con rectitud: también se comportan así millones de personas que no tratan o no conocen a Dios. La vida profesional y familiar de las mujeres y de los varones que se saben injertados en Cristo por el Bautismo, y que se alimentan de la Eucaristía, buscan convertir su ocupación en instrumento de santificación, de amor y de servicio al Cielo y a la tierra. Nos lo subraya la oración colecta, dirigida a Dios Padre, que hemos rezado, acudiendo a la intercesión y al ejemplo de San Josemaría: “Que en el ejercicio del trabajo ordinario nos configuremos a tu Hijo Jesucristo y sirvamos con amor ardiente a la obra de la Redención”.

Poco después, en la lectura del Evangelio, hemos escuchado el relato de la primera pesca milagrosa. Una escena repetidamente meditada por el Fundador del Opus Dei. Descubría ahí cómo desea el Maestro contar con los hombres de todos los tiempos que ansían seguirle.
Se detiene San Lucas, como hemos escuchado, en un detalle aparentemente marginal. Los pescadores, luego discípulos, están lavando y remendando las redes, tras una noche de pesca en vacío. Redes que simbolizan el trabajo profesional, familiar, con el que se sirve y se construye la sociedad. Pero, obedeciendo a Cristo con lealtad, escuchándole en el desempeño de las diferentes labores, las redes se convierten en instrumento para llevar las almas a Dios, a los sacramentos.

Santifiquemos el trabajo, acabándolo bien, sabiendo que, desde la vida pública, desde la cátedra, desde el quirófano, desde las labores manuales, desde el hogar llegaremos muy lejos, dando cumplimiento a la indicación de Jesús: duc in altum!, llevad hasta los confines de la tierra la red de salvación. Como a los primeros cristianos, no debe frenarnos el ambiente, el secularismo, el materialismo práctico, aunque nos resulten ámbitos enrarecidos, agresivos y hasta hostiles. Llenos de optimismo, ya que poseemos la Verdad de Cristo, la única, meditemos la consideración que nos ofrece San Josemaría: «Todos los mares de este mundo son nuestros, y allí donde la pesca es más difícil es también más necesaria»12.

Al encontrar a Cristo a lo largo de la jornada, al tratarle en medio de los afanes de nuestros hermanos los hombres, ejercitémonos en la fe. Fe en el amor de Dios por nosotros; fe en su Providencia; fe en la fuerza de su mensaje; fe en que nos ha prometido que permanecerá con nosotros hasta el final de los tiempos; fe «finalmente –como apostillaba el primer Gran Canciller de esta Universidad- para demostrar al mundo que todo esto no son ceremonias ni palabras, sino una realidad divina, al presentar a los hombres el testimonio de una vida ordinaria santificada»13.

Antes de concluir, quiero agradecer de todo corazón la presencia de todas las Excelentísimas e Ilustrísimas autoridades. Mi gratitud va también al queridísimo pueblo navarro y a sus dignos representantes, consciente del apoyo material y moral ofrecido a la Universidad desde la misma constitución del Estudio General, en 1952, elevado por la Santa Sede a rango de Universidad, hace 50 años. Pienso igualmente que esta noble región, tan rica en historia y en tradiciones de servicio a la Iglesia y a la sociedad civil, reconoce con gratitud cuanto esta Universidad ha hecho y hace por Navarra, como dejó patente la Comunidad Foral al conceder su Medalla de Oro a la Universidad, años atrás. Gracias a la formación que esta Alma Mater ofrece a estudiantes de muchos países, y a su reconocido prestigio internacional en campos tan importantes como la Medicina, las Letras, el Derecho, las Ciencias empresariales o la Ingeniería industrial y las Facultades eclesiásticas, por citar sólo algunas de sus áreas, el nombre de Navarra es cada vez más conocido y apreciado en España y fuera de sus fronteras, en naciones de los cinco continentes.

Siento el grato deber de agradecer, por justicia y afecto sincero, el apoyo que, desde el primer momento, demostró la Conferencia Episcopal española a esta Universidad; mi reconocimiento más hondo se dirige también al Excelentísimo Arzobispo de Pamplona, don Francisco Pérez González, y a sus inmediatos predecesores, con un entrañable recuerdo a don Enrique Delgado y Gómez.

Al recordar también el amor con que San Josemaría mandó esculpir la imagen de nuestra Señora del Amor Hermoso, para regalarla a esta Universidad de Navarra, después de haber sido bendecida por el Siervo de Dios, Su Santidad el Papa Pablo VI, quiero dejar en las manos de la Madre de Jesucristo y Madre nuestra, vuestros trabajos, vuestras intenciones, vuestras alegrías y vuestras penas. Desde que pasó este propósito de preparar la estatua por la mente de nuestro primer Gran Canciller, no cesó de comentar que abrigaba el deseo de que, custodiados por las manos de Santa María, que habían cuidado del mismo Dios hecho Hombre, nacieran y se robustecieran los amores nobles de quienes trabajan y estudian en esta Universidad, y de los habitantes de toda la Comunidad Foral: que Ella, Santa María, fomente en nosotros un amor hermoso, es decir, una conducta limpia, generosa, recta, que nos capacite para amar a la Trinidad Santísima, y para amar y servir a todas las personas, en el matrimonio o en el celibato apostólico, según el camino concreto con el que Dios nos ha bendecido a cada uno. Así sea.

1. San Josemaría, Homilía Amar al mundo apasionadamente, 8-X-1967, en “Conversaciones”, n. 113.
2. San Josemaría, op. cit., n. 116.
3. Fórmula de la consagración al Amor Misericordioso.
4. San Josemaría, op. cit., n. 116.
5. San Josemaría, op. cit., n. 113.
6. Concilio Vaticano II. Const. dogm. Lumen gentium, n. 15.
7. Cfr. San Josemaría, op. cit., n. 114.
8. San Josemaría, Forja, n. 759.
9. San Josemaría, op. cit., n. 121.
10. San Josemaría, op. cit., n. 120.
11. San Josemaría, op. cit., n. 116.
12. San Josemaría, Forja, n. 979.
13. San Josemaría, op. cit., n. 123.

Noticia principal: Más de 4.000 personas participan en la celebración del 50 Aniversario de la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra

Memoria ingenua

Archivado en: Opus Dei — Kristin a las 5:20 pm en Sábado, Julio 25, 2009  Etiquetado

balcellsExiste muy buena bibliografía sobre el Opus Dei, así como testimonios de los primeros miembros de la Obra.

La editorial Rialp ha ido editando algunos de esos libros, que no dejan de ser históricos. Me refeiero, a que ya no es sólo la historia del Opus Dei, sino el contexto socio cultural en que se desarrollan los hechos en cada país.

Estos libros despiertan mi interés especialmente, ya que sus distintos autores cuentan de primera mano como se fue desarrollando el Opus Dei en sus primeros años. Son personas, algunas ya fallecidas, que vivieron con san Josemaría unos comienzos difíciles. Los que hemos venido a la Obra cuando esta ya estaba constituidda como Prelatura Personal, nos hemos encontrado uncamino trillado gracias a la entrega y fidelidad “de los mayores” a su vocación y a las enseñanzas de San Josemaría. Así que su lectura es para mí interesante.

El último de esos libros que he leído es Memoria Ingenua y su autor Alfonso Balcells Gorina, médico catalán que vivió los comienzos de la Obra en Barcelona, aún sin serlo él.

Con un estilo descomplicado nos habla de la burguesía barcelonesa antes, durante y tras la guerra civil española. Ballcels conoció a Escrivá en Teruel, durante la guerra civil, pero no fue hasta los años 40, tras haber terminado su carrera de medicina cuando pidió la admisión en el Opus Dei.

No obstante, habiendo creado una amistad con universitarios como Juan Bautista Torelló o Rafael Termes, entre otros; colaboró con la puesta en marcha de los primeros centros del Opus Dei en Barcelona.

Quien haya leído alguna biografía de san Josemaría, sabrá que él se refería a “la contradición de los buenos” a los sufrimientos que les causó a él mismo y a aquellos chicos universitarios las duras críticas e injurias dirigidas hacia ellos por parte de algunos clérigos. No entendían que señores que vestían traje de chaqueta y corbata pretendiesen ser santos.

La lectura del libro de Balcells ayuda a entender por qué tuvieron lugar estos acontecimientos, pues explica muy bien el ambiente de asociacionismo clerical existente en la Barcelona de los años 30.

Alfonso Balcells, con gran caridad excusa a aquellas personas, que seguramente obraron con rectitud de intención, aunque estuviesen equivocados. Esta situación que tanto hizo sufrir a quellos chicos y a sus familias, seguramente sirvió para afianzar la fidelidad a su vocación.

Recomiendo su lectura a todos los que queráis saber más sobre el tema.

Corasón, corasón, corasón

Archivado en: Benedicto XVI,don Álvaro del Portillo,General,Juan Pablo II,Opus Dei — Kristin a las 11:40 pm en Domingo, Julio 5, 2009  Etiquetado , , ,

CORASÓN, CORASÓN, CORASÓN

El cachondo de Dan Brown, poco escrupuloso de las precisiones geográficas, sitúa la sede central del Opus Dei en Lexington Avenue, que es algo así como transplantar el Pentágono a la comisaría de la calle Leganitos; también adereza sus intrigas con ‘monjes’ de la Obra, confundiéndola quizá, en pleno delirium tremens, con la orden benedictina.

Pero la pobre gente alienada se traga estas mentecateces y se queda tan pancha, convencida además de haber accedido a una forma de conocimiento superior. Decididamente, Chesterton tenía razón: se empieza dejando de creer en Dios y se acaba creyendo en cualquier cosa, incluidas las paparruchas seudoesotéricas y la morralla que injuria las imprentas. Hace una mañana exacta como un verso del Dante, la primera después de tantas mañanas sin más rima que la establecida por la lluvia. Cerca del hotel donde me hospedo, en Via Bruno Buozzi 73, se halla la verdadera sede del Opus, conocida como Villa Tevere, un edificio menos suntuoso de lo que mi imaginación, tan calenturienta, había presagiado. Me he citado aquí con monseñor Joaquín Alonso, un sacerdote que contribuyó a engrasar el español de Juan Pablo el Grande en los albores de su Papado. Monseñor Alonso, secretario del Prelado Javier Echevarría, como anteriormente lo fuera de Álvaro del Portillo, es un septuagenario enjuto y todavía ágil que no ha logrado desprenderse, pese al medio siglo de éxodo romano, de su acento sevillano; habla con una celeridad que hace inútiles los esfuerzos de este cronista por transcribir sus palabras, en una ventolera de frases que brincan como saltamontes de uno a otro asunto y se encaraman en el trampolín ameno de la divagación, omitiendo aquí y allá algún sujeto o predicado, hasta convertir su monólogo en un delicioso mogollón. Monseñor Alonso viste una sotana que adelgaza aún más su figura; es un hombre inquieto, vivaz, que no deja de remejerse en el sillón orejero que ocupa durante la entrevista, seguramente porque preferiría estar de pie, bailando al ritmo de su sintaxis premiosa.

