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Tomás Moro, patrono del buen humor


thom_moreTadeusz Daiczer en Meditaciones sobre la fe (Ed. San Pablo)

Entre los santos, la virtud del humor alcanzó tal grado de heroísmo que relucía, incluso, en momentos de gran sufrimiento o de la muerte. Santo Tomás Moro murió decapitado. Antes de subir al cadalso, se le acercó su hijo que, llorando, le pidió la bendición. El momento era muy dramático. Tomás Moro le dijo entonces al oficial que dirigía la ejecución, y que también tenía una actitud sumamente seria: “¿Puede ayudarme a subir?, porque para bajar, ya sabré valérmelas por mí mismo”. Era una actitud llena de humor ante su muerte.

El rey Enrique VIII le prohibió hablar, porque sabía lo que era capaz de provocar en la gente. Él sabía lo poderoso que era Tomás. No se le permitió, pues, pronunciar un discurso, y el condenado solamente pudo decirle al verdugo, al oficial de la ejecución: “Fíjese que mi barba ha crecido en la cárcel; es decir, ella no ha sido desobediente al rey, por lo tanto no hay por qué cortarla. Permítame que la aparte”.

Éstas fueron las últimas palabras de Tomás Moro. Supo burlarse de sí mismo y colocar sus asuntos, su propia muerte, bajo la lente de lo absurdo. Y es que ante Dios, única realidad para la que merece la pena vivir, nuestra muerte tampoco es importante. Hay que tener el alma de un niño y tomar con fuerza la mano del Padre, para poder hacer bromas ante la propia muerte. Lo hizo un hombre que, con frecuencia, para tener un sentido cristiano del humor, rezaba:

Señor, ten a bien darme un alma que desconozca el aburrimiento, que desconozca las murmuraciones, los suspiros y las lamentaciones; y no permitas que me preocupe demasiado en torno de ese algo que impera, y que se llama yo…
Obséquiame con el sentido del humor. Concédeme la gracia de entender las bromas, para que pueda conocer algo de felicidad, y sea capaz de donársela a otros. Amén

El vuelo del águila


bentoxviportugal (1)José Luis Restán en Análisis Digital

Siempre recordaré el comentario de un viejo amigo, todo menos conservador, que a mediados de los 90 me decía que “Ratzinger vuela como un águila, mientras sus críticos parecen ratones“. Y eran los años duros en que el prefecto de la Doctrina de la Fe se batía el cobre con los rescoldos de una teología secularizada que gozaba del aplauso de la gran prensa. Podríamos decir con el Esclesiastés que no hay nada nuevo bajo el sol. Pero sí lo hay. O al menos, ahora lo vemos mejor.

La primera mitad del 2010 podría verse como un auténtico potro de tortura para Benedicto XVI, pero él lo ha vivido como una oportunidad de enseñar de nuevo qué es el cristianismo, una ocasión para volver a la fuente de la fe y para regenerar al pueblo cristiano. No ha habido tregua para el Papa: la histórica carta a los católicos de Irlanda, los viajes a Malta, Portugal y Chipre, los conmovedores encuentros con las víctimas de abusos sexuales, la impresionante guía del pueblo reunido en la Plaza de San Pedro el 16 de mayo, su planteamiento novedoso sobre el diálogo y la misión, la inolvidable clausura del Año Sacerdotal, los nombramientos en la Curia romana… Todo ello en medio de un chaparrón de fango lanzado desde las más poderosas tribunas del poder mundano, un chaparrón que en muchos casos le buscaba precisamente a él, a Benedicto, ese Papa extraña mezcla de inteligencia y mansedumbre, de pasión y serenidad, ese hombre que ama la tradición viva tanto como para no temer las preguntas inquietantes de los modernos.

Todavía esta semana el New York Times lanzaba su enésima andanada, su ideología desaforada y llena de engañosas construcciones y zafias mentiras contra el hombre que no se defiende en Roma, contra este Pedro del siglo XXI al que no hacen temblar las persecuciones, pero que llora por la traición de sus hijos. Y no sólo por el horrendo pecado de los abusos (frente al que ha lanzado una formidable operación de limpieza y transparencia) sino por el daño inmenso de una fe contaminada, deformada y vaciada. Todavía esta semana un mezquino imitador de la gran pompa neoyorkina, nuestro rancio El País, lanzaba un editorial-píldora condensado de mentiras descabelladas sin inmutarse. Es cierto que Pedro es ya poco más que basura para cierta prensa, pero al menos esperábamos cierta altura profesional de las grandes cabeceras del mundo laico. Ingenua esperanza.

Pero la incomprensión y el odio no vienen sólo de fuera. La Reppublica se ufanaba con un artículo del pretendido teólogo Vito Mancuso que lanzaba su anatema total contra la Iglesia de Benedicto cual si fuera una cueva de perdición, mientras entonaba el cansino canto de una comunidad toda espiritual y sin mancha, democrática y autogestionada, un nuevo comienzo del verdadero cristianismo. Y en la otra esquina están los que murmuran en voz baja contra este Papa que no desenvaina la espada, que sale al encuentro del mundo moderno, que piensa y reza demasiado pero no utiliza los poderes de la historia para defender el legado de la gran institución católica, que no entiende la misión como un lanzar las huestes contra el enemigo en una suerte de nueva batalla de Solferino.

¿Entonces está solo el Papa, como dicen tantos analistas bien intencionados? No. En primer lugar Benedicto XVI tiene una genialidad única pero no es un asteroide. Es hijo de un pueblo, de la tierra de la Iglesia del siglo XX, de un flujo vital, intelectual y afectivo, que ha alimentado el Espíritu durante decenios. Y no le faltan compañeros con los que ciertamente vive una relación de saludable paternidad y libertad, colaboradores francos y leales que saben como él que la respuesta a estos tiempos difíciles no viene de programas prefabricados ni de maniobras astutas. Viene de la conversión a Cristo, aunque les suene a música celestial a tantos clericales de izquierda y derecha.

Pero además, como en tantas ocasiones a lo largo de la historia, Pedro conecta especialmente con el pueblo de los sencillos (ése del que abominan los autoproclamados católicos adultos de una y otra orilla). Como aquella mujer sin techo que le saludó en el albergue de la estación Termini: “querido Santo Padre, que Dios le dé la fuerza de permanecer sereno, fuerte y lleno de esperanza, como lo estamos nosotros“. O como aquélla que escribió al diario Avvenire reconociendo que no era ella la que sostenía al Papa sino que era él quien la sostenía a ella con su testimonio en el arduo oficio de vivir cada día. O como la familia siciliana que un cuarto de hora después de llegar a la Plaza de San Pedro el 16 de mayo salía corriendo de nuevo para no perder el tren de vuelta a casa. Quince minutos para llevarse esto en el corazón: “prosigamos juntos con confianza por este camino, y que las pruebas que el Señor permite nos impulsen a una mayor radicalidad y coherencia“.

