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Constructores de caridad
El sacerdote precisamente por estar centrado en la eternidad y por ayudar a los hombres en su camino hacia el cielo, debe construir la caridad, porque es la caridad la virtud que de algún modo anticipa el cielo aquí en la tierra.
La caridad es ante todo caridad hacia Dios y es la virtud que permite al sacerdote ser un hombre de Dios. De esta caridad brota la caridad hacia los demás que tiene diversos aspectos.

 

 El primero, el más fundamental, es tener siempre como centro en todo nuestro actuar, en cada uno de nuestros pensamientos y palabras, el bien de la persona que tenemos delante.

No hace nada bien a la Iglesia que algunos sacerdotes se preocupen más por las estructuras que de las personas con las que tratan cotidianamente. Recuerdo que la madre Teresa de Calcuta, una vez, cuando le hicieron notar que ella no buscaba solución para las estructuras que provocaban las injusticias, dejó claro que eran ya muchos los que buscaban mejorarlas, mientras que ella procuraba que cada una de las personas entre los más pobres de los pobres fuera atendida según su dignidad de hijo de Dios.
El sacerdote, al buscar el bien de la persona, procura no reducirla a un número o a una estadística. No es que la estadística sea mala, es más, creo que ofrecen algunas ideas para los desafíos pastorales que la Iglesia afronta, pero no se puede reducir la persona a un simple número.
Construir la caridad exige también de nosotros construir la comunión. La Iglesia es comunión, es, con las palabras de San Cipriano, “un pueblo cuya unidad deriva de la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (10). El mismo sacerdocio es una ” radical forma comunitaria” y no puede ser ejercitado sino en la comunión (11). La primera dimensión de esta comunión es la jerárquica, la comunión con el Santo Padre, centro visible de la unidad de la Iglesia, y con el propio obispo, pastor de la Iglesia parroquial.
El sacerdote es constructor de comunión en el interior del presbiterado diocesano. Todos los sacerdotes de una Iglesia particular participan del único sacerdocio de Cristo Pastor.

 Y esta unión sacerdotal debe traducirse en relaciones interpersonales llenas de caridad y de recíproca ayuda. El sacerdote es llamado a acoger con gratitud y a conducir hacia la comunión los diversos carismas presentes en su parroquia o en la diócesis. Debe tener un corazón abierto a las diversas formas de vida consagrada y a los nuevos movimientos aprobados por la autoridad competente.

Son dones del Espíritu Santo para la Iglesia y deben ser acogidos sin prejuicios. En ellos muchos fieles encuentran caminos específicos de santidad cristiana y formas concretas para participar en la acción evangelizadora de la Iglesia.
El sacerdote construye la comunión con todo el pueblo de Dios y no concibe la Iglesia en forma dialéctica como oposición entre el ministerio ordenado y el sacerdocio bautismal que es propio de todos los fieles. Una de las figuras consagradas del Concilio para representar la Iglesia fue la de pueblo de Dios.

 En este pueblo, que es también Cuerpo de Cristo, todos tenemos la misma dignidad de hijos de Dios y unidos caminamos hacia la meta definitiva, el cielo. Y la diferencia esencial, no simplemente gradual, entre el ministerio ordenado y la función del laico no sólo no rompe la unidad, sino la enriquece.
En la predicación y en la vida de Cristo, era evidente la atención que Él prestaba a los más pobres. La atención por el más necesitado es una preocupación que debe formar la prioridad pastoral del sacerdote. Ayudar a resolver y cubrir las necesidades de las personas es algo propio del cristiano y mucho más del sacerdote.

 Hoy a la necesidad de los bienes materiales se han añadido muchas otras necesidades que se han vuelto urgentes: la soledad en la vejez, la depresión y el abandono de tantas personas en las grandes ciudades, las diversas dependencias, muchas veces explotadas por organizaciones o individuos con afán de lucro, la niñez abandonada sin alimentación y sin educación, etc.
El sacerdote está ahí donde hay más necesidad de consuelo y de anuncio de los bienes eternos, donde están los más indefensos. El sacerdote es aquél que lleva esperanza con la palabra y con las acciones para que estas situaciones de miseria sean aliviadas. No obstante tanto avance tecnológico, no siempre las personas tienen la posibilidad de recibir las ventajas de estos desarrollos y se encuentran solas y abandonadas.
El sacerdote tiene, en cierta medida, responsabilidad en la creación de sociedades justas. No compete al sacerdote trabajar en las estructuras políticas, sindicales, económicas; no es llamado a ser constructor de la ciudad terrena, pero tampoco puede olvidar el mundo en el que vive.

