Carta de un sacerdote al New York Times
Soy un simple sacerdote católico. Me siento feliz y orgulloso de mi vocación. Hace veinte años que vivo en Angola, como misionero. Me da un gran dolor el profundo mal que personas que deberían de ser señales del amor de Dios hayan sido un puñal en la vida de inocentes. No hay palabra que justifique tales actos. No hay duda de que la Iglesia no puede estar sino del lado de los débiles, de los más indefensos.
Veo en muchos medios, sobre todo vuestro periódico, la ampliación del tema en forma morbosa, investigando en detalles de la vida de algún sacerdote pedófilo. Se ven presentaciones ponderadas y equilibradas, otras amplificadas, llenas de preconceptos y hasta de odio. Es curioso el desinterés por miles de sacerdotes que se consumen por millones de niños, por los adolescentes y los desfavorecidos en los cuatro ángulos del mundo. Pienso que a vuestro medio no le interesa que yo haya tenido que transportar por caminos minados a muchos niños desnutridos, desde Cangumbe a Lwena (Angola); que haya tenido que enterrar a decenas de pequeños fallecidos entre los desplazados de guerra y retornados; que hayamos salvado la vida a miles de personas en México, mediante el único puesto médico en 90.000 km2, así como con la distribución de alimentos y semillas; que hayamos dado la oportunidad de educarse, en 10 años, a más de 110.000 niños…
No es de interés que, con otros sacerdotes, hayamos tenido que socorrer la crisis humanitaria de cerca de 15.000 personas en los acuartelamientos de la guerrilla, después de su rendición, porque no llegaban los alimentos del Gobierno ni de la ONU.
No es noticia que un sacerdote de 75 años, el padre Roberto, por las noches, recorra las ciudad de Luanda curando a los chicos de la calle, llevándolos a una casa de acogida para que se desintoxiquen de la gasolina, y alfabetice a cientos de presos. No es noticia que mi amigo, el padre Marcos Aurelio, por salvar a unos jóvenes durante la guerra en Angola, los haya transportado de Kalulo a Dondo y volviendo a su misión haya sido ametrallado; que decenas de misioneros en Angola hayan muerto por falta de socorro sanitario; que otros hayan saltado por los aires a causa de una mina… En el cementerio de Kalulo están las tumbas de los primeros sacerdotes que llegaron a la región. Ninguno pasa de los 40 años. Hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece. El sacerdote no es ni un héroe ni un neurótico. Es un simple hombre, que con su humanidad busca seguir a Jesús y servir a sus hermanos.
Insistir de forma obsesionada y persecutoria en un tema, perdiendo la visión de conjunto, crea caricaturas ofensivas del sacerdocio católico. Sólo le pido, amigo periodista, busque la Verdad, el Bien y la Belleza.
Padre Martín Lasarte, salesiano.