Aprendiendo a vivir

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Ser amable

Archivado en: Virtudes humanas — Kristin a las 12:47 am en Miércoles, Julio 15, 2009  Etiquetado ,

amable

Una de las virtudes mejor valorada por todas las personas es la amabilidad, ser afables. Una persona puede ser educada, bien vestida…, pero si además es agradable y amable, entonces es una persona encantadora. Una persona amable, por norma general, es una persona con buenos modales.

Hay un frase, de Alfred Capus, que nos indica de forma perfecta que es la amabilidad: ” Una persona amable es aquella que escucha con una sonrisa lo que ya sabe, de labios de alguien que no lo sabe”. La amabilidad nos ayuda a causar buena impresión a los demás, aún a costa de hacer algún pequeño sacrificio.

Aunque el término “amabílitas” proviene del latín con un significado de amado, de ser amado o preferido, para nosotros hemos tomado el significado más actual y moderno que tiene que ver con las normas de conducta más que con los sentimientos.

El término amabilidad. engloba muchos conceptos: interés por los demás, respeto, consideración … En sí misma encierra muchos de los aspectos fundamentales de una persona bien educada.

“Aunque pudiera hacerme temible, preferiría hacerme amable” dijo Michel Eyquem de la Montaigne. Y es que una persona amable es querida y respetada. La amabilidad es un profundo sentimiento que solamente se manifiesta en ciertas actitudes. La amabilidad se manifiesta en cualquier momento; debe surgir de manera espontánea. La amabilidad no se fuerza, pues perdería su naturalidad dejando de ser amabilidad para convertirse en algo fingido, parecido a la amabilidad sin serlo.

La amabilidad es generosidad y hay que derrocharla. Hay que ser amables con todo el mundo, no sólo con las personas que conocemos. La amabilidad abre puertas, auna culturas y ayuda a una convivencia mejor .

Una persona amable es aquella que nos ayuda, por ejemplo, a cambiar una rueda pinchada de nuestro automóvil, que nos deja llamar por teléfono desde su casa si lo necesitamos, que nos deja una herramienta, etc. Estamos rodeados de gente amable. Sigamos pasando ese “testigo” y contagiando la amabilidad. Solamente una cosa más, no abuse de ella. No sea empalagoso, llevando su amabilidad al límite de lo exagerado, siendo demasiado “atento”.

Alegría

Archivado en: Alegría,Virtudes humanas — Kristin a las 11:13 pm en Viernes, Julio 10, 2009  Etiquetado ,

Es fácil reconocer los efectos de la alegría, pero ¿cuáles son sus causas?, todos queremos vivir felices y alegres pero, ¿cuáles son las fuentes de la alegría?, ¿cómo fomentar esta virtud en la familia?

a. El amor

La fuente más profunda de la alegría es el amor, particularmente el amor en matrimonio y en familia. Ese amor es el principal ‘combustible’ para estar alegres.

Quien no ama, no sonríe. Por eso, podemos decir que lo que más facilita esta virtud es la familia como comunidad de amor, o sea una familia donde se respire un ambiente de paz, donde todos se sientan amados por lo que son.

De esta manera se puede definir la alegría como el amor disfrutado; la alegría es la primera consecuencia del amor y cuanto más grande es el amor, mayor es la alegría.

b. La apertura y la generosidad

El dar y el darse a los demás por el bien de ellos, nos da la felicidad de la donación. El ambiente donde se aprende a entregarse sólo por el ‘gusto’ de ayudar a los demás es el hogar familiar.

Si papá llega del trabajo enojado, y mamá se encierra con seriedad en su habitación, o ninguno de los dos está disponible para los demás, no se puede pretender que los hijos vivan para ayudar y compartir con los demás, o en definitiva que sean alegres.

Por el contrario, la generosidad nos hace vivir para los otros, nos hace superar el cansancio, para escuchar a los niños, para dedicar un tiempo especial para jugar, nos hace salir de nosotros, conversar o ir de paseo con todos el fin de semana… La alegría familiar no se plasma en una fotografía, se va tejiendo todos los días con pequeños detalles de donación, de cariño y atención. La virtud de la alegría está pues, alejada del egoísmo.

c. Una vida ordenada y sencilla

Una familia en donde se enseñe a disfrutar de las cosas simples de la vida es fuente de alegría para sus miembros. En la familia se aprende a vivir con lo que se tiene, con lo que papá y mamá nos dan; se aprende a disfrutar de una comida todos juntos, de una salida al parque de diversiones, se aprende a ser feliz conviviendo con los hermanos, conversando en familia, etc.