Él puede y debe cooperar a la promoción de una sociedad más justa y conforme con la voluntad de Dios mediante la predicación de los valores evangélicos y la formación de las conciencias. Ésta es su aportación específica. No se excluye que él señale las situaciones injustas, pero el amor por sus hermanos exige ir más allá, más a la raíz: llegar a transformar el corazón de aquellos que provocan tales situaciones.

No busca oponerse, sino unir y lograr que en medio de estas situaciones haya mutua comprensión y perdón y responsabilidad efectiva de quien puede mejorar las situaciones injustas. Sólo así se puede construir una nueva sociedad, puesto que sin cambiar los corazones, los rencores serían un peso que mantendría a las personas ancladas al pasado, sin esperanza y siempre presas de la violencia destructora.
Por último, en la construcción de la caridad, el sacerdote debe hacer siempre la caridad en la verdad. Haría un pésimo servicio como pastor si por un mal entendido concepto de la caridad abandonase la verdad. A las almas se les debe decir la verdad, ayudarles a descubrir su valor y a amarla; se necesita mostrar toda la verdad que Dios nos ha revelado en el Evangelio de Cristo que el Magisterio de la Iglesia nos trasmite.

No se puede reducir o cambiar la verdad por “hacer un bien pastoral”. En todo caso, se puede aplicar la ley de la gradualidad, pero jamás tergiversar la verdad. El Papa Benedicto XVI nos dice en su encíclica Caritas in veritate: “sólo en la verdad la caridad resplandece y puede ser vivida auténticamente. La verdad es luz que da sentido y valor a la caridad [] Sin verdad, la caridad cae en el sentimentalismo. El amor se vuelve un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente” (12).
Pastor de almas
El sacerdote es un pastor de almas, que cuida de sus ovejas y está dispuesto a dar la vida por ellas. No se puede subestimar el valor de esta donación, de esta pasión que debe arder en el corazón de cada sacerdote. Él es como Cristo, que ofrece la vida por ellas, y es movido por su mismo amor hacia ellas.
Pero además de esta donación que se hace real día tras día, instruye a las almas con la sana doctrina católica. Les enseña la fe a través de una adecuada catequesis, con todos los medios posibles, porque el pueblo de Dios tiene una urgente necesidad de conocer la fe para no dejarse arrastrar por otras ideas pseudo religiosas.

Pero sobre todo el sacerdote debe ser guía y pastor de sus hermanos con un estilo de vida virtuosa, alimentada en la oración y en el contacto con la Eucaristía.
La atención por las almas se concretiza sobre todo en la administración del sacramento de la reconciliación y penitencia. El sacerdote debe estar siempre a disposición de los fieles para escuchar sus confesiones.

Es ahí, en la soledad del confesionario, donde se vive la batalla más decisiva para el alma del mundo. Es ahí donde la gracia de Dios toca profundamente a las personas por medio de la humanidad del sacerdote. San Juan Maria Vianney solía confesar más de diez horas al día, consciente del valor de una sola alma y de la acción particular de la gracia en este sacramento.

El ejemplo de este humilde sacerdote francés influyó de forma decisiva en la vida del seminarista, sacerdote, obispo y Papa Juan Pablo II, que durante todo su ministerio buscó siempre tiempo para el confesionario. Incluso como Papa, cada viernes santo bajaba a la basílica de San Pedro para administrar la misericordia de Dios.
Debemos reconocer que ?la piedad popular es nuestra fuerza, porque se trata de prácticas y oraciones muy radicadas en el corazón de las personas? (13) y de las sociedades, es expresión del anhelo de eternidad que no se extingue jamás. El pastor de almas no despreciará esta piedad, sino la promoverá y la orientará adecuadamente para que se transforme en convicciones profundas y duraderas propia de cristianos maduros.

El sacerdote incide en la cultura a través del uso de los medios de comunicación, a través de la educación de los niños y de los jóvenes y mediante una acción evangelizadora en los círculos políticos y legislativos. Estos son los vehículos- medios, educación y legislación- que transforman la cultura (14).

 

De forma decidida, infundirá en el laico católico el deseo de vivir según su compromiso bautismal para que sean los laicos en cnonjunto, quienes evangelicen el mundo de la ciencia, del arte, de la empresa, etc., les ayudará ofreciéndoles formación espiritual y facilitando su trabajo pastoral y los sostendrá en todas sus iniciativas. Debe promover el asociacionismo porque las acciones del laico son vitales para la Iglesia futura.

No se puede pensar en una Iglesia en la cual sólo el clero desarrolle un trabajo pastoral. Esta aquí el reto pastoral más importante del sacerdote y de la Iglesia de este tercer milenio. Es la hora de los laicos y sin ellos no se podrá realizar la Nueva Evangelización a la cual la Iglesia ha sido llamada por el Papa Juan Pablo II.
Por fin, el pastor de almas, con la oración, mucha esperanza y fe en la acción de Dios, desarrollará una pastoral vocacional adecuada y prudente para permitir que la invitación del Señor a la donación total sea escuchada por muchos jóvenes y apoyará este trabajo con un testimonio verdaderamente luminoso y elevado de su ser sacerdote, que suscite en el joven el deseo de dejar todo y seguir a Jesucristo.
Formación integral
Para poder realizar todo este programa, quien aspira al sacerdocio tiene necesidad de una esmerada formación personal que atienda toda su persona.

La formación del sacerdote, como pide la Pastores dabo vobis, debe ser integral- espiritual, humana, intelectual y pastoral- dirigida, en modo armonioso, a todos los aspectos de su vida, para que pueda estar preparado para la misión. Una formación similar no se improvisa. Requiere años y un esfuerzo continuo durante todo el tiempo en el seminario y empeño responsable y permanente hasta el último momento de la vida.
El mundo se ha vuelto muy competitivo. Las personas obtienen mejores cualificaciones y se actualizan en el propio campo específico. Si esto sucede con personas que se ocupan de materia puramente humana, tanto más para el sacerdote que se ocupa de la salvación de las almas, de la fe, de la moral, etc.

No bastan los estudios hechos y las capacidades adquiridas en el seminario, pese a la dedicación y al esfuerzo empleado, sino que es importante que en la medida de lo posible los sacerdotes busquen siempre mejorar la propia formación para poder responder a las cuestiones más comprometedoras que el mundo presenta.

 Sería oportuno que también el sacerdote, según el tipo de trabajo pastoral que realiza, y con el fin de entrar en contacto con las personas y con los problemas que las angustian, pudiera también tener un cierto conocimiento de temas que atañen a la vida de los hombres, como la economía, la vida social y política, las ideologías y las estructuras culturales, etc.
En su esfuerzo por adquirir una formación integral, el sacerdote tiene como único ideal a Jesucristo y busca identificarse con él no sólo en el aspecto de su personalidad, sino en todo. Sin duda, el más importante es el corazón: será sacerdote según el corazón de Cristo, como dice el profeta Jeremías: ?Les daré pastores según mi corazón? (Jer 3, 15). Por lo tanto debe amar como Cristo ama, ver como Cristo ve, juzgar como Cristo juzga.
Com Petro et sub Petro
Hoy en día, mientras pululan tantas ideas equivocadas y reina la cultura del relativismo, una de los retos que afronta el sacerdote es aquella de ser promotor de la unidad en torno al Papa, principio y fundamento visible de la unidad de la Iglesia. La unidad con el sucesor de Pedro es el camino seguro para vivir en la verdad.

 Cristo ha fundado su Iglesia sobre Pedro y ha orado por él para que pueda confirmar a sus hermanos en la fe. Sin el sucesor de Pedro, no subsiste la Iglesia de Cristo.
No se trata de una mera unión sentimental o emotiva, sino de apoyar en la roca de Pedro nuestra fe en Cristo. De allí deriva la adhesión al magisterio y a la disciplina eclesiástica.

Tal adhesión exige no dejarse arrastrar por el amor a las novedades teológicas considerando el magisterio anticuado o una opinión más que lanzan los teólogos de moda. Se requiere una postura de fe y de humildad para reconocer que sólo el sucesor de Pedro y los pastores que guardan plena comunión con él, son los depositarios del carisma Veritatis. Bajo la guía de los pastores, la Iglesia se mantiene en la verdad que Dios nos ha revelado en Cristo para la salvación de la humanidad.
De todo esto se deduce la importancia de la obediencia sacerdotal. La cultura contemporánea ha modificado el contenido cristiano de esta virtud. La considera como sometimiento humillante y como una renuncia a la propia libertad. No es ésta la obediencia propia del cristiano y del sacerdote que Cristo nos ha enseñado aceptando los designios de su Padre. “factus est oboediens usque ad mortem”. La obediencia del sacerdote tiene su fundamento en la convicción de que la autoridad legítima de la Iglesia viene de Dios.

El sacerdote no renuncia a la propia voluntad, sino que se adhiere con plena libertad a la voluntad de Dios constituida a través de la mediación de sus legítimos representantes. No renuncia mucho menos a su razón, porque mantiene siempre la capacidad de discernir y proponer a los superiores el propio punto de vista.

Pero la fe pide al sacerdote que, siendo el mandato es moralmente bueno, si es confirmado por la autoridad una vez hecha presente a ella la propia perplejidad, lo acepte en paz y lo lleve a cumplimiento, a pesar de que no sea complaciente o sea diferente a aquello que él pudiera haber decidido. Ésta es la obediencia de la cual tiene necesidad la Iglesia de hoy en sus sacerdotes.
Defensor de la vida
Es evidente que ser defensor de la vida es uno de los grandes compromisos del sacerdote de hoy (15). La vida está bajo asedio y muchos se han unido para atacar sobre todo a aquella más débil e indefensa: la persona todavía no nacida, los ancianos, y los enfermos. Estos nubarrones negros que amenazan la vida y por tanto la cultura y la sociedad, no son nuevos.

Los ecos de las locuras colectivas de la segunda guerra mundial nos llegan todavía hoy. El mismo desprecio de la vida de entonces vive en nuestro tiempo, sólo que la sociedad moderna tiene como aliada una tecnología más desarrollada y capaz de una mayor potencia exterminadora.
El sacerdote tiene la convicción de ser mensajero, promotor y defensor de la vida y ayuda a los fieles a no dejarse engañar por las falacias y manipulaciones que se usan hoy, y a crear, por el contrario, una cultura que acoja, celebre, proteja, defienda y promueva la vida. Lo que está en juego es mucho más de lo que parece a simple vista.

 Las sociedades cristianas son las sociedades más desarrolladas y al mismo tiempo las más inmersas en esta mentalidad anti-vida. Los países que por siglos fueron los portadores de la cultura cristiana y que dieron tanto al mundo y a la humanidad en esta simbiosis fecunda de cultura y cristianismo son los que están en un riesgo elevado de extinción por una especie de suicidio demográfico.
Con el fin de promover la cultura de la vida, en la medida de sus posibilidades, el sacerdote ayudará a las parejas que se preparan al matrimonio a optar por la vida. También se debe preocupar por suscitar investigadores en materia de ética médica, contribuir a la formación de juristas y legisladores para que apoyen la vida en las iniciativas de ley que se propongan, crear círculos de médicos y ginecólogos que promuevan la vida y ayuden a instalar en hospitales y estructuras sanitarias, asesores y consejeros de bioética.
Signo de contradicción
Aunque ya he hablado de esto, a propósito de la identidad del sacerdote, quisiera remarcar una idea. El sacerdote sabe que es “alter Christus” y que participa de la misión redentora de Cristo.

Por esto realiza su misión llevando su cruz personal y ayudando a los demás hombres a llevarla como camino ineludible de la vida de cada cristiano. De este modo repara por sus propios pecados y por los pecados de los demás y da un valor sacerdotal a su propio sufrimiento.
El sacerdote vive la cruz y acompaña a los fieles cristianos para que puedan aceptarla con resignación cristiana. En cambio la humanidad busca cada vez con mayor intensidad liberarse de cada sufrimiento y dificultad y por esto el sacerdote es un incomprendido.

 Para los hombres de hoy es signo de contradicción porque indica que el camino hacia la felicidad eterna, no sigue necesariamente la vía del placer y de la ausencia de dificultad.
La reacción del mundo ante un sacerdote fiel es sospechar, dudar de sus intenciones, considerarlo un individuo enfermo y con una psicología alterada.

Es verdad que lamentablemente algunos de nuestros hermanos en el sacerdocio, no teniendo estabilidad psicológica suficiente o la altura moral necesaria, han presentado al mundo una imagen del sacerdote que ha justificado al menos en parte, la sospecha que pesa en el sacerdocio católico, pero es justo y debido no olvidar los cientos de miles de sacerdotes que son fieles a su vocación en medio de grandes dificultades y que con su gran estatura humana y espiritual son instrumentos de bien para millones de personas.
En algunos casos para el sacerdote la cruz no se presenta sólo como desprecio moral e incomprensión. Los sacerdotes por la fidelidad a Cristo han resistido y todavía resisten a la coacción de tantas ideologías que lo quieren usar para sus propios fines políticos o de poder. El precio que pagan es alto.

Muchos de nosotros hemos recibido el don de la fe por la generosidad sin límite, la fidelidad inquebrantable y la fe indomable de sacerdotes que ha preferido la muerte antes que renegar de Cristo. Esta fidelidad es la fidelidad que se espera hoy y siempre de los sacerdotes.
El sacerdote acepta su misión y su destino y reconoce que, si no es un signo de contradicción, si sus criterios son como los del mundo, si no se distingue de la forma de pensar de la moda que ciertas culturas proponen, quizá no está viviendo según su estado de vida sacerdotal y no está ayudando a los hombres en su camino hacia la patria definitiva.

Quizá su sal se ha vuelto insípida. Pero no se puede confundir el ser contracorriente con la contestación y la denuncia política de ciertas estructuras sociales. El sacerdote va contra corriente porque es evangélico, no porque toma una orientación política.

Es verdad que a veces hay situaciones de injusticia que claman al cielo y es debido denunciarlas y modificarlas, pero el sacerdote debe mantener su propio puesto, como un hombre de Dios y no como uno que crea agitación y subversión.
Santidad
En esta palabra quedan resumidas todas las ideas que he mencionado hasta este momento. Sólo los santos cambian la historia. La santidad es la vocación propia de todos los cristianos, pero para el sacerdote lo es todavía más.

La santidad es un concepto que a fuerza de ser usado ha perdido su verdadero significado y toda su capacidad de transformación interior. El sacerdote será santo como consecuencia de la propia configuración sacramental con Cristo Pastor; vive como Cristo, imita sus virtudes y recorre el camino de su vida como una ofrenda al Padre por amor hacia los hombres.

Ora y entra en el misterio de la Trinidad de la cual será reflejo. Ejercita su ministerio consciente de aquello con lo que trata y se beneficia él mismo de los sacramentos. Sin la santidad no cumple su misión y derrocha su vocación a la cual Dios la ha llamado. “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. Quien permanece en mí y yo en él, lleva mucho fruto, porque sin mí, no pueden hacer nada” (Jn 15, 5). Es la santidad del sacerdote lo que provoca un reclamo particular en las almas que descubre en él aquel misterio de Dios que reaviva la nostalgia de eternidad, propia de cada hombre.

 

5. Conclusión
Con este recorrido he querido describir la identidad del sacerdote, las claves de lectura de la sociedad y de la cultura contemporánea y los desafíos que ésta presenta. Puede parecer, quizá, que no haya nada nuevo en todo esto.

No obstante, considero que cuanto más profundamente los sacerdotes vivan su propia identidad, tanto más podrán afrontar los desafíos del mundo y podrán ayudar mejor a los hombres a vivir la común vocación a la santidad.

El año sacerdotal que el Santo Padre Benedicto XVI ha convocado para los sacerdotes, en conmemoración del 50º aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars, nos ofrece la ocasión propicia para preguntarnos qué cosa es el sacerdote, cómo se coloca de frente a los grandes retos que la humanidad afronta y qué papel juega en el drama del hombre moderno.
Buscar responder de manera exhaustiva a estas interrogaciones sería pretencioso. Por lo tanto, en este breve escrito deseo simplemente dar algunas orientaciones generales e indicar las posibles claves de lectura que ayudarán a los sacerdotes, “la parte más amada del corazón de Cristo”, a encontrar el camino de la propia perfección espiritual y a vivir un ministerio rico de frutos.

7 Febrero 2010 a las 20:23