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¿Te llaman loco?

Archivado en: General — Kristin a las 7:49 pm en Martes, Febrero 23, 2010  Etiquetado , , ,

Por Remedios Falaguera

Periodista

“Hazme eco: no es un sacrificio para los padres que Dios les pida sus hijos, ni para los que llama el Señor es un sacrificio seguirle. Es, por el contrario, un honor inmenso, un orgullo grande y santo, una muestra de predilección, un cariño particularísimo, que ha manifestado Dios en un momento concreto, pero que estaba en su mente desde toda la eternidad”. San Josemaría Escrivá de Balaguer

Querido amigo: Soy consciente de la gran inversión que has realizado para dirigir a mis hijos por el buen camino. Es más, no creas que me olvido de los largos ratos de oración y los innumerables sacrificios que has ofrecido por ellos. Y, por supuesto también, de los partidos de fútbol, de las excursiones al monte, de las noches de cine,…que os han hecho trataros, conoceros y quereros de un modo especial. Eres un excelente colaborador en su formación humana y espiritual, y te estoy muy agradecida por ello.

Me alegra saber que has entregado tu corazón por completo a Dios, y te has comprometido a vivir el don del celibato para amar a Dios, sólo a Él y para siempre, como muchas otras personas, mientras gastas tu tiempo en la formación de los que se acercan a ti.

Tal vez, estoy segura de ello, esta llamada divina a vivir el celibato por Él puede suscitar suspicacias e incomprensiones. Pero, ¿quién puede decir que los hombres y mujeres son libres para enamorarse y querer formar una familia, pero no lo son para ofrecer su vida entera a Dios? ¿Cómo podemos afirmar que vivir este compromiso con Dios es anti-natural, fanatismo, o peor aún, impide al hombre y a la mujer realizarse plenamente?

Recuerdo una canción que cantaba de jovencita que decía así: “Por querer como te quiero todos mis amigos dicen que estoy loco. Pero ellos no comprenden lo que a mi me pasa, ellos saben poco. No conocen el motivo, no conocen nada de tus lindos ojos. Yo siento que estoy cambiado, estoy enamorado, me siento feliz”.

¿Qué te llaman loco? Locos de amor, diría yo. Esta decisión libre y responsable no sólo es meritoria, sino que me reafirma en mi convencimiento de que nuestros hijos no nos pertenecen, son de Dios. Nosotros somos simples colaboradores, “descubriéndoles nuevos horizontes, comunicándoles nuestra experiencia, haciéndoles reflexionar para que no se dejen arrastrar por estados emocionales pasajeros”, como comentaba San Josemaría Escrivá. Solo Él, sabe lo mejor para ellos.

Y es que , como afirmaba Juan Pablo II, vosotros , los jóvenes, “es a Jesús a quien buscáis cuando soñáis la felicidad; es Él quien los espera cuando no los satisface nada de lo que encuentran; es Él la belleza que tanto los atrae; es Él quien los provoca con esa sed de radicalidad que no les permite dejarse llevar del conformismo; es Él quien los empuja a dejar las máscaras que falsean la vida; es Él quien les lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar. Es Jesús el que suscita en ustedes el deseo de hacer de sus vidas algo grande, la voluntad de seguir un ideal, el rechazo a dejarse atrapar por la mediocridad, la valentía de comprometerse con humildad y perseverancia para mejorarse a ustedes mismos y a la sociedad, haciéndola más humana y fraterna”.

Y esto es lo que muchos padres olvidamos a menudo. Si Dios os llama para emplearos en el servicio de la Iglesia y de las almas, ¿Quiénes somos nosotros para ponerle trabas, para llamaros locos?

” Los padres que aman de verdad, que buscan sinceramente el bien de sus hijos,- solía señalar este gran santo- después de los consejos y de las consideraciones oportunas, han de retirarse con delicadeza para que nada perjudique el gran bien de la libertad, que hace al hombre capaz de amar y de servir a Dios. Deben recordar que Dios mismo ha querido que se le ame y se le sirva en libertad, y respeta siempre nuestras decisiones personales: dejó Dios al hombre —nos dice la Escritura— en manos de su albedrío (Eccli 15, 14.)

Pero, ya sabes, como dice Jesucristo en el Evangelio: “Quien pueda entender, que entienda”.

Es más, Él mismo, nos aseguró: “Todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará vida eterna”.

¡El ciento por uno!, no te puedes quejar.

Y entonces recuerdo aquellas palabras que nos dirigió por Juan pablo II en Roma, allá por 1984, siendo yo una alocada jovencita:

“Me dirijo sobre todo a vosotros, queridísimos chicos y chicas, jóvenes y menos jóvenes, que os halláis en el momento decisivo de vuestra elección. Quisiera encontrarme con cada uno de vosotros personalmente, llamaros por vuestro nombre, hablaros de corazón a corazón de cosas extremadamente importantes, no sólo para vosotros individualmente, sino para la humanidad entera.

Quisiera preguntaros a cada uno de vosotros: ¿Qué vas a hacer de tu vida? ¿Cuáles son tus proyectos? ¿Has pensado alguna vez en entregar tu existencia totalmente a Cristo? ¿Crees que pueda haber algo más grande que llevar a Jesús a los hombres y los hombres a Jesús?

Hay un modo maravilloso de realizar el amor en la vida: se trata de la vocación de seguir a Cristo en el celibato libremente elegido o en la virginidad por amor del reino de los cielos. Pido a cada uno de vosotros que se interrogue seriamente sobre si Dios no lo llama hacia uno de estos caminos. Y a todos los que sospechan tener esta posible vocación personal, les digo: rezad tenazmente para tener la claridad necesaria, pero luego decid un alegre sí.

