
El abad Antonio (251-356), considerado como padre de los monjes y el iniciador de la vida cenobítica. En torno a él se recogieron -en otras tantas cabañas y cuevas-centenares de ermitaños, que lo tomaron como superior y maestro. Un día el abad Amonas fue a pedirle consejo. Después de escucharle, Antonio le dijo:
- «Todavía debes avanzar en el amor a Dios y liberarte de que nada ni nadie hiera, perturbe, desestabilice tu paz interior».
- «Ve e insulta a esa piedra sin cesar. Coge un bastón y da golpes a la roca».
Cuando lo hizo, San Antonio le preguntó si la piedra le había contestado. Amonas dijo: «No».
- «Tú también has de alcanzar el punto en que no te ofendas por nada ni por nadie. Digan lo que digan. No has de sentirte molesto en tu sensibilidad por nada. Será entonces cuando tendrás paz interior y nacerá en ti una fuente de alegría».
El amor propio nos hace más susceptibles; captamos todo aquello que nos puede desestabilizar; nos hace inflexibles; solemos exagerar la propia afirmación del «yo»; nos hace fríos, indiferentes, injustos en nuestros juicios y en nuestras palabras.
En consecuencia, donde reina el amor propio es difícil que haya equilibrio, paz interior y alegría.
*Por J. M. Alimbau en www.larazon.es
Y, llevándole fuera de la celda, le mostró una gran piedra, diciendo:
