Otro blog de Opusdeiblogs.es
<

SANY0021

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Olvido de Dios

Una de las de la cultura moderna es el olvido sistemático de Dios y de su presencia en el mundo. Habitualmente no se postula un ateísmo sino un deísmo: Dios existe, ha creado las cosas, pero así como ha dotado de leyes la naturaleza y ha dado la libertad y la inteligencia a los hombres, son ellos que llevan adelante la historia. Dios no interviene de ningún modo en la vida de los hombres.
Cada vez son menos los que se preguntan si lo que el hombre está construyendo va de acuerdo con la voluntad de Dios.

La ciencia, como ya hemos explicado arriba, sigue el propio ritmo y es fin en sí misma. El arte se aleja cada vez más de un referente ético. En algunos casos llega a ser una verdadera pornografía o blasfemia, y son pocos los que se atreven a expresar el propio rechazo por miedo a ser tachados de intolerantes.

La política misma se reduce a buscar la popularidad sin preguntarse si está sirviendo verdaderamente al bien común y estamos llegando al punto de considerar como una obligación para un político excluir las propias convicciones religiosas y éticas de las decisiones políticas.
Según estas personas, la ?hipótesis? de Dios, ya no es necesaria porque el hombre ha logrado dominar la naturaleza. Dios no puede existir porque anularía al hombre. Esta ausencia de Dios, del Dios personal de la revelación, ha sido sustituido en el hombre contemporáneo por la superstición o por las ofertas pseudo religiosas de las sectas, hoy en boga.
Desprecio de la autoridad
Una de las características de la era moderna es también el desprecio de la autoridad, sobre todo a partir de la crisis del 68. Durante aquellos años de contestación y revuelta, cualquier autoridad era vista como imposición o coacción de la propia libertad, único valor absoluto. La autoridad civil y política, la autoridad religiosa, la autoridad familiar, etc. fueron puestas en duda y evidentemente perdieron fiabilidad.
El desprecio de toda autoridad y la pérdida de la fe han hecho que también el Magisterio venga puesto en duda y considerado simplemente como una opinión más, entre muchas otras. Este modo de considerar el magisterio no pertenece sólo a muchos laicos, más expuestos a la secularización, sino también a un buen número de religiosos y sacerdotes.
El desprecio de la autoridad ha llevado a la prensa y a los medios de comunicación a hacer lo que hace algunos años era impensable: ridiculizar la Iglesia como institución, al Papa mismo, a los obispos y al clero en general. Es una situación con la cual debemos convivir. En el lenguaje del concilio Vaticano II, es, quizá, un signo de los tiempos.
Mentalidad dialéctica

 
Otra característica del mundo contemporáneo es la mentalidad dialéctica. El hombre, con su necesidad de simplificar las cosas, busca siempre etiquetar a las personas y ver los diversos grupos en oposición unos de otros. Así, no es difícil contraponer razas diversas, jóvenes a adultos, europeos a asiáticos, etc., y en otra época, capital a trabajo.

 Cuando se vive en un mundo basado en la contraposición, se llega mucho más fácilmente a la revolución y se apunta al objetivo de aniquilar al adversario. La contraposición como postulado, en su verdadera esencia, nos pone en las antípodas del cristianismo, porque la caridad cristiana une y resuelve la contraposición, en lugar de exacerbarla.
En todos estos procesos de transformación de la cultura han participado en modo sutil, pero muy real, los así llamados “maestros de la sospecha”:Marx. Nietzsche y Freud.

 

 Marx tomó de Hegel la dialéctica como motor de la historia.

Nietzsche hablando del superhombre excluyó la posibilidad de la existencia de Dios, porque para él, la fe religiosa era propia de seres acomplejados, incapaces de ser ellos mismos.

 Freud con su hipótesis del subconsciente, el yo y el súper yo, fue la base para la revolución sexual y la separación de la sexualidad de la procreación.
4. Los retos para el sacerdote del tercer milenio
La situación que he descrito a pinceladas, nos ofrece un panorama particularmente entusiasmante para el sacerdote. Como decía Juan Pablo II al inicio de su pontificado, ?éste es un tiempo maravilloso para ser sacerdote? (6).

El sacerdote, animado por la conciencia de que Cristo es el único salvador del hombre y que él ha sido constituido por medio del sacramento del orden ministro de la redención, es llamado a vivir en el mundo de hoy y en medio de los retos que éste presenta para el evangelio de Cristo, con fe y santa audacia. A pesar de la enorme responsabilidad y de las muchas contradicciones, el sacerdote sabe que el poder del mal no triunfará porque ya fue derrotado para siempre, “ésta es la esencia de la esperanza” (7).
Los párrafos siguientes resumen, de algún modo, las claves del futuro que he expuesto arriba e individúan los retos que el sacerdote de hoy encuentra frente a sus ojos. Estos retos se pueden transformar en un programa de vida para los sacerdotes que quieran realizar la misión de Cristo en la Iglesia de este nuevo milenio.
Hombres de Dios
El sacerdote debe ser un hombre de Dios. En cuanto sacerdote tiene el sello del sacramento. De consecuencia, su voluntad y sus facultades deben imbuirse de los sentimientos de Cristo (Cfr. Fil 2, 5) Si no está afincado en Cristo, será arrebatado por el huracán de la secularización.

Por lo tanto debe ser un hombre de oración, hombre que escucha y medita la Palabra para adherirse amorosamente a aquello que Dios quiere de él; debe celebrar los sacramentos con el fervor y la unción propia de las cosas sagradas de las cuales se ocupa, sabiendo que para ser hombre de Dios debe hacer un particular esfuerzo y resistir al vértigo de la constante y acelerada actividad a la que nos somete el mundo moderno.
Debe también colaborar con la gracia divina para que su vida cotidiana refleje la santidad que trasmite con los sacramentos. Los sacramentos son eficaces ex opere a Christo operato, pero es evidente que Dios extiende su gracia con más abundancia a través de aquellos sacerdotes que con mayor plenitud se configuran con su Hijo, sumo y eterno sacerdote de la Nueva Alianza.
El sacerdote es un hombre profundamente consciente de que la salvación viene de Dios y por esto no puede concebir que la solución de los problemas del hombre esté en los medios humanos o en el sacerdote como persona humana, por cuanto preparado y carismático pueda ser.

 

Comprende que debe unir sus acciones y su palabra a una profunda vida eucarística- sea en la celebración que en la adoración- que le hace a él mismo, en cierto sentido, eucarístico; es decir, alguien que se hace víctima y oblación, como sacerdote, para servir a Cristo en la misión de la salvación de las almas.

Su presencia entre los hombres, sus hermanos, debe ser como la del centinela de la mañana, un anunciador de las cosas del más allá, un continuo recordatorio de Cristo para las almas, que encarna el amor de Dios en este mundo. El hombre de Dios es el único que puede darle sentido al hombre y a la sociedad de hoy porque hace posible el encuentro con el Dios amor.

Se cuenta una bella historia del cura de Ars recordada en una estatua en la entrada del pueblo: Cuando S. Juan María Vianney fue a Ars por primera vez, perdió el camino. Pidió a un pastorcillo que se encontró que lo guiara y éste lo llevó hasta el pueblo. El cura le dijo: “tú me has mostrado el camino a Ars, ahora yo te mostraré el camino al cielo”.

 
Ser un hombre de Dios no es incompatible con tener los pies en la tierra. El sacerdote es una persona que no pierde la propia objetividad ni el realismo. Sabe por una parte, que la humanidad debe someter el cosmos y dominarlo, pero por otra parte, que lo que el hombre anhela definitivamente se encuentra sólo en el cielo, meta definitiva y objetivo de nuestro peregrinar en esta tierra. No es la ciencia lo que salva al hombre, es Cristo.

 

El sacerdote no puede ceder al horizontalismo o al naturalismo, porque dejaría de ser necesario para el mundo y se confundiría con un trabajador o un agente social, que en el mundo son ya bastantes. No debe jamás caer preso de la visión reducida de su sacerdocio, por la cual, éste no sería sino sólo un servicio o una función (8). El sacerdote es servidor de Cristo por ser, a partir de Él, por Él y con Él, servidor de los hombres.
En la formación del hombre de Dios juega un papel muy particular la devoción a la Virgen María, como madre, modelo de virtud y, sobre todo, como protectora celestial. Su relación con los sacerdotes, ministros de Cristo, deriva de la relación entre la divina maternidad de Maria y el sacerdocio de Cristo.

 Los sacerdotes son sus hijos predilectos y en el corazón del sacerdote debe resonar el consejo de S. Bernardo:”

 En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir su ayuda intercesora no te apartes tú de los ejemplos de su virtud. No te descaminarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si en ella piensas. Si ella te tiene de su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás si es tu guía; llegarás felizmente al puerto si Ella te ampara” (9).

7 Febrero 2010 a las 20:09