En efecto, Dios ha pensado en nosotros desde la eternidad y nos ha amado como personas únicas e irrepetibles, llamándonos a cada uno por nuestro nombre, como el Buen Pastor que «a sus ovejas las llama a cada una por su nombre».

Jóvenes: Cristo necesita de vosotros y os llama para ayudar a millones de hermanos vuestros a salvarse. ¡Sed valientes!¡Abrid las puertas a Cristo, no temáis!”.

Ya ves, Cristo os necesita. No sois demasiado jóvenes, sabéis bien lo que debéis hacer. ¡Ánimo y al toro!

80 aniversario de las mujeres del Opus Dei

Archivado en: General — Kristin a las 4:22 pm en Sábado, Febrero 13, 2010  Etiquetado ,

sj

El 14 de febrero de 2010 celebramos el 80 aniversario de la fundaciónde las mujeres del Opus Dei.

Selección del artículo publicado por Francisca Quiroga, profesora de Filosofía en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, en “Studia et Documenta” (2007).

¿En qué consistió el hecho fundacional del 14 de febrero de 1930? Se podría contestar a esta pregunta de una manera escueta diciendo: San Josemaría entendió que Dios llamaba a las mujeres a ser y hacer el Opus Dei.

Por tanto, lo que sucedió en la fecha que nos ocupa hay que situarlo en la perspectiva de la realización de este proyecto que tuvo su inicio el 2 de octubre de 1928[1].

El fundador detallaba siempre la fecha en que percibió que Dios quería la sección femenina del Opus Dei; algunas veces añadía también las circunstancias de lugar y de situación. El lugar fue el oratorio de la casa de la Marquesa de Onteiro[2], en Madrid. La situación: mientras celebraba la Misa; el momento preciso: inmediatamente después de la Comunión.

Él mismo anotaría más tarde lo que había sucedido en su alma: “el 14 de febrero de 1930, celebraba yo la misa en la capillita de la vieja marquesa de Onteiro, madre de Luz Casanova, a la que yo atendía espiritualmente, mientras era Capellán del Patronato. Dentro de la Misa, inmediatamente después de la Comunión, ¡toda la Obra femenina! No puedo decir que vi, pero que sí que intelectualmente, con detalle (después yo añadí otras cosas, al desarrollar la visión intelectual), cogí lo que había de ser la Sección femenina del Opus Dei [3].

Y en una meditación dirigida en Villa Tevere[4], en el oratorio de Pentecostés: “Yo iba a casa de una anciana señora de ochenta años que se confesaba conmigo, para celebrar Misa en aquel oratorio pequeño que tenía. Y fue allí, después de la Comunión, en la Misa, cuando vino al mundo la Sección femenina. Luego, a su tiempo, me fui corriendo a mi confesor, que me dijo: esto es tan de Dios como lo demás” [5].

Aparece ese día algo nuevo, pero que no es una institución diversa, sino un ensanchamiento de lo que había comenzado el 2 de octubre de 1928[6]. De formas diferentes, siempre que se refería a lo que empezó el 14 de febrero de 1930, quedaba patente que había una plena continuidad con lo que vio el 2 de octubre de 1928.

Lo expresaba de una manera muy clara en una reunión en Buenos Aires en 1974: “Fue el 2 de octubre del veintiocho, fiesta de los Santos Ángeles Custodios, cuando el Señor quiso que comenzáramos a trabajar. El 14 de febrero del treinta completó la Sección femenina esta gran movilización universal de cristianos para la paz, para el bienestar, para la comprensión, para la fraternidad”[7].

Veamos también un texto más antiguo, de 1959. Reunido con algunas mujeres del Opus Dei que vivían en Roma, les decía: “Quería estar hoy con vosotras, mis hijas, porque celebramos el aniversario de aquel día en que Nuestro Señor se dignó abrir a las mujeres este camino divino en la tierra”[8].

En un apunte de una conversación con el fundador, en febrero de 1955, se refleja cómo entendía que la integridad del Opus Dei incluía a hombres y mujeres. Les decía: “La Obra, verdaderamente, sin esa voluntad expresa del Señor y sin vuestras hermanas, hubiera quedado manca”[9].

Hombres y mujeres en el Opus Dei forman parte de una sola institución; tienen una misma llamada, una misma misión, idéntico espíritu y modos apostólicos[10]; constituyen una sola familia que tiene como cabeza al “Padre” que, desde que el Opus Dei alcanzó su forma jurídica definitiva en 1982, es su Prelado propio[11].

Así lo transmitió el fundador de formas variadísimas, con palabras y con hechos. Y así lo entendieron los miembros del Opus Dei desde el principio. Parece significativa una anotación del diario del primer centro de mujeres, fechada el 14 de febrero de 1943, en la que se percibe el eco de las palabras de san Josemaría: “Nuestra primera mirada en este día tan grande para nosotras ha sido para el Jesús (sic) que desde el Sagrario nos preside, en ella ha habido una acción de gracias muy honda por haber inspirado la colaboración femenina en su Obra[12]. La expresión “colaboración femenina”, aunque es inexacta, refleja bien dos aspectos que san Josemaría les transmitía: el Opus Dei es una institución única, con dos secciones; la iniciativa es divina, por tanto, todos –las mujeres y los hombres– “colaboran” con Dios.

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[1] Cfr. Andrés Vázquez de Prada, op. cit., vol. I, pp. 251-324.

[2] Doña Leónides García San Miguel, Marquesa de Onteiro: cfr. ibid., p. 258, nota 17. Su casa era un hotelito situado en la calle Alcalá Galiano; fue demolida años más tarde para construir un edificio de apartamentos. Cfr. Ana Sastre, op. cit., pp. 101-102.

[3] Josemaría Escrivá, Apuntes íntimos, n. 1871, anotación hecha en 1948, en Andrés Vázquez de Prada, op. cit., vol. I, p. 323. Sobre la relevancia histórica y teológica de este texto, cfr. Antonio Aranda, “El Beato Josemaría…”, pp. 131-136.

[4] Villa Tevere es el nombre del conjunto de edificios que albergan la sede central del Opus Dei en Roma: cfr. Andrés Vázquez de Prada, op. cit., vol. III, p. 105.

[5] Apuntes tomados en una meditación, 14-II-1964, AGP, Sec. P09, p. 74. Cfr. Andrés Vázquez de Prada, op. cit., vol. I, pp. 315-324.

[6] “En los meses que siguen al 2 de octubre de 1928, Don Josemaría Escrivá de Balaguer, aunque percibió claramente el alcance universal de la luz recibida, pensó que el Opus Dei estaba destinado solamente a varones. El 14 de febrero de 1930, mientras decía la Santa Misa, vio que debía promover esa vocación también entre mujeres, dando así origen a una nueva rama o sección del Opus Dei. La Prelatura del Opus Dei –que constituye una unidad pastoral orgánica e indivisible– realiza sus apostolados por medio de la Sección de varones y de la Sección de mujeres, bajo el gobierno y dirección del Prelado, que da y asegura la unidad fundamental de espíritu y de jurisdicción entre las dos Secciones”: José Luis Illanes, op. cit., p. 130, nota 74.

[7] Apuntes tomados en una reunión en Buenos Aires, el 26-VI-1974, AGP, Sec. P05, I, p. 595.

[8] Apuntes tomados en una charla el 14-II-1959, AGP, Sec. P02, 1992, p. 600.

[9] Apuntes de una conversación, febrero 1955, AGP, Sec. P01, II, p. 6.

[10] Cfr. Pedro Rodríguez — Fernando Ocáriz — José Luis Illanes, op. cit., pp. 69-86 y 162-198.

[11] Cfr. Statuta, nn. 1 y 130, en Amadeo de Fuenmayor — Valentín Gómez-Iglesias — José Luis Illanes, op. cit., pp. 628 y 647.

[12] Diario del centro de la calle de Jorge Manrique, 14-II-1943, AGP (Subfondo Asesoría Central), D-1004.

Un artista que no se esconde

Archivado en: General — Kristin a las 9:04 pm en Domingo, Febrero 7, 2010  Etiquetado ,

santi

Entrevista realizada al actor y humorista Santi Rodríguez por Gonzalo Altozano, publicada en el semanario Alba.

Algunos pensaron que se trataba de un expediente equis: Santi Rodríguez, el frutero de Siete vidas, en el IV Simposio sobre… ¡san Josemaría Escrivá! Los incrédulos pueden encontrar en internet el vídeo con su intervención.

-¿Se arrepiente de haber asistido a aquel congreso?
-No sólo no me arrepiento, sino que me alegro; la lástima es no haber ido a los otros.

-Espero que tampoco se arrepienta de esta entrevista.
-En absoluto. Hacer este tipo de cosas viene muy bien. Son como inyecciones que hay que ponerse de vez en cuando. Los cristianos debemos dar testimonio.

-¿Por qué Escrivá?
-Porque le tengo mucho cariño. Me viene de mis padres, que son de la Obra; del colegio, del que guardo un recuerdo maravilloso…

-Otros salieron tarifando.
-A veces, oyendo hablar del Opus, me pregunto a qué colegio habrán ido algunos. ¿A uno en Sri Lanka? Lo que cuentan no tiene nada que ver con mi experiencia.

-¿Me la cuenta?
-Lo primero, dejar claro que no soy de la Obra, sino simpatizante. Dicho esto, en el Opus Dei me inculcaron unas creencias que han sido de gran ayuda en momentos difíciles. Por eso lo defiendo a muerte.

-Conclusión: san Josemaría es santo de su devoción.
-Siempre que me he dirigido a él me he sentido atendido. Por cierto, que, a veces, es la costumbre, me sale llamarle monseñor. Y le digo: “¡Huy! Perdona, que te he descendido de categoría”.

-De aquel simposio se fue con unos vídeos debajo del brazo.
-Con charlas del padre, sí. Tenía el recuerdo de haberlos visto en el colegio y quería volver a verlos. También compré su biografía, que estoy releyendo.

-¿Tanto le ha gustado?
-Sí. Además, cuando me preguntan qué libro estoy leyendo, me divierte responder la biografía de san Josemaría. ¡Ponen una cara! Me gusta ir de transgresor.

-¿También en lo religioso?
-Es una lástima que manifestarse cristiano sea una forma de transgresión. Pero así están las cosas.

-¿Cómo sobrevivir en el intento?
-En mi caso, siendo un tío campechano. Eso me sirve para hacer apostolado, dar testimonio de Dios, demostrar que los católicos somos gente normal.

-Normal, normal…
-Lo que no podemos es permanecer encerrados. Tenemos que salir del armario o de donde estemos metidos y decir aquí estamos. ¡Coño, que parece que han tirado una bomba nuclear! ¿Y la gente que veo en misa todos los domingos? Somos como seguidores del Atleti.

-¿Del Atleti?
-Orgullosos de nuestro club…, pero callados.

-Usted no se calla.
-Antes medía más las cosas, me preocupaba el qué dirán. Ahora si me aceptan como soy, bien. Y si no, peor para ellos.

-¿Ser católico es para ir presumiendo?
-Pero con cuidado de no creer que lo sabemos todo y los demás están equivocados, de tratar de imponer nuestro criterio.

-¿Alguna vez lo ha hecho?
-Sí, y es el arma más ineficaz.

-¿Cómo deshacer el entuerto?
-Diciéndole al de arriba: “Perdóname porque lo que he hecho no ha servido de nada. Y, encima, te he ofendido”.

-Aquel simposio, esta entrevista… ¿Qué dirán algunos?
-Lo de tantas veces: “Santi, no te pega”. Lo que por un lado me hace gracia y por otro me molesta. ¿Cómo que no me pega?

*Entrevista íntegra en el número 263 del semanario, desde el viernes 5 de febrero en los quioscos.

Identidad sacerdotal, piedad sacerdotal

Archivado en: General — Kristin a las 4:47 pm en Sábado, Febrero 6, 2010  Etiquetado , ,

prelado

Con ocasión del Año sacerdotal y con el título “Identidad sacerdotal, piedad sacerdotal”, Mons. Javier Echevarría pronunció el 5 de febrero una conferencia en el marco de los Diálogos de Teología Almudí, invitado por Mons. Carlos Osoro, Arzobispo de Valencia.

Tras recordar el especial afecto que el fundador del Opus Dei, San Josemaría, tuvo por la ciudad de Valencia donde se produjo la primera expansión de la Obra, así como a destacados servidores de la Iglesia que pasaron por la ciudad del Turia, monseñor Echevarría entró e lleno en el tema de su conferencia para destacar algunas consecuencias del oficio sacerdotal ejercido en nombre de Cristo y en favor del hombres. En este sentido recordó que todo sacerdocio en la Iglesia es participación del único sacerdocio de Jesucristo, según muestra admirablemente la carta a los Hebreos. Dios, llegada «la plenitud de los tiempos», quiso suscitar un nuevo sacerdocio que sustituyera el sacerdocio levítico.

Seguidamente, en alusión a San Pablo, el prelado del Opus Dei afirmó que, en definitiva, el autor de la carta a los Hebreos “quiere decirnos que Cristo realizó un sacrificio de tal eficacia —infinita— que los que participan con sinceridad de corazón cuando se hace presente en el altar, pueden alcanzar la perfección, la santidad de vida, el perdón de los pecados, la pureza de conciencia, el acceso a la vida íntima de Dios”. Merced a la ofrenda hecha por Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, cabe repetir —con palabras de San Josemaría pronunciadas en una homilía del Viernes Santo— que «el abismo de malicia, que el pecado lleva consigo, ha sido salvado por una Caridad infinita. Dios no abandona a los hombres.

Para monseñor Echevarría, la condición de los presbíteros está caracterizada por una dimensión profundamente cristológica, razón por la que toda la vida sacerdotal ha de ser un reflejo de la santidad, autoridad y donación sin límites de Cristo. Por eso, sin dejar lugar a dudas, con una fe profunda, San Josemaría comentaba que la identidad del sacerdote es la de Cristo, que quiere perpetuar su sacerdocio —el único sacerdocio— a través de sus ministros.

Tras enumerar las caracteristicas del sacerdocio, el orador recordó otras palabras significativas de San Josemaría en las que salía al paso de la equivocación de quienes piensan que los cristianos desean ver, en el sacerdote, un hombre más, lo cual no es verdad. “En el sacerdote —decía—, quieren admirar las virtudes propias de cualquier cristiano, y aún de cualquier hombre honrado: la comprensión, la justicia, la vida de trabajo —labor sacerdotal en este caso—, la caridad, la educación, la delicadeza en el trato. Pero, junto a eso, los fieles pretenden que se destaque claramente el carácter sacerdotal».

Más adelante centró su atención en lo que ha de ser para el sacerdote el sacrificio eucarístico y afirmó que la Santa Misa ha de ser para todos nosotros «centro y raíz de la vida interior», como repetía San Josemaría a todos los fieles. Pero es preciso realizar una intensa tarea de catequesis, de formación y orientación en lo que se refiere a la vida sacramental, con el ejemplo y con la palabra. “Los sacerdotes –añadió- hemos de esmerarnos también en el culto eucarístico fuera de la Misa, en el trato con Jesucristo en el Sagrario”.

Como conclusión recordó lo que San Josemaría decía sobre el sacerdote: «El sacerdote, si tiene verdadero espíritu sacerdotal, si es hombre de vida interior, nunca se podrá sentir solo. ¡Nadie como él podrá tener un corazón tan enamorado! Es el hombre del Amor, el representante entre los hombres del Amor hecho hombre. Vive por Jesucristo, para Jesucristo, con Jesucristo y en Jesucristo. Es una realidad divina que me conmueve hasta las entrañas, cuando todos los días, alzando y teniendo en las manos el Cáliz y la Sagrada Hostia, repito despacio, saboreándolas, estas palabras del canon: Per Ipsum, et cum Ipso et in Ipso… Por Él, con Él, en Él, para Él y para las almas vivo yo. De su Amor y para su Amor vivo yo, a pesar de mis miserias personales. Y a pesar de esas miserias, quizá por ellas, es mi Amor un amor que cada día se renueva”.

San Josemaría y la Virgen del Pilar

Archivado en: General — Kristin a las 12:15 am en Lunes, Octubre 12, 2009  Etiquetado ,

Virgen del Pilar

“La devoción a la Virgen del Pilar comienza en mi vida, desde que con su piedad de aragoneses la infundieron mis padres en el alma de cada uno de sus hijos. Más tarde, durante mis estudios sacerdotales, y también cuando cursé la carrera de Derecho en la Universidad de Zaragoza, mis visitas al Pilar eran diarias”.

“Tenía barruntos de que el Señor quería algo: pasaron muchos años sin saber qué era, y —mientras— decía de continuo una jaculatoria acordándome del ciego del Evangelio, yo ciego también, en cuanto a mi porvenir y al servicio que Dios deseaba de mí: Domine, ut videam! Domine, ut sit,! he repetido durante años: que sea, que se haga eso que Tú quieres; que yo lo sepa, da luz a mi alma. Las luces no venían, pero evidentemente rezar era el camino”.

“Como tenía buena amistad con varios de los clérigos que cuidaban de la Basílica, pude un día quedarme en la iglesia después de cerradas las puertas. Me dirigí hacia la Virgen, con la complicidad de uno de aquellos buenos

sacerdotes ya difunto, subí las pocas escaleras que tan bien conocen los infanticos y, acercándome, besé la imagen de nuestra Madre”.

A una sencilla imagen de la Virgen del Pilar confiaba yo por aquellos años mi oración, para que el Señor me concediera entender lo que ya barruntaba mi alma. Domina! —le decía con términos latinos, no precisamente clásicos, pero sí embellecidos por el cariño—, ut sit!, que sea de mí lo que Dios quiere que sea.”

Un sacerdote español en Tierra Santa

Archivado en: General — Kristin a las 12:56 pm en Viernes, Octubre 9, 2009  Etiquetado , , ,
 

don santiago quemadahttp://www.unsacerdoteentierrasanta.blogspot.com es la tarjeta de presentación del sacerdote logroñés don Santiago Quemada, que vive en Jerusalén desde hace años. Desde su blog narra al exterior las andanzas y vicisitudes de un sacerdote en una tierra no siempre fácil para los cristianos.

¿Qué hace un sacerdote español en Tierra Santa?

Yo soy un sacerdote del Opus Dei. La Obra está extendida por los cinco continentes, y tiene vocación universal. En Tierra Santa llevamos pocos años todavía; por tanto, que haya venido a Tierra Santa tiene que ver con la labor de la Obra en este país. He venido aquí para servir a la Iglesia de esta manera, con la finalidad de promover la santificación de los cristianos en su vida ordinaria, en su vida familiar y en su trabajo profesional, ayudándoles a hacerlo con perfección y ofreciéndoselo a Dios. Pienso que esto es algo muy necesario en todo el mundo, pero en esta Tierra de un modo especial es importante la virtud de la justicia en el trabajo y en las relaciones sociales.

¿Cuáles son las principales dificultades con las que se ha ido encontrando?
Los idiomas son una dificultad grande. En Jerusalén más o menos la gente habla inglés, pero cuando me iba a Nazaret me encontraba con personas que sólo hablaban árabe o hebreo. Después de estos años, me manejo con el árabe, pero todavía noto que me queda. Cuando me sienta más seguro, espero empezar con el hebreo. También hay muchos rusos en el país. Nos hemos encontrado personas que viven en lugares de Israel donde sólo hablan ruso. En fin, el problema de los idiomas aquí es grande, pero nunca he dejado de comunicarme con alguien que tuviera interés en hablar conmigo.

Cuenta usted en su blog que trabaja con niños, entre otras cosas. ¿Cómo son los niños de Tierra Santa?
He atendido durante tres años los clubes que tenemos aquí, y he podido conocer bien a niños y niñas de estos lugares. Los niños de aquí son iguales que en todos los lados. Tienen las virtudes de los niños: sencillez, confianza, audacia… Y también las dificultades de la sociedad actual: se distraen mucho, están todo el día jugando con el ordenador o la Play Station. Si están fuera de su casa, siempre llevan su móvil y no paran de jugar con él. Como también comprobé en España, para el trato con Dios, si se les enseña, tienen una piedad especial, facilitada por las virtudes que decía antes: sencillez, confianza… Les atraen mucho las cosas de Dios, y muchas veces dan ejemplo a sus padres para que recen más y se acerquen a Dios.

¿Es fácil, para un cristiano, vivir allí? Muchos hablan de pesimismo, de soledad…
Los cristianos aquí tienen muy poca formación. No suelen conocer bien su fe, aunque tienen una profunda conciencia de su identidad cristiana. Viven de la tradición que han recibido de sus familias, y se agarran a eso con gran seguridad y convicción. Les falta conocer y profundizar su fe. No suelen hablar de cuestiones de religión con otras personas, en parte porque les faltan ideas, argumentos. Ésta es una de nuestras primeras labores aquí: dar formación cristiana. San Josemaría decía que el Opus Dei era una gran catequesis. Otra tarea que también tiene que ver con la fe es el optimismo. La visión que nos encontramos aquí es muy pesimista. Muchos árabes cristianos han ido, poco a poco, abandonando esta tierra para irse a vivir fuera. Los que se quedan aquí conviven con la mentalidad de que no hay esperanza. Este pesimismo se ha ido trasladando, también, sin darse cuenta, al aspecto personal, una visión de la vida negativa.
La vida de un cristiano en Tierra Santa no es fácil. Su vida aquí es una vocación a mantener viva la fe en la Tierra donde nació, vivió, murió y resucitó nuestro Señor. A los que rezan y profundizan en la fe, esto les llena de ilusión, y les lleva a quedarse y procurar formar un núcleo familiar cristiano que vaya, poco a poco, influyendo en la sociedad. Es necesario que así sea, y ésta es nuestra misión aquí.

Publicado en www.alfayomega.es

Corasón, corasón, corasón

Archivado en: Benedicto XVI,don Álvaro del Portillo,General,Juan Pablo II,Opus Dei — Kristin a las 11:40 pm en Domingo, Julio 5, 2009  Etiquetado , , ,

CORASÓN, CORASÓN, CORASÓN

El cachondo de Dan Brown, poco escrupuloso de las precisiones geográficas, sitúa la sede central del Opus Dei en Lexington Avenue, que es algo así como transplantar el Pentágono a la comisaría de la calle Leganitos; también adereza sus intrigas con ‘monjes’ de la Obra, confundiéndola quizá, en pleno delirium tremens, con la orden benedictina.

Pero la pobre gente alienada se traga estas mentecateces y se queda tan pancha, convencida además de haber accedido a una forma de conocimiento superior. Decididamente, Chesterton tenía razón: se empieza dejando de creer en Dios y se acaba creyendo en cualquier cosa, incluidas las paparruchas seudoesotéricas y la morralla que injuria las imprentas. Hace una mañana exacta como un verso del Dante, la primera después de tantas mañanas sin más rima que la establecida por la lluvia. Cerca del hotel donde me hospedo, en Via Bruno Buozzi 73, se halla la verdadera sede del Opus, conocida como Villa Tevere, un edificio menos suntuoso de lo que mi imaginación, tan calenturienta, había presagiado. Me he citado aquí con monseñor Joaquín Alonso, un sacerdote que contribuyó a engrasar el español de Juan Pablo el Grande en los albores de su Papado. Monseñor Alonso, secretario del Prelado Javier Echevarría, como anteriormente lo fuera de Álvaro del Portillo, es un septuagenario enjuto y todavía ágil que no ha logrado desprenderse, pese al medio siglo de éxodo romano, de su acento sevillano; habla con una celeridad que hace inútiles los esfuerzos de este cronista por transcribir sus palabras, en una ventolera de frases que brincan como saltamontes de uno a otro asunto y se encaraman en el trampolín ameno de la divagación, omitiendo aquí y allá algún sujeto o predicado, hasta convertir su monólogo en un delicioso mogollón. Monseñor Alonso viste una sotana que adelgaza aún más su figura; es un hombre inquieto, vivaz, que no deja de remejerse en el sillón orejero que ocupa durante la entrevista, seguramente porque preferiría estar de pie, bailando al ritmo de su sintaxis premiosa.

“Conocí al Cardenal Wojtila en un curso de conferencias que organicé en la Residencia Universitaria Internacional. Era un hombre vigoroso, de una simpatía contagiosa y una fe firme como una roca. Me permití solicitarle una entrevista sobre el sacerdocio. Él por entonces hablaba un italiano todavía defectuoso comiéndose los artículos; me prometió que contestaría mis preguntas por escrito y en polaco. Cumplió su promesa: en el texto manuscrito que me envió al cabo de varias semanas, figuraba en el encabezamiento de cada página una frase alusiva a la Virgen, o un versículo inspirador: su pensamiento iba siempre unido a la oración”, rememora don Joaquín. Me ha tendido unos folios en los que rastreo la caligrafía espaciosa y decidida de Wojtila; algunas tachaduras ratifican, aquí y allá, el hilo del discurso. “Para los años 77 y 78, las comidas del cardenal Wojtila con monseñor Álvaro del Portillo y conmigo mismo eran ya relativamente frecuentes. Luego, cuando lo nombraron Papa, me eligió, junto a Monseñor Abril, actual nuncio en Eslovenia, para recuperar su español, que había aprendido leyendo a los místicos, durante sus estudios doctorales en el Angelicum. Era un superdotado para los idiomas; no tenía miedo de equivocarse, diría incluso que aprendía equivocándose. Yo le advertía: ‘Como buen sevillano, seseo; tenga en cuenta Su Santidad que, aunque yo pronuncie corasón y saserdote, lo correcto es decir corazón y sacerdote’. Pero él gustaba de repetir: corasón, corasón, corasón”.

Y el Papa perseveraría en el seseo, incluso durante la lectura de sus discursos, cada vez que viajaba a un país de lengua española. “Mientras preparábamos su viaje a la Conferencia con el Episcopado Sudamericano que se celebró en Puebla, en enero de 1979, me propuso don Álvaro que le regalase una casete con canciones populares mejicanas, La Morenita, Chapala y tantas otras; cuando fuimos a visitarlo al Gemelli un par de años después, mientras se recuperaba de la infección que le volvió a postrar en cama tras el atentado de Alí Agca, descubrí con emoción que entretenía la convalecencia escuchándolas”. Monseñor Alonso, entre el barullo de recuerdos que van y vienen, rescata el sentido del humor que galardonaba al Pontífice: “En cierta ocasión, al entrar en sus aposentos, reparó en mi calvicie. ‘Don Alonso –me dijo con ironía– ¿ha reparado usted en que se está quedando sin pelo? Vamos a darle la bendición, a ver si vuelve a crecer’. Y, desde ese día, antes de comenzar las clases, me besaba la calva. Pero ya lo ve… –don Joaquín suspira y se pasa la mano por el cráneo desguarnecido–: Ni los besos papales obraron el milagro”.

ALEGRÍAS Y TRISTEZAS

Las anécdotas fluyen por los labios de Monseñor Alonso como ráfagas de ametralladora: “Don Álvaro del Portillo me pidió que le llevara al Papa un vídeo divulgativo sobre la Obra. Unos días después, lo sorprendí partiéndose de risa mientras lo contemplaba: en la pantalla del televisor, transcurría una entrevista con un matrimonio keniata; mientras la mujer hablaba y hablaba sin descanso, el marido asentía medroso y reverencial a sus palabras, mudo como una estatua. Su Santidad comía todos los domingos con el cardenal Deskur, al que quería como a un hermano; Deskur había sufrido un ictus cerebral, pero la adversidad no había disminuido su talante jocoso. Al Papa le encantaba que el cardenal Deskur le contase los chistes que circulaban por el Vaticano, chistes que solían elegirlo invariablemente como protagonista y que él acogía con carcajadas de regocijo –una sonrisa merodea los labios de Monseñor Alonso, súbitamente como una liebre–. Pero por pudor los omitiré”.

Este cronista, algo menos púdico que monseñor Alonso, se atreve por el contrario a confiarles uno de esos chistes, muy divulgado en los mentideros vaticanos y que, según le consta, provocaba la hilaridad del Pontífice difunto. “Ha llegado la hora de que los cardenales Carlo Maria Martini y Joseph Ratzinger y el mismo Papa Juan Pablo rinden cuentas ante Dios. San Pedro los aguarda ceñudo a las puertas del cielo y les ordena pasar de uno en uno a su despacho. Martini es el primero en afrontar la entrevista; al poco vuelve mohíno con los otros dos y les confía: ‘San Pedro deniega mi entrada. Asegura que Jesús supo predicar el Evangelio sin salir jamás de Judea y Galilea. Yo, en cambio, apenas he pisado mi diócesis de Milán’. El siguiente en someterse al rapapolvo es Ratzinger; vuelve contrito y declara a sus compañeros: ‘San Pedro deniega mi entrada, por haberme atrevido a rectificarle un error teológico deslizado en una de sus epístolas’. El Papa se dispone a pasar el mal trago; al rato regresa resignado: ‘También a mí me deniega el paso. Según él, Jesús pronunció el sermón de la montaña; yo, en cambio, he pronunciado una montaña de sermones’”.

En los almuerzos con Deskur, salpimentados de chanzas, asistía con frecuencia Sor Tobiana Pododka, el ángel custodio de Juan Pablo II, vigía insomne de su salud, que con frecuencia le forzaba a infringir el muy severo ayuno que el Pontífice se imponía. “Ya lo ve, Don Alonso –decía Su Santidad con sorna–: el cardenal y yo compartimos director en el seminario, allá en nuestra juventud; ahora en nuestra vejez, compartimos madre superiora”.

No todos los recuerdos que Joaquín Alonso guarda del Papa difunto son festivos, sin embargo; algunos permanecen asociados a los episodios más dolorosos de su biografía. “En marzo de 1994 viajé con nuestro Prelado, Álvaro del Portillo, a Tierra Santa; desde Jerusalén, después de celebrar su última misa en el Cenáculo, don Álvaro escribió una postal al Pontífice, en la que se despedía asegurándole que permaneceríamos fideles ‘usquam mortem‘. A las pocas horas de llegar a Roma, monseñor Del Portillo fallecía de edema pulmonar, en mitad de la madrugada; aquellas palabras cobraban repentinamente un sentido premonitorio. Al amanecer llamé a don Stanislaw Dzwiwisz para comunicarle la triste nueva. Esa misma tarde, Su Santidad visitó la capilla ardiente; de hinojos en el reclinatorio, rezó una Salve que nos puso los pelos de punta”. Las manos delgadísimas de Don Joaquín, que no han parado de agitarse durante la entrevista, como pájaros en desbandada, se posan un momento y se entrelazan, buscando un nido de momentáneo silencio; observo entonces que la edad las ha empezado a salpicar de manchas sigilosas. Pero enseguida recupera el brío y su sintaxis de ametralladora: “Escuchar. El Papa sabía sobre todo escuchar. Incluso a alguien tan insignificante como yo”. Se ha puesto de pie, esbelto como un junco; en su gracioso seseo, muy celosamente preservado, se esconde el mejor homenaje al hombre que gustaba de repetir, como una letanía andaluza: corasón, corasón, corasón.

Siervo bueno y fiel

Archivado en: don Álvaro del Portillo,Opus Dei,San Josemaría — Kristin a las 8:49 pm en Jueves, Junio 25, 2009  Etiquetado , , ,

Así era como definía san Josemaría a don Álvaro del Portillo.

También le llamaba Saxum, (roca) y le dedicó estas palabras:
“Saxum! ¡qué blanco veo el camino —largo— que te queda por recorrer! Blanco y lleno, como campo cuajado. ¡Bendita fecundidad de apóstol, más hermosa que todas las hermosuras de la tierra! Saxum!”
Si hoy lo traigo a colación es porque es el aniversario de su ordenación sacerdotal. Junto a don José Luis Muzquiz y don José Mª Hernández de Garnica fueron los tres primeros fieles del Opus Dei en ordenarse sacerdotes, en 1944.
Fue el primer sucesor de san Josemaría, y primer Prelado de la Obra.

Don Álvaro, junto con Juan Pablo II son las dos únicas personas que he conocido personalmente y que están en proceso de canonización. A los dos los conocí en mi adolescencia, y los dos dejaron huella en mi alma.

Don Álvaro tenía una mirada clara, te miraba con esa cara de padre bueno que arrastraba. Si cuando estaba entre nosotros, mi comunicación con él era epistolar, tras su marcha al cielo, pasó a ser personal. Le trato como a un padre que siempre va conmigo, que me acompaña por la vida.

Siempre me gustó esta foto, en la que san Josemaría le aplaude. Creo que la fotografía fue tomada en Sudamérica, y ese día se celebraba su santo. Ante su sonrojo, san Josemaría pidió un aplauso para él.

A este padre, bueno y fiel, le pido para que todos seamos siquiera un poquito como él.

Dejar obrar a Dios

Archivado en: Benedicto XVI,Opus Dei,San Josemaría,Santidad — Kristin a las 10:39 pm en Miércoles, Mayo 13, 2009  Etiquetado , ,
Hoy volvía a releer este texto de Benedicto XVI, no me canso de hacerlo. Me admira el modo del Santo Padre de explicar en qué consiste la santidad.
Lo copio aquí para que la podáis disfrutar.

Transcripción de una intervención oral del cardenal Ratzinger publicada en el suplemento especial del Osservatore Romano realizado con ocasión de la canonización de Josemaría Escrivá el 6 de ocrubre de 2002.

“Siempre me ha llamado la atención el sentido que Josemaría Escrivá daba al nombre Opus Dei; una interpretación que podríamos llamar biográfica y que permite entender al fundador en su fisonomía espiritual. Escrivá sabía que debía fundar algo, y a la vez estaba convencido de que ese algo no era obra suya: él no había inventado nada: sencillamente el Señor se había servido de él y, en consecuencia, aquello no era su obra, sino la Obra de Dios. Él era solamente un instrumento a través del cual Dioshabía actuado.

Al considerar esta actitud me vienen a la mente las palabras del Señor recogidas en el evangelio de San Juan 5,17: “Mi Padre obra siempre”. Son palabras pronunciadas por Jesús en el curso de una discusión con algunos especialistas de la religión que no querían reconocer que Dios puede trabajar en el día del sábado. Un debate todavía abierto y actual, en cierto modo, entre los hombres –también cristianos- de nuestro tiempo. Algunos piensan que Dios, después de la creación, se ha “retirado” y ya no muestra interés alguno por nuestros asuntos de cada día. Según este modo de pensar, Dios no podría intervenir en el tejido de nuestra vida cotidiana; sin embargo, las palabras de Jesucristo nos indican mas bien lo contrario. Un hombre abierto a la presencia de Dios se da cuenta de que Dios obra siempre y de que también actúa hoy; por eso debemos dejarle entrar y facilitarle que obre en nosotros. Es así como nacen las cosas que abren el futuro y renuevan la humanidad.

Todo esto nos ayuda a comprender por qué Josemaría Escrivá no se consideraba “fundador” de nada, y por qué se veía solamente como un hombre que quiere cumplir una voluntad de Dios, secundar esa acción, la obra –en efecto- de Dios. En este sentido, constituye para mí un mensaje de gran importancia el teocentrismo de Escrivá de Balaguer: está en coherencia con las palabras de Jesús esa confianza en que Dios no se ha retirado del mundo, porque está actuando constantemente; y en que a nosotros nos corresponde solamente ponernos a su disposición, estar disponibles, siendo capaces de responder a su llamada. Es un mensaje que ayuda también a superar lo que puede considerarse como la gran tentación de nuestro tiempo: la pretensión de pensar que después del big bang, Dios se ha retirado de la historia. La acción de Dios no “se ha parado” en el momento del big bang, sino que continúa en el curso del tiempo, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de los hombres.

El fundador de la Obra decía: yo no he inventado nada; es Otro quien lo ha hecho todo; yo he procurado estar disponible y servirle como instrumento. La palabra y toda la realidad que llamamos Opus Dei está profundamente ensamblada con la vida interior del Fundador, que aun procurando ser muy discreto en este punto, da a entender que permanecía en diálogo constante, en contacto real con Aquél que nos ha creado y obra por nosotros y con nosotros. De Moisés se dice en el libro del Éxodo (33,11) que Dios hablaba con él “cara a cara, como un amigo habla con un amigo”. Me parece que, si bien el velo de la discreción esconde algunas pequeñas señales, hay fundamento suficiente para poder aplicar muy bien a Josemaría Escrivá eso de “hablar como un amigo habla con un amigo”, que abre las puertas del mundo para que Dios pueda hacerse presente, obrar y transformar todo.

En esta perspectiva se comprende mejor qué significa santidad y vocación universal a la santidad. Conociendo un poco la historia de los santos, sabiendo que en los procesos de canonización se busca la virtud “heroica” podemos tener, casi inevitablemente, un concepto equivocado de la santidad porque tendemos a pensar: “esto no es para mí”; “yo no me siento capaz de practicar virtudes heroicas”; “es un ideal demasiado alto para mí”. En ese caso la santidad estaría reservada para algunos “grandes” de quienes vemos sus imágenes en los altares y que son muy diferentes a nosotros, normales pecadores. Esa sería una idea totalmente equivocada de la santidad, una concepción errónea que ha sido corregida – y esto me parece un punto central- precisamente por Josemaría Escrivá.

Virtud heroica no quiere decir que el santo sea una especie de “gimnasta” de la santidad, que realiza unos ejercicios inasequibles para las personas normales. Quiere decir, por el contrario, que en la vida de un hombre se revela la presencia de Dios, y queda más patente todo lo que el hombre no es capaz de hacer por sí mismo. Quizá, en el fondo, se trate de una cuestión terminológica, porque el adjetivo “heroico” ha sido con frecuencia mal interpretado. Virtud heroica no significa exactamente que uno hace cosas grandes por sí mismo, sino que en su vida aparecen realidades que no ha hecho él, porque él sólo ha estado disponible para dejar que Dios actuara. Con otras palabras, ser santo no es otra cosa que hablar con Dios como un amigo habla con el amigo. Esto es la santidad.

Ser santo no comporta ser superior a los demás; por el contrario, el santo puede ser muy débil, y contar con numerosos errores en su vida. La santidad es el contacto profundo con Dios: es hacerse amigo de Dios, dejar obrar al Otro, el Único que puede hacer realmente que este mundo sea bueno y feliz. Cuando Josemaría Escrivá habla de que todos los hombres estamos llamados a ser santos, me parece que en el fondo está refiriéndose a su personal experiencia, porque nunca hizo por sí mismo cosas increíbles, sino que se limitó a dejar obrar a Dios. Y por eso ha nacido una gran renovación, una fuerza de bien en el mundo, aunque permanezcan presentes todas las debilidades humanas.

Verdaderamente todos somos capaces, todos estamos llamados a abrirnos a esa amistad con Dios, a no soltarnos de sus manos, a no cansarnos de volver y retornar al Señor hablando con Él como se habla con un amigo sabiendo, con certeza, que el Señor es el verdadero amigo de todos, también de todos los que no son capaces de hacer por sí mismos cosas grandes.

Por todo esto he comprendido mejor la fisonomía del Opus Dei: la fuerte trabazón que existe entre una absoluta fidelidad a la gran tradición de la Iglesia, a su fe, con desarmante simplicidad, y la apertura incondicionada a todos los desafíos de este mundo, sea en el ámbito académico, en el del trabajo ordinario, en la economía, etc. Quien tiene esta vinculación con Dios, quien mantiene un coloquio ininterrumpido con Él, puede atreverse a responder a nuevos desafíos, y no tiene miedo; porque quien está en las manos de Dios, cae siempre en las manos de Dios. Es así como desaparece el miedo y nace la valentía de responder a los retos del mundo de hoy.