En un ambiente familiar de serenidad, orden y alegría, todo esfuerzo se aligera, los deberes familiares no se ven como una carga sino como una entrega gustosa en beneficio de nuestros seres más queridos y cercanos.

d. Valorar el don de la vida

El tener vida ya es motivo suficiente de alegría, aún en las circunstancias adversas. Y si a este amor por la vida se le añaden las virtudes como la paciencia y la fortaleza, entonces se puede resistir en los momentos de dificultad con esperanza. Estas actitudes se aprenden en el seno familiar a través de los acontecimientos cotidianos y del ejemplo de los padres.

Por todo lo anterior podemos deducir que lo que impide disfrutar de este valor de la alegría es el egoísmo, que nos hace vivir encerrados en nuestra persona; el materialismo, que nos hace buscar la felicidad en tener más cosas, en lugar de buscar la felicidad de los demás y de tratar de ser mejores personas; el dar más importancia a las cosas de la que objetivamente tienen, el vivir más pendientes del exterior, en lugar de cultivar el interior, etc.

Es de bien nacidos ser agradecidos

Archivado en: Virtudes humanas — Kristin a las 1:00 am en Martes, Julio 7, 2009  Etiquetado

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Se habla frecuentemente de una “crisis de valores”, referenciados en las múltiples expresiones de descomposición social y la degradación de las relaciones entre los seres humanos.

Aunque es válida esa acepción, preferimos mas bien señalar que dada la crisis social, familiar e individual, los valores que todos poseemos no alcanzan su expresión real, son obnubilados, desestimados, des-aprovechados. En otras palabras, los valores están siempre, potencialmente presentes en el individuo, pero es éste quien no hace uso de ellos. Podríamos comparar esta cualidad intrínseca del ser humano con la inteligencia, siempre está presente y es posible aprovecharla y fortalecerla, pero hay diferencia en su empleo y aprovechamiento.

Un Valor muy particular Con esta breve introducción invitamos a analizar el AGRADECIMIENTO COMO VALOR, muy poco reflexionado pero con profundas implicaciones sobre quien lo ejerce. A él se le oponen el orgullo, el egoismo, la vanidad, la falta de humildad, el desinterés, la ausencia.

Para agradecer hay que saber conceder que hemos recibido de otro, que hay un favor hacia nosotros, que tenemos el apoyo en otro. Es la anterior una posición bien difícil en un mundo individualista que destaca fundamentalmente la exaltación del “yo”.

Cuando Tomás de Aquino, definía la palabra “gracia” la relacionaba con tres cosas:

1. La benevolencia que alguien, normalmente un superior o soberano, tiene por alguien: “el emisario halló gracia ante el rey…”;

2. Aquello que alguien otorga a alguien, precisamente como signo de la actitud mencionada: “…y le concedió la gracia de la libertad para su padre…”;

3. La expresión de felicidad y bienquerencia que esto otorgado produce en quien lo ha recibido: “…entonces el emisario le dio infinitas gracias”.

Según esto, el agradecer se inscribe en la lógica de la gracia, y por tanto en la del reconocimiento de todo aquello que se recibe. Por consiguiente, aprender a agradecer supone que se ha aprendido, o por lo menos se está aprendiendo a reconocer la necesidad de Otro (Dios) y otros (nuestros semejantes).

Todos necesitamos de los demás, incluso el mas poderoso, pero no todos reconocemos nuestra necesidad de los demás. Indudablemente la principal necesidad de favores está dirigida a Dios, que es, en última instancia, el que los concede todos. Pero aún ante Él, quienes creemos, tenemos una actitud muchas veces de formalismo o de incomprensión del significado del AGRADECIMIENTO.

Quien no es agradecido, “no sabe disfrutar de lo que tiene, porque no se percata de lo que tiene; sólo lo valora cuando lo ha perdido y, entonces, se convierte en otro motivo más para quejarse y aumentar la autoconciencia de su desdicha”…

Fidelidad

Archivado en: Fidelidad,Virtudes humanas — Kristin a las 12:15 am en Domingo, Julio 5, 2009  Etiquetado ,

Amar, entregarse, sacrificarse, donarse… son diversas formas de conjugar la fidelidad.
Es bien conocida la historia de El Señor de los Anillos. Frodo, de un momento a otro se encuentra enredado en la historia de un anillo que significa la salvación de toda la Tierra Media. Ha sido elegido para una misión que jamás había sospechado. No está sólo. Tiene una comunidad.

La pequeña comitiva pasa por mil peripecias para conseguir su objetivo. La nieve pantanosa en las montañas nevadas, la batalla en las Minas de Moria. Gandalf desaparece. Las sucesivas peleas contra los orcos. La gran victoria frente al reto que se les presentó en el abismo de Helm. La destrucción de Sarumán. Al final Frodo se queda solo. También Sam se ha separado.

Tolkien plasma de modo loable el aspecto psicológico del protagonista en estos momentos. Toda la responsabilidad recae sobre Frodo. No tiene a nadie. Su fidelidad es la suya y nadie le puede sustituir. Los enemigos siguen al acecho. Ha recibido una misión y que se cumpla depende de él y sólo de él. Todos conocemos el desenlace de la historia. Hizo hasta lo imposible y la providencia se encargó de que el anillo fuera destruido…, junto con Gollum.

Todos hemos recibido una misión y la obra de nuestra vida es realizarla. La fidelidad es una virtud que se consigue día a día, minuto a minuto. Es la constancia en las propias determinaciones. En el campo humano y profesional ésta alcanza su mayor grado en la realización de la propia elección de vida. A Frodo le ofrecieron la misión de destruir el anillo, aceptó y fue consecuente con su respuesta hasta donde pudo.

Esto exige varios requisitos: objetivos claros, constancia, tenacidad, reciedumbre, “amor a la camiseta”, cultivo de los detalles en la vivencia de lo que se ha elegido. Con los actos de hoy construimos el hombre maduro que queremos ser mañana. La fidelidad es la corona y la gloria del hombre que ha amado con pasión lo que ha hecho de su vida.

La fidelidad es una virtud que está al alcance de todos y que tiene infinitas expresiones en cualquier campo de la vida humana. Es fiel el amigo que no vuelve la espalda a los suyos en los momentos de dificultad, más aún los acompaña y les brinda todo su apoyo moral y material.

Es fiel el novio que ni de lejos juega con el amor de su prometida, sino que lo cultiva con los pequeños detalles de cariño y afecto: la invita a salir, la respeta, evita lo que le molesta.

Es fiel el esposo que, después de una larga aventura de años y años con su mujer, cada mañana le brinda la misma frescura de su amor en su beso de “¡Buenos días!”. Reina entre los dos un ambiente de total confianza porque saben que son fieles y ninguno fallará.

Es fiel el hombre consagrado que cada mañana se presenta ante su Señor con una sonrisa en los labios y un sincero “Gracias por el nuevo día. Aquí estoy para hacer tu voluntad”.

Nadie es verdaderamente fiel por temor al castigo. Esto no sería auténtica fidelidad. La fidelidad es un compromiso que nace de lo más hondo de nosotros mismos. Es un “conozco las consecuencias y quiero, con todo lo que implique…”. El hombre fiel es el que confirma su opción fundamental con cada una de las pequeñas decisiones que forman el entramado de su existencia. Es un hombre libre que aceptó y sigue aceptando, que amó y sigue amando. La fidelidad es la confirmación diaria de un sí que no pertenece al pasado.

Los frutos del que es fiel no se hacen esperar. La felicidad profunda y la alegría verdadera vienen a constituir el fruto más evidente de la auténtica fidelidad. El hombre fiel es maduro, sincero, trabajador, realista. Hay una coherencia entre lo que es y dice ser.

Ser fiel es creer, confiar, amar…, sufrir con resignación, aguantar con paciencia, esperar contra toda esperanza, luchar sin desalentarse, empeñarse en la meta, apasionarse por el ideal, perseverar en medio de las más atroces dificultades… para corresponder a otro que primero nos ha sido fiel. Para nosotros, católicos, ese Otro se escribe con mayúscula y su nombre es Jesucristo.

Para el cristiano ser fiel significa corresponder al inmenso amor de Dios a la propia persona. Ser un fiel católico no significa cumplir pura y secamente los mandamientos… “porque si no me voy a condenar”.

La fidelidad no se edifica sobre los cimientos inconsistentes de una moral negativa que cifra todo en torno al “no”. La formulación negativa de algunos mandamientos del decálogo tiene su razón de ser en el Amor, que jamás es negativo: “Amarás A Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Renunciamos a aquello para amar más a Dios.

“El cristianismo es el encuentro con una persona: Jesucristo”, nos decía el Papa Benedicto XVI en su primera encíclica. Es a Él a quien le somos fieles, porque antes él ha sido fiel a su amor hacia nosotros.

La gran obra de una vida, sea en el matrimonio, sea en la vida sacerdotal o religiosa, sea en el campo profesional o social se encuentra en la fidelidad a Dios, a los demás y a nosotros mismos. Cada uno, como Frodo, tiene una misión para la que fue creado por Dios. Está en sus manos realizarla o hacerla fracasar.

Dificultades y sufrimientos no faltarán, y esto se constata en toda vida humana. Pero el hombre fiel tiene su mirada clavada en un ideal y nada lo mueve de allí.

El grado de plenitud de nuestra vida es el grado de lo fieles que somos. Siendo lo que somos y hemos elegido ser llevaremos en alto nuestra dignidad de cristianos, católicos, seguidores de Jesucristo, seguros de alcanzar un día no muy lejano la recompensa prometida: “Ven siervo bueno y fiel, porque has sido fiel en lo poco, te recompensaré en lo mucho, entra en el gozo de tu Señor…”

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