Pero igual que con los sencillos, el Papa se gasta en asegurar la paz y la comunión en el cuerpo episcopal, y lo hace con una maestría incomparable. Recordamos su carta a los obispos de todo el mundo cuando se suscitó la polvareda en torno al levantamiento de las excomuniones de los obispos ordenados por Lefebvre, una carta que casi cortaba el aliento por su pureza y autenticidad evangélicas. Y estos días hemos visto cómo se ha empleado a fondo para restaurar la confianza en el colegio cardenalicio entre Schönborn y Sodano, o el modo en que ha aprovechado la triste situación del obispo de Augsburgo, Walter Mixa, para amonestar paternalmente a los obispos alemanes, recordándoles que “en un tiempo de contrastes e inseguridades el mundo espera de los cristianos un testimonio concorde, que nace del encuentro con el Señor resucitado”.

El domingo en Sulmona, recordando a Pedro Morrone, el sufrido Celestino V, el Papa recordaba que Jesús espera de sus discípulos el anuncio sereno, claro y valiente del mensaje evangélico, también en los momentos de persecución, sin ceder ni a la fascinación de la moda, ni a la de la violencia o de la imposición. Poco después les decía a los jóvenes que “la fe y la oración no resuelven los problemas, pero permiten afrontarlos con una luz y una fuerza nueva, de una forma digna del hombre“. Y les invitaba a confiar en el futuro, porque “si miramos a la historia de la Iglesia veremos que es rica en figuras de santos que… iluminados por la fe, supieron encontrar soluciones creativas, siempre nuevas, para responder a las necesidades humanas concretas en todos los siglos”. Los jóvenes estaban encantados, pero claro, ¿qué puede significar todo eso para los sabios del NYT?

Legislar contra la persona auténtica


familiaCardenal Ricard Mª CARLES en larazon.es

Cuando los legisladores no tienen en cuenta la autenticidad de la persona humana, las leyes dañan a los ciudadanos y a la sociedad. Porque el hombre es un ser material, pero a la vez un ser vivo y, como tal, no autosuficiente, y por ello necesitado, capaz de tomar decisiones; y lo más importante, es capaz de ser movido por Dios, de recibir de él la fuerza vital, para tener recta conciencia. El hombre no puede contemplarse desde un punto de vista neutral, sino en su situación concreta de adhesión o de rechazo a Dios. Llamado a la comunión con él, es un ser «personal». No es sólo algo, sino alguien. No se pregunta sólo «qué» es, sino, sobre todo, «quién es».

Teológicamente, en Jesucristo los hombres somos un «tú» para Dios. En la llamada de Dios a la comunión con Él en Cristo llega a plenitud nuestro ser personal, que determina a la vez nuestra irrepetibilidad y nuestro ser en relación con Dios y con el prójimo.

En la teología moderna se insiste en que el hombre no «tiene» un alma y un cuerpo, sino que «es» alma y cuerpo. Por ser cuerpo existe en el espacio y en el tiempo, está abocado a la muerte. Pero, por ser alma, trasciende los condicionamientos de este mundo, es inmortal y todo esto tiene sentido, porque el hombre es ser para Dios, está referido a él radicalmente.

Todo esto se niega en el «laicismo» oficial. La fe cristiana mantiene esta concepción como algo irrenunciable, porque sólo así puede tener sentido el hombre creado a imagen de Dios, llamado a la comunión con Dios en Cristo y a la configuración con Jesucristo.

Cómo parar el aborto


prolifeEntra hoy en vigor la ley cínicamente llamada de «salud reproductiva y sexual», que conculca el derecho a la vida, sometiéndolo a la decisión discrecional de la madre, que podrá «desembarazarse» de la criatura que se gesta en sus entrañas como quien se extirpa una verruga. No creo probable que la nueva ley favorezca la comisión de más abortos quirúrgicos; entre otras razones, porque la nueva ley ya se preocupa de promover el aborto químico, que es menos truculento y engorroso, imponiendo a los farmacéuticos la obligación de expedir la llamada «píldora del día después» como si de una aspirina se tratase. Pues lo que la nueva ley pretende es, ante todo, «simplificar» la decisión moral que todo aborto conlleva, convirtiendo la comisión de un crimen en algo irrelevante y aséptico (en esto consiste la «banalidad del mal») y propiciando de este modo lo que C. S. Lewis llamaba «la abolición del hombre»; esto es, la creación de una sociedad sin capacidad de discernimiento moral, una sociedad «automática» que evita enjuiciar éticamente sus acciones, engolosinada por la consecución del interés propio.

Cifrar en el Tribunal Constitucional la esperanza de que esta ley inicua sea desautorizada es tan ilusorio como reclamar peras al olmo; pues a nadie se le escapa que dicho Tribunal forma parte de la misma «organización» que ha encumbrado el aborto a la categoría de derecho: una «organización» que proclama que la ley es «expresión de la voluntad popular», sin sometimiento a ningún razonamiento previo sobre lo que es justo e injusto; y así, liberada de ese razonamiento previo, la «voluntad popular» se convierte, inevitablemente, en una pura satisfacción del interés propio, que cuando se hace «mayoritario» adopta la fórmula de leyes positivas que el Tribunal Constitucional, en una labor típicamente «ancilar» o lacayuna, se limita a «encajar» en el barrizal positivista. Se suele esgrimir que el Tribunal Constitucional, allá por 1985, dictaminó que la protección del nasciturusimponía al Estado la obligación de «establecer un sistema legal para la defensa de la vida que suponga una protección efectiva de la misma». Pero se olvida que ese mismo Tribunal, en su sentencia 116/1999, de 17 de junio, afirmó que «los no nacidos no pueden considerarse en nuestro ordenamiento constitucional como titulares del derecho fundamental de la vida». O sea, donde dije «digo» digo «Diego». Que ésta, al fin, es la misión asignada al mencionado Tribunal: una misión, en verdad, depauperada y sórdida, como la del sicario a quien le toca «justificar» los crímenes de su amo; para lo cual no vacila en seguir al dedillo la doctrina establecida por Groucho Marx: «Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros».

El aborto sólo podrá detenerse si se logra una verdadera «metanoia», un cambio o conversión social; y ese cambio no lo «producirán» las leyes, ni mucho menos el teatrillo de marionetas de los togados. Con el aborto entronizado como derecho sólo acabará el testimonio contagioso de las personas que acojan amorosamente la vida, que prediquen con el ejemplo teniendo hijos y mostrando a sus contemporáneos el inmenso bien que esos hijos traen al mundo; provocando, en fin, entre sus contemporáneos envidia (sana envidia) de ese bien que a ellos les falta. Esto mismo fue lo que hizo un patricio llamado Filemón, hace veinte siglos, acogiendo como un hermano a su esclavo Onésimo, en una sociedad que había encumbrado la esclavitud a la categoría de derecho: sembrar la semilla de una conversión social.

www.juanmanueldeprada.com

Benedicto XVI anima a participar en la JMJ 2011


JMJmadrid2011_2El Papa Benedicto XVI animó a los jóvenes del mundo a participar en la próxima Jornada Mundial de la Juventud que se celebrará en Madrid, España, en agosto de 2011 y les pidió que “se dejen conquistar por el amor de Cristo Jesús, el Hijo de Dios y de María, el amigo fiel, el vencedor del pecado y de la muerte”.

Al recibir al Cardenal Antonio María Rouco Varela, Arzobispo de Madrid, y los miembros de la Fundación “Madrid vivo”, promotores de la próxima JMJ, el Papa señaló que “son muchos los jóvenes que tienen puestos sus ojos en esa hermosa ciudad, con el gozo de poder encontrarse en ella, dentro de pocos meses, para escuchar juntos la Palabra de Cristo, siempre joven, y poder compartir la fe que los une y el deseo que tienen de construir un mundo mejor, inspirados en los valores del Evangelio”.

Benedicto XVI invitó a todos “a seguir colaborando generosamente en esta bella iniciativa, que no es una simple reunión multitudinaria, sino una ocasión privilegiada para que los jóvenes de vuestro país y del mundo entero se dejen conquistar por el amor de Cristo Jesús, el Hijo de Dios y de María, el amigo fiel, el vencedor del pecado y de la muerte. Quien confía en Él, jamás queda defraudado, sino que halla la fuerza necesaria para elegir el camino justo en la vida“.

El Santo Padre aseguró a los presentes y a sus familias un recuerdo “en la oración, pidiendo a Dios que bendiga los esfuerzos que estáis realizando para que la próxima Jornada Mundial de la Juventud alcance copiosos frutos“.

Laicidad y libertad religiosa


4Juan Moya en Análisis Digital, 25-VI-10
Doctor en Medicina y en Derecho Canónico


El arzobispo Dominique Mamberti, encargado de Relaciones Exteriores de la Santa Sede, ha intervenido en la Habana en unas jornadas sobre la laicidad del Estado. Nos vienen muy bien en nuestro país algunas de las cosas que allí ha dicho.

En primer lugar conviene recordar que tanto el término como la realidad misma de la “laicidad” no existiría sino fuera por el cristianismo, pues sin la distinción fundamental que Jesucristo hizo entre lo que el hombre debe a Dios y lo que debe al “César” no podríamos hablar de laicidad. Como ha dicho Benedicto XVI, desde su origen el cristianismo es una religión universal y por tanto “no identificable con un Estado; presente en todos los Estados y distinta de cada uno de ellos. La religión y la fe no están en la esfera política sino en otra esfera de la realidad humana; y la política, el Estado, no es una religión sino una realidad profana con una misión específica. Y las dos realidades deben estar abiertas una a la otra”.

El término “laicidad” ha sido desvirtuado por el uso que se le ha dado en el ámbito político. “Laicidad” deriva de “laico” y tiene su origen en el ámbito eclesial, como cualquier persona medianamente informada sabe. Y el “laico”, en su acepción más elemental era y es “el que no es clérigo”, pero no como realidades contrapuestas, sino simplemente distintas y complementarias. Ahora –en realidad desde el Iluminismo de la revolución francesa- algunos emplean ambos términos con un sentido de oposición neta entre la vida civil y la vida religiosa o eclesial, como si se tratara de dos enemigos incompatibles. Señala el Papa que “en los tiempos modernos ha tenido el significado de exclusión de la religión y de sus símbolos de la vida pública mediante el confinamiento al ámbito privado y de la conciencia individual. Así ha sucedido que al término laicidad se le ha atribuido una acepción ideológica opuesta a la que tenía en su origen”.

Así pues, la laicidad se ha convertido en laicismo: es decir, en una visión de la vida civil en la que se excluye la dimensión pública religiosa de la vida humana. En este sentido la laicidad laicista no asegura, sino más bien obstaculiza, el derecho a la libertad religiosa. Y es que la supuesta neutralidad del Estado con relación al credo de sus ciudadanos es insuficiente, pues los Estados tienen que garantizar la libertad religiosa de esos mismos ciudadanos. De lo contrario, si se subordina la libertad religiosa a cualquier otro principio, “la laicidad tiende a transformarse en laicismo, la neutralidad en agnosticismo y la separación en hostilidad”, ha escrito el profesor Martín de Agar. En este caso, paradójicamente, el Estado supuestamente neutral, pasa a ser un Estado “confesional”, cuya “religión” es la ideología laicista, “hasta con sus ritos y liturgias civiles”.

Como decía Juan Pablo II cuando estuvo en Cuba en 1998, “el Estado, lejos de todo fanatismo o secularismo extremo, debe promover un clima social sereno y una legislación adecuada, que permita a toda persona y a toda confesión religiosa vivir libremente su propia fe, expresarla en ámbitos de la vida pública y poder contar con los medios y espacios suficientes para ofrecer a la vida de la Nación sus propias riquezas espirituales, morales y cívicas”.

Y es que el cuidado del Estado por el bien de los ciudadanos no puede limitarse a algunas dimensiones de la persona, como la salud física, el bienestar económico, etc. “El hombre se presenta frente al Estado también con su dimensión religiosa”, lo que implica que el Estado no impida los actos voluntarios y libres de la persona hacia su Creador. “Esos actos no pueden ser mandados ni prohibidos por la autoridad humana”, ha afirmado Benedicto XVI, que por el contrario tiene el deber de respetar y promover esa dimensión.

El derecho a la libertad religiosa no se garantiza por el mero hecho de no hacer violencia o no intervenir en las convicciones personales, o por limitarse a respetar la manifestación de la fe en el ámbito propio del culto, pues no se debe olvidar que “la misma naturaleza social del hombre exige que éste exprese externamente los actos internos de religión, que se comunique con otros en materia religiosa, y que profese de modo comunitario su religión”, sigue diciendo el Papa. La libertad religiosa no sólo es un derecho del individuo, sino también de la familia, de los grupos religiosos y de la Iglesia misma, como proclamó el Concilio Vaticano II en el Decreto “Dignitatis humanae”.

Se trata, en palabras de Mons. Mamberti, de “coordinar rectamente laicidad y libertad religiosa, tomando la primera como un medio importante pero no exhaustivo para respetar la segunda”, sin reduccionismos que terminen negándola.

Labor social de la Igleisa: ahorro para el estado


comedores socialesEn plena crisis económica, la Iglesia se ha vuelto a convertir en uno de los principales pilares sobre los que se sustenta la sociedad española más necesitada. Centros para mitigar la pobreza, ambulatorios, dispensarios y centros de asistencia a inmigrantes han sido algunas de las instituciones eclesiales que atendieron a un mayor número de personas en 2008, año de cuyo ejercicio fiscal rinde cuentas la Memoria Justificativa de Actividades presentada por la Conferencia Episcopal Española, y en el que ya comenzaba a notarse el impacto de la crisis.

Una crisis económica que, según un estudio que analiza el primer impacto de la crisis en la cohesión social en España elaborado por la Fundación Faessa para Cáritas, ha provocado que de 2007 a 2009, el porcentaje de los pobres en España aumente un 3,4 por ciento. Esto supone que hay un millón más de personas que vive por debajo del umbral de la pobreza y ya superan los nueve millones.

Precisamente, Cáritas y Manos Unidas fueron las organizaciones de la Iglesia que atendieron en 2008 a una tercera parte esos nueve millones de pobres. La Iglesia destinó un total de 262 millones de euros a sus actividades caritativas, cifra que supera los 252 millones que percibió de las asignaciones voluntarias de los ciudadanos a través del IRPF.

Esta partida relativa al IRPF, que es la que se explica en la memoria, supone un 25% del total del presupuesto de la Iglesia y se destina en gran parte a las diócesis que la utilizan para el sustento del clero, el mantenimiento de los seminarios y las actividades pastorales. El 75% restante procede de las donaciones y aportaciones directas realizadas por los ciudadanos.

Ahorro para el Estado

Valorar en términos económicos la aportación de la Iglesia y el ahorro que supone su presencia pública para el conjunto de la sociedad española es una misión compleja.

Para justificar el empleo de los recursos y concienciar a la sociedad sobre el coste real de muchos de los servicios que presta, la Conferencia Episcopal solicita todos los años un estudio de los datos que suministran las 69 diócesis. Según los cálculos de este informe, entre sacerdotes, laicos y voluntarios se alcanzaron los 45 millones de horas que valoradas a precio de mercado supondrían un coste 2, 7 veces mayor para el Estado. Si la Iglesia destina 680 millones al sostenimiento de las tareas que realizan sus agentes pastorales, el Estado tendría que invertir 1.860 millones.

En la educación, por ejemplo, los 6.000 centros de la Iglesia, en los que hay escolarizados más de 1,4 millones de alumnos, cuestan 2.466 millones de euros. Si se tratara de plazas de centros públicos el Estado tendría que pagar 4.148 millones más, porque la plaza de un centro público es bastante más cara que la de uno en la enseñanza concertada.

En lo que al Patrimonio cultural y artístico se refiere, existen importantes programas nacionales y autonómicos que colaboran en planes de rehabilitación, pero el peso del mantenimiento y de la apuesta en disposición del uso de dichos bienes recae fundamentalmente en la Iglesia que invirtió en 2008 50 millones de euros en su mantenimiento.

El gerente de la Conferencia episcopal, Fernando Giménez Barriocanal explicó en la presentación de la citada memoria que este patrimonio artístico “lejos de constituir un tesoro económico o fuente de negocio, como algunos piensan, se concibe como un servicio a los demás”. Fenómenos como la Semana Santa en cualquier parte de España, el Camino de Santiago o la inmensa cantidad de monumentos históricos de carácter religioso son o albergan principalmente actividades de culto pero suponen a su vez un factor dinamizador del turismo en España. “Revierten en la sociedad mucho más de lo que cuestan, más allá de la rentabilidad en el corazón de las personas que es incalculable”, señaló Barriocanal.

Fuente: www.aceprensa.com

Recuperar la belleza


biciPor Carlota Sedeño en Análisis digital.

Cuando algo es verdaderamente bello causa placer y atrae la mirada. Según la filosofía clásica, la belleza está unida esencialmente a la verdad o al bien. Pero es posible encontrar un tipo de belleza que no sea el “esplendor de la verdad” ni el “esplendor del bien” ya que puede presentar una hermosura prestada o postiza, podría ser un simple revestimiento, una especie de careta, una manipulación de la belleza.

Hace tiempo, mucho tiempo, la estética y la ética estaban completamente armonizadas. Actualmente, algunas teorías del arte reclaman la independencia total respecto al bien y a la verdad y nos encontramos inmersos en una cultura que ha perdido, en gran parte, la capacidad de percibir la verdad, o sea, ha perdido la posibilidad de alimentar la inteligencia y la sensibilidad con un alimento de calidad.

Mucha gente joven tiene pocas oportunidades para cultivar su capacidad de conocer en el más alto nivel ya que solo son instruidos en destrezas y habilidades prácticas. Se habla mucho de la “movida” de la juventud en los largos fines de semana, se les critica el “botellón” y su actitud frívola y egoísta ante la vida.

Pero, probablemente, esos jóvenes no han tenido oportunidades para vivir momentos de gozo o de felicidad en los días laborables: ni en el colegio o en la universidad, ni en su casa, ni en su entorno social. Los jóvenes están siendo adiestrados pero no enseñados, ni persuadidos, a vivir otro modo más pleno de vida.

El mundo adulto, en su conjunto, es el responsable ya que no les muestra la belleza sino el placer físico y la manera de esforzarse lo menos posible. La auténtica experiencia estética es un elemento fundamental en la formación de las personas y esa experiencia deriva de la contemplación de la belleza en aquellas situaciones humanas en las que brillan, con intensidad, la verdad o el bien.

Actualmente, un extenso ámbito de la cultura y el arte han perdido el norte, no se sabe a dónde van. En repetidas ocasiones, parece que los artistas y creadores no se esfuerzan, ni quizá pretenden, transmitir arte y belleza sino discursos ideológicos pesimistas.

La belleza ha dejado de ser respetada y se realza el “feísmo” en el arte, en la moda, en la conducta y en el pensamiento. Lo importante ahora es la transgresión, la provocación y el impacto. Cualquiera puede ser artista con tal de que presente una obra provocadora. Todo es efímero y, muchas veces, aparece envuelto en un lenguaje de difícil comprensión, críptico, solo para “entendidos”.

Algunos críticos llegan a aplaudir lo grotesco y lo repulsivo ya que se ensalzan exposiciones con motivos tan degradantes como cadáveres humanos plastificados, figuras de niños ahorcados, exhibición de suciedad, etc. A eso se ha llegado en esta sociedad tan vacía espiritualmente, que ha perdido el sentido de la belleza, de lo armónico, de lo que eleva a la persona y la hace disfrutar como ser humano.

Miguel Ángel concebía la belleza física como un reflejo de la belleza espiritual. En palabras suyas: “La pintura excelsa… es precisamente aquella que más se aproxima e imita la obra inmortal de Dios”.

Y fue en la Capilla Sixtina, en la que Miguel Ángel dejó plasmada su genialidad de artista, donde Benedicto XVI se reunió con 250 artistas de renombre internacional el 21 de noviembre de 2009. Destaco un párrafo de su discurso:

“El momento actual está lamentablemente marcado, además de por los fenómenos negativos a nivel social y económico, también por un debilitamiento de la esperanza, por una cierta desconfianza en las relaciones humanas, de modo que crecen los signos de resignación, de agresividad, de desesperación. El mundo en el que vivimos corre el riesgo de cambiar su rostro a causa de la acción no siempre sabia del hombre, quien en lugar de cultivar su belleza, explota sin conciencia los recursos del planeta a favor de unos pocos y con frecuencia desfigura las maravillas naturales. ¿Qué es lo que puede volver a dar entusiasmo y confianza, qué puede animar al alma humana a encontrar el camino, a levantar la mirada hacia el horizonte, a soñar una vida digna de su vocación? ¿No es acaso la belleza? Sabéis bien, queridos artistas, que la experiencia de lo bello, de lo auténticamente bello, de lo que no es efímero ni superficial, no es accesorio o algo secundario en la búsqueda del sentido y de la felicidad, porque esa experiencia no aleja de la realidad, más bien lleva a afrontar de lleno la vida cotidiana para liberarla de la oscuridad y transfigurarla, para hacerla luminosa, bella”.

Creo que es evidente la necesidad de dar entrada a la belleza en la vida humana para recuperar la esperanza.

Nuevas investigaciones sobre la historia del Opus Dei


El cuarto número de Studia et Documenta (2010), anuario dedicado a la historia del Opus Dei y de su fundador, san Josemaría Escrivá de Balaguer, acaba de salir a la luz.

Como es habitual, la revista dedica una parte de su contenido a un tema monográfico, que en este caso trata de varias iniciativas promovidas por el Opus Dei en ámbito educativo, en lugares y circunstancias muy diversas. Mercedes Montero aborda los comienzos de la primera residencia de mujeres promovida por san Josemaría: la Residencia Zurbarán de Madrid. Constantino Ánchel realiza una aproximación, desde el punto de vista de la documentación, a la primera obra de apostolado corporativo del Opus Dei: la Residencia DYA. Y Ramón Pomar trata de otra realidad que ha tenido una importante repercusión en la historia del Opus Dei, pues ha inspirado muchas iniciativas similares en todo el mundo: el Colegio Gaztelueta.

Algo de “empresa pionera” tiene también, pero en otro sentido, la que describe José Manuel Cerda en su artículo dedicado a Warrane College, en Sydney. Fue la primera obra apostólica en suelo australiano y se encontró enseguida en el ojo del ciclón de la protesta estudiantil de los años 70. Como escribe Maria Carla Giammarco en la introducción al cuaderno monográfico, «las oleadas de oposición a las iniciativas apostólicas cristianas son un hecho periódico y casi ritual, pero ésta de Sydney, con los asaltos, las barricadas y el lanzamiento de misiles caseros, tiene un atractivo espectacular, un algo de epopeyawestern».

En la sección de Estudios y notas, se encuentran dos artículos que tratan de la relación entre san Josemaría y personajes relevantes de la historia eclesiástica. El primero, está dedicado a la relación epistolar entre el fundador del Opus Dei y mons. Juan Hervás Benet, impulsor de los Cursillos de Cristiandad; su autora, Francisca Colomer, nos descubre la amistad que unió a dos grandes impulsores de la vida espiritual de los laicos. En otro artículo, Aldo Capucci analiza la relación entre san Josemaría y el beato Ildefonso Schuster, cardenal y arzobispo de Milán, figura eminente de la Iglesia en la Italia contemporánea.

Otros estudios de esta sección que recoge trabajos de miscelánea, nos llevan a dos puntos del globo muy distantes entre sí en el plano cultural: la prestigiosa Universidad de Harvard y la indómita región andina de la Prelatura de Yauyos. De manera muy distinta, pero con el mismo espíritu apostólico, personas del Opus Dei han trabajado para llevar el Evangelio a esos lugares. John A. Gueguen continúa un precedente trabajo, publicado en el primer número de Studia et Documenta, sobre los primeros días del Opus Dei en Cambridge (Estados Unidos), mientras que Esteban Puig escribe sobre la Prelatura de Yauyos –confiada por la Santa Sede al Opus Dei– y su proyección en el desarrollo del clero en Perú.

Unos apuntes biográficos de Francisca R. Quiroga sobre Narcisa (Nisa) González Guzmán, una de las primeras mujeres del Opus Dei, completan esta sección de Estudios y Notas.

apuntes

Fragmento de una carta de san Josemaría a Lola Fisac

Pasando a la sección de Documentación, en la que van publicándose documentos inéditos, convenientemente introducidos y anotados, encontramos dos epistolarios: el que mantuvo san Josemaría con Dolores Fisac (otra de las primeras mujeres del Opus Dei) durante la Guerra Civil española, que además de su interés biográfico, constituye un retazo de la vida cotidiana de los refugiados de guerra en clandestinidad. La edición corre a cargo de Yolanda Cagigas. El segundo epistolario –presentado por Francisco Crosas– abarca la relación epistolar del fundador del Opus Dei con el obispo de Vitoria mons. Javier Lauzurica, en los años 1934-1940: otra documentación interesante no sólo para la historia del Opus Dei, sino también para la de la Iglesia en aquellos azarosos años de la vida de España.

La sección de Notiziario (Crónica) está dedicada esta vez a presentar un fenómeno de recepción popular de la memoria de san Josemaría en el espacio urbano italiano: su autor, Aldo Capucci, informa del considerable número de calles, plazas, etc. que están dedicadas al fundador del Opus Dei en ciudades y pueblos de Italia.

También este número ofrece una sección bibliográfica con recensiones y reseñas, y una nueva entrega del ya monumental elenco bibliográfico dedicado a la “Bibliografía General” sobre san Josemaría y el Opus Dei. Los tres primeros números de Studia et Documenta han intentado ofrecer una bibliografía exhaustiva sobre san Josemaría hasta 2002, mientras que en este cuarto número se realiza una primera entrega de la “Bibliografía General sobre el Opus Dei”, que continuará en los siguientes volúmenes.

Más información en www.isje.org (Istituto Storico San Josemaría Escrivá)

La revista Studia et Documenta tiene una sola edición multilingüe. En este cuarto volumen se ofrecen artículos en español, inglés e italiano. Para adquirir el ejemplar o sucsribirse, vaya a www.studiaetdocumenta.it

Entrevista a Mons. Javier Echevarría


PadreRevista Palabra.

Palabra.- Está a punto de terminar el Año sacerdotal que el Santo Padre convocó en el aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars. Ya que la Iglesia lo propone a los sacerdotes como modelo, ¿qué aspectos destacaría en la vida de San Juan María Vianney?

Mons. Javier Echevarría: Su humildad, su piedad, su espíritu alegre en la penitencia, etc., etc. Y pienso que el aspecto más importante de la vida del Santo Cura de Ars es su completa dedicación al ministerio. Precisamente por esto, al final del Año sacerdotal, Benedicto XVI lo proclamará patrono de todos los sacerdotes (de los confesores lo era hace tiempo).

La figura de San Juan María Vianney es una fuerte llamada a que seamos sacerdotes, sólo sacerdotes: por el bien de las almas hemos de estar dispuestos a dejar de lado todo lo que pueda estorbar, aunque sea una pequeñez, el servicio pastoral. Con frase gráfica, un pastor santo de nuestra época —San Josemaría Escrivá de Balaguer— nos repetía que hemos de ser sacerdotes cien por cien.

P.- El trabajo de los sacerdotes encuentra muchos puntos de apoyo: por ejemplo, la inclinación de muchos jóvenes a participar en actividades de voluntariado, o la disposición favorable de muchas personas. Pero, a veces, halla también motivos de desilusión, y resistencias: ignorancia religiosa, mentalidad secularista, incomprensiones, etc. A pesar de todo, ¿pueden los sacerdotes trabajar hoy con confianza?

No sólo podemos, sino que debemos trabajar sacerdotalmente con optimismo y confianza. Basta tener presente que la eficacia del ministerio no proviene de nosotros —de nuestra preparación, de nuestras cualidades, etc., aunque todo esto hemos de cuidarlo para ser mejores instrumentos—, sino de la acción de Cristo en cada uno y por medio de cada uno. Al mismo tiempo, hemos de esforzarnos para hacer desaparecer esas resistencias, difundiendo la verdad con caridad.

P.- La vida sacerdotal gira, en gran medida, en torno a la liturgia. Su momento cumbre es la celebración de la Eucaristía, sobre todo el domingo. ¿Podría hacer algunas recomendaciones concretas a los sacerdotes, para fomentar una celebración llena de fruto?

El sacrificio eucarístico constituye, en frase del Concilio Vaticano II, el “centro y raíz de toda la vida del presbítero” (Presbyterorum Ordinis, 14). Para que esa aspiración se convierta en realidad, suele ser eficaz preparar la Misa ya desde la noche anterior a la celebración eucarística, con actos de amor a Jesús Sacramentado, con comuniones espirituales, con deseos de acompañarle en el tabernáculo; y prolongar luego la acción de gracias por el Santo Sacrificio durante la jornada. Así lo he visto en la vida del Fundador del Opus Dei, que era un sacerdote enamorado de Jesucristo. Es especialmente útil, para una celebración llena de fruto, meditar con frecuencia los textos y las rúbricas litúrgicas, para profundizar en su sentido. En cualquier caso, hemos de fomentar el hambre y la sed de prestar a Cristo nuestro ser en la actualización sacramental del Sacrificio del Calvario.

P.- ¿Qué hace eficaz la predicación? ¿Podría indicar alguna experiencia particular relativa al modo de prepararla?

Hay muchos modos de preparar la predicación. Como explicó el Sínodo sobre la Eucaristía, la homilía tiene una finalidad catequética y exhortativa (cfr. Sacrosanctum Concilium, n. 46), y no debe confundirse con una conferencia, una clase, etc. Ha de ser fruto del trato personal del sacerdote con el Señor. Sin vida interior, sin piedad, poco valen las palabras persuasivas. San Agustín aconseja que el predicador, al hablar, haga cuanto esté de su parte para que se le escuche con gusto y docilidad. “Pero no dude —añade— de que si logra algo, y en la medida que lo logra, es más por la piedad de sus oraciones que por sus dotes oratorias. Por tanto, orando por aquellos a quienes ha de hablar, sea antes varón de oración que de peroración” (De doctrina christiana 4, 15, 32). Me parece un consejo plenamente actual.

P.- En su intervención en el Sínodo de los obispos sobre la Eucaristía se refirió a las concelebraciones. ¿Cuál es su experiencia? ¿Se pueden preparar de modo que faciliten la participación piadosa de todos los concelebrantes, aunque sean muchos?

En el Sínodo me hice portavoz de una experiencia común: en no pocos casos, las concelebraciones —sobre todo, si hay un gran número de concelebrantes— dificultan la piedad del sacerdote, tanto durante la celebración eucarística como en la necesaria preparación personal. En esas concelebraciones multitudinarias es fácil que se diluya el sentido de adoración propio del misterio eucarístico, también porque ofrecen muchas ocasiones de distracción.

Benedicto XVI hizo referencia a estas dificultades en la Exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis, y recordó que ese tipo de concelebraciones han de tener carácter excepcional, al tiempo que propiciaba el estudio de los modos adecuados para asegurar el decoro en la liturgia y salvaguardar la participación plena y real de los sacerdotes y de los fieles en la celebración (cfr. SC 61), con el necesario orden y distinción de funciones propias de cada uno.

P.- Un tesoro del sacerdocio es la administración del perdón divino en el sacramento de la Penitencia. Usted ha dicho recientemente que no existe propiamente una crisis de la confesión, sino que, en todo caso, sería más acertado hablar de una crisis de confesores. ¿A qué se refería?

No es una frase mía, sino una afirmación que vienen haciendo los Romanos Pontífices desde Pablo VI a Benedicto XVI. También en este aspecto la experiencia lo confirma. Conozco innumerables casos en los que la administración del sacramento de la Reconciliación en su forma ordinaria ha recibido un gran impulso, por el simple hecho de disponer en las iglesias de confesores con horarios claros y en momentos favorables para los fieles. Recuerdo, por ejemplo, que durante el Año Santo del 2000, en Roma, pudimos contemplar un “redescubrimiento” de la Confesión entre todo tipo de personas, especialmente jóvenes, porque se cuidó con esmero este punto.

El ejemplo del Cura de Ars es elocuente. Un sacerdote con cura de almas no se queda tranquilo si no dedica todo el tiempo necesario a este ministerio, si no ama el confesonario y no espera en esa sede a las almas. Y los otros —pienso en los que trabajan en oficinas de curias, en la enseñanza, etc.— también pueden ayudar en esta labor pastoral tan importante, sacando algún tiempo para atender el sacramento de la Penitencia los días de fiesta, los fines de semana, etc.

P.- La ignorancia en materia religiosa es patente en muchos lugares. ¿Qué importancia tiene la labor catequética y formativa? ¿Cómo conjugarla con las restantes ocupaciones del sacerdote?

Dar formación a los fieles es de importancia capital y, en los momentos actuales, absolutamente necesario. Anteriormente, en muchos lugares, la educación en el seno de la familia y en las escuelas garantizaba que los niños y jóvenes conocieran las verdades básicas de nuestra fe, las oraciones fundamentales del cristiano, la diferencia entre lo bueno y lo malo. Ahora, en muchos países, ya no sucede así, y es preciso suplir ese vacío con un empeño mayor por parte de los sacerdotes, especialmente si tienen confiada la cura de almas en parroquias, capellanías, asociaciones, etc.

Si no nos empeñamos en formar a las jóvenes generaciones en la fe y en la moral de Cristo, todo lo demás que llevemos a cabo, siendo bueno, resultará insuficiente. La instrucción religiosa es una tarea que el sacerdote no puede delegar, aunque, naturalmente, puede y debe buscar colaboradores. ¡Qué gran labor han realizado y realizan las catequesis en tantos lugares!

El modo de conjugar esta mayor dedicación con las restantes actividades sacerdotales dependerá de cada caso concreto. Muchas veces bastará organizar bien las clases de preparación a la primera Comunión, a la Confirmación, al Matrimonio, yendo a lo que es verdaderamente esencial.

También puede ser útil tener un programa para desarrollar en las homilías dominicales, con el objetivo de explicar los temas fundamentales de la fe, la moral y la liturgia, siguiendo el Catecismo de la Iglesia Católica, como aconsejó la Asamblea del Sínodo de los Obispos sobre la Eucaristía (cfr. SC 46).

P.- La Escritura dice que el hermano ayudado por otro es como una “ciudad amurallada”. San Josemaría Escrivá de Balaguer, el Fundador del Opus Dei, solía utilizar esa expresión. ¿Podría hablar de fraternidad entre los sacerdotes, y de unión de cada uno con el obispo?

Debemos partir del hecho de que todos somos débiles. San Josemaría ilustraba el sentido de la fraternidad sacerdotal —y, más en general, de la fraternidad cristiana—con una imagen tomada de la vida corriente. Todos recordamos los castillos de naipes que quizá levantábamos en nuestra infancia. El Fundador del Opus Dei señalaba que los cristianos, apoyándonos unos a otros por la caridad, estamos en condiciones de levantar esos castillos. “Vuestra mutua flaqueza —escribía— es también apoyo que os sostiene derechos en el cumplimiento del deber si vivís vuestra fraternidad bendita: como mutuamente se sostienen, apoyándose, los naipes” (Camino, 462).

Así como el primer deber de los obispos se traduce en cuidar de sus sacerdotes, del mismo modo uno de los primeros deberes de los sacerdotes se concreta en ayudar a sus hermanos clérigos a ser fieles ministros del Señor. Para lograrlo, resulta necesario que recemos unos por otros, no dejar solo a ninguno en sus necesidades espirituales o materiales, visitar a los enfermos, ofrecerse con alegría para ayudar al que lleva una carga excesiva de trabajo, etc. En este sentido, la Iglesia recomienda las asociaciones sacerdotales aprobadas por la legítima Autoridad con la finalidad de ofrecer esa atención a los diáconos y presbíteros.

Por lo que se refiere a la unión de cada sacerdote con su Obispo, bastaría recordar que el presbiterado, por su misma naturaleza —como enseñó el Concilio Vaticano II— existe para colaborar con el episcopado en todo lo referente a la misión sacerdotal (LG 28, PO 4). Por otra parte, es muy importante la unión con el propio Obispo; una unión que no ha de ser sólo de subordinación jerárquica, no sólo efectiva, sino también afectiva, y que junto a la obediencia y disponibilidad ministerial, lleva a que cada sacerdote tenga a su Obispo muy presente en su oración y en su sacrificio.

P.- ¿Cómo hacer para despertar nuevas y abundantes vocaciones sacerdotales?

Lo primero, como siempre, es rezar al Dueño de la mies. Pero rezar de verdad, sin cansarse, todos los días, explicando a los demás fieles de la Iglesia que a todos compete el deber de promover vocaciones para el sacerdocio. Luego, al mismo tiempo, examinar qué acciones concretas se pueden emprender, para descubrir y fomentar la llamada de Dios entre los jóvenes. No sería bueno descargar esa responsabilidad exclusivamente sobre el encargado o los encargados de la pastoral vocacional en las Diócesis: todos hemos de sentirnos responsables de dejar al menos un sucesor, que ocupe nuestro puesto cuando seamos ancianos o el Señor nos llame a su presencia.

Bastantes sacerdotes saben por experiencia personal que es muy eficaz dedicar una atención especial a los monaguillos y a otros muchachos que colaboran en las parroquias, transmitiéndoles detalles de piedad eucarística, enseñándoles a rezar, a servir a los demás, etc. Lo mismo cabe decir de los profesores de religión, que pueden descubrir, entre los alumnos, aquellos que manifiestan las cualidades humanas convenientes para que el Señor siembre en ellos la vocación sacerdotal. Y un lugar privilegiado es el confesonario, para la dirección espiritual y para acompañar a quienes manifiesten que poseen condiciones para el sacerdocio.

P.- Usted preside la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que está intrínsecamente unida a la Prelatura del Opus Dei. ¿Cómo trabaja esta asociación de sacerdotes?

Favoreciendo en todo momento la plena comunión de cada uno con el Obispo y con el presbiterio de la Diócesis. Los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz procuran vivir el espíritu del Opus Dei, y así buscar la propia santificación en el ejercicio de su ministerio y en el ámbito secular propio de su vocación. Para eso, se les ofrecen —como también a otros muchos sacerdotes que lo desean— los medios para que mejoren su formación doctrinal, ascética y espiritual, mediante reuniones periódicas, acompañamiento personal, cursos de formación permanente, etc.

P.- Como Prelado del Opus Dei, le ha correspondido suceder —después de Mons. Álvaro del Portillo, cuya fama de santidad es notoria— a San Josemaría, al frente de la Obra. ¿Qué aspecto de su vida destacaría en este año?

Tanto San Josemaría como su primer sucesor, el Siervo de Dios Mons. Álvaro del Portillo, fueron sacerdotes cien por cien. Desde la situación personal en que Dios los había colocado, se entregaron al cumplimiento de la misión recibida y la llevaron a cabo con ejemplar fidelidad y con intensa caridad pastoral. En los dos destacaba un amor apasionado a la Eucaristía, manifestado en muchos detalles concretos, y un afán de almas que les empujaba a olvidarse constantemente de sí mismos para pensar sólo en el bien de los demás. No me detengo en referir detalles concretos, que superarían los límites de esta entrevista y pueden encontrarse en las biografías publicadas.

P.- Parece que está próximo el momento de la beatificación del Venerable Siervo de Dios Juan Pablo II. ¿Qué recuerdos conserva de la figura sacerdotal y de la personalidad del anterior Papa? ¿Podría referirnos algún suceso de sus encuentros con el Papa Wojtyla?

Fue un sacerdote santo y un servidor incansable de la Iglesia, preocupado exclusivamente por el bien de las almas. Todos esperamos con mucha ilusión el momento de su elevación a los altares, porque supondrá un gran bien para el mundo entero.

Conservo muy grabado en mi memoria un recuerdo en el que se pone de manifiesto la entrega generosa de Juan Pablo II a su misión como sucesor de San Pedro. En una ocasión, acompañé a Mons. Álvaro del Portillo al Apartamento Pontificio. Era una hora avanzada de la tarde. Mientras esperábamos la llegada del Papa, oímos unos pasos que se acercaban por un pasillo, como arrastrando los pies. Era el Santo Padre; se le notaba muy fatigado. Don Álvaro, impulsado por su cariño filial, exclamó: “Santidad, ¡qué cansado está Usted!”. El Papa le miró y, con voz firme, le respondió: “Si a estas horas yo no estuviera cansado, sería señal de que no he cumplido con mi deber”.

Además, no puedo olvidar que Juan Pablo II fue el instrumento del que se sirvió el Señor para canonizar a San Josemaría, señalándolo como modelo a toda la Iglesia, y para otorgar al Opus Dei su configuración jurídica definitiva, en plena fidelidad al carisma fundacional, como prelatura personal, orgánicamente estructurada por el Prelado, el presbiterio y los fieles laicos. También por eso le estamos muy agradecidos.

P.- Hace 25 años comenzaron las Jornadas Mundiales de la Juventud. Ya se acerca la de 2011, que será en Madrid. ¿Cómo valora estos encuentros, y qué innovaciones podrían incorporarse, para que sus frutos sean más abundantes?

Los frutos espirituales de estas jornadas están patentes ante los ojos de todos. No me corresponde a mí sugerir innovaciones. Lo que sí hago es rezar —ahora, por la Jornada Mundial que se celebrará en Madrid— y animar a los fieles y cooperadores de la Prelatura a rezar y a colaborar personalmente a la realización de este evento, en la medida en que cada uno pueda, para que sea un momento de gracia en la Iglesia, que —como afirmó Benedicto XVI al inicio de su Pontificado— es siempre joven y bella, y en los jóvenes se hace misionera del futuro.

P.- Ante algunas tristes noticias recientes, hay quienes inciden de nuevo en cuestionar el celibato. Con todo, esta puede ser una buena ocasión para volver a exponer los motivos en que se basa el celibato sacerdotal, y los frutos que se esperan de él.

Existen estudios científicos serios —también algunos realizados por especialistas no católicos—, que demuestran que la disciplina sobre el celibato sacerdotal nada tiene que ver con esos lamentables casos que tanto se han aireado. Más aún, cuando se vive como lo que es —un don divino—, por amor a Dios y a todos los hombres (aunque en ocasiones haya que luchar para conservarlo fielmente), el celibato sitúa al sacerdote en las antípodas de esos comportamientos aberrantes.

Sí, en el momento actual puede ser particularmente oportuno retornar y profundizar en los motivos —que no son de simple conveniencia práctica— que relacionan estrechamente el sacerdocio y el celibato, un doble y grandioso don de Dios.

P.- Son numerosas las muestras de afecto que ha recibido el Santo Padre, en desagravio por los ataques que le han dirigido. Más allá del momento actual, ¿cómo pueden los sacerdotes vivir la unidad con el Papa, y fomentarla entre los fieles?

El mejor modo de apoyar al Santo Padre, en ésta como en otras circunstancias, se resume en rezar y hacer rezar por su Persona y sus intenciones; leer, meditar, difundir y poner en práctica sus enseñanzas; y encomendar al Señor también a sus colaboradores en el gobierno de la Iglesia, para que sea muy eficaz su servicio a la misión universal del Romano Pontífice.

P.- Parece indudable que la ingente labor de la Iglesia no siempre es suficientemente conocida y comprendida. ¿Qué cabe hacer en ese terreno?

Además de rezar —perdone mi insistencia en este punto, pero la oración hecha con fe es fundamental—, sería oportuno que a nivel de Conferencia episcopal, e incluso de cada Diócesis, se cuidara la preparación de profesionales competentes en los medios de comunicación. No basta la “buena voluntad” para informar adecuadamente sobre la Iglesia; es preciso incorporar los modos y los tiempos de la comunicación institucional, de la gestión de crisis, etc., que resultan especialmente necesarios en el contexto de globalización característico de la sociedad actual. A este propósito, me da alegría comprobar que están teniendo gran aceptación los cursos de la Facultad de Comunicación Institucional de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, dirigidos específicamente a las personas que se ocupan de la comunicación institucional en las oficinas de prensa de Diócesis, Conferencias episcopales y otras instituciones de la Iglesia.

P.- Una vez que concluya el Año sacerdotal, ¿qué debe permanecer de esta celebración?

En los sacerdotes, una profunda renovación personal, caracterizada por concretas y diarias conversiones interiores, encaminadas a vivir con una fidelidad más acendrada el ministerio, un amor más grande y diario a la celebración de la Eucaristía y a la administración del Sacramento de la penitencia. Y en los demás fieles, la toma de conciencia —no con solas palabras, sino con hechos— de que todos somos Iglesia. El futuro depende también de ellos: de cómo cumplen sus deberes cristianos; de cómo rezan por el Papa, por los Obispos y por los sacerdotes; de cómo educan a sus hijos; de cómo ejercitan su alma sacerdotal también en el trabajo, en el descanso; de cómo piden al Señor que envíe a su Viña muchos y santos trabajadores.