“Conocí al Cardenal Wojtila en un curso de conferencias que organicé en la Residencia Universitaria Internacional. Era un hombre vigoroso, de una simpatía contagiosa y una fe firme como una roca. Me permití solicitarle una entrevista sobre el sacerdocio. Él por entonces hablaba un italiano todavía defectuoso comiéndose los artículos; me prometió que contestaría mis preguntas por escrito y en polaco. Cumplió su promesa: en el texto manuscrito que me envió al cabo de varias semanas, figuraba en el encabezamiento de cada página una frase alusiva a la Virgen, o un versículo inspirador: su pensamiento iba siempre unido a la oración”, rememora don Joaquín. Me ha tendido unos folios en los que rastreo la caligrafía espaciosa y decidida de Wojtila; algunas tachaduras ratifican, aquí y allá, el hilo del discurso. “Para los años 77 y 78, las comidas del cardenal Wojtila con monseñor Álvaro del Portillo y conmigo mismo eran ya relativamente frecuentes. Luego, cuando lo nombraron Papa, me eligió, junto a Monseñor Abril, actual nuncio en Eslovenia, para recuperar su español, que había aprendido leyendo a los místicos, durante sus estudios doctorales en el Angelicum. Era un superdotado para los idiomas; no tenía miedo de equivocarse, diría incluso que aprendía equivocándose. Yo le advertía: ‘Como buen sevillano, seseo; tenga en cuenta Su Santidad que, aunque yo pronuncie corasón y saserdote, lo correcto es decir corazón y sacerdote’. Pero él gustaba de repetir: corasón, corasón, corasón”.

Y el Papa perseveraría en el seseo, incluso durante la lectura de sus discursos, cada vez que viajaba a un país de lengua española. “Mientras preparábamos su viaje a la Conferencia con el Episcopado Sudamericano que se celebró en Puebla, en enero de 1979, me propuso don Álvaro que le regalase una casete con canciones populares mejicanas, La Morenita, Chapala y tantas otras; cuando fuimos a visitarlo al Gemelli un par de años después, mientras se recuperaba de la infección que le volvió a postrar en cama tras el atentado de Alí Agca, descubrí con emoción que entretenía la convalecencia escuchándolas”. Monseñor Alonso, entre el barullo de recuerdos que van y vienen, rescata el sentido del humor que galardonaba al Pontífice: “En cierta ocasión, al entrar en sus aposentos, reparó en mi calvicie. ‘Don Alonso –me dijo con ironía– ¿ha reparado usted en que se está quedando sin pelo? Vamos a darle la bendición, a ver si vuelve a crecer’. Y, desde ese día, antes de comenzar las clases, me besaba la calva. Pero ya lo ve… –don Joaquín suspira y se pasa la mano por el cráneo desguarnecido–: Ni los besos papales obraron el milagro”.

ALEGRÍAS Y TRISTEZAS

Las anécdotas fluyen por los labios de Monseñor Alonso como ráfagas de ametralladora: “Don Álvaro del Portillo me pidió que le llevara al Papa un vídeo divulgativo sobre la Obra. Unos días después, lo sorprendí partiéndose de risa mientras lo contemplaba: en la pantalla del televisor, transcurría una entrevista con un matrimonio keniata; mientras la mujer hablaba y hablaba sin descanso, el marido asentía medroso y reverencial a sus palabras, mudo como una estatua. Su Santidad comía todos los domingos con el cardenal Deskur, al que quería como a un hermano; Deskur había sufrido un ictus cerebral, pero la adversidad no había disminuido su talante jocoso. Al Papa le encantaba que el cardenal Deskur le contase los chistes que circulaban por el Vaticano, chistes que solían elegirlo invariablemente como protagonista y que él acogía con carcajadas de regocijo –una sonrisa merodea los labios de Monseñor Alonso, súbitamente como una liebre–. Pero por pudor los omitiré”.

Este cronista, algo menos púdico que monseñor Alonso, se atreve por el contrario a confiarles uno de esos chistes, muy divulgado en los mentideros vaticanos y que, según le consta, provocaba la hilaridad del Pontífice difunto. “Ha llegado la hora de que los cardenales Carlo Maria Martini y Joseph Ratzinger y el mismo Papa Juan Pablo rinden cuentas ante Dios. San Pedro los aguarda ceñudo a las puertas del cielo y les ordena pasar de uno en uno a su despacho. Martini es el primero en afrontar la entrevista; al poco vuelve mohíno con los otros dos y les confía: ‘San Pedro deniega mi entrada. Asegura que Jesús supo predicar el Evangelio sin salir jamás de Judea y Galilea. Yo, en cambio, apenas he pisado mi diócesis de Milán’. El siguiente en someterse al rapapolvo es Ratzinger; vuelve contrito y declara a sus compañeros: ‘San Pedro deniega mi entrada, por haberme atrevido a rectificarle un error teológico deslizado en una de sus epístolas’. El Papa se dispone a pasar el mal trago; al rato regresa resignado: ‘También a mí me deniega el paso. Según él, Jesús pronunció el sermón de la montaña; yo, en cambio, he pronunciado una montaña de sermones’”.

En los almuerzos con Deskur, salpimentados de chanzas, asistía con frecuencia Sor Tobiana Pododka, el ángel custodio de Juan Pablo II, vigía insomne de su salud, que con frecuencia le forzaba a infringir el muy severo ayuno que el Pontífice se imponía. “Ya lo ve, Don Alonso –decía Su Santidad con sorna–: el cardenal y yo compartimos director en el seminario, allá en nuestra juventud; ahora en nuestra vejez, compartimos madre superiora”.

No todos los recuerdos que Joaquín Alonso guarda del Papa difunto son festivos, sin embargo; algunos permanecen asociados a los episodios más dolorosos de su biografía. “En marzo de 1994 viajé con nuestro Prelado, Álvaro del Portillo, a Tierra Santa; desde Jerusalén, después de celebrar su última misa en el Cenáculo, don Álvaro escribió una postal al Pontífice, en la que se despedía asegurándole que permaneceríamos fideles ‘usquam mortem‘. A las pocas horas de llegar a Roma, monseñor Del Portillo fallecía de edema pulmonar, en mitad de la madrugada; aquellas palabras cobraban repentinamente un sentido premonitorio. Al amanecer llamé a don Stanislaw Dzwiwisz para comunicarle la triste nueva. Esa misma tarde, Su Santidad visitó la capilla ardiente; de hinojos en el reclinatorio, rezó una Salve que nos puso los pelos de punta”. Las manos delgadísimas de Don Joaquín, que no han parado de agitarse durante la entrevista, como pájaros en desbandada, se posan un momento y se entrelazan, buscando un nido de momentáneo silencio; observo entonces que la edad las ha empezado a salpicar de manchas sigilosas. Pero enseguida recupera el brío y su sintaxis de ametralladora: “Escuchar. El Papa sabía sobre todo escuchar. Incluso a alguien tan insignificante como yo”. Se ha puesto de pie, esbelto como un junco; en su gracioso seseo, muy celosamente preservado, se esconde el mejor homenaje al hombre que gustaba de repetir, como una letanía andaluza: corasón, corasón, corasón.

Cuestión de trabajo

Archivado en: Opus Dei,San Josemaría — Kristin a las 5:51 pm en Jueves, Julio 2, 2009
Bastantes personas pierden su trabajo y enfrentan serias dificultades para mantener su familia. Otras, desean tener uno mejor. Y todos podemos realizarlo con mayor perfección. Por sus enseñanzas sobre la santificación del trabajo, san Josemaría es un intercesor natural ante Dios para conseguirlo.

Aquí podrá obtener los textos que utilizan muchas personas durante 9 días rezando por estas intenciones.

Siervo bueno y fiel

Archivado en: don Álvaro del Portillo,Opus Dei,San Josemaría — Kristin a las 8:49 pm en Jueves, Junio 25, 2009  Etiquetado , , ,

Así era como definía san Josemaría a don Álvaro del Portillo.

También le llamaba Saxum, (roca) y le dedicó estas palabras:
“Saxum! ¡qué blanco veo el camino —largo— que te queda por recorrer! Blanco y lleno, como campo cuajado. ¡Bendita fecundidad de apóstol, más hermosa que todas las hermosuras de la tierra! Saxum!”
Si hoy lo traigo a colación es porque es el aniversario de su ordenación sacerdotal. Junto a don José Luis Muzquiz y don José Mª Hernández de Garnica fueron los tres primeros fieles del Opus Dei en ordenarse sacerdotes, en 1944.
Fue el primer sucesor de san Josemaría, y primer Prelado de la Obra.

Don Álvaro, junto con Juan Pablo II son las dos únicas personas que he conocido personalmente y que están en proceso de canonización. A los dos los conocí en mi adolescencia, y los dos dejaron huella en mi alma.

Don Álvaro tenía una mirada clara, te miraba con esa cara de padre bueno que arrastraba. Si cuando estaba entre nosotros, mi comunicación con él era epistolar, tras su marcha al cielo, pasó a ser personal. Le trato como a un padre que siempre va conmigo, que me acompaña por la vida.

Siempre me gustó esta foto, en la que san Josemaría le aplaude. Creo que la fotografía fue tomada en Sudamérica, y ese día se celebraba su santo. Ante su sonrojo, san Josemaría pidió un aplauso para él.

A este padre, bueno y fiel, le pido para que todos seamos siquiera un poquito como él.

Dejar obrar a Dios

Archivado en: Benedicto XVI,Opus Dei,San Josemaría,Santidad — Kristin a las 10:39 pm en Miércoles, Mayo 13, 2009  Etiquetado , ,
Hoy volvía a releer este texto de Benedicto XVI, no me canso de hacerlo. Me admira el modo del Santo Padre de explicar en qué consiste la santidad.
Lo copio aquí para que la podáis disfrutar.

Transcripción de una intervención oral del cardenal Ratzinger publicada en el suplemento especial del Osservatore Romano realizado con ocasión de la canonización de Josemaría Escrivá el 6 de ocrubre de 2002.

“Siempre me ha llamado la atención el sentido que Josemaría Escrivá daba al nombre Opus Dei; una interpretación que podríamos llamar biográfica y que permite entender al fundador en su fisonomía espiritual. Escrivá sabía que debía fundar algo, y a la vez estaba convencido de que ese algo no era obra suya: él no había inventado nada: sencillamente el Señor se había servido de él y, en consecuencia, aquello no era su obra, sino la Obra de Dios. Él era solamente un instrumento a través del cual Dioshabía actuado.

Al considerar esta actitud me vienen a la mente las palabras del Señor recogidas en el evangelio de San Juan 5,17: “Mi Padre obra siempre”. Son palabras pronunciadas por Jesús en el curso de una discusión con algunos especialistas de la religión que no querían reconocer que Dios puede trabajar en el día del sábado. Un debate todavía abierto y actual, en cierto modo, entre los hombres –también cristianos- de nuestro tiempo. Algunos piensan que Dios, después de la creación, se ha “retirado” y ya no muestra interés alguno por nuestros asuntos de cada día. Según este modo de pensar, Dios no podría intervenir en el tejido de nuestra vida cotidiana; sin embargo, las palabras de Jesucristo nos indican mas bien lo contrario. Un hombre abierto a la presencia de Dios se da cuenta de que Dios obra siempre y de que también actúa hoy; por eso debemos dejarle entrar y facilitarle que obre en nosotros. Es así como nacen las cosas que abren el futuro y renuevan la humanidad.

Todo esto nos ayuda a comprender por qué Josemaría Escrivá no se consideraba “fundador” de nada, y por qué se veía solamente como un hombre que quiere cumplir una voluntad de Dios, secundar esa acción, la obra –en efecto- de Dios. En este sentido, constituye para mí un mensaje de gran importancia el teocentrismo de Escrivá de Balaguer: está en coherencia con las palabras de Jesús esa confianza en que Dios no se ha retirado del mundo, porque está actuando constantemente; y en que a nosotros nos corresponde solamente ponernos a su disposición, estar disponibles, siendo capaces de responder a su llamada. Es un mensaje que ayuda también a superar lo que puede considerarse como la gran tentación de nuestro tiempo: la pretensión de pensar que después del big bang, Dios se ha retirado de la historia. La acción de Dios no “se ha parado” en el momento del big bang, sino que continúa en el curso del tiempo, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de los hombres.

El fundador de la Obra decía: yo no he inventado nada; es Otro quien lo ha hecho todo; yo he procurado estar disponible y servirle como instrumento. La palabra y toda la realidad que llamamos Opus Dei está profundamente ensamblada con la vida interior del Fundador, que aun procurando ser muy discreto en este punto, da a entender que permanecía en diálogo constante, en contacto real con Aquél que nos ha creado y obra por nosotros y con nosotros. De Moisés se dice en el libro del Éxodo (33,11) que Dios hablaba con él “cara a cara, como un amigo habla con un amigo”. Me parece que, si bien el velo de la discreción esconde algunas pequeñas señales, hay fundamento suficiente para poder aplicar muy bien a Josemaría Escrivá eso de “hablar como un amigo habla con un amigo”, que abre las puertas del mundo para que Dios pueda hacerse presente, obrar y transformar todo.

En esta perspectiva se comprende mejor qué significa santidad y vocación universal a la santidad. Conociendo un poco la historia de los santos, sabiendo que en los procesos de canonización se busca la virtud “heroica” podemos tener, casi inevitablemente, un concepto equivocado de la santidad porque tendemos a pensar: “esto no es para mí”; “yo no me siento capaz de practicar virtudes heroicas”; “es un ideal demasiado alto para mí”. En ese caso la santidad estaría reservada para algunos “grandes” de quienes vemos sus imágenes en los altares y que son muy diferentes a nosotros, normales pecadores. Esa sería una idea totalmente equivocada de la santidad, una concepción errónea que ha sido corregida – y esto me parece un punto central- precisamente por Josemaría Escrivá.

Virtud heroica no quiere decir que el santo sea una especie de “gimnasta” de la santidad, que realiza unos ejercicios inasequibles para las personas normales. Quiere decir, por el contrario, que en la vida de un hombre se revela la presencia de Dios, y queda más patente todo lo que el hombre no es capaz de hacer por sí mismo. Quizá, en el fondo, se trate de una cuestión terminológica, porque el adjetivo “heroico” ha sido con frecuencia mal interpretado. Virtud heroica no significa exactamente que uno hace cosas grandes por sí mismo, sino que en su vida aparecen realidades que no ha hecho él, porque él sólo ha estado disponible para dejar que Dios actuara. Con otras palabras, ser santo no es otra cosa que hablar con Dios como un amigo habla con el amigo. Esto es la santidad.

Ser santo no comporta ser superior a los demás; por el contrario, el santo puede ser muy débil, y contar con numerosos errores en su vida. La santidad es el contacto profundo con Dios: es hacerse amigo de Dios, dejar obrar al Otro, el Único que puede hacer realmente que este mundo sea bueno y feliz. Cuando Josemaría Escrivá habla de que todos los hombres estamos llamados a ser santos, me parece que en el fondo está refiriéndose a su personal experiencia, porque nunca hizo por sí mismo cosas increíbles, sino que se limitó a dejar obrar a Dios. Y por eso ha nacido una gran renovación, una fuerza de bien en el mundo, aunque permanezcan presentes todas las debilidades humanas.

Verdaderamente todos somos capaces, todos estamos llamados a abrirnos a esa amistad con Dios, a no soltarnos de sus manos, a no cansarnos de volver y retornar al Señor hablando con Él como se habla con un amigo sabiendo, con certeza, que el Señor es el verdadero amigo de todos, también de todos los que no son capaces de hacer por sí mismos cosas grandes.

Por todo esto he comprendido mejor la fisonomía del Opus Dei: la fuerte trabazón que existe entre una absoluta fidelidad a la gran tradición de la Iglesia, a su fe, con desarmante simplicidad, y la apertura incondicionada a todos los desafíos de este mundo, sea en el ámbito académico, en el del trabajo ordinario, en la economía, etc. Quien tiene esta vinculación con Dios, quien mantiene un coloquio ininterrumpido con Él, puede atreverse a responder a nuevos desafíos, y no tiene miedo; porque quien está en las manos de Dios, cae siempre en las manos de Dios. Es así como desaparece el miedo y nace la valentía de responder a los retos del mundo de